

Hablo de “nuevo” y no de “moderno” porque esta última palabreja, ya por su propia definición de diccionario -“contrapuesto a lo clásico” y “relativo al tiempo de quien habla”-, ya por la condición de reciente y poco experimentado, no es plenamente aplicable a Luis Alberto de Cuenca.
La condición de “reciente”, “que se ve o se oye por primera vez”, “repetido o reiterado para renovarlo” o “distinto o diferente de lo que antes había”, que se asigna a la palabra “nuevo” me parece más adecuada al caso.
Si a alguien le suena a rareza este asunto, que se de una vuelta por el diccionario que según dicen -yo no lo creo tanto- es el que manda.
L.A. de C. no se enfrenta a lo clásico ni su poesía es sólo relativa a su tiempo. Parte del pleno conocimiento y gusto por lo clásico en la más amplia extensión -“todo cuanto nos precedió y de lo que aprendemos”- y resulta a la vez novedoso, reciente, distinto de lo que se tiene por aprendido.
No es el primero ni el único en su especie, por supuesto, pero tampoco el último porque ha abierto caminos por los que circulan bastantes poetas de hoy. Hay quien dice que le han salido clónicos a porrillo; no sé si es para tanto, pero sí que tiene algún que otro epígono y, como es habitual, bastantes más poetas imitadores de baratillo que le hacen afortunado porque, como alguien dijo: de sus imitadores serán sus defectos.
En su acercamiento al magisterio de lo tradicional, lo clásico, lo imitable en el mejor sentido, tienen que ver un excelente aprovechamiento académico, un buen gusto personal y una sensata forma de entender el arte literario. Nada somos sin cuantos maestros nos precedieron, y eso es algo que de Cuenca sabe, esgrime y aprovecha con notables resultados.
En su condición de nuevo -moderno, si alguien se empeña-, cuentan la propia capacidad, su condición de artista auténtico y una aptitud de hombre voluntarioso en nada ajeno a cuanto vive y le rodea.
Conciliar tales aspectos es lo que suele dar un resultado excelente en los grandes creadores de cualquier época. Rompió el Renacimiento, aprovechando usos anteriores y rompieron románticos y modernistas con pleno reconocimiento, más o menos fantaseado, de cuanto les precedió. En ese sentido, L.A. de C., aprovechando formas y fondos de la cadena de maestros de todos los tiempos, se instala en la línea más avanzada de la poesía actual, sin necesidad de estridencias ni alharacas formales y sin descuidar el fondo ni por un momento.
Es capaz de aplicar los mitos grecolatinos, los más desconocidos nórdicos y cualquier otro, y de aplicarlos con los aspectos más actuales que tienen, porque conoce lo que muchos olvidan: su condición de arquetipos; y porque, hombre-literatura sin paliativos, sabe que el tiempo es poca cosa, relativa circunstancia, menudencia humana. Así, nada le resulta ajeno y concilia Bizancio con la Guerra de las Galaxias, Cnosos con Castrillo de los Polvazares, el Cantar de Baltario con Spiderman, y Píndaro con Humphrey Bogart
De igual modo ejerce pasión en el recuerdo de una oda que en la visión de una página de Tin-tin. Si hay que disfrazar a su amada de Reina Ginebra lo hace con el mismo desparpajo que si la viste de princesa Leia Organa.
Esta conciliación de clásico y nuevo aparece en de Cuenca por cualquier lado y nunca gratuitamente. Así, uno de sus libros donde recopila artículos publicados en Nueva Revista, lleva un título esclarecedor: “De Gilgamés a Francisco Nieva”. ¿Puede haber una trabazón más sugerente? Y si un libro suyo de poesía se llama, por ejemplo, “Por fuertes y fronteras”, otro, de artículos, lleva el título de “Etcétera”. El guiño a San Juan de la Cruz junto a ese etcétera que aunque sea locución latina, está instalada en el lenguaje más actual, supone un indicio de la exquisita simbiosis que disfrutan en este poeta la antigüedad ilustrada y la más ilustrativa modernidad.
Se me dirá que es fácil esta mezcla intemporal a costa de personajes, de los que tanto abundan en la obra de este poeta. Pero el asunto va mucho más allá. No se trata sólo de los nombres que se agolpan en sus páginas, siempre dispares en formas y épocas -es uno de los autores que más y mejores referencias de este tipo tiene-, sino de otros aspectos igualmente notables.
Las estructuras con las que versifica son clásicas en ritmos y nuevas en lenguaje, tradicionales en acentuación y rompedoras en sus intenciones. Se mueve tan cómodo en los terrenos del soneto como en los del verso blanco. Hablo de verso blanco y no de libre en el que apenas entra. Los avisados no tendrán problema con esta diferencia que suele distinguir al que sabe del que sabe menos; y Luis Alberto de Cuenca es sin duda de los que más saben.
Son tantos los que ahora huyen de los versos bien medidos, por ignorancia más que otra cosa, que cuando uno encuentra los versos de este autor, perfectamente estructurados, compensados, casi siempre en una métrica “a la italiana” de versos impares, simples o compuestos, eufónicos a más no poder, se da cuenta de que hay mucho conocimiento clásico en fondos y formas tan decididamente nuevos.
Si las referencias nominales y las cuestiones técnicas concilian nuevos y clásicos modos, igual ocurre en los temas que le son más caros. El ejemplo más recordado por él mismo y por otros en lecturas y antologías es el de un soneto que titula de esta sorprendente manera: “El editor Francisco Arellano, disfrazado de Humphrey Bogart, tranquiliza al poeta en un momento de ansiedad, recordándole un pasaje de Píndaro, Píticas VIII 96”.Es evidente la conjunción de términos que sobrepasan cualquier temporalidad y notable que un título de gusto tan barroco sirva para encabezar un soneto de hechuras clásicas en el que circulan letreros luminosos y gabardinas, tras una noche de farra, para acabar consolándose con un verso de Píndaro. Si alguien da más en menos, que venga y nos lo cuente.
Le ahorro al lector más ejemplos que alargarían innecesariamente este escrito. Bastará con que abra cualquiera de los libros de L.A. de C., por cualquiera de sus páginas, y descubrirá cumplidas evidencias de cuanto estoy afirmando.
Personalmente, me confieso aburrido de leer mala poesía en estos tiempos; y más que mala, pobre, pretenciosamente “poética” a costa de las mismas y repetidas palabras que “supuestamente elevadas” convierten la poesía en un aburrido ejercicio de pretendidos poetas que no paran de mirarse el ombligo y repetir hasta la náusea los términos de un vocabulario limitado pero pretencioso: Demasiados árboles estériles que apenas dejan ver el bosque con sus buenos y jugosos frutos.
Cuando lees a de Cuenca, la cosa cambia radicalmente; en cualquiera de sus etapas bastante diferenciadas, uno ve con claridad al poeta de rabiosa actualidad que sabe conservar los muebles clásicos; un escritor que concilia números de la revista New Worlds con reproducciones de las tablillas sumerias del Poema de Gilgamés; un renacentista sin fisuras que combina ilustración con cotidianeidad sin que se le caiga un sólo anillo. Y lo que es mejor, sin que el lector se sienta incómodo por la carga cultural o la riqueza de vocabulario, mientras disfruta de un discurso absolutamente diáfano.
Lope de Vega -oscuro el borrador y el verso claro- estaría encantado Yo también. Y seguramente el resto de los lectores.
Madrid, 1950. Escritor, divulgador cultural y actor. Entre sus publicaciones: “Encuentros”, “Canto del último profeta” (poema coral), “Crónicas del Laberinto”, “A quemarropa”, “Restos de Almanaque”, “Historias para tiempos raros”, “La pintura de Xu-Zonghui”, “Siempre tiempo”, “Todo es papel” “Tiempo de Apocalipsis”, “Contrafábula (poesía reunida 1973-2004),(reúne íntegros todos los anteriores) “Juego de Damas”, “Sin noticias de Gato de Ursaria”, “La poética del vértigo” (Antología) y Pentimento (2009). También, “Cantos de amor y de ausencia, Antología de poemas de la China medieval” (chino y castellano) como adaptador, junto con Xu zonghui. "Poetas en Vivo" (43 poetas) como antólogo. Otras publicaciones en prosa: artículos, biografías, obra gráfica, etc. Ha recibido varias distinciones: Accésit Adonais, Rafael Morales y Ciudad de Torrevieja; Premios Encina de la Cañada, Feria del Libro de Madrid, Blas de Otero, Bahía, Juan Alcaide, Emilio Alarcos, y Premio Internacional Vicente Gerbasi, al conjunto de su obra (Venezuela). Dirige “Poetas en vivo”, en la Biblioteca Nacional Española.