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¿Te alarmaría ser reconocido como un pilar de la narrativa cubana actual?
La palabra pilar asusta un poco. No creo merecer ese reconocimiento. Falta mucho por hacer todavía. Debo aclarar que yo no conozco a Amir Valle. Nunca lo he visto en persona. Leí algunos libros suyos y lo considero un narrador verdadero. Me gustaría poder agradecerle lo que dijo, y la forma en que lo dijo, y el desprendimiento total que se necesita para decir esas palabras sobre alguien que uno ni siquiera conoce. En cuanto a los amigos, creo que exageran un poco en esa apreciación. No sé, todavía falta mucho por hacer. Ya veremos si en el futuro puedo satisfacer esa expectativa.
¿Cómo concibes tus cuentos?
Creo que ya te hablé un poco de eso, y te aclaro: yo no concibo los cuentos. Yo los veo. Ellos están ahí para mí. Para cualquiera, pero estamos hablando de mi forma de hacer las cosas. Sólo tengo que fijar la atención en un evento cualquiera: un perro que pasó con un hueso en la boca, una mujer que dejó caer el pañuelo, un hombre que se rasca por el calor del mediodía, una muchacha que espera a su novio en el parque y se mira una última vez en el espejo minúsculo que lleva en la cartera, un viejo que tosió demasiado fuerte, un aire que sopló de pronto en las ramas de un pino, alguien que gritó una de esas frases cubanas, otro que se quejó porque el aceite no ha llegado a la bodega, otro más que pasa con dos tragos en la cabeza y escupe a los lados sin fijarse en la gente, un automóvil que frenó y dejó sus marcas en la calle. Para mí todo eso tiene un valor, me sirve para escribir un cuento. El proceso es sencillo: pensar la historia completa antes de sentarme a escribirla. A veces tardo días en resolverlo todo. O puedo tardar meses. Son meses pensando en esa historia, dándole vueltas en la cabeza, acomodando las escenas y quitándole y poniéndole al personaje, hasta que un día creo que ya se puede escribir y entonces me siento y lo hago todo de un tirón. Casi todos los cuentos los he escrito de un tirón. Creo que La ciudad vacía es el cuento que me dio más trabajo. Tardé una semana en la escritura porque la historia no estaba clara. Pero un cuento como El puente y el templo, por ejemplo, lo pensé y lo escribí muy rápido: me habían invitado a una fiesta de fin de año, estaba casi saliendo de la casa, serían más o menos las nueve, pero el cuento ya estaba maduro, tuve que sentarme y escribirlo. A la fiesta fui muy tarde, cuando ya la gente casi se iba, estuve allí cosa de una hora, volví a la casa y terminé de escribirlo. Claro, una cosa es escribir quince cuartillas y otra muy diferente es quedarse conforme con lo que se ha hecho. Hay un proceso posterior, muy importante, que consiste en leer la pieza muchas veces y limar las asperezas. Disfrazar las costuras, como diría Mariela Varona. Así es la cosa, más o menos. Hay cuentos que necesitan ser escritos varias veces. Te digo más: hay cuentos que he tenido que escribir diez veces. Imagínate, un cuento de diez o doce cuartillas, escribir todo eso otra vez en busca de un enfoque nuevo. Por eso es necesario pensar bien la historia antes de sentarse a escribirla. El cuento es muy rígido, no perdona los errores, no hay forma de arreglar nada cuando el texto está retorcido. La mejor forma de escribir un cuento es armarlo completo en la cabeza, y sólo después escribirlo. Así te ahorras tiempo y neuronas. Tú mismo fuiste testigo de la forma en que surgió La villa. Recuerda eso: estábamos allí en Nibujón y vi el cuento. Así me ocurre casi siempre.
¿Alguna anécdota relacionada con la ceremonia de la entrega del Premio Iberoamericano Julio Cortázar que acabas de recibir por tu cuento Los días del juego?
Muchas anécdotas. La noticia, el viaje, la ceremonia misma. El hecho de verme allí rodeado de lo mejor y más selecto de los escritores cubanos, la conversación con Luisa Valenzuela, el diálogo tan espontáneo con la Señora Embajadora de Argentina, la atención del Ministro, todo eso forma parte de un paquete muy denso, muy anecdótico. Pero el viaje hacia La Habana tuvo sus momentos también. Imagínate, yo salí de Mayarí con doscientos pesos en el bolsillo, sin un pasaje de avión ni de nada, era el final del verano y todas las terminales estaban copadas: tuve que irme en botella. Cogí siete carros para llegar a La Habana, llegué al puente del Cotorro casi a las dos de la tarde, después de haberme pasado casi cuatro horas al sol en la cama de un camión que iba a sesenta kilómetros por la autopista. Recuerdo que llegué a Carlos Tercero y de ahí llamé al Centro Dulce María Loynaz para avisar que ya estaba cerca. La persona que me atendió (Karel Leyva) me dijo que enseguida iba alguien a buscarme y me preguntó cómo andaba vestido. Le respondí lo siguiente: Me van a reconocer enseguida, ando con un pulóver rojo del Primero de Mayo y tremenda cara de guajiro. Después supe que eso se lo contaron así mismo a Edel Morales y Edel se rió muchísimo. Nada, son cosas que pasan. Pero hubo otra cosa, ya después, cuando estaba en el barrio: resulta que el periódico de Holguín publicó un artículo de Leandro Estupiñán donde se decía que me fui a recibir el Premio por los amarillos, y entonces viene alguien a mi casa, una persona de mi barrio, y me pregunta: Niño, pero… ¿tú estás loco? ¿Así que tú preferiste irte por los amarillos para La Habana en lugar de irte en guagua o en avión? Nada, Vilches, cosas que pasan también. Por supuesto, no te voy a decir lo que le respondí a esa persona: sería muy largo de contar.
¿Sufres ante la página en blanco o sientes necesidad de escribir?
No sufro ante la página en blanco porque nunca me siento a escribir sin haber pensado bien primero lo que quiero hacer. En cuanto a esa necesidad que dices, creo que todos la sentimos. De otra manera, no seríamos escritores.
¿Qué satisfacción te ha dado la literatura?
Hay mucha cosa espiritual ahí. Si fuera un buscador de oro en las colinas heladas del Yukón y me encontrara un filón enorme, no sentiría nada comparable a esto que uno siente cuando ha terminado de escribir un buen texto. O algo que uno cree un buen texto. Claro, la literatura ha llenado muchos espacios vacíos en mi vida, y eso siempre será una satisfacción para cualquiera.
¿Puedes ser escritor siempre y no enclaustrarte por horas o días a la literatura?
Sí. Tengo la habilidad de despegarme de cualquier cosa muy fácilmente. Yo sólo escribo cuando creo que la idea está madura. No necesito vegetar entre libros para sentirme a gusto. Tengo muchísimas otras cosas que hacer. Claro, una vez que decido que ya es la hora de escribir, entonces nada ni nadie puede sacarme de ahí.
¿Sientes que tu obra ha ido cambiando de un libro a otro?
Creo que ya hablamos de eso. Pero está bien. Te lo digo otra vez: siempre habrá cambios. Uno va adentrándose en este mundo y va mejorando un poco. Los temas serán siempre los mismos, pero los enfoques y la forma de mirar seguramente cambian con los años. Yo creo que mis libros, aun cuando conserven cierto estado originario, van dando fe de ese cambio.
¿Dónde encuentras las historias que luego recreas en tus cuentos y novelas?
Ya te lo dije: las historias están a mi alrededor. Sólo es necesario entrecerrar los ojos y se verá clara cualquier historia. Los demás es escoger lo que a uno le interese más.
¿Has dejado de escribir en algún momento?
Sí. Cuando mi primer libro no fue enviado al Consejo Editorial Provincial, pensé en mandar todo al diablo y no escribir más. De hecho, me alejé de cuanto taller o grupo o invitación me hicieran. Estuve casi un año sin escribir. Después pensé que no valía la pena tomarlo todo tan en serio y empecé a escribir otra vez.
¿Tienes algún compromiso como escritor con la sociedad o la política?
Creo que no. Nunca me lo he planteado de esa forma. La función de un narrador debe quedarse en la observación, no en tomar acciones. Como cronista de una época, el narrador sólo tiene compromisos con la narrativa. Claro, hay que separar los compromisos del ser humano de los compromisos del escritor. Como ser humano sí tengo compromisos con la sociedad, y muchos. Siempre recuerdo Los miserables cuando pienso en esas cosas: ¿toma partido Víctor Hugo por una clase social o por otra? ¿No se queda la novela en ese plano intermedio en que sólo tienen cabida las emociones? Como verás, ocurre lo mismo con Rulfo. Esos autores son cronistas de una época, Vilches. Sus textos no pueden responder a uno u otro bando. Se limitan a observar y describir, no a emitir criterios u opiniones sobre las cosas que ven. Eso no quiere decir que sean seres humanos fríos o despiadados. Acabo de leerme un libro de Volodia Teitelboim, Por ahí anda Rulfo, y he confirmado que el gran escritor aparentemente insensible era un hombre enamorado de América, de la historia de América, de los pueblos que habitan estas tierras y sufren y perecen a manos de gente inescrupulosa. Me gusta esa capacidad del escritor de parecer insensible a quienes lean sus textos: bajo la piel del escritor hay un hombre común que toma partido por su raza y por su gente, que no la abandona, que existe para escribir y escribe para buscarse un lugar entre la gente simple.
Los días del juego es quizá el último cuento que has escrito, ¿crees que esto marca otra manera de contar tus historias?
Los días del juego no es el último cuento que he escrito. El último se llama La bota sobre el toro muerto, y es un cuento más largo. Lo escribí en junio, y comencé otros cuatro: Holoturia, La luz bajo el paraguas, El acuerdo, La noche larga No los he terminado porque el verano fue muy caliente y no me dejó escribir nada. Pienso terminarlos en octubre. Pero creo que el relato Los días del juego sí tiene que ver con un cambio. Ya te dije antes que me parecía estar cerrando una etapa con ese cuento, o quizá estaba abriendo otra. Lo cierto es que estos cuentos nuevos tienen otro ritmo, algo más pausado, con un lenguaje más directo. Es posible que esté abandonando la metáfora para entrar al mundo del lenguaje directo. Eso quizá tenga algo que ver con la novela que estoy escribiendo ahora. Puede ser, o puede ser una trampa y al final tenga que volver a los inicios. Eso no lo puedo saber ahora. Lo cierto es que me gusta esa corriente nueva en los cuentos. Una vez que haya avanzado y termine esos cuatro cuentos que te dije, sabré si es realmente una nueva etapa o si fue un guiño raro, un desliz del pensamiento por ponerme a experimentar: algo muy común en la narrativa.
¿Cómo ves a Holguín dentro del panorama de la narrativa cubana actual? ¿Y cómo ves a Mayarí?
Esperaba que preguntaras eso. Yo veo a Holguín muy bien. La provincia se está ganando un espacio envidiable dentro del concierto narrativo cubano. Fíjate, los narradores holguineros han obtenido premios muy importantes en estos años: Mariela Varona y Rubén Rodríguez ganaron los premios de cuento de La Gaceta, tú sabes que ese es un concurso exigente; Lourdes González y Manuel García Verdecia ganaron Premios Oriente con sus novelas; Ronel González, ahora devenido narrador también, ha ganado un premio importante con un libro de cuentos para niños el Premio Heredia; recién le acaban de otorgar el Premio de la crítica a Rubén Rodríguez, y ese se suma al Premio similar que obtuviera Lourdes González hace dos años. Como ves, la situación está mejor que nunca. Ya no se puede decir que Holguín es tierra de poetas: ahora la provincia es tierra de narradores también, de buenísimos narradores, de gente que ha trabajado mucho y ya está viendo resultados al más alto nivel. Todo esto se avala con una actividad muy seria de la Promotora Literaria Pedro Ortiz, de la UNEAC, de la AHS y del Centro del Libro. Algo importante en todo ese resultado es, sin duda, el Premio anual que convoca la ciudad, siempre con un concurso de narrativa de alcance nacional, y el concurso Celestino de cuentos, que ya va dando un resultado palpable. En cuanto a Mayarí, creo que el municipio va encontrando su camino también. Tenemos allá un fuerte movimiento de narradores, gente que se va enamorando del género, que lo ven como algo productivo y dedican tiempo a eso. Estoy seguro que el Premio Cortázar ha traído nuevos aires a las tierras de acá.