

Entre la realidad y la palabra encuentro un vacío, sobre todo si con muy pocas trato de esbozar la figura de Luis Alberto de Cuenca, un escritor, un intelectual del siglo XXI que ama a los héroes, desde Gilgamesh al Hobitt Frodo, desde Arjuna a Casius Clay, y que se desenvuelve en lo complejo y enredado de la cultura de su tiempo, que son muchos y en diversas lenguas, con emoción pero también con deportividad. Acude en mi ayuda una idea feliz, que no es mía: “lo esencial es invisible” y que me ayuda a recordar diversos momentos de mi amistad con Luis Alberto.
El fue visible para mí por primera vez cuando vino a Ferrol para formar parte del jurado del XV Premio de Poesía Esquío. Coincidió con Fernando Arrabal que nos había dado una conferencia sobre el lenguaje de los pájaros, y recordaré siempre aquella cena: Arrabal entre Julia y Julia (Barella y Uceda), la conversación viva, rica, y la desgana más tarde de tener que dar la reunión por concluida.
Pero creo que fue en su segundo paso por Ferrol cuando sucedió lo que me obligó a soportar, en mi estudio, una disparatada silla, más de TBO que de señora respetable, adquirida para trabajar en el ordenador. Sintiéndome un poco avergonzada de que viera tal extravagancia (respaldo verde chillón mezclado con un celeste sin atributos en el que un esforzado tenista animaba el juego), me excusé. No había podido adquirir otra en Ferrol y en 1991. A Luis Alberto le pareció chocante y original y me aconsejó que la conservara. Así lo hice porque vi su lado cómico. Cuando la silla desapareció de mi casa, me acordé de Luis Alberto. Él y mi silla. Un punto de humor.
El Luis Alberto visible se redujo a dos o tres ocasiones más, pero siempre permaneció en mi memoria, casi como una definición de su personalidad, el rasgo de lo que llamo esencial. Y he tenido conciencia de su fuerza y permanencia al escribir estas líneas, de que todo lo relacionado con él, incluso situaciones difíciles, ha estado siempre impregnado de cordialidad, cortesía y de la distancia que toda persona civilizada establece entre extremos.
En mi estudio queda algo más de ese matiz cordial de lo invisible en Luis Alberto: los tres volúmenes de Ovidio, Metamorfosis, que yo trataba inútilmente de adquirir y él tuvo la amabilidad de enviarme un día.
Y en éstos, tan monótonos, de la cultura española, Luis Alberto de Cuenca me parece un raro.
(Sevilla, 1925) Poeta española. Se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Hispalense donde ejerció la enseñanza durante algunos años, obteniendo el Doctorado, por la misma Universidad, con una tesis sobre el poeta José Luis Hidalgo. Fue catedrática en Michigan State University desde 1965 hasta 1973. Después de una breve estancia en España, abandonó nuevamente el país para residir en Irlanda hasta 1976, año en que trasladó su residencia a Galicia, donde actualmente vive. Es catedrática de Literatura Española de Institutos Nacionales de Enseñanzas Medias y de Escuelas Universitarias. Su labor crítica de investigación se encuentra en revistas literarias especializadas de Estados Unidos y de España. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, italiano, inglés, chino y hebreo, y antologados y editados en diversas publicaciones españolas, italianas, norteamericanas y chinas. Es miembro correspondiente de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, de la Asociación Española de Críticos Literarios y de la Asociación Internacional de Hispanistas. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía 2003 por En el viento, hacia el mar (1959-2002), Edición de Sara Pujol Russell, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, Colección Vandalia Maior, 2002. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de la Crítica por su obra Zona desconocida.