

Es difícil escribir de lo que se ama porque contiene siempre un elemento innombrable. Uno puede decir que admira a Luis Alberto de Cuenca por su palabra, por su transgresión, por haber conquistado para la poesía un ámbito de libertad alejado de las modas. Por más que su poesía inaugure la posmodernidad no deja de ser sobre todo una celebración de la palabra. Luis Alberto desde la cultura más refinada atacó los bastiones de la cultura pop y los conquistó para la lengua. Leerle es dejarse fluir. En sus poemas late siempre una voz asombrada. Por eso y por muchas virtudes más admiro la poesía de Luis Alberto y admiro a Luis Alberto como persona y como poeta. Decir en cambio porque le quiero tanto tiene que ver con las otras virtudes: las difíciles de nombrar, las que diferencian lo que nos gusta de lo que nos conmueve. Entre temblar y decir prefiero temblar. Hay ciertos poetas que nos deslumbran con su inteligencia y Luis Alberto es uno de ellos, pero hay otros que se nos meten carne adentro y se hacen imprescindibles para comprender todos los otros libros que leemos: poetas necesarios. Estos últimos son muy pocos. Luis Alberto de Cuenca no sólo es uno de ellos. En este principio de siglo atormentado si hay un poeta necesario es Luis Alberto.
Ha sido escogida por la Revista Leer, El cultural y el Periódico de Catalunya como una de las novelistas fundamentales de su generación. Ángel Basanta la ha consagrado como la creadora en España de un nuevo género de novela. Colaboradora de El País y la Revista de Occidente y ganadora de importantes Premios Literarioscomo el Azorín con La muerte blanca o el Ateneo de Sevilla con El otoño alemán. Su última novela es Aunque seamos malditas.