

El poeta Luis Alberto de Cuenca entró en el despacho de Dios
Todopoderoso, se sentó en el taburete que le esperaba frente a la maciza mesa de nubes (los asuntos de Dios siempre en el aire) y esperó que el gran Espíritu hablara:
- Tú, Luis Alberto, eres un caso raro. No hay duda de que te has ganado la vida eterna. Has sido un buen hombre. Te has portado tan bien con tanta gente. ¿Sabes cómo te quieren tus amigos? Porque has tenido para todos mil amabilidades. Los has apabullado con tu simpatía y cariño. Y yo sé que es muy difícil repartir amores.
- Bueno, no exageremos.
- No tan rápido. Nadie es perfecto. Sé también que has cometido algún pecadillo - dijo Dios.
- Claro, quién no.
- Mira, aquí tienes este informe de mis ángeles. Lee.
- No puedo, Jefe. Me arranqué los ojos.
- ¿Por qué hiciste tal cosa? Eso me ofende, ¿sabes? Dañarte a ti mismo es dañarme a mí, y dañarme a mí es dañar a tres personas.
- No, no. No fue cosa mía. Me los arranqué sin querer. Por amor.
- ¿Amor a quién?
- A los libros, Jefe. Los libros me herían, pero no podía dejar de estar con ellos. Eran igual que las Sirenas: me llamaban y me aniquilaban. Me prometían placeres, pero me acababan dejando ciego con su veneno.
- ¿Qué veneno? - preguntó Dios.
- ¡Las erratas!
- Ah, claro, te entiendo. Es que las erratas duelen. Si lo sabré yo, con la de pifias que he hecho. Te haré una confidencia, que no salga de aquí: Yo tenía antes millones de ojos. Lo veía todo. Ahora sólo tengo uno. Y no quiero perderlo. Por eso procuro no abrirlo.
- Yo perdí mis ojos y perdí su amor.
- ¿El de quién?
- El de los libros. Las malditas erratas me fueron royendo la vista hasta dejarme las cuencas de los ojos tan limpias como mi apellido y mi cabeza. Peinadas. Un fastidio, por cierto, ganar la vida eterna y no poder verte. ¿No decían que el paraíso era ver a Dios? ¿Por qué no me devuelves la vista?
- Te estaba comentando algo de un pecadillo…
- Sí, bien, pero… ¿Me he ganado el Cielo o no?
- Depende. Tienes que superar una prueba.
- A mandar.
- Tengo un enorme problema de criterio estético. Y tú, sabio y celebrado literato, podrías orientarme - dijo Dios.
- Será un placer.
- En la bóveda celeste estamos pintando un coro de ángeles, y hemos pensado en utilizar de modelos a unos amigos tuyos.
- ¿Ah sí? ¿A quién?
- A Sánchez Dragó, a Montero Glez, a Rafael Reig, David Torres y Javier Puebla. Pero uno de ellos va en primer plano y sopla la trompeta. Y no sé a quién escoger. Puebla tiene el problema de que no se quita el sombrero. Torres se niega a soltar el puro. A Montero no hay quien le separe del pellejo de Javier Rioyo, que lleva sobre sus hombros como un Hércules. Sánchez Dragó no acaba de dar la foto, que se le han puesto los ojos japoneses, y este es un Cielo latino. ¿O me ves a mí el único ojo rasgado?
- ¡Yo qué voy a ver, con estas cuencas!
- Ay, sí, perdona. En fin, Rafael Reig dice que se presta a posar, pero que su ángel ha de llevar bigote y los mofletes iluminados por un buen trago de whisky de malta. Y de eso aquí no tenemos.
- Estos chicos son la monda. Pero, ¿no tienes por ahí a Román Piña? Es el ángel perfecto. Es un camaleón sin remedio. No se apega a nada, ni al bigote, ni al sombrero, ni al cigarro. Bueno, las mujeres es otro cantar.
- Lo siento. Se condenó.
- Qué lástima. ¿Y a Manuel Vilas? Es un pedazo de ángel también. Y Dios vio que era bueno y usó a Manuel Vilas para poner cara a los cientos de ángeles de aquella bóveda celeste. Incluido el ángel protagonista, el de la trompeta. Los amigos de Luis Alberto se quedaron fuera por pelmazos, consolándose recitando poemas de Luis Alberto.
Dios sopló en el rostro del poeta de Madrid y le guinó el ojo. El poeta recuperó la vista y gritó de júbilo.
- ¿Hay libros en el Cielo, Jefe? - preguntó entonces.
- Pues claro.
- Los quiero todos, pero pásamelos en braille, que estos ojos nuevecitos no me los quiero estropear.
Mallorquín, es autor, entre otros libros, de las novelas Las Ingles Celestes, Un turista, un muerto, Museo del Divorcio, Gólgota y Stradivarius Rex. Colabora semanalmente en El Mundo – El Día de Baleares, y edita la prestigiosa revista literaria La Bolsa de Pipas.