

Aquel pensamiento fue una revelación: el mito era la palabra misma. Gracias a su primer ensayo, descubrí que los mitos no se extinguieron con Ulises. Que sólo se habían escondido, reencarnándose en los tebeos franceses, en Roland, en Hamlet y en las viñetas Manga. Cuando por primera vez rescaté La necesidad del mito de la biblioteca de mi madre, era un libro deslustrado y lleno de polvo, publicado un año después de mi nacimiento. Sin embargo yo lo subrayaba con hambre en el 2000 dispuesta, sin saber aún por qué, a que me guiara en la escritura de Quijote’s Show, la que sería mi primera obra de teatro.
Me presentaron a Luis Alberto de Cuenca dos veces con nueve años de diferencia y en ambos casos lo precedió, como un mensajero griego, ese libro. Nuestro primer encuentro lo provocó un ascensor al abrirse en la zona de oficinas del Teatro Real donde yo trabajaba por aquel entonces, y entró, junto a un amigo común, el que para todos era el Secretario de Estado para la Cultura y para mí, el autor de un texto devorado por anotaciones. Salían de una reunión ejecutiva y la persona que le acompañaba me dijo: “Vanessa, te presento a Luis Alberto. Sois lo único agradable que me ha ocurrido en todo el día”. Recuerdo mi primera impresión: el porte victorioso de un caballo de espadas, la mirada lúcida de un estudiante y una sinrazón en la boca suficiente para no cejar en el empeño de hacer cultura desde la política. De pronto, una lanza apareció en la mano en la que sujetaba el paraguas, un peto rutilante sustituyó al chaleco y la corbata, y así, cabalgando sobre el mármol del recibidor del teatro, se alejó por la Plaza de Oriente en dirección al ocaso, dejando una estela de polvo detrás.
Aunque parezca insólito, a pesar de tan espectacular preámbulo y de numerosos amigos en común, no nos reencontramos hasta nueve años después, siempre tras su fiel emisario: acababa yo de comprar una reedición de 2008 de “La necesidad del mito” mientras terminaba mi segunda novela, con la intuición de que una vez más, aquel texto desaparecido tras innumerables mudanzas me arrojaría algo de luz.
Nuestro reencuentro también fue en un teatro de Madrid. Pero esta vez ambos asistíamos como público, lejos de las tensiones administrativas del arte. Me encontraba en el patio de butacas hablando con el lingüista Manuel Criado de Val cuando éste exclamó: “Buenas noches, caballero andante”. Y yo supe que no podía ser otro porque, desde luego, Don Manuel es un especialista. Allí estaba. Desmontado. Y yo me pregunté si acaso habría atado a su corcel a una farola de la Gran Vía.
Desde entonces y a medida que avanzo en la lectura de su obra, estoy más convencida de que de “Don Luis Alberto de Cuenca” protagonizará gestas y epopeyas, más allá de las que escribe en primera persona. ¿No es acaso lo que ya estamos haciendo? Porque algunos de sus versos son míticos, en el sentido de Van der Leeuw que él mismo rescató en su libro para mí: poseen un valor decisivo si se los repite. Tienen la facultad de transubstanciar la realidad y las conciencias: “El mundo es una catedral helada” o “Nunca me digas: estoy muerta. / No abrazas más que un sueño.”
Sus versos comienzan siendo palabras vestidas de alta costura, pero al recitarlas, sentimos como si el poeta nos dejara observar por el ojo de una cerradura cómo las desnuda.
En esto estaremos de acuerdo, porque así lo dicta el diccionario: que un caballero andante es aquel que cree en lo que no ve, aquel que sale en busca aventuras para demostrar su heroísmo y conquistar a la dama, el que se piensa hijo de sus obras, el que se lanza al camino como aprendizaje. Entonces, como Don Quijote de La Mancha, como Amadís de Gaula, Don Luis Alberto de Cuenca es caballero. Un caballero fetichista de verbo escéptico y culto que admira a Flash Gordon y le reza a la Dulcinea de Willendorf: “Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento, y la sombra sin cuerpo de quien se cause”, Don Quijote dixit.
En palabras de Luis Alberto: “la sonrisa/ feliz y tonta que le arrebataste/ a tu oso de peluche y la uña rota/ que me diste una noche de tormenta./ Sólo quiero esos míseros despojos/ después de la batalla. Y que la nieve/ me cubra con su manto, hecho de olvido.” Sólo que él, cabalga por su “línea clara” desde que amanece, es capaz de recitarle a sus Dulcineas cuando sólo son Aldonzas y de ser caballero e ingenioso hidalgo al mismo tiempo.
(Barcelona, 1975) Reside en Madrid desde la infancia. Es novelista y dramaturga, Licenciada en Ciencias de la Información y Experta en Comunicación y Arte por la Universidad Complutense de Madrid. Es autora de los textos teatrales: Quijote´s Show (2000), Paisaje Transportado (2003), Estábamos destinadas a ser ángeles (2006) año en que se alza con el XI Premio Ateneo Joven de Sevilla por su primera novela El Ingrediente Secreto (Algaida, 2006). Su paso por el Royal Court Theatre de Londres ha dejado los títulos traducidos al inglés Flashback (2007), La cortesía de los ciegos (2008)y La mejor posibilidad de ser Alex Quantz (2008). Ha sido reconocida con La orden de los descubridores de la St. John’s University de Nueva York, concedido a escritoras como Carmen Conde y Carmen Laforet, y con el Premio Nacional Cultura Viva al Autor Revelación del año, destacándola como uno de los más sólidos valores dentro de la nueva generación de escritores españoles.