

El primer libro de Luis Alberto que leí fue La caja de plata, en los ochenta. En mi vida había oído su nombre. Lo compré en La Tarántula, calle Sagasta, y por una sola razón, pero de peso (es decir, por capricho): lo vendía con la tapa en tres colores distintos, a elegir. Me impresionó tanto que, al día siguiente, compré otro ejemplar para regalárselo a Javier Azpeitia. Sé que él hizo la misma operación y así sucesivamente. Muchos años después he conocido al autor y me honro de ser su amigo.
Para mí lo que caracteriza a Luis Alberto es la disciplina. No me refiero al rigor prusiano, sino a la disciplina cordial, la del corazón: creo que es un tipo que se obliga a ser generoso, a hacerle la vida más fácil a los demás, a intentar entender antes de juzgar y a no mirar nunca a nadie por encima del hombro. El suyo podría ser el lema que proponía Kafka: la alegría es mi deber diario. Como Nelson, lo cumple sin exigir nada a los demás ni esperar galardón: “England expects every man to do his duty”.
Siempre he pensado que las facultades superiores de la inteligencia humana son la compasión y el humor. Compasión para ponerse en el lugar de otro, para ver las cosas desde dentro. Humor para distanciarse, como quien se aleja para mirar un cuadro, y ver las cosas (y sobre todo verse uno mismo) desde el otro lado. Así, con esa mirada estereoscópica (un ojo humorístico, otro compasivo), ha logrado Luis Alberto una poesía en tres dimensiones, en relieve, con varios planos.
Creo que ha evitado la poesía, digamos, expresiva. Sus versos no tienen su propia intimidad como asunto. Seamos sinceros, la intimidad de Luis Alberto ¿a quién le importa? Todo lo contrario: su poesía trata de mí. He aquí, en cambio, un asunto de verdadero interés general. Qué gran acierto: si Luis Alberto quiere expresarse a sí mismo, que cambie de peinado o que se compre una caja de ceras Dacks y vuelque su atribulado corazón pintando monigotes. Cuando escribe, tiene la amabilidad de elegir asuntos apasionantes, de alcance universal: poesías que traten de mí, y no de él. Es curioso: muchos amigos me han comentado que tienen la misma sensación. Cada uno de ellos pretende que trata de él. Se equivocan, qué duda cabe, pero esto, a mi modo de ver, revela los principios esenciales de su ars poetica: 1) Es un trilero, su poesía está viva porque cambia sin parar la bolita de cubilete; la mano que escribe es más rápida que la vista lectora. ¿Humor, costumbrismo, romanticismo? Nada es lo que parece: antes de que acabes de leer el soneto, ya te ha dado el cambiazo. 2) La naturalidad: como los trapecistas, nos hace creer que dar un triple mortal es fácil. ¿Quién quiere ver a un trapecista que suda y duda, al que le cuesta esfuerzo decidirse a saltar? Frente a tanto poeta que lloriquea sobre la dificultad de expresarse, Luis Alberto sigue el adagio del Don Juan de Byron: “Good workmen never quarrel with their tools”. 3) “Stetit illa tremens”: se clavó temblando (creo, el que sabe latín es él), es decir, una poesía más narrativa o, por así decir, en la que pasan más cosas por fuera que por dentro, resulta ser, a la postre, la que provoca al clavarse una vibración más intensa. Una poesía, me parece a mí, que debería venir con advertencia sanitaria: provoca efectos secundarios, porque su principio activo no es analgésico, sino perturbador.
(Cangas de Onís, Asturias, 1963). Ha publicado las novelas Esa oscura gente (1990), Autobiografía de Marilyn Monroe (1992), La fórmula Omega (1998), Sangre a borbotones (2002), Guapa de cara (2004), Hazañas del capitán Carpeto (2005) y Manual de literatura para caníbales (2006).