

De Luis Alberto oí hablar por vez primera en Atenas. Era yo estudiante y filosofábamos en un bar de copas y entonces una española recitó de memoria unos versos que me deslumbraron y me emborracharon aún más.
Si dijo el nombre del autor, ya no lo recuerdo. Sólo sé que, diez años más tarde, reconocí esos versos en un libro de Luis Alberto de Cuenca y surtieron en mí el mismo efecto que en mis noches áticas. Sin alcohol, aquel poema volvió a embriagarme.
Sólo ahora he caído en la cuenta de por qué este poeta me gusta tanto: es esa capacidad invisible de poner literatura y mitología al servicio de una vivísima, sencilla, viril y fresca emoción personal que desecha en ellas todo lo que pudiera haber de libresco y polvoriento y las presenta tan vivas y frescas como una flor que nos salpica de rocío. El resultado es un poema de profunda vibración íntima y de una elegancia y universalidad que conecta directamente con el corazón y el gusto del lector. Con Luis Alberto de Cuenca yo he sido muchos amantes y he descubierto con estupor mis propios gigantes de hielo, porque él no despista con retahílas de imágenes superfluas ni se va por elegantes ramas, sino que comienza el poema in medias res, con una voz segura, viril y gentil que dice más de lo que dice y todo en un poema cargado de brevedad y de sustancia viva, tan personal como literaria.
Para colmo, con la relectura de su obra he vuelto a escribir poesía después de más de un año. ¿Qué más le puedo pedir?
Por todo ello me uno a este homenaje.
(Cártama, Málaga, 1967). Estudió la carrera de Filología Clásica y, actualmente, imparte clases de filosofía en un instituto de Alcalá de Guadaíra (Sevilla). Es autor de Topicario y de Arpones contra el pensamiento simple.