

Luis Alberto debería resultarnos antipático, porque es demasiado erudito, alto y generoso para no sospechar de él. En otro mundo, un hombre atractivo y alto, amable y modesto, no debería recurrir a las malas artes de la literatura y la poesía. Ama a una mujer rubia y élfica, una delicada flor de acero que tiene la indecencia de llamarse Alicia. No cabe nada que hacer frente a un hombre así, salvo rendirse.
Pero yo decidí no rendirme. Presentemos batalla. Luis Alberto ama a Beowulf y a Hamlet, a Snorri, a todos los nibelungos con su orgullo bilbaíno con la misma desesperada ansia que yo, pero sin la pasión casi erótica que a mí me domina. ¿Quién es Fafnir?, puedo gritar al viento, y Luis Alberto contestaría. ¿Dónde habitó la madre de Grendel?, y él lo sabría. Luis Alberto (creo yo) ama el instante, y eso le hace disfrutar de una conversación inesperada, y de melodías halladas en el AVE y de un aceite nuevo y casi prohibido porque, precisamente, es delicioso. Y sabe, y a veces, por delicadeza, oculta que sabe. Y eso lo hace especial y adorable; su modestia, su carácter, su exotismo. Lo que debió ser. Lo que es.
Debuta como escritora con Irlanda (Planeta, 1998). La novela fue galardonada con el premio francés Millepage (Seix Barral, 1999). Seis meses más tarde consiguió el Premio Planeta por su obra Melocotones helados (1999). Se convertía con veinticinco años en la ganadora de menor edad en la historia del galardón. Soria Moria, su última novela, (Algaida, 2007), obtuvo el premio Ateneo del Sevilla 2007. Nuevamente se convirtió en la ganadora más joven que posee este galardón. Colabora con varios medios de prensa nacionales, como Público, ADN, El Mundo, Onda Cero, (Julia en la Onda), así como en revistas como Yo Dona, Jano, o Psychologies. También ha trabajado como traductora literaria. Desde octubre del 2006 dirige su propia empresa E+F de nuevos conceptos culturales.