

Bajo la ardiente luminosidad exterior, Luis Alberto no sospecha que espío sus movimientos.
Su mano, bajo el sol, dibuja lentamente letras sobre un papel rosado. Las letras componen palabras.
Lo imagino mimando la calidad de esas palabras, igual que hace cuando habla. No puedo leer lo que escribe, ya que espío desde una esquina, a dos metros de distancia de él.
En esta tarde calurosa –son los últimos minutos del día último de la última Feria del Libro de Madrid-, Luis Alberto no sospecha que este acto, mi observación de su movimiento calmoso sobre el papel rosado, es en realidad el broche secreto de un círculo que abrí meses atrás en un restaurante de la ciudad.
Nos habíamos prometido comer juntos al finalizar unas jornadas literarias donde coincidimos en una mesa redonda que resultó especialmente divertida. Antes de ello no nos conocíamos en persona, pero ninguno de los dos solemos dejar pasar la oportunidad de ampliar la amistad con quien simpatizamos de entrada. Esa era la razón de la comida, y también la de que me atreviera, hacia la mitad del segundo plato, a lanzarle una propuesta insólita.
Hace algunos meses dirijo para la editorial 451 editores una colección llamada “Ternura para los monstruos”, en la que autores españoles de hoy revisan mediante relatos originales los mitos clásicos del terror; existía el proyecto de hacer un libro dedicado a Edgar Allan Poe, y sería una hermosa idea, pensamos, que un poeta como Luis Alberto escribiera una versión libre del “El cuervo”.
Seguramente él no sabe que mientras esperábamos que nos sirvieran el pescado a la sal, yo mantenía los dedos cruzados bajo la mesa. Estaba seguro de que iba a recurrir a cualquier excusa para rehusar una propuesta tan arriesgada, y para convocar la suerte a mi favor empeñé toda mi fuerza mental en imaginarme a Luis Alberto meses después, cuando el libro estuviera ya terminado, firmando ejemplares del mismo. Esa especie de sortilegio barato suele favorecerme, como si mi capacidad de visualización del futuro tuviera influencia sobre la realidad aún no producida; eso sí, a cambio debo luego cumplir el protocolo de acudir a observar esa “realidad ya producida”. Un intercambio absurdo pero efectivo que por mi parte respeto siempre, de forma igualmente también supersticiosa; pienso que si dejo de hacerlo la suerte de apartará de mi lado.
El camarero no había aún terminado de limpiar el pescado cuando Luis Alberto dijo “sí” sin dudarlo, con naturalidad absoluta, relajada, suave como sus maneras habituales. Por la sorpresa, casi me quebré los dedos bajo la mesa. ¿Cuántos poetas habrían aceptado revisar a Poe, reescribir “El cuervo” hacerlo para “nuestro” libro?
Esa tarde, tras despedirnos, no tardaron sin embargo en asaltarme las dudas. Había accedido a escribir “El cuervo”, cierto; pero ¿sería serio en su compromiso? ¿O me vería envuelto en una batalla contra el mito del escritor perezoso, incapaz de cumplir los plazos, que se vuelve la pesadilla del editor?
Al día siguiente -¡al día siguiente!- llegó un archivo desde su correo titulado “Sobre El cuervo de Poe”, con una breve nota de Luis Alberto en la que explicaba que se trataba del poema más largo que había escrito en toda su carrera. Abrí el archivo con inquietud y comencé a leerlo lleno de temor, como si hubiera comprendido en ese instante que ambos, yo instigándole a escribir y él escribiendo, habíamos cometido una blasfemia sin retorno. Y sin embargo, ahí surgía verso a verso el cuervo paralelo de Luis Alberto sobre el cuervo intocable de Poe: otro amor muerto, otra soledad desgarrada, la única forma posible de resolver con belleza y emoción el encargo imposible. No se puede criticar un poema, al menos yo no sé cómo hacerlo. Pero sentí la emoción de haber alentado una obra única y hermosa, intocable como los versos lejanos que la habían inspirado.
El libro editado tiene una portada de intenso color rosa sobre la que destaca un cuervo nítidamente negro. En las páginas interiores prolifera también, entre las ilustraciones y los relatos que componen el homenaje de otros autores a Poe, el color rosado.
Es sobre ese intenso color donde Luis Alberto, sin sospechar que lo espío, dibuja hoy una dedicatoria a uno de los lectores que se ha acercado a la feria del libro para llevarse su firma.
Cierro así, secretamente, el viejo pacto de superstición absurda acordado conmigo mismo. Firma, le observo firmar sin que lo sospeche.
Pesa más el orgullo de amigo que el de editor.
A pesar de lo cual, me adentro en las oscuridades del papel rosado:
Una noche de un frío diciembre, me encontraba
solo en mi biblioteca, pensativo…
(Bilbao, 1958) Vive desde 1975 en Madrid. Es novelista, guionista de cine y desde hace unos meses también editor. Ha ganado, entre otros premios, el Nadal 2001 (El Niño de los coroneles) y el Ateneo de Sevilla 2005 (El mundo se acaba todos los días). Entre sus novelas dirigidas al público juvenil destacan Cielo abajo (Premio Anaya 2005 y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2006) y Zara y el librero de Bagdad (Premio Gran Angular 2008). La adaptación al cine de su novela La luz prodigiosa (adaptada por él mismo y dirigida por Miguel Hermoso) recibió numerosos premios internacionales.