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¿Viajar tanto de Mayarí a Holguín y viceversa te ha aportado algo para tus historias?
Esos viajes, indudablemente, aportan algo. El cuento Mariela, por ejemplo, surge ahí, y el cuento Karina surge ahí también, al igual que La frazada y otros cuentos que ahora no recuerdo. El problema es que esos viajes obligan a mantener la atención concentrada en un grupo de personas durante muchas horas, y eso, para un observador como yo, sólo puede traducirse en historias posibles. Además, si te pasas dos horas sentado en un camión, o de pie, como muchas veces me ha pasado, inevitablemente tienes que pensar en algo, y ese algo, tenlo por seguro, es siempre el cuento que estoy trabajando. Cuando me preguntabas qué consejos daría a los escritores que empiezan, debí decir: que se monten en un camión de Mayarí a Holguín, de pie, agarrándose fuerte para no caer, rodeados de sesenta o setenta personas, sin poder cerrar los ojos ni aflojar las manos, y entonces se verá algún resultado inmediato.
¿Sientes algún amor literario por un autor o autora en específico?
Ya te hablé de Rulfo. Para mí es imposible no amar a la persona que produjo esa literatura.
¿Qué hizo que amaras la profesión de escritor?
Bueno, ahora que preguntas eso, yo nunca te he dicho que ame la profesión de escritor. Yo amo la profesión de ingeniero, y eso está fuera de discusión. Yo no escribo por que me guste escribir, ni por que esa profesión sea precisamente amada, o preferida. Yo escribo porque me gusta leer, y eso es otra cosa. Pero algo ha hecho que esta profesión me guste, y es algo bien simple: con el tiempo uno llega a sentirse parte de ese mundo de los libros, uno participa de los libros, y te digo más: yo participo de mis libros de la misma forma en que soy parte de las obras que he hecho como ingeniero, que no son pocas. Hay algo de satisfacción espiritual ahí. Ya hoy he visto resultados en mi literatura y quizá eso haga que la profesión de escritor empiece a gustarme, de verdad gustarme, pero creo que todavía falta mucho para asegurarme que amo esta profesión. Faltan muchos años, Vilches, y sólo los años, los muchos años, te obligan a amar verdaderamente algo.
Plano secundario fue el primer libro que publicaste, pero sé que no fue el primer libro que escribiste. Anteriormente mandaste un libro de cuentos al Consejo Editorial Municipal de Mayarí y te rechazaron el libro. ¿Cuál fue el dictamen del libro y qué destino corrieron esos cuentos?
El dictamen fue muy vago. Algo sobre la puntuación que había usado y un localismo que yo nunca logré percibir en los textos. Los cuentos habían sido premiados en diferentes concursos provinciales, así que no entendí. No lo entiendo todavía, pero el tiempo ya pasó y uno debe irse desprendiendo de esos fantasmas. Los cuentos están por ahí todavía. Volveré sobre ellos alguna vez.
¿Crees que Plano secundario fue un libro de aprendizaje?
Yo diría que Plano secundario me sirvió para asegurarme que no había equivocado el camino. No creo que haya sido el libro de aprendizaje porque ya había escrito ese otro primer libro, Verde y azul, que fue el libro que no pude publicar. Verde y azul fue, si lo pones en una escala de comparación en cuanto a aprender la disciplina del escritor, el libro que me enseñó más. Por supuesto, cualquier libro y cualquier escritura te obligarán a aprender, y en ese sentido Plano secundario sí me enseñó más de una cosa, tanto durante el proceso de escritura como después, cuando ya el libro estaba publicado y tuve que enfrentar un público y un lector y una crítica determinada.
En tus cuentos, aun en los fantásticos, se siente en el fondo la historia de Cuba, ¿eso lo haces ex profeso o no hay nada premeditado en ello?
No puede haber nada premeditado en lo que nace de manera espontánea. Todo lo que escribo es espontáneo. No planifico los cuentos, ni me propongo cumplir con determinadas metas, ni satisfacer ningún requisito en especial, como no sea lograr calidad en lo que hago. Resulta que soy cubano, Vilches. Mi soporte es la realidad cubana. Sobre ella pinto mis cosas. La historia de Cuba siempre estará ahí porque es una parte indisoluble de mi mundo espiritual. Tengo una meta, claro: quiero extender ese mundo espiritual a Mesoamérica. Tengo ese propósito. De hecho, Viaje a la orilla de un cuento tiene esa pretensión. Pero, otra vez, la historia de Cuba es la historia de América. Sería imposible hablar de Cuba sin recordar la conquista de México, por ejemplo. Todo está interrelacionado. Y a mí todo eso me interesa. No en el sentido profesional de los historiadores, sino mirando la geografía y la historia con los ojos entrecerrados, como ya te he dicho. En La ciudad vacía, uno de los cuentos que más quiero, la historia de Cuba es fundamental. No es un cuento histórico propiamente, pero el juego con la historia está ahí: La Habana del siglo diecisiete, la formación de la nacionalidad, los antecedentes de algo que vendría después. En La gota pasa algo parecido, pero esa historia podría ocurrir no exactamente en Cuba, sino en un país parecido a Cuba, un país invadido por la rigidez de la doctrina católica europea del siglo quince o dieciséis, y eso, como puedes ver, está en nuestra historia también. Pero el cuento que más directamente aborda nuestra historia (tanto nuestra historia cultural como los eventos que marcaron el destino del país en un momento determinado) es, sin dudas, La Grand Havana, o el tiempo perdido. Esa fue una escritura que disfruté mucho. Con las novelas me pasa algo parecido, sólo que escribir novelas requiere de datos más puntuales sobre determinada época, y eso es un riesgo que se corre. En El mundo infinito, por ejemplo, la historia gira en torno a la lucha clandestina en Santiago y la formación del Ejército Rebelde en los meses posteriores al desembarco del Granma. No es una novela histórica, sin embargo. No lo es en el sentido que no cuenta la historia: se trata de una mirada al mundo interior de la mujer cubana de esa época. Una novela feminista, si me permites el término. Otra novela, La verdadera muerte de Jimmy Dean, aborda la problemática de los cabarets y la industria de la diversión en una ciudad cubana en los años cincuenta del siglo pasado. Y en Los fantasmas de hierro se examinan y comparan dos momentos de nuestra historia más reciente: los años setenta y el tiempo actual. Como ves, la historia de Cuba siempre estará conmigo en cuanta cosa escriba, aun cuando mis libros no sean puramente históricos.
¿En qué forma genérica te sientes más confiado: en el cuento, la novela o la literatura para niños y jóvenes?
Confiado es una palabra mala. No me siento confiado en ninguna. En la novela siento menos presión; es, hasta cierto punto, un oficio más divertido. Te sientas a escribir y te dejas llevar por la historia que estás contando. La historia puede sorprenderte, a veces, y eso es algo agradable en la profesión de escribir novelas. Puedes jugar con los personajes, dejarlos correr, hacerlos que vaguen sin rumbo y enderecen después a la senda que has escogido. Cada capítulo es como descorrer una cortina y enterarse de cosas. Aun cuando la novela responda a un plan general, las situaciones pueden resultar imprevistas y eso es algo que divierte bastante a uno. El cuento, en cambio, se sostiene dentro de una rigidez que obliga al escritor a poner todos los sentidos en función de lo que está haciendo. Yo creo que el cuento, en tanto ejercicio intelectual que no perdona los deslices de la novela, es el gran reto del escritor. Para nosotros, que somos latinoamericanos, el cuento representa mucho más de lo que comúnmente se cree. Hay demasiados nombres de cuentistas importantes en esta región del mundo. Es un legado, o algo así, y hoy sería muy difícil desprenderse de ese influjo que cuentistas auténticos como Carpentier, Vargas Llosa, Cortázar, Rulfo, Onetti, Quiroga, Borges y Bioy Casares han dejado para nosotros. Mira, por ejemplo, la cuentística de Abelardo Castillo, o la de Ricardo Piglia, o los monumentos literarios de Sergio Pitol. En lo personal, veo el cuento como esa pieza mágica que sólo puede ser escrita por manos verdaderamente singulares. No es que sea mejor o peor que otro género literario, pero el cuento, repito, es el gran reto del narrador. Y no es que me sienta más cómodo o menos cómodo cuando estoy escribiendo un cuento, es simplemente que esa presión del cuento juega muy bien con mi temperamento, me pone a prueba, quizá, y yo acepto ese reto como si se tratara de un desafío personal. Claro, te he hablado del cuento y la novela pero no te he dicho nada de la narrativa para niños y jóvenes, que es algo completamente diferente. Yo no sé si al final me dedicaré solamente a escribir fantasías heroicas, o si escribiré novelas para adultos, o si seguiré con la línea del cuento como columna vertebral de mi trabajo, pero sí estoy seguro de algo: la narrativa para niños y jóvenes me deja tan exhausto que después me cuesta reponerme y organizar las ideas. No sé si a los demás escritores que hacen eso les pasa lo mismo, pero en mi caso particular siento que lo dejo todo cuando escribo para niños. Esta novela que estoy escribiendo, Viaje a la orilla de un cuento, por ejemplo, me obliga a desnudarme espiritualmente, y eso es algo verdaderamente doloroso, no siempre está uno obligado a desnudarse, a dejar la piel al descubierto y mostrarse tal cual es. Eso es lo que me pasa cada vez que retomo la escritura de esa novela, que ya va por la tercera parte y debe llegar a cinco, quizá seis: una desnudez completa ante los personajes, un dolor interior que obliga a mirarme por dentro, a evaluarme constantemente, a probar si soy capaz de crear un mundo paralelo, y por supuesto, a descubrir si podré sobrevivir a todo eso.
¿Qué otra pasión tienes aparte de la literatura?
Tengo dos pasiones básicas: la ingeniería mecánica (la construcción, el montaje de estructuras, todo lo que tenga que ver con el hierro) y el cine. Como sabes, me gradué de ingeniero, me dediqué muchos años a trabajar en la construcción. Eso se te mete en la sangre y es imposible eliminarlo después. Hablo mucho de la construcción con las personas que están en ese giro. Claro, tú nunca me oirás hablando de eso porque en el círculo de la gente como nosotros sólo se habla de arte y literatura, pero me muevo en otros círculos también y allí la conversación gira en torno a cosas de la construcción. Y el cine es mi gran sueño negado. Hubo un tiempo en que yo era un conocedor de esos temas. Hoy no lo soy tanto. No tengo tiempo de actualizarme, de ver las películas que quisiera, de leer de esas cosas. Pero el cine está ahí. Sigue siendo mi entretenimiento principal. No tengo con quien hablar de cine y eso es algo que me molesta. Realmente, ya no tendría nada que hablar de cine porque ya estoy bastante lejos de todo eso. La pasión, sin embargo, sigue siendo la misma. Ahora oigo a alguien hablar de películas y actores y directores de cine y me quedo un rato. Siempre me quedo un rato, aunque tenga otras cosas que hacer.
¿Qué te aportó tu estancia en Rusia como becario cubano? Además del español como lengua materna dominas el ruso, el francés y el inglés: ¿qué le ha aportado eso a tu escritura?
Me estás haciendo dos preguntas. Tienen su relación, pero las respuestas son diferentes. Primero: yo no estuve en Rusia, sino en Uzbekistán. Son dos países completamente diferentes. Claro, en Uzbekistán había muchos rusos. Allá todos hablaban en ruso aunque no fuera su lengua natal. La respuesta a tu pregunta sería esta: mi estancia de cinco años en Uzbekistán me aportó un elemento sustancial en la formación de la cultura propia: me puso en contacto con diferentes pueblos, diferentes nacionalidades, costumbres, idiomas, todo mezclado y a la vez todo limpio. Creo que en Los días del juego lo dejo claro: un estudiante cubano expuesto a ese bombardeo incesante de culturas diferentes. En mi promoción de la universidad, por ejemplo, había rusos, tártaros, uzbecos, bashkires, kazajos, tadzhikos, uigures, afganos, armenios, al menos un moldavo, algún letòn, una veintena de negros africanos, sirios, egipcios, yemenitas, alemanes, polacos, hebreos, kirguizos, bolivianos, panameños, colombianos, chinos, coreanos, vietnamitas, indios, nepaleses y otros que no recuerdo ahora. Como ves, el ambiente cultural era diverso. Pero eso era en la universidad y en el albergue; lo otro, quizá lo más importante, fue la calle: Tashkent era una ciudad donde los barrios y las zonas se diferenciaban en cuanto a los pobladores, de manera que pasabas a pie por un barrio de tártaros, otro de uzbecos, otro de rusos, otro de armenios, otro de hebreos. Oías una música diferente en cada sitio, idiomas diferentes, nombres diferentes. Recuerdo que en mi primer mes allí me invitaron a una boda tártara. Después fui a una boda bashkira. Después a una boda rusa. Y así, hasta llenar todo un gran saco de celebraciones diferentes, de religiones diferentes, de hábitos alimentarios diferentes. Claro, yo ni remotamente pensaba ser escritor algún día. Todo eso se estaba quedando dentro de mí sin yo saberlo. Ahora, veinte años después, todo eso está volviendo. Ya saldrá todo en la novela que tengo proyectada, Las luces de Tashkent. No puedo asegurar que será buena o mala, sólo puedo decir que mi estancia en Uzbekistán me aportó todos esos elementos que estarán en la novela. Hay otros elementos no menos importantes, y son elementos del tipo geográfico: invierno de verdad, otoño, primavera, tres meses de verano. Y luego, el desierto. Quien no ha estado en un desierto no puede imaginarlo. No hay forma de imaginarlo. Yo estuve allí, en el desierto de Kizilkum, viajando en tren desde Tashkent hasta Oremburgo, hasta Frunze y Alma-Atá, atravesando varias veces el desierto de Karakorum, mirando los cipreses solitarios en medio de la estepa: ese es un cuadro inolvidable. Para un escritor; figúrate, igual que los viajes en guagua hasta Andizhán, Samarcanda, Bujará, o en automóvil a las montañas de Chimgán, mirando esos montes enormes, o esos desiertos pelados, o toda esa arquitectura musulmana. Nada, Vilches, todo eso está por ahí. Y tu segunda pregunta es muy interesante: los idiomas. Te diré algo, no creo que el conocimiento de otro idioma le aporte nada a tu escritura, salvo si te llamaras Emerio Medina. Yo soy un admirador de los pueblos, Vilches. Yo soy una persona que ha dedicado tiempo a observar los pueblos, que ha aprendido a respetarlos, a quererlos, no importa cuál pueblo sea. Quizá el conocimiento de otro idioma sólo te aporte otras resonancias, y quizá ni siquiera sea necesario conocer el idioma para que esas resonancias se incorporen a tu rutina diaria como algo común, pero a mí me basta con saber una palabra, una oración, un saludo, y entonces ocurre algo extraño: la prosa gana en densidad, en altibajos, en matices. Eso es lo que me ocurre con los idiomas, en general.
¿Cómo definirías a un escritor y cómo la narrativa?
Oye, ahora sí que me estás tirando duro. Yo no me creo autorizado a dar esas definiciones. Pero te lo diré rápido: un escritor es un hombre que siente pasión por las palabras, y la narrativa es ese campo abierto donde todo es posible y donde se puede hacer lo que uno quiera sin dar explicaciones a nadie.
¿Te crees un escritor sin generación o te consideras dentro de un grupo? ¿Crees en las generaciones?
Otra pregunta difícil. Por supuesto que pertenezco a una generación. Lo que pasa es que no conozco a los escritores de mi generación. Quiero decir, no los conozco personalmente. Leyendo a Santiesteban, a Pérez Chang, a Geovanys Manso, a Mariela Varona, descubro que tenemos los mismos intereses y escribimos casi de las mismas cosas. Esa puede ser una generación, pero yo no lo puedo asegurar. Y eso de creer en las generaciones es muy ambiguo, y a la vez muy comprometedor. ¿Acaso Hemingway creyó en generaciones? Y, si lo hizo, ¿acaso eso le sirvió de algo? Yo creo en las generaciones, por supuesto, pero no creo en la escritura en bloque, ni creo en la imitación de determinados cánones, ni creo que por pertenecer a una generación u otra el escritor sea mejor o peor. Todo eso es muy circunstancial. Las reglas del juego varían mucho de un escritor al otro.
¿Cuánto hay de poesía en tu narrativa?
Hay toda la poesía, o no hay ninguna, depende del ojo con que se mire. Yo sé que no hago poesía en su concepto más académico, pero, sin dudas, hay algo de metáfora en lo que hago, y algo de sonido, y algo de métrica. El juego con las oraciones y con las palabras puede tener ese efecto poético de las imágenes y los versos. Eso puede ser así, no lo discuto, pero no escribo nada que se quiera parecer a un verso, al menos en la forma en que los entendidos conciben los versos. Si me permites, puedo citar el final del cuento Los barcos terminados y así te ilustraré mejor lo que te digo:
Quedó solo Gonzalo. Ni bueno ni malo era, sólo un hombre. Uno que sabía cosas y explicaba bien. Uno que preguntaba y quería saber. De los detalles preguntaba. De cómo fue y cómo pasó. Pero nunca dijo para qué. Se quedó fumando en la acera entre putas de Santiago y policías de Holguín, entre chulos de Bayamo y maricones del Camagüey. La vida nocturna recién comenzaba en la acera de Monte. Se extendía despacio por La Habana, calle a calle, como una cicatriz en el rostro amable y áspero de la ciudad.
Como ves, son imágenes del mundo real que pueden tener o no alguna dosis de poesía, pero eso lo decides tú, que eres un excelente poeta y sabes más que yo de esas cosas.
Sé que en algún momento escribiste algunos poemas: ¿aún los escribes?, ¿los publicarías?
Definitivamente no. Escribí poesía en los inicios, allá por el 2003, porque quería aprender a dominar la imagen. Me sirvió de mucho ese ejercicio. Pero nunca más escribí un verso. No lo hago. Y no publicaría nada de eso.
Algunos amigos te consideramos entre los escritores más importantes de Cuba en estos momentos, aunque aún promoción de tu obra y de tu carrera es muy pobre, ya que pocos críticos se han detenido en ella, a no ser algunos amigos que han publicado algunas reseñas de tus dos primeros libros, pero el escritor y periodista Amir Valle ha dicho hace más de un año desde Alemania, donde vive:
Vilches, Hermano: Este mensaje es muy breve. Acabo de leer los cuentos de Emerio y son realmente fabulosos. Dudo que hoy en Cuba haya otro cuentista con una mirada tan especial y tan certera, y con tanto dominio de las técnicas del cuento. Trasmítele, por favor, mis felicitaciones… Un abrazo. Amir Valle.