

Conocí a Carlos Marzal hacia mitades de los años ochenta, cuando, tanto él como yo, casi no éramos él y yo, o cuando más lo fuimos, quién sabe, lanzados todos como estamos en este tobogán de extrañamientos y bienvenidas para con lo diversos modos de nosotros mismos. Quedábamos entonces algunas tardes a tomar el te como buenas abuelas y, entre los brazos, cada cual acunaba algunos versos que habían nacido nietos de don Manuel Machado y don Luis Rosales, respectivamente. Los propios de Carlos no tardarían en venir sin traicionar a la parentela, mientras yo tuve que ir a buscarlos un poco más lejos, porque la sombra grande de Rosales me opacaba. Por ambas partes, el solitario que es, a falta de contertulios, un poeta en ciernes, había encontrado un espejo en que mirarse. Ni una mota de polvo ha venido a enturbiar ese claro espejo de la amistad tras casi treinta años de batalla. Y como la amistad es cosa contagiosa y la poesía la propaga como fuego, recuerdo que en aquellos días vinieron a sumarse a la fiesta los versos de dos poetas recién descubiertos. Fue Carlos quien me recomendó la lectura de Europa, de Julio Martínez Mesanza, la cual dejó en mí la impresión de que había un tipo capaz de hacer lo imposible, aquello que hace todo buen poeta, desde luego, pero mucho más si toma como base el mundo de la épica y lo llena de la claridad meridiana del espíritu. Pocos meses más tarde, se nos aparecía La caja de plata, de Luis Alberto de cuenca, como otra urna atestada de sorpresas argentinas. ¿Cómo podía ese bribón hacer que la poesía resultara tan sencilla en su ser cierta? Era como si se hubiera ido encontrando con los poemas por casualidad y los hubiera apuntado en unas hojas sueltas que, puestas la una detrás de la otra, uno veía luego que habían estado desde siempre en ese orden. Aquí brillaba la epigramática mejor de sus queridos clásicos griegos y latinos, pero estaba floreciendo nueva en mitad de aquel siglo de bonanza poética que fue el siglo pasado en nuestro país. La serie negra suponía, me parece, una apuesta de riesgo suicida que, sin embargo, se presentaba ganada desde el primer golpe de dados. Y esto porque el poeta, al situarse en el clima del cine negro, se paseaba por los vericuetos de su propia vida, consciente de que la realidad es un asunto del sentir antes que cosa alguna de carácter objetivo. En el imaginario de Luis Alberto conviven los más diversos mitos literarios junto a iconos de la cultura universal y personajes emblemáticos, y todos caminan sobre sus pies como cualquiera de los hijos de vecino que también transitan sus poemas. Peatones de ese otro sueño que es el ámbito más real que conoce cualquier lector devoto, el de la fábula, el de la lírica.
Yo había leído algunos poemas anteriores de Luis Alberto en varias antologías. Y de pronto, aquello. El espíritu sopla donde quiere, dice la frase evangélica, y tengo por seguro que no hay mayor verdad, porque he vivido. La Caja de plata fue una ventana abierta en el mundo interno de Luis Alberto que aún no se ha cerrado, pues toda su obra posterior aparece bajo esa nueva luz, una luz, diríamos, de espontaneidad y de frescura, pero siempre acerada y temible como la de la aurora del trasnochador. No fuimos pocos, me consta, quienes celebramos la aparición del libro entre los círculos que se dedican a comentar tales acontecimientos, tan diminutos como inconmensurables. Poco después, supimos por Abelardo Linares, su editor y otro de los cofrades insustituibles, que Julio y Luis Alberto se querían tanto como Carlos y yo. Y, pasado otro rato, la vida nos permitió gozar de la amistad de esa pareja que son nuestros dos ya viejos amigos, quienes no han dejado de repetir la hazaña de decirse en su mejor color con cada libro. La poesía sólo puede nacer de los afectos, aunque sea de los contrariados, quizá por eso siempre la he sentido tan anclada en la amistad que ya no veo manera de distinguir a la una de la otra. Queden aquí los cinco poetas, los cinco amigos, dialogando cordialmente en la gran estancia con mil moradas que es la poesía, en la caja de plata.
(Valencia, 1936) Ha publicado varios libros de poemas. Los dos últimos son Cantar de ciego, Madrid, Visor, 2005 y Si temierais morir, Barcelona, Tusquets, 2008. Como narrador, su último trabajo es El espíritu vacío, Valencia, Pre-Textos, 2004.