

Traductor y traducido. Editor y editado. Clásico y moderno. Investigador e investigado. Crítico y creador. Culto y transcultural. Antólogo y antologado. Poeta y funcionario. Coleccionado y coleccionista. Bibliógrafo y bibliófilo. Gestor cultural y gestionado. Y un lema: -“Vive la vida (...) por paraísos sin mirar atrás”. Y sobre todo: poeta; mas no exclusivamente. Luis Alberto de Cuenca es todo un caleidoscopio en permanente movimiento, creativo, antagónico y... Todas las expresiones, todos los contenidos que el soporte papel/libro y cualquier formato del paralepípedo de la Galaxia Gutenberg y pudiera soportar son de su interés, bien para recibir bien para proponer, máxime si el folio se encuentra en blanco. Es todo un mundo de afinidades y disparidades, pues nunca abandona la filogenia cultural y, a la vez, propone nuevas fórmulas. Así, para el poeta y más ningún genero literario en exclusiva ha sido capaz de atrapar en exclusiva ni encerrar toda su fuerza creativa, si bien las veredas poéticas le han detenido con mayor asiduidad.
Traductor de Homero, Eurípides, Virgilio, Llull o Nerval, entre otros, traducido a todas las lenguas modernas dominantes. Autor, ampliamente editado, y, a la vez, director e impulsor de numerosas colecciones o ediciones críticas, de las que destaca la colección BLU (Biblioteca de Literatura Universal).
Luis Alberto de Cuenca es investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y, a la vez, investigado, de acuerdo con las numerosas referencias habidas. Dedicado a los clásicos, no abandona los ritmos y rutas más puntuales, si bien combina el esfuerzo de arrastre por insertar lo perenne de la cultura en lo novedoso, pues “el efecto lastre” que la buena formación cultural procura no puede esquivarse, ya que reiteradamente se presencia. Este culturalismo y eclectismo no restan, sino que modelan las nuevas propuestas; de ahí que lo popular y lo cotidiano se entremezclan con lo erudito, lo hermético con lo transparente.
A todo este agregado de propuestas creativas se añade la tarea de crítico, de antólogo y bibliógrafo, que a la vez lo condenan a ser analizado, antologazo. Y, también a sufrir los daños que la irracionalidad del coleccionista condenan al bibliófilo.
Valgan estas pinceladas dispersas para otorgarnos un cuadro, sin duda impresionista, de Luis Alberto de Cuenca. Cada brochazo fijado es un color puro que la plomada aproxima a los ya citados u a otros (letrista musical, gestor cultural, funcionario con altos cargos, conferenciante, etc.). Todo pudiera conformar una vidriera gótica, mas no. ¿Acaso cuadro impresionista que requiere la necesaria distancia para la contemplación plena? Tampoco. Opino que reducir a Luis Alberto a la superficie plana y fija no es adecuado. Es un caleidoscopio cuyo interior se activa con atenta mirada y aliento sostenido mientras las manos lo giran en pulso sosegado. Esta contemplación (con templanza) permite discriminar las “polis”-cronía-fonía-morfía de un alma sin resuello, atenta a lo sucedido para encerrarlo en el presente con mirada hacia el horizonte.
El caleidoscopio es, pues, dinámico y creador. La fuerza que lo agita es humana, pus su creación a diferencia de la violenta ex–nihilo y propia de los dioses, parte de la recepción de lo perdurable de la acción (creación) humana sin olvidar las posibilidades que unas encadenan a otras.
Mundo clásico e intimismo, erudición y erotismo, pasado y futuro, sinodal y digital, vida o la letra muerta u olvidada, esteticista que no elitista, real y realista, enmascarado con sonrisa cálida y mirada humilde (humus). Diletante y provocador, experimental, pero creador de una poesía humana, la propia de quien sabe que “vivir es resistir”, pues “el fuego es vida, pero también convierte en ceniza lo que toca. A uno siempre le parece que su mundo es el más duro y terrible de los que han existido, pero siempre ha sido igual, este mundo no está más en llamas que los anteriores”.
De este modo cierro estas breves reflexiones con otro lema válido para Luis Alberto de Cuenca “Nihil vitae alienum mihi est”
(1953). Doctor en Pedagogía, Licenciado en Antropología y Ciencias del Hombre y en Filosofía y Letras y diplomado en Sociología Política. Ha ejercido de director del CEBYD (Centro de Estudios Bibliotecario y Documental), Consejero Técnico en los Ministerios de Cultura y de Educación, Vocal Asesor y, actualmente, Director General del Libro, Archivos y Bibliotecas. Además de numerosas colaboraciones en prensa diaria y revistas, ha publicado las siguientes monografías: La Pedagogía de Paulo Freire; La ciudad ausente; Pedro Montengón y Paret, un ilustrado entre la utopía y la realidad; Por un socialismo participativo; La ilustración en Europa y España; Zambrano; La escala de Jacob; El odre de Agar; María Zambrano, La vara de Aarón; Heterodoxos leoneses (ed.). Es coautor en varias monografías que versan sobre filosofía, sociología, educación, antropología, crítica literaria.