

Creo que fue con Luis Alberto de Cuenca con quien descubrí que la erudición podía formar parte de la poesía más vital y eterna, que los seres humanos actuales nos parecíamos bastante a los de todos los tiempos y que a los poetas muertos hacía siglos les conmovían o preocupaban los mismos asuntos que a nosotros. Asistir al nacimiento de La caja de plata y a la génesis de muchos de los poemas de sus libros posteriores me regaló una mirada sobre la poesía de la que ya nunca podría prescindir.
Si cultura y vida forman un binomio inseparable en cualquiera, en Luis Alberto son una y la misma cosa, y de una forma generosa, limpia y natural se ponen en pie en sus poemas y se destilan en el alma del lector con ternura y asombro, con temor y dicha, con contundencia, humor, desolación, rabia o desasosiego. Y resulta curioso que cada una de estas características pueda ser vista como una de las múltiples caras de la felicidad, porque Luis Alberto logra, aunque no sé hasta qué punto se lo propone, hacer poemas felices.
Un amigo común, el fotógrafo José del Río Mons, me preguntaba qué nos habría hecho Luis Alberto para que todos recordemos tantos versos suyos y hasta tantos poemas completos, para que tantas veces acudan a nuestra memoria y a nuestros labios citas suyas, para que manejemos con total espontaneidad expresiones tomadas de su poesía, como hechas a la medida para cualquier persona y para todos los momentos. Lo memorable sólo está al alcance de unos pocos.
Pienso ahora, mientras redacto estas líneas, en que algún día habría que organizarle una fiesta. Y pienso en cómo sería la fiesta ideal de Luis Alberto y dónde encontraríamos un local lo suficientemente amplio para que entraran todos, porque tendrían que asistir todos los caballeros de la Tabla Redonda y todas las princesas cautivas, las caperucitas más feroces y los sabios griegos y latinos, los poetas provenzales y hasta el último soldado del saco de Roma, Helena de Troya y todos los que se refugiaron en el vientre del caballo, Tintín, Conan y el Capitán Trueno y cualquiera que compartiera viñeta con ellos, los actores del cine negro y los personajes del mago de Oz. Y unos pocos a los que se podría convocar por email o sms.
Agradezco haber podido conocer y leer a Luis Alberto de Cuenca, agradezco que la poesía lo eligiera y le pido desde aquí que siga permitiendo que esta diosa caprichosa y fascinante lo frecuente, que los poemas lo escriban y los versos continúen trazando su vida y parte de las vidas de los demás. Como Emilio Quintana, sé que los nibelungos avanzan por la calle de Serrano mientras la novia del poeta tiene la regla, y es probable que nos los encontremos una mañana de sábado con sol.
Junio de 2009
(Madrid, 1962) Poeta española. Es licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense. Ha publicado Cárcel de amor (Renacimiento, Sevilla, 1988), La mujer de Lot y otros poemas (Llama de amor viva, Málaga, 1995), Cuéntamelo otra vez (La Veleta, Granada, 1999), La casa de la niebla. Antología (1985-2001) (Universitat de les Illes Balears, 2002), Hilos de seda (Renacimiento, Sevilla, 2003), Estoy ausente (Pre-Textos, Valencia, 2004), Pecados, en colaboración con Alberto Porlan (El Gaviero, Almería, 2005), Tres deseos. Poesía reunida (Renacimiento, Sevilla, 2006), Luz del mediodía. Antología poética (Universidad de las Américas, Puebla, México, 2007) y Roto Madrid, con fotografías de José del Río Mons, (Renacimiento, Sevilla, 2008).