

Pensar en la persona y en la obra de Luis Alberto de Cuenca supone para mí trasladarme, ante todo, a tres años prodigiosos de nuestra poesía: los que van de 1970 a 1973. Se ha insistido demasiado en la eclosión que hubo en la poesía española a mediados de los años 60, pero poco se ha reparado en esos tres años en los que se confirmó una estética valiosa, se abrieron caminos que el llamado “culturalismo” parecía haberse cegado prematuramente con sus excesos y surgieron valores nuevos que buscaban con seguridad la originalidad creadora. El de Luis Alberto de Cuenca fue de los más señalados.
Pero si tuviese que entrecerrar aún más mis ojos para desvelar mi memoria, o si concentrase mi mirada, lo que probablemente surgiría sería un nombre mágico: Bezoar. Iba a ser el nombre de una revista de poesía maravillosa de la que los impulsores éramos Marcos Ricardo Barnatán, Antonio López Luna, José Luis Jover y yo mismo. Tangencialmente se unió también a nuestra aventura Ignacio Gómez de Liaño.
De la revista hicimos entusiasmados los boletines de suscripción y llegamos a preparar el sumario del primero de los números. Pronto salieron también ilusionados hacia León -donde yo estaba haciendo el servicio militar- algunos de sus componentes. En León esperábamos contar con un mecenas para la revista: mi querido amigo Eduardo Martínez. el que nosotros reconocíamos como “El Mago Perugino”, el cual nos recibió en su palacete en compañía de dos enormes perros lobo: “Lenin” y “Troski”.
No llegó a buen término el proyecto de la revista, pero el bondadoso Mago ejerció su mecenazgo tan directa como inesperadamente sobre mí, y de otra manera también mágica: enviándome como profesor invitado y Lector de Español a Milán. Otra aventura para mí de enormes consecuencias, entre las que no fue la menor la escritura de mi libro, allí en Italia, Sepulcro en Tarquinia (1975). A finales de aquel año, durante las Navidades, estaba haciendo guardia en los Montes de El Ferral con un metro de nieve y sólo unos días después de Reyes me encontraba en Italia hablando de la poesía y de nuestros poetas. ¿No fue esto, en verdad, fruto de la magia?
Pero estoy escribiendo sobre Luis Alberto y de mis primeros recuerdos sobre él. Por eso, he recordado a Bezoar, que no pudo llegar a ser una revista, pero sí acabó siendo una valiosa colección de poesía dirigida por nuestro entrañable amigo Marcos Ricardo Barnatán. La recuerdo especialmente porque en la colección Bezoar publicó Luis Alberto, en 1972, su primer libro, Elsinore; en 1971 había publicado el suyo Luis Antonio de Villena, Sublime Solarium (1971), y un año antes, en 1970 el mismo Barnatán publicaría El Libro del Talismán. Guardo estos tres libros dedicados, y los consulto con especial afecto, en mi biblioteca.
De esos tres primeros y prodigiosos años hay que recordar otra aventura creativa que también llegó a buen puerto. Me refiero a la antología de título alexandrino Espejo del amor y la muerte (1972), debida al profesor Antonio Prieto. En ella estaban incluidos cinco poetas muy jóvenes: Javier Lostalé, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Ramón Mayrata y Eduardo Calvo. Antonio Prieto iba a ejercer sobre los poetas que entonces comenzábamos a escribir un magisterio directo y de generosos resultados. De algunos de estos poetas fue Prieto profesor; de todos ellos estuvo cerca a través de otra aventura editorial que también dio frutos de excepción: la colección de monografías que editó Planeta, dirigida por Antonio. En ella aparecieron, entre otros, los siguientes libros del grupo: Acontecimientos que cambiaron la historia (1975), de Barnatán, Necesidad del mito (1976) del propio Cuenca, mi Viaje a los monasterios de España (1976) y Dados, amor y clérigos (1978) de Villena.
Se comprende a través de estos episodios creativos y editoriales la efervescencia cultural de aquellos comienzos de los años 70, la apertura hacia géneros literarios diversos, la cultura ejercida como vida, la libertad en la creación y, en definitiva, el mantenimiento de una nueva sensibilidad para la literatura. En aquella atmósfera fueron creciendo, pues, nuestros intereses, con derivaciones más o menos intensas en unos y en otros: en Luis Alberto más hacia la filología y la erudición, en Villena hacia el vitalismo, en Lostalé (futuro mecenas pronto de los poetas por los caminos radiofónicos) hacia la sencilla y depurada expresividad poética.
Guardo también de Luis Alberto un recuerdo posterior: el de nuestro encuentro en el Café Lyón, en Alcalá 59, a donde me llevó Lostalé para que conociera al grupo. Eran ya los días en que yo había publicado Sepulcro en Tarquinia. Luego, vinieron el resto de los libros de Luis Alberto, de los que fui temprano lector y fervoroso seguidor: tras Elsinore vino Scholia (1978) y, sobrevolando otros títulos suyos, recordaré determinados hitos: La caja de plata (1985), El hacha y la rosa (1993), Por fuertes y fronteras (1996) y la recopilación de su poesía Los mundos y los días, en la que el lector puede apreciar globalmente la sugestiva y honda evolución de su poesía.
Obras poéticas como las de Luis Alberto o la de Villena, no sólo mantuvieron el pulso creativo de lo que tópicamente se ha venido reconociendo como “poesía novísima”, sino que supieron ir más allá. Ante todo, por esa adscripción a la vida de que una buena parte de la poesía novísima carece, insertada como estaba en un marco más libresco y “cultural” que vital. La poesía de Luis Alberto fundamenta con rigor la cultura, a la vez que aporta la fina ironía y el ingenio a la cotidianidad, le quita seriedad a la misma retórica y abre en definitiva esos caminos nuevos que eran tan dificultosos como necesarios en aquellos días.
Desde aquella primera lectura de Elsinore he seguido leyendo con fervor la poesía de Luis Alberto de Cuenca. Y siempre recordaré, más con humor que con pesar, que en su casa tuvimos “acogida” Barnatán y yo en días políticamente convulsos, cuando, inesperadamente -durante un cándido paseo por el Barrio de Salamanca- ambos nos vimos asaltados y apaleados por una legión de “grises”.
A Luis Alberto me siento unido por muchas cosas. Creo que nos separa sólo una: su rigor en la aplicación de la Filología, esa Diosa que él venera y con la que a mí me gusta ser díscolo, pues me impide creer en el don natural que es la poesía. Ese don que, según nos recuerda Platón en su Ión, es otro Dios el que nos lo concede.
(León, 1946) Poeta, novelista, biógrafo, ensayista, traductor y periodista. En la universidad de Madrid hizo estudios Técnicos y de Historia. Durante varios años fue lector de español en las universidades italianas de Milán y Bérgamo, donde realizó excelentes traducciones de autores italianos, entre los que cabe destacar la obra de Giacomo Leopardi y la poesía completa del Premio Nobel Salvatore Quasimodo. Es una de las figuras más sobresalientes de la literatura española de las últimas décadas. Tras el éxito de su primera publicación, «Preludios a una noche total», han sido editados: «Truenos y flautas en un templo» en 1972, «Sepulcro en Tarquinia» en 1975, «Astrolabio» en 1979, «En lo oscuro» en 1981, «Noche más allá de la noche» en 1983, «La viña salvaje» en 1985, «Jardín de Orfeo» en 1988, «Los silencios de fuego» en 1992, y posteriormente el «Libro de la mansedumbre» en 1997. Su obra ha sido reconocida con el Premio de la Crítica en 1975, el Premio Nacional de Literatura en 1982, la Mención Especial del Premio Internacional Jovellanos de Ensayo en 1996, el premio de Las Letras de Castilla y León en 1998, el Premio Internacional Carlo Betocchi en 1999 y el Premio de la Academia de Poesía de Castilla y León en 2001.