

Oigo pasos dentro de mí. Me giro alrededor de mis costillas y descubro, enredados en las venas que me nacen de nuevo, unos versos que me aprietan el corazón hasta casi partirlo en dos:
Entraban en mi alcoba sin llamar a la puerta,
deshojando en el aire la flor de su perfume.
Los oía arrastrarse, leves, hasta la alfombra.
Trepaban a la cama y luego, entre las sábanas,
me anunciaban el día con sutiles caricias.
Repito cada palabra sin mover los labios. La escribo (sin tinta) en cada lunar de mi espalda, formando un cíclico bienestar para que me acompañe todos los días de mi vida -por ahora-, y después, los de mi muerte...
Así descubrí a Luis Alberto de Cuenca, inyectándome sus versos en mis primeros poemas de azúcar.
El caso es que mi admiración se ve acentuada por mi agradecimiento a este gran poeta; él, junto a otros grandes, me enseñó que la poesía no era una secuencia ilógica de palabras, sino una ensalada excitante de emociones. Un collar de historias y sentimientos que te hacen más hermoso el escote de los días.
Y así crecí por dentro, con sus poemas, con sus historias, con su (posterior) imprescindible amistad.
Recuerdo un día en el que leí:
... De modo que instalé en tu corazón
mi tienda de campaña, y tú cerraste
con llaves las ventanas de tu pecho,
y nos quedamos a vivir allí,
calentitos, felices.
¿Pero es posible que se pueda decir algo tan bonito?...
Recuerdo leer al menos cinco veces esta estrofa y guardarla bajo llave entre mi piel. La hice mía, tanto que la utilicé en diseños de invitaciones de boda, de camisetas, de llaveros... Luis Alberto había pasado de ser un poeta de libro a un poeta de marketing. Cuando se lo decía, siempre me respondía lo mismo: gracias, querida, envíame la invitación, que me encantará tenerla...
A veces le preguntaba a borbotones: ¿Esto que has escrito es verdad? ¿Sentiste esto de verdad cuando viste a Alicia?... Él se reía: Sí, es verdad, querida Yolanda...
Lo invité a leer a un ciclo que dirijo en Granada. En el hotel Hospes Palacio de los Patos. Es un ciclo lírico mensual. Le pedí que al final leyera un poema para mí. Imaginad lo que es tener delante de ti a uno de tus poetas favoritos; a alguien que ha parido versos que te han influido, que te han incitado a escribir sobre él.
Y él, tan amable como siembre, así lo hizo. Es una historia que me hizo llorar cuando la leí. Ese día, oyendo su voz agonizando en el aire y partiendo la luz en mil fragmentos de silencio, pensé que me desmayaría. La sala estaba llena:
... “¿Por qué abandonaste a tu enano
y te casaste con el rey?
Ahora no tengo más remedio
que matarte por tu traición.”
Ella no pudo contestar
-tenía puesta la mordaza-,
pero le dijo con los ojos
oscurecidos por el llanto:
“No te vaya a doler mi muerte,
pues la tengo bien merecida.”
Y el lazo comenzó a ejercer
su oficio antirrespiratorio,
y la sangre azul de la reina
se fue haciendo más y más pálida,
y el enano veía como su enamorada se iba ahogando
y despidiéndose del mundo
poco a poco, sin estridencias...
Me encanta esta forma de colocar en el suspiro del poema: sin estridencias. Cuando Luis Alberto de Cuenca escribe, no lo hace con los dedos (como cualquier humano), sino con el pellejo del protagonista que vive en su tinta. Él es el enano y la reina. Y nosotros (humanos), al leerlo, sufrimos el ahogo intermitente del llanto y de la cuerda.
Cuando termina la lectura de este poema, al ver a la gente en silencio, asustada de tanta verdad, Luis Alberto dice: querida Yolanda, creo que no puedo terminar mi lectura con un poema tan triste...
Y a continuación leyó otro mucho más alegre. Tanta es su profundidad cuando lee y cuando escribe que, si tienes el privilegio de estar cerca de él, te salpicará el olor a sal de sus mares o se te quedará pegado en la chaqueta el rizo rubio de su golden retriever...
Tengo una pequeña parcela en el campocorazón de Luis Alberto. En ella cultivo unas raíces de esperanza para seguir bebiendo en sus poemas. Espero (por mi sed) que no deje nunca de fabricar sus poesías. Cultivo también un privilegio: el de saberme apreciada por un poeta tan imprescindible para cualquier lector, sea o no un amante de la lírica...
Luis Alberto de Cuenca hace realidad el milagro de la conversión de la prosa al verso. Si alguien no es un lector asiduo de poesía, mi gran recomendación es que empiece por él, así descubrirá que la poesía no es patrimonio del poeta sino de quien la lee.
Creativa y escritora. Muy interesada en los temas científicos de actualidad, colabora con empresas que aplican sus diseños a la ciencia para conseguir una mayor calidad de vida. Su primer libro: ¡A Jugar! (Mondadori 2008, en colaboración con Eduard Estivill), ha obtenido un gran éxito y se ha traducido a varios idiomas. Ha publicado también Tacones de azúcar, Primer Premio Internacional de Poesía Sial (Sial 2008) y, El Camino del Sueño (Aras llibre 2008) una serie de normas higiénicas para dormir bien. Actualmente coordina varios proyectos culturales entre los que destaca POESÍA EN EL PALACIO (ciclo lírico mensual patrocinado por Hospes en la ciudad de Granada).