

Recuerdo encontrarme por primera vez con la poesía de Luis Alberto de Cuenca en un volumen antológico titulado, si la memoria no me falla, Florilegium, publicado a finales de los setenta o principios de los ochenta en Espasa Calpe. Se trataba de una antología en la que se incluían varios autores, y los poemas de Cuenca eran breves muestras de hermética droga dura poundiana, de diamantina perfección culturalista inasequible al abordaje, que me dejaron algo frío. Había misterio en ellos, como en muchos de aquellos poemas de los llamados novísimos, y tenían una paradójica frescura, como de cerezas recién cogidas en un exquisito jardín semisecreto; uno intuía que aquellos autores estaban hartos de aguachirle, y querían algo más rutilante y nuevo, y al mismo tiempo elegante y exclusivo. El problema era que no se podía acceder al jardín; había que echar un vistazo, no del todo satisfactorio, por encima de la tapia.
Algunos años después, en la segunda mitad de los ochenta, me volví a cruzar con Luis Alberto de Cuenca en las páginas de la revista Poesía. Se recogían en el ejemplar que cayó en mis manos unos cuantos poemas del libro La caja de plata, y quedé, cuando los leí, instantáneamente electrizado. El que se me quedó grabado de forma especial fue «La malcasada»; pero había varios más, entre los cuales se contaban, si no me equivoco, piezas como «Amour fou» o incluso alguno de los brevísimos poemas de la «Serie negra» (estoy hablando, desde que me he puesto con estas líneas, de memoria; y no quiero levantarme a hacer comprobaciones, para colocar luego puntos sobre íes y sobre jotas, porque no quiero estropear la magia de las cosas como ahora las recuerdo).
Salí inmediatamente en busca del volumen mencionado, y tuve suerte: el simpar Chema, de la librería Ojanguren, de Oviedo -que era donde vivía yo entonces-, me consiguió rápidamente La caja de plata, y me pidió también, a la editorial Renacimiento, el siguiente volumen de Luis Alberto de Cuenca, que se titulaba El otro sueño y era casi como una continuación o segunda parte del anterior.
- Es asombroso -le comenté a Chema-. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con algo tan fresco y nuevo, tan coloquial, tan de la calle y al mismo tiempo tan elegante, y luego tan sencillo. ¡Habla de la vida, tal como la conocemos todos!
- Sí -me dijo Chema-. ¿No conocías estos libros suyos? Últimamente viene mucha gente preguntándome por ellos.
- No me sorprende. No...; yo conocía un poquito al Luis Alberto de Cuenca del principio, y nunca había podido entrar del todo en él. ¡Pero esto me ha dejado boquiabierto!
Pasó el tiempo, y hete aquí que por esas predestinadas vueltas que parece dar la vida tuve la enorme suerte, a principios de los noventa, de viajar a Madrid y conocer en persona a Cuenca, que a partir de entonces se convirtió ya para siempre, para mí, en Luis Alberto: ese pedazo de humanidad, generosidad, inteligencia, erudición e inefable desparpajo madrileño que es Luis Alberto; uno de los pocos amigos verdaderos que tengo en el mundillo literario.
Luis Alberto y yo nos seguimos viendo, por supuesto; pero dosificando, yo creo que muy sabiamente, nuestros encuentros. Solemos quedar algún domingo a media mañana en el VIPS de López de Hoyos, esquina con Velázquez, en este bendito Madrid que ya es tan mío como suyo, para engullir un segundo desayuno y charlar un rato. Luego nos paseamos entre las insospechadas maravillas encuadernadas que contiene ese curioso bazar polivalente: magníficos catálogos fotográficos de Brassaï o de Cartier-Bresson; suculentas ediciones del más perverso erotismo gráfico; inverosímiles ediciones ilustradas de Oscar Wilde o de Edgar Allan Poe; e innumerables muestras, cómo no, de rutilantes comics para todos los gustos.
Luis Alberto de Cuenca: clarísimo poeta y entrañable amigo. ¿Puede pedírsele más a un ser humano? Me despediré ahora cometiendo la humilde inmodestia de citar unos versos que tuve la fortuna de que Luis Alberto me dedicara un día:
MENSAJE EN UNA BOTELLA ROTA
Aquí estoy, aburrido como un hongo,
en la isla de siempre (la que tiene
una palmera en medio),
rodeado de tiburones,
como un náufrago de esos
que salen en los chistes.
Haz algo, amigo mío:
escríbeme una carta larga y maravillosa,
llámame por teléfono,
envíame una cinta con tu voz.
Los hombres, por suerte o por desgracia, no somos islas, como en famosa cita dijera hace siglos el inmortal John Donne. En este caso no hay duda de que es una tremenda suerte; la que me concedieron a mí los dioses cuando me permitieron gozar de la amistad de Luis Alberto, para el que siempre habrá un recodo de mi voz que será su casa, su refugio y su consuelo.
Madrid, mayo de 2009
(Westerham, condado de Kent, Inglaterra, 1962). En 1967 su familia se trasladó a Alicante, y allí se crió el escritor, que cursó sus estudios primarios, secundarios y de bachillerato en el colegio Inmaculada, de los padres jesuitas, en la citada ciudad. Desde 1999 reside en Madrid, donde ejerce de traductor e intérprete de conferencia. Roger Wolfe ha publicado nueve libros de poesía, dos volúmenes de relatos, dos novelas, tres libros de lo que él mismo denomina «ensayo-ficción» (que son lo que podríamos llamar cuadernos de bitácora, o cuadernos de escritor) y un diario. Actualmente trabaja en varias obras de ensayo, poesía y narrativa. Heredero directo de autores norteamericanos como Saroyan, Hemingway, Bukowski, Carver o Hubert Selby, y de grandes maestros franceses como Sartre o Céline, Roger Wolfe está considerado como el impulsor, a partir de la década de los noventa, del nuevo realismo literario español, y como el escritor más vigoroso y original de su generación, con una obra de gran peso filosófico, que derriba barreras entre géneros y se conforma como la expresión de lo que el propio autor llama Escritura Total.