

Allá a finales de los ochenta del siglo pasado conocí a Luis Alberto. Por aquellos años a un grupo de jovencísimos poetas, entre los que me encontraba, se nos ocurrió la idea de montar unos recitales de poesía en un pequeño local del centro de Madrid: El rincón del Arte Nuevo. Teníamos un presupuesto muy reducido y podíamos pagar, renunciando a nuestros emolumentos, la cantidad de 5.000 pesetas, unos 30 euros de hoy, al poeta invitado. En ese sueldo ya iban ya incluidas las copas y el transporte.
Me tocó contactar con Luis Alberto, al que sólo conocía por sus libros. Con la ayuda de la guía telefónica y con más miedo que vergüenza, emprendí el asedio. No sé qué fue, si la absoluta sinceridad con que le describí nuestra causa, o que en la conversación que mantuvimos aparecieron algunos temas de su agrado, pero no sólo aceptó, sino que me invitó a su casa aquella misma tarde. Allí hablamos y hablamos hasta casi la madrugada de nuestro amor por la literatura fantástica, el ciclo artúrico o La dama de Shalott –por entonces ignoraba que me encontraba con el mejor traductor al español del famoso poema de Tennyson- y que para rematar la velada me recitó como jamás he visto hacer a nadie. De su casa salí no sólo cargado de libros, que hasta en esto es persona elegante y dadivosa, sino convencido de que allí nacía una hermosa amistad.
Desde entonces hasta hoy nos hemos encontrado muchas veces, hemos compartido desayunos y comidas, estrenos de teatro y tertulias, recitales y antologías y, lo más importante, amigos que, bien llegados de mi parte o de la suya, han ido engrosando ese sueño de la sombra que bien puede ser el cariño. (Hasta, y lo digo con boca chiussa y entre paréntesis, me ha cabido el dudoso honor de haber sido profe de poesía de su hijo Álvaro de Cuenca, que es hoy un estupendo poeta).
Hace unos años aunque no recuerdo dónde, me tocó presentarle en uno de sus recitales. Para la ocasión me atreví a escribirle en acróstico un soneto con estrambote en lira, pues diecinueve son las letras de su nombre. Revolviendo entre papeles lo he encontrado y –él podrá decir si miento o no, ya que todo lo guarda- lo he reformado en algunos versos y rimas para esta ocasión. Espero que sea de su agrado y del vuestro. Ya sabes, Luis, siempre con toda mi amistad y admiración.
Luis Alberto de Cuenca
Soneto en acróstico con estrambote en lira
Las voces del ayer, los que murieron
un mundo y unos días, y en tu boca
insomnes viven, con tu lengua loca
siempre de amor y soledad. Que hirieron
audaces la palabra y esculpieron
lágrimas pétreas en cristal de roca:
burla del tiempo que tu luz enfoca,
esconde y resucita. Y los que huyeron
rotas sus lanzas ante un lienzo inerte:
temidos perdedores que en tu espalda
ofrendan el dibujo de la muerte.
(Damas negras de seda negra y falda
enmascarada en cuero, y unas glosas
cuentan por fuertes y fronteras, rosas).
Una línea muy clara
es necesaria aún por los papeles.
No sea tu letra avara:
con Shrek y sus fieles
alza a Tintín contra esas hordas crueles.
Mayo de 2009
(Madrid, 1964) Poeta, escritor y editor. Profesor de los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja y de la Fundación José Hierro, ambas de Madrid. Ha publicado como poeta, Libro de los salmos (Devenir, 1997), La profesión de Judas (Sial, 2000), Berenice (Amargord, 2005), y Diciembre (Fundación José Hierro, 2008). Ha aparecido en las antologías: 100 sonetos contemporáneos, Feroces y La Voz y la Escritura. Ha sido traducido al portugués (Poesía espanhola anhos 90). Experto en novela negra es responsable de la edición crítica de los libros Todo Sherlock Holmes para la Editorial Cátedra y Shrelock Holmes, los relatos imprescindibles, para Alianza Editorial, así como, junto a Antonio Rómar, de la última edición crítica completa del clasico Las mil y una noches, también para Cátedra. Es miembro fundador y coordinador de la decana revista en internet Ariadna-rc.com.