

Hay escritores que trasmiten en su obra lo que sientes o adivinas al conocerlos. A Luis Alberto lo conozco desde hace mucho tiempo, pero tengo la sensación de haberlo leído antes. En cualquier caso, mis deudas con él son grandes, y todas provienen de lo que pudiera ser un mundo lírico contenido en una caja de plata y de una amistad que se extiende entre el afecto, la discreción y la elegancia. Le debo, por ejemplo, el Cantar de Valterio o las Canciones de Guillermo y Jaufre Rudel. También algunos viajes ilustrativos a lo que supone el mito y a lo que son las máscaras del héroe. Lo afectuoso está en su poesía, el afecto, la línea que ahonda entre amistad y amor, la evaluación irónica de lo que en los sentimientos se gana y se pierde. Algunos de los poemas amorosos más alegres y melancólicos se los he leído a él. No es habitual en la poesía contemporánea la mirada lúdica, tampoco el contraste entre la exaltación y el declive, los presentimientos de la edad en la memoria y el destino. Por fuertes y fronteras tiene unos cuantos poemas inolvidables y, como siempre, lo que Luis Alberto le requisa a la vida y el espejo de lo que el arte, la propia literatura de todos los tiempos, sustenta como herencia aceptada. La hondura o la gracia o la espontaneidad que se corresponde con el rigor de lo que está perfectamente medido en su expresión, son avales de su línea clara pero, no nos engañemos, la claridad no desdeña la complejidad. Es frecuente en los poemas de Luis Alberto detectar la carga de profundidad que emerge en la misma inquietud de su lectura. La caja de plata contiene secretos insondables y, al abrirla, podemos percibir un aliento misterioso. Ah, también se me olvidaba decir que Luis Alberto es de los poetas que más lúcida conciencia tienen de sí mismos, si me atengo a las impagables revisiones y antologías de su obra, las poesías reunidas donde el propio creador se lee y ofrece su patrimonio en el tiempo.
(Villablino, León, 1942) es un escritor y académico español. Tras trabajar durante algunos años en el grupo empresarial familiar, obtuvo plaza como funcionario, en 1969, convirtiéndose en jefe del servicio de documentación jurídica del Ayuntamiento de Madrid. Un año después solicitó la excedencia para convertirse en director general de Editorial Anagrama, recién fundada, de la que fue además consejero delegado hasta 1984. Es miembro de la Real Academia Española: elegido el 22 de junio de 2000, tomó posesión el 20 de mayo de 2001. Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas, apareció en 1973. Publicó luego las novelas Las estaciones provinciales (1982), La Fuente de la Edad (1986), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica, Apócrifo del clavel y la espina (1988), Las horas completas (1990), El expediente del náufrago (1992), Camino de perdición (1995), La mirada del alma (1997), El paraíso de los mortales (1998), Días del Desván (1999), Fantasmas del invierno (2004) y las fábulas reunidas en El diablo meridiano (2001) y en El eco de las bodas (2003), así como los libros de relatos Brasas de agosto (1989) y Los males menores (1993). Con La ruina del cielo (2000) obtuvo el Premio Nacional de Narrativa y el Premio de la Crítica. Es patrono de honor de la Fundación de la Lengua Española.