

Tengo que empezar confesando una cosa vergonzante. A veces, en uno hay reductos de ignorancia que desafían al tiempo y sobreviven a multitud de avatares que lógicamente habrían debido destruirlos. Verbigracia: yo debería haber sabido hace mucho que Luis Alberto de Cuenca, a quien conozco, leo y admiro desde hace años, era el autor de la letra de la canción Garras humanas, de la Orquesta Mondragón, que he escuchado mil veces y que me acompañó muy a menudo durante mi adolescencia (de hecho, siempre fue mi favorita entre las de aquella legendaria formación musical). Sabía, claro, que al talento de Luis Alberto de Cuenca se debía la letra de la celebérrima Caperucita feroz, entre otros éxitos del grupo, pero nunca me había detenido a buscar la lista completa. Y he aquí que hace unos meses, leyendo la estupenda antología Hola mi amor, yo soy tu lobo (publicada por Rey Lear Ediciones e ilustrada por el siempre vibrante Miguel Ángel Martín) descubro que Luis Alberto es también el autor de esta triste historia del hombre sin brazos del circo, que tan inspiradora le resultara a quien suscribe en sus años jóvenes y limpios, y con cuyas hebras, feroces y tiernas a la vez, se tejieron no pocas de sus ensoñaciones sobre el amor. Siendo un monstruo podía vivir, decía mi verso preferido de aquella letra, y la frase ha sido divisa de no pocos de los seres de ficción a los que he dado la mano (o ellos me la dieron a mí) para caminar por la senda de la literatura, tanto en mi calidad de lector como en la de autor de narraciones.
También Luis Alberto, siendo un monstruo, podía y puede vivir. Lo atestiguamos quienes hemos paladeado sus versos, cercanos y a la vez terribles, compasivos y de pronto crueles, serenos y súbitamente capaces de infligir la herida de la luz más desnuda y relampagueante. Quien esto suscribe, que no compone versos por inepto, sucumbe con envidia a la ordenada progresión de sus estrofas, y a menudo, por no decir casi siempre, a la apabullante resolución de verdugo con que sabe zanjar el poema.
Pero hay otra faceta en la que Luis Alberto de Cuenca resulta casi humillante para los demás. No conozco a nadie en España que lea versos tan bien como él. Los suyos, por supuesto: sin afectación, sin sombra de monotonía, con una naturalidad y una firmeza que les dan una vibración única, con una ironía que conjura definitivamente el riesgo de la vana solemnidad. Pero también los de otros: con una generosidad y una entrega de las que sólo son capaces quienes saben que el talento ajeno es una de las pocas cosas que verdaderamente nos pertenecen, cuando sabemos reconocerlo, admirarlo y disfrutarlo. Lo he escuchado varias veces, pero recuerdo una vez que leyó un poema de José Hierro, en un homenaje en el aniversario de su muerte, y José Hierro no tuvo más remedio que levantarse, y venirse a vivir de nuevo unos minutos entre quienes escuchábamos.
Con una vergüenza empiezo y con otra acabo. Una vez Luis Alberto no pudo venir a una lectura en la que íbamos a estar juntos Jesús Urceloy, él y yo (todavía no sé muy bien qué pintaba yo allí, pero bueno). Ni Jesús ni yo quisimos que faltaran sus versos, y mano a mano leímos varios de sus poemas. No como lo habría hecho él, desde luego. Pero aquella tarde de ausencia, Luis Alberto me hizo el regalo de poder parecer poeta. Para quien no tiene versos propios, fue un privilegio poder leer los suyos. Que, pensándolo bien, ya no son suyos. Corrijo: esa tarde leí mis versos, los que le robé, porque yo también, siendo un monstruo (un cuentista), quiero y puedo vivir. Y gracias a la existencia de poetas como Luis Alberto de Cuenca, ello es felizmente posible.
(Carabanchel, Madrid, 1966) Estudió Derecho en la Universidad Complutense de Madrid y ejerció como abogado de empresa desde 1992 hasta 2002. Ha escrito relatos, artículos y ensayos literarios, pero es conocido principalmente por sus novelas. Una de ellas, El alquimista impaciente, ganó el Premio Nadal del año 2000. Esta novela es la segunda en la que aparecen los que quizá sean sus personajes más conocidos: la pareja de la Guardia Civil formada por el sargento Bevilacqua y la cabo (en la última novela) Chamorro. Otra de sus obras, La flaqueza del bolchevique, fue finalista del Premio Nadal 1997 y ha sido adaptada al cine por el director Manuel Martín Cuenca. La revista Otrolunes dedicó su dossier de autor del número 6.