OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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“Ser escritor era algo muy poco común en mi barrio”

Entrevista a Emerio Medina. Ganador del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009

 

por Rafael Vilches Proenza

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¿Sobre qué cosas te interesa escribir?

Creo que he logrado mantener los mismos intereses del principio. Un poco más especializados, quizá, pero los temas son los mismos. Mi personaje favorito es el del hombre aplastado, ese que ve girar el mundo y se contenta con abrir los ojos cada día, ese, que no pide más que un cigarro y un trago de ron y una mujer para pasarle la mano por las noches. Pero eso no es un tema, y para responder tu pregunta tengo que hablar más. En general me interesan los temas de la sociedad, de la armazón humana, no importa dónde ocurra la historia. Como vivo en Cuba, mi país siempre va a estar presente. El cubano más común es como un eje alrededor del cual giran mis historias. Como escribo narrativa fantástica, trato de ubicar esa fantasía en Cuba, de modo que el tema siempre será Cuba, los cubanos, la gente, los problemas de la gente. Creo que el cuento La salida deja bien clara esa intención. Es el cuento que yo escogería para responder tu pregunta, y me atrevo, con tu permiso, a citar un fragmento:

Nos gustaba mirar a la gente. Los oíamos hablar de fugas y de planes. De números y cuentas y cosas imposibles. Oíamos a los padres que reclamaban a los hijos por los zapatos rotos. Por el dinero gastado en peces de colores y abalorios de santos que alguien vendía en las escuelas. Por las virginidades perdidas sin aviso previo. Por los tatuajes que se habían hecho en la piel sin estar autorizados. Por la novia que se fue con otro sin dar una explicación. Por la música tan alta en las horas altas de la noche. Por las palabras extrañas que aprendieron en un concierto. Por la película que vieron y la canción que hablaba de cosas ajenas a los padres. Por el hambre a deshora y los amigos raros. Por la ropa tan corta o los labios pintados de negro. Por los huecos en la piel y los colgantes de metal y piedra. Por la perla en la lengua y la manilla de cuero. Por el collar de semillas y los pantalones que enseñaban la pelvis.

 

En estos momentos tienes tres libros de cuentos publicados: Plano secundario, Ediciones Holguín, 2005, Premio a la Mejor Ópera Prima, del año 2005 que otorga el Centro del Libro "José Soler Puig" de Santiago de Cuba), Rendez-vous nocturno para espacios abiertos, Ediciones Holguín, Premio de la Ciudad 2006, que además a tenido una reedición por letras cubana por ser uno de los mejores libros publicados por el sistema rizográfico en el país; Las formas de la sangre, Ediciones El mar y la montaña, Premio Regino Boti 2006, y están por salir dos libros más, uno por Ediciones Holguín y el otro por la Editorial Oriente. ¿En qué se diferencia uno de los otros y si son etapas pasadas en tu escritura actual o el proceso ha cambiado?

Esos tres libros publicados que mencionaste, junto con un cuarto libro inédito, conforman una etapa. Una etapa pasada, digamos. Son libros parejos si los comparas. Tienen el aliento fresco de los inicios, esa sangre bulliciosa que obliga a sentarse y escribir un par de líneas más cuando de verdad uno quiere lograr algo. Hay un cuento que se llama Rendez-vous nocturno para espacios abiertos que da título a uno de los libros y es precisamente el cuento que cierra esa etapa. Alguien me ha dicho que ese cuento no se parece a los otros, y tiene razón, no se parece en nada. Ya te digo, cuando lo escribí estaba seguro que estaba cerrando algo, dando fin a algo, ahora me dices que eso es una etapa, y yo te digo que sí, que esa etapa de mis cuentos se cerró con Rendez-vous nocturno. Después escribí mucho, cinco o seis libros de cuentos, cuatro novelas para adultos, una fantasía heroica que ya va por la tercera parte, un quinto proyecto de novela que ya ha avanzado bastante. En abril escribí Los días del juego, que fue el cuento que ganó el Cortázar, y creo que con ese cuento estaba cerrando algo también, una etapa o lo que sea, el problema es que uno no puede repetirse, llega un momento en que ya has abusado de determinados temas y formas de escribir, entonces necesitas un cambio, una restructuración del pensamiento propio, una forma nueva de mirar y hacer, y eso es lo que pasa con las etapas que dices. Pero mejor parafraseo a Lourdes González: Uno terminaría por devorar sus propios libros, dijo ella, y yo diría que uno terminaría por devorarse a sí mismo si no propicia el cambio, si no lo busca, si no deja que el aire fresco entre al cerebro y lo oxigene un poco. Ahora mismo la editorial Oriente está publicando un libro de cuentos que se llama El puente y el templo, y es un libro que se diferencia sustancialmente de los anteriores, ya verás. Pero básicamente sigo escribiendo de los mismos temas: el hombre y las circunstancias en que el hombre vive. Y el proceso es el mismo también, pura observación. Alguien me ha dicho que soy un buen observador. Yo también lo creo así. Los libros que siguen a los ya publicados tienen, por supuesto, diferencias estructurales, pero la manera de abordar los temas es la misma. La misma mirada sobre las cosas, quizá. Hay algo de continuidad en todo eso. Un plan único. Sí, creo que es eso: tengo un plan único.

 

¿Escribir te ha cambiado como persona o sigues siendo el mismo que nació, se crió y sigue viviendo en Valle Dos en Mayarí?

Esa es una buena pregunta, y te la respondo fácil: escribir me ha hecho mirar con otros ojos el lugar donde vivo. Creo que me moriré allí. Ahora mismo mi hijo está yendo a la misma escuela donde yo pasé la primaria, y eso es algo que me gusta, me va gustando, siento ese sabor de los cinco o los seis años y creo que no me perdería eso por nada del mundo, por ningún premio ni ninguna publicación ni ningún nombre.

 

Sé que saliste de un taller literario, ¿qué criterios tienes de los talleres literarios?  ¿Qué saldos positivos y negativos dejaron en ti el taller al que hasta hace poco perteneciste?

Decir que no pertenecí a un taller literario sería una estupidez y una falta de respeto a mucha gente que ha dedicado su vida a los talleres. Yo, efectivamente, pertenecí y pertenezco a un taller literario, pero no salí de allí. Ese taller que dices no me sirvió de nada. Los talleres que te encuentras en los municipios, hasta donde yo he podido observar, están plagados de cuanto vicio literario pueda existir. Los especialistas que dirigen esos talleres tienen muy poca preparación. Son personas que estudiaron una carrera y se quedaron varados en los mismos textos que vieron en la universidad. Cuando aparece por allí un escritor con algunas ideas novedosas, con algo realmente válido en la cabeza, esos mismos especialistas se encargan de corregir al escritor equivocado, de hacerle ver que la literatura no es eso, y con ese recurso, como puedes entender, lo único que se logra es que el futuro escritor dé media vuelta y se vaya a otro lugar, o, lo que es peor, que realmente crea en eso que le dicen los especialistas y empiece a hacer lo que ellos quieren que haga. Eso es muy común en los talleres literarios de Cuba. El taller al que yo pertenezco no es una excepción. Lo que pasa es que yo, aun cuando buscara otras vías y otras opiniones, nunca abandoné al equipo. Fíjate, yo no soy un hombre de equipos, pero de alguna forma me sentía comprometido con estas personas, y todavía me siento comprometido, sea para lo bueno o para lo malo. Ahora quizá me escuchen un poco, pero antes no. Antes, cuando yo dejaba entrever una opinión propia sobre aspectos complejos de la literatura, como los puntos de vista, el uso de los tiempos, o algo sobre el lenguaje de un texto determinado, me decían que yo quería hacerme el que se las sabía todas y eso no estaba bien porque yo era ingeniero, no licenciado en español y literatura. Así fueron las cosas, Vilches, pero seguro tú pasaste por lo mismo en algún taller literario, así que no voy a aburrirte con toda esta historia. Claro, un taller literario hace mucha falta. Muchísima falta. Sólo es preciso lograr que las personas encargadas se den cuenta de una cosa: están formando escritores, coño, no repetidores de mensajes y fórmulas. Y te lo dejo ahí. Creo que eso es suficiente.

 

Acabas de ganar el premio Julio Cortázar, ¿qué ha significado este galardón en tu vida literaria?

Mira, tú y yo nos conocemos bastante y podemos ser absolutamente francos. Tú sabes que un premio como el Cortázar te puede abrir algunas puertas. Esa posibilidad realmente existe. Pero yo te digo: no soy un hombre de galardones. He visto demasiados premios mal concedidos, eso me lleva a dudar pensar que los premios sirvan para algo. He leído libros premiados en concursos importantes y he descubierto que el texto no se corresponde con la jerarquía que se le atribuye. La alegría mayor del premio Cortázar consiste en lo siguiente: me gané el premio jugando limpio, con un jurado de lujo que no se dejó amedrentar por los nombres y leyó todos los textos con imparcialidad total, como debería hacerse siempre. Por lo demás, claro, el premio tiene la relevancia que le brinda el nombre de Cortázar. Si no me equivoco, es uno de los certámenes más concurridos del mundo hispano. Eso le da una importancia especial. Y el hecho que el relato premiado se publique y se promueva por diversas vías significa que el trabajo de uno va a ser conocido por mucha gente. Para mí, en lo personal, ha sido como saltar una barrera infranqueable. Tú sabes bien a lo que me refiero cuando digo infranqueable. Imagínate, un escritor de Valle Dos de pronto da ese gran salto. Te aseguro que todavía no me he repuesto del susto. Todavía tengo el estrés de esos días y sólo ahora, cuando ya han pasado cuatro semanas, voy tomando conciencia real que fui efectivamente yo la persona que recibió de manos del Ministro de Cultura de Cuba Abel Prieto el Diploma que acredita el Premio.

 

¿Tienes una antología personal de autores o de libros?

En general no me gustan las antologías. Siempre queda alguien sin nombrar. Un poco injusto todo eso por la naturaleza propia de ese tipo de selecciones. Pero..., sí. Tengo una antología personal. Un periodista de Radio Habana Cuba me hizo esa misma pregunta y la respuesta fue la siguiente: si tuviera que irme a una isla desierta me llevaría los dos libros de Rulfo, un volumen de cuentos de Cortázar, una novela de García Márquez, y, por supuesto, La Ilíada, para seguir conversando con Héctor y Aquiles. Como ves, falta mucha gente en esa lista. Falta, por ejemplo, Carpentier, de quien soy deudor eterno. Me llevaría El reino de este mundo a cualquier lugar que fuera, y un volumen de cuentos de O’ Henry, y otro de Mark Twain, y otro de Maupassant. Entre las novelas escogería El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago; El viejo y el mar, de Hemingway; El perfume, de Patrick Suskind; una novela que leí en ruso y que se llama Altín tolobás (el título está en el idioma tártaro, significa algo así como La bolsa del oro), de Víctor Akunin, y la trilogía de Alexéi Tolstói sobre la guerra civil. Si me dieran a escoger cuentos sueltos escritos por cubanos me quedaría con dos cuentos de Ángel Santiesteban, Sur latitud 13 y Sueño de un día de verano (a mi juicio, uno de los mejores textos de la nueva narrativa cubana) y el cuento de Ernesto Pérez Chang que ganó la última edición del concurso de La Gaceta de Cuba, La escalera infinita. Me llevaría todo eso a mi isla, y aun buscaría sitio para toda la fantasía heroica inglesa y escocesa, desde las leyendas más antiguas hasta los libros de Tolkien y las Crónicas de Narnia, y seguro que no me aburriría. Claro, siempre faltarán nombres en esa lista, por eso creo que cualquier antología es siempre injusta.

 

¿Consejos que quisieras darles a otros jóvenes escritores que comienzan?

Trabajar. Trabajar mucho. Trabajar aunque parezca que se está trabajando por gusto, aunque la meta esté muy lejos y uno crea que nunca va a llegar. Y, claro, escuchar las opiniones de los que han avanzado más. Es bueno mostrar lo que uno ha escrito. Es necesario imprimir el texto y buscarse a alguien que lo lea. Buscar a la persona indicada. Eso es fundamental. Lo demás está en leer. No leer cualquier cosa. Simplemente escoger las lecturas y dedicar tiempo a eso.

 

¿Has sido discípulo de alguien?

He sido discípulo de mucha gente. He aprendido de otros, como siempre ocurre. Pero no he tenido un maestro en el sentido de sentarme con alguien a tomar lecciones de narrativa y recibir clases o algo así. Yo aprendí leyendo a los grandes. Sólo leyendo. Es posible que en algún momento haya sentido necesidad de preguntar cualquier cosa, pero la conversación inevitablemente se dirige a temas muy generales, y mis preguntas casi siempre llevan tal nivel de detalle que el interlocutor se abstiene de responder por considerarlas innecesarias o fuera de lugar. De modo que he aprendido del silencio de los otros. El silencio te puede enseñar muchas cosas, pero tienes que saber escucharlo. Oírlo. No hay nada peor que un maestro empecinado en demostrarte que estás en el camino erróneo. He tenido maestros así, te lo aseguro, y en ese caso he aprendido del silencio. Claro, eso no quiere decir que no me acerque a alguien. A Mariela Varona me acerqué en el momento preciso. Ella me atendió y me dedicó tiempo. Eso es algo que uno agradece infinitamente.

 

Has dicho que tus personajes son seres humanos, que los pones a existir  para enfrentarlos contra el mundo. ¿Por qué?

Yo no escribiría nada donde el ser humano no sea el centro del problema. Incluso en Viaje a la orilla de un cuento, donde no hay seres humanos, sino criaturas fantásticas y animales comunes, los personajes están resolviendo un asunto crucial para el mundo: están salvando el futuro. Como puedes ver, todo lo que tenga relación con el destino del hombre me interesa. Claro, la literatura tiene sus propios códigos y su forma propia de ver las cosas. En mis cuentos siempre hay alguien que sufre, alguien condenado, alguien que arrastra una existencia miserable, y esa miseria sólo puede ser el resultado de relaciones sociales complejas. Mis personajes nunca son culpables de nada, sino víctimas de algo. Creo recordar que Santiesteban dijo algo parecido. Claro, los victimarios casi siempre son el tiempo, las circunstancias, los errores propios. Me gusta usar personajes que ya han vivido, hombres y mujeres viejos, gente que no ha encontrado solución para sus problemas porque simplemente sus problemas no tienen solución. Son las cosas de a diario, un día te encuentras en la calle a un viejo que no tiene familia, o un alcohólico incurable, o una prostituta que empezó temprano y ya no puede desprenderse de eso, o un ciego que no se resigna a su condición y busca la forma de encontrar color en la existencia propia. Mis personajes miran la vida como una oportunidad, pero la función del narrador es negarles esa posibilidad, dificultar las cosas, ponerlos a prueba de la misma forma en que el mundo nos pone a prueba a nosotros, que somos de carne y hueso pero somos personajes también, y aquí te cito un pasaje del cuento Los barcos terminados: Acaso alguien manipula los hilos desde su rincón cómodo y caliente. Y en el cuento Decía Carlos un niño ciego asesina a su único amigo; fue la única solución que tuvo a mano para resolver otro problema más importante que la ceguera: el problema del amor. Como ves, mis personajes siempre están expuestos a esas trampas. ¿Los expongo yo? No lo creo. Yo sólo soy un cronista. Veo el mundo con los ojos entrecerrados y describo esos guiños. Puede resultar incómodo que alguien hable así, con tanto pesimismo, pero te aseguro que no soy yo quien inventa las historias: ellas están ahí, siempre estuvieron ahí, seguirán estando ahí mientras el mundo exista.

 

¿No crees que toda obra sea un plagio a la vida real?

Toda obra que se respete siempre será un plagio a la vida. Quizá lo grandioso de la narrativa es que puede hacer algunos deslices sobre la realidad sin tener que dar explicaciones. Eso la hace realmente fabulosa. Eso es lo que obliga a la gente a buscar los buenos libros, y leerlos, y creer que todo eso que el narrador le cuenta ocurrió de verdad.

 

¿Qué criterio tienes de los críticos y la crítica literaria escrita en Cuba?

Resulta que yo no leo crítica. No me interesa. Los pocos textos que he leído me han parecido falsos. He visto ensalzamientos grandilocuentes de libros deplorables, y eso me ha hecho desviar los ojos de cualquier cosa que se llame crítica literaria. No tengo acceso a la crítica extranjera, ni tengo tiempo para buscarla, así que no puedo comparar. Claro, he leído muy buenos textos de ensayo literario, y ya eso es otra cosa. Hay un par de libros de Jorge Fornet que merecen cualquier atención. Eso es algo que me gustaría hacer en el futuro. Quizá escriba un ensayo sobre la narrativa cubana contemporánea. Ya tengo algunos apuntes por ahí.

 

Eres un autor muy prolífico. ¿Crees que eso está condicionado por vivir alejado de cualquier farándula literaria?

No lo creo. La farándula, en cualquier caso, me habría dado otros temas para escribir. Si se entiende la farándula como ese grupo de personas que está muy al día en todo y tiene siempre la última noticia y la información más acabada sobre la literatura, entonces me habría venido muy bien ser parte de ese equipo. Quizá la ventaja de no ser parte de la farándula estriba en que uno se contamina menos y tiende a ser más fiel a sus postulados iniciales, pero no creo que el hecho de estar alejado te permita escribir más. Cuando no eres parte de de la farándula necesitas hacer un mayor esfuerzo para imponerte, y ya eso tiene su propio peso en lo que uno hace.

 

¿Alguna vez has sentido el vacío creativo?

No. Definitivamente, no. Desde que yo empecé a escribir todo ha sido muy intenso. Lamento no haber tenido a mano ciertos recursos que me hubieran permitido hacer más cosas, pero te aseguro que nunca he sentido el vacío creativo, como lo llamas tú. Al contrario, el bote siempre ha estado tan lleno que he podido escoger las historias que más me ha interesado escribir.

 

¿Tienen alguna influencia las mujeres en lo que escribes?

Siempre hay una mujer, Vilches. Siempre está ahí esa influencia. Pero, no te creas, no en el sentido que pudiera pensarse. Yo nunca escribo de una mujer específica. Yo construyo personajes que son la suma de muchas mujeres. No es posible escribir una historia en la que no aparezca el influjo de una mujer. Sus cosas buenas y malas. Algo de experiencia vital, claro, pero eso mismo te diría el ingeniero que soy, o el dirigente que pude ser, o el hombre simple y llano que te encuentras en Valle Dos mirando las piernas de las muchachas que salen del Pre por la tarde. Eso de ser escritor no cambia la percepción que uno tiene del mundo. Al contrario, la agudiza, y por tanto es inevitable que las mujeres estén en mis cuentos. Claro, ellas están ahí dentro del texto con los mismos matices que tienen en la vida. Son matices que yo veo, y los escribo, y construyo un personaje que reúne muchos rostros y muchas voces.

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