

Porque quien ama nunca sabe lo que ama / ni sabe por qué ama, ni lo que es amor... Así describía el poeta Fernando Pessoa, aquel gran fingidor de las pequeñas verdades como puños envueltas en palabras de seda, su eterna aproximación a esa amada invencible que todos llevamos dentro. Lo hacía con sencillez y resignación, pero con alegría hímnica también al proclamar versos después que Amar es la eterna inocencia y que El mundo no se ha hecho para que pensemos en él.
Luis Alberto de Cuenca supo muy pronto que este último verso del portugués era mucho más que una simple intuición poética. Supo antes que ninguno de nosotros que el mundo, este mundo que caminamos, sentimos, sufrimos, pedaleamos o abrazamos cada día, no se ha hecho para que pensemos en él, y lo supo además de una forma tan clara y rotunda que quizá sea por ello por lo que se ha dedicado siempre a pensarlo doblemente con minuciosa, infatigable y erudita precisión, y a regalarnos a continuación –y ahí habita el milagro y su grandeza- el supremo don que supone despojarse de toda sabiduría previa para enfrentarse simplemente a ras de tierra al verso con la conciencia de que por mucho que conozcamos ya el final de todas las historias que leímos y aprendimos en los libros, el bagaje no sirve para enfrentarse a ese punto y seguido de las historias reales –sus poemas de amor lo son- en donde las heridas siguen latiendo en nuestros hombros como un segundo corazón, y el extracto de la tragedia, la soledad o el regreso a casa a altas horas de la sensibilidad intuye ya su amarga melancolía en el perfume que sabes no abrigará tus manos frías, pero al que estás dispuesto a dedicar tu vida entera. Tu obra completa también.
La tierra estaba seca. / No había ríos ni fuentes. / Y brotó de tus ojos / el agua, todo el agua.
El mundo no se ha hecho para que pensemos en él. El mundo está ahí tan sólo, y a veces nos creemos que somos nosotros los que lo atravesamos, y otras veces sentimos que es el mundo el que nos atraviesa a nosotros y que poco o nada, salvo sentir o resentirnos, podemos hacer.
A veces la tierra está seca, y a veces fluyen los ríos y las fuentes con latido inaudito, y a veces, otras veces, de cuando en cuando, incluso ahora, sin que sepamos ni por qué, ni de dónde, ni cómo el agua de tus ojos pudo abrigarnos tanto, la vida deja de pensarnos o nosotros dejamos de pensarla a ella, y somos simplemente un poema que camina por sus lunes o sus jueves y sabe que la Vida dura muy poco, que no hay manera de reunir los suficientes días para enterarte de algo y que sin embargo existen la pasión, los grifos, las caricias, las camas vacías, las chicas como tú, las botellas tiradas por el suelo y el compás de vivir.
Luis Alberto de Cuenca no ha pensado en el amor, lo ha escrito. Sin filosofía, sin credo, sin vergüenza, sin decálogo alguno. Despojado, derrotado. Acompañado a solas siempre. Sin querer enseñarnos nada, pero dejando a nuestro alcance una hermosa intemperie y una imprescindible lección.
(Oviedo, 1956) Se trasladó a Madrid en 1964, donde actualmente reside. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense.
En 1982, obtuvo con Aquelarre en Madrid el accésit del Premio Adonáis, en el mismo año que Luis García Montero ganó dicho premio con El jardín extranjero. Aquelarre en Madrid ha sido reeditado dos veces con posterioridad. La poética del autor quedó definida a través de dos manifiestos. En 1987 publicó el manifiesto “Perdimos la palabra” en el diario El País, y posteriormente también fue el autor de “Hacia una poesía entrometida”, aparecido en la revista Leer en 1989. Este segundo manifiesto es de gran importancia para entender al autor como “poeta entrometido”, como así se define él mismo. Con anterioridad el poeta había sido uno de los fundadores del sensismo, 1980, un movimiento que supuso un rechazo generacional a las estéticas culturalistas de los años setenta. A lo largo de los años ha publicado más de diez poemarios. Su obra ha sido traducida parcialmente a quince idiomas y de forma completa al francés en un libro titulado “L’Homme de la Rue” por la editorial L’Harmattan. Ha sido fundador del Aula de las Metáforas, una biblioteca poética a la que el autor donó mil quinientos ejemplares, y que se encuentra ubicada en la Casa de Cultura de Grado (Asturias). En la actualidad es director de la revista poética “El hombre de la calle”. Además de poeta, es profesor del Instituto Europeo de Diseño, de la Escuela Superior de Arquitectura y es fundador del estudio creativo El Nombre de las Cosas.