

Escribo estas líneas sobre Luis Alberto después de haberlo dejado hace unas horas. Hemos hecho un viaje juntos muy original. Estábamos en Málaga, y teníamos que viajar a Murcia. Un taxi blanco vino a buscarnos y nos condujo hasta Murcia. Los dos valoramos mucho lo chulo que era el taxi. Estuvimos hablando cerca de cuatro horas, el trayecto que dura el viaje Málaga-Murcia, mientras atravesábamos esos desiertos españoles, a 39 grados de temperatura exterior, según medición exacta del sensor de temperatura del Mercedes superblanco en que viajábamos. Esto ocurre entre las 11 de la mañana y las 3 de la tarde del día 11 de junio de 2009. Hemos estado hablando de libros, de películas, de amigos, de coches, de Elvis Presley y de teléfonos móviles. Luis Alberto tiene un Nokia bastante viejo, por cierto. Un Nokia que no hace fotos. Pero me ha dicho que le gusta que las cosas le duren. La amistad también es eso: una duración. Conozco a Luis Alberto desde el año 92. Dicho sea de paso, Luis Alberto tiene una excelente memoria. Nos conocimos en Zaragoza, cuando vino a leer poemas a “Poesía en el Campus”. Con ocasión de su venida, se editó un cuaderno, que tuve el placer de coordinar. En ese cuaderno escribían Abelardo Linares, el desaparecido Manuel Soto, Javier Barreiro, Carlos Marzal, Jaime Siles y Ramón Acín. Es un cuaderno ya inencontrable, una pequeña joya bibliográfica, pero está colgado en la red. Esta es la dirección: http://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/27/76/_ebook.pdf. En ese cuaderno escribí un artículo de crítica literaria sobre Luis Alberto, y lo titulé “Pasión”. En ese artículo me afanaba en explicar la poesía de Luis Alberto. Lo he releído ahora, y me ha gustado.
Recuerdo una pequeña hazaña épica: una vez nos bañamos juntos en la piscina del Hotel Mencey de Tenerife. Recuerdo que era una tarde dorada de finales de febrero del año 2000, el agua estaba fría, pero nadamos en ella un buen rato. Luis Alberto sabe ver lo mejor de la gente, ese es un don grande. Siempre me ha dejado perplejo su generosidad sin límites. Es una generosidad muy cool, porque es una generosidad que procede más de la inteligencia y de la elegancia que de la beatitud moral. Sé que en el fondo de su corazón guarda secretos. También sé que en ese fondo Luis Alberto es un eterno adolescente. A finales de los ochenta y principios de los noventa, su poesía nos caló a todos. Hizo un milagro literario: convirtió nuestras vidas reales, nuestras vidas ordinarias, en leyendas fabulosas, en leyendas épicas. Adaptó la épica a nuestras circunstancias, a nuestras necesidades. Eso es lo que hizo su poesía. Nos devolvió la posibilidad de mirarnos en el espejo como si fuésemos grandes hombres, grandes hombres viviendo la realidad de las cosas. Comprendimos que la épica es el estado más poderoso de la alegría. Comprendimos que la alegría es superior a la felicidad. Luis Alberto sabe griego clásico. A mí eso me fascina. Sabe lo que dijo Tucídides, lo que dijo Heródoto. No es como saber inglés, que eso lo sabe todo el mundo. Conoce las palabras secretas de Homero, las que no salen ni en la Iliada ni en la Odisea. Las otras palabras. Los códigos oscuros. Nos acordamos de Borges, en este momento.
Es narrador y poeta. Ha publicado los libros de poemas: El Cielo (DVD Ediciones, 2000), Resurrección (Visor, 2005), Calor (Visor, 2008). Como narrador es autor del libro de relatos Zeta (DVD, 2002), de las novelas Magia (DVD, 2004) y España (DVD, 2008). En 2009 aparecerá su nueva novela, publicada por la editorial Alfaguara.