OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Octubre 2009. Antilde;o tres. Número diez

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Datos de la revista, octubre 2009, año 3, número 10
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La estrella fugaz

 

 

Página 1

a Ramón Alejandro

I

 

Tres hombres se han sentado junto al río Miami y observan en silencio las barcazas, los muelles, los pontones, los puentes levadizos. Una lancha de motor atraviesa la turbia cinta de agua; en un extremo de la embarca­ción, un muchacho de piel intensamente blanca, de pie, hace unas señas a las nubes, al cielo; en el otro, un jovencito negro, inclinado sobre la borda, mete las manos dentro de la corriente, como si se lavara los dedos, o intentara una forma absurda de pescar. Anochece.

Los tres hombres, reunidos desde el mediodía, cargan legajos de papeles metidos dentro de cartulinas, repletos de palabras escritas por ellos mismos, que durante la tarde se han leído en voz alta, por turno, bajo los árboles del parque de enfrente. Concluida la lectura, han cruzado la calle y se  han sentado en un pequeño malecón junto al río. El agua huele a escamas, a tintura de yodo, a sumidero. Los árboles del parque se han llenado de pájaros cuyo escándalo trastorna la sombra.

Este parque, a un costado del centro de Miami, servía en esa época de refugio para vagabundos, gente venida a menos, borrachos, prostitutas, locos y drogadictos. Y estos tres hombres, uno loco, otro borracho y drogadicto, y el otro, en una peculiar acepción del término, un prostituto, se sentían en el sitio a sus anchas.

Habían venido de un país que proclamaba ser una tierra de héroes, que imponía a punta de pistola virtudes en las que casi nadie creía, y mucho menos ellos, que por pura venganza se habían dedicado a pisotearlas con el ejemplo de sus propias vidas, jugándose en el reto la supervivencia. En esta lucha contra la corriente, algo se había estropeado en cada uno. Sin embargo, hasta esta tarde de mediados de los años 80, los tres habían conseguido durar.

El loco, William, colérico, desarrapado, víctima de perpetua carraspera, escribía una novela sobre una siniestra casa de huéspedes en el corazón de Miami; el borracho y drogadicto, Marcos, cuentos sobre su juventud en Cuba; y el prostituto, Ricardo, la historia de un portero alucinado en un edificio de Nueva York.

A esta hora de la tarde, bandadas de gaviotas se posaban cerca del malecón, sacudiendo sus plumas manchadas de sargazo; los hombres, agotados por las horas de lectura, permanecían tan quietos que las aves revoloteaban en torno a ellos sin temor y sin desasosiego, como si los tres, en vez de carne, huesos y sangre, estuvieran hechos de piedra o  madera. Pero su tranquilidad era una simple tregua, una engañifa poco convincente. Nada podía calmar el tumultuoso río que a su forma arrastraba a cada uno, muy distinto al que frente a ellos ahora se deslizaba como un benigno azogue, donde cruzaban yates de lujo y barcos herrumbrosos, donde se reflejaban modernas autopistas y astilleros decrépitos, imitando con sus violentos contrastes a la vida. Rápidamente la luz se reducía a un tinte umbrío. Del río se alzaba un humo de frialdad.

-Tengo hambre -dijo William.

Fueron de inmediato a comer a una pescadería cerca del malecón;  las mesas llegaban al borde del agua. Devoraron los pargos, el arroz, los frijoles, sin preocuparse de que a su alrededor algunos comensales miraban con disgusto su falta de modales: hablaban con la boca llena, se atragantaban, se salpicaban la ropa de salsa; William y Ricardo hacían chistes sobre sus respectivas dentaduras postizas; a Marcos se le atoró una espina  en la garganta, que al fin logró escupir entre toses y arqueadas, ante los aspavientos de sus dos amigos.

Con diferencia de cuatro o cinco años, rondaban los cuarenta. Sólo Ricardo había triunfado como escritor, y  tanto William como Marcos envidiaban sus libros publicados, algunos traducidos al inglés y al francés. En el fondo cada  uno se sentía superior a los otros; tenían visiones literarias distintas; sus estilos chocaban entre sí; pero también se admiraban, y aunque en muchas ocasiones reñían, había momentos, como esta  tarde y esta noche, en que llegaban a amarse.

El carácter irascible, la inaudita capacidad de rencor de William y Ricardo dificultaban la relación entre ambos, por lo que Marcos venía a ser un mediador o intérprete. Los dos lo apodaban el santo, a veces con afecto, pero las más con saña.

-El santo quiere demostrarnos su superioridad -decía  William, moviendo las mandíbulas como si masticara, al comentar un gesto generoso de Marcos.
-La gata de María Ramos -decía Ricardo, con su voz atiplada-. La mosquita muerta. El lobo vestido de oveja.
-Los comprendo a los dos -decía Marcos, esquivan­do los ojos de sus jueces-. No hay nada que irrite más que la bondad.

En ese instante Ricardo y William lo miraban con odio. El odio los esclavizaba a los dos.

Marcos también podía odiar con vehemencia, pero el encono le llegaba en ráfagas, como un atroz fogaje que de inmediato se desvanecía. Luego de odiar quedaba exhausto, como el que acaba una larga carrera y jadeando se tumba sobre la hojarasca. Cuando el odio lo atacaba de repente, se emborra­chaba y se drogaba hasta perder el sentido, y al otro día, hincado por la culpa y la vergüenza, se uncía de nuevo el yugo de la caridad.

Ricardo lidiaba de una forma distinta con sus odios: los cultivaba, les daba cauce con su maledicencia, humillando a cualquiera, destruyendo, armando peloteras, calumniando. Pero luego, como un niño después de una perreta, sin percatarse del bulto de destrozos, se sentaba con fértil entusiasmo a escribir sus novelas insólitas.

William, por el contrario, no alimentaba el odio; el odio lo alimentaba a él. El odio lo hacía oír voces, ver enemigos en cada rostro, escuchar insultos en cada frase. Por odio enflaque­cía hasta volverse este desecho humano, este espectro cuya mirada llena de desprecio asustaba.

Pero esta noche de finales de octubre los tres reían o guardaban silencio con una especie de sonrisa matrera: cada uno sospechaba que lo que había leído había impresionado a los otros dos. Como hombres dedicados a sacar a la luz los secretos, se observaban calculadoramente entre sí, espiando de reojo los gestos, las miradas, los contornos del rostro, el énfasis en alguna expresión dicha con imprudencia. Ni siquiera en una reunión entre amigos podían dejar a un lado el oficio que había hecho de sus vidas un arisco remedo de la realidad.

Habían empezado a leer en un rincón del parque, alejados de los merodeadores, en un banco roto bajo un flamboyán; mientras uno leía sentado sobre el banco, los otros dos se acostaban sobre las hojas secas, cuyo color de mortan­dad realzaba las flores de un punzante naranja que caían de las ramas, sumándose al detrito que cubría la tierra.

Hombres tiznados, como si se hubieran zambullido en hollín, cruzaban por los senderos interiores del parque, cargan­do en carros de supermercados sus sucias y preciosas pertenen­cias. Una mujer descalza, desgreñada, con el rostro exagerada­mente maquillado, dormitaba bajo una palma enana, tal vez víctima de un abrupto soponcio. Jóvenes macilentos cuchichea­ban sentados en el tronco de un árbol caído, cuyas raíces apuntaban en todas direcciones, como un loco abanico en el que prosperaban los insectos.

El capítulo de la novela que William leía describía un mundo parecido al del parque; Ricardo, con la cabeza recostada a una penca, escuchaba con los ojos cerrados; Marcos, atento a la lectura pero a la vez a los alrededores, sentía que las palabras de William materializaban el sórdido escenario, de modo que le resultaba difícil distinguir entre los personajes de la narración y los bergantes que deambulaban entre árboles y estatuas, pisoteando la hierba.

Un pordiosero con un pañuelo rojo atado en la cabeza, que exigía con voz ronca dinero y cigarrillos, los obligó a trasladarse a un costado del parque, a los escalones de un templo, cuyo friso ostentaba en relieve la inscripción Scottish Rite. Aves míticas esculpidas en bronce levantaban sus alas en el techo.

-Eso de rito escocés me sugiere un festín sexual -dijo Ricardo.
-A mí un acto de magia negra -dijo William.
-Es más simple, debe ser una logia masónica. Los escoceses fueron pioneros de esas fraternidades, y en la Edad Media los albañiles y los constructores de catedrales se organizaron en sectas. Es increíble que al cabo de los siglos hayan venido a parar aquí. ¡Qué persistencia!

Marcos, exaltado, gesticulaba al hablar; luego guardó silencio. Al rato William dijo:

-Un santo racional y erudito.
-Un aguafiestas -dijo Ricardo.
-No jodas más y lee -le dijo Marcos a Ricardo, que con gran teatralidad comenzó a recitar un poema. De pronto se detuvo en el medio de un verso y con sonrisa malévola aclaró:
-No lo escribí yo. Lo escribió esa rata de alcantarilla, ese ser inmundo que prefiero no nombrar. Pero quería ponerlos en situación antes de leerles mi capítulo, que tiene una sutil relación con este texto insípido y de mal gusto.

Pero después de una hora de lectura, los tres se vieron forzados a encontrar otro sitio: los anchos escalones del templo se habían llenado de vagabundos, que esperaban la llegada de un camión del Ejército de Salvación que repartía comida al atardecer. La tropa zarrapastrosa murmuraba; sus voces se entrelazaban formando un zumbido; sus manos se aferraban a fardos y tarecos, que colocaban con extremo cuidado sobre la escalinata; sus ojos escrutaban y sus cuerpos hedían.

-No hay paz, no hay paz -protestaba Ricardo, dando pequeños saltos y manoteando  al cruzar entre ellos.

Los escritores regresaron al banco bajo el flamboyán, donde Marcos leyó dos relatos. El estrépito distante de los vehículos en las autopistas, que se volvía más denso en esta hora de tráfico, servía de fondo a su voz temblorosa. Cuando Marcos acabó de leer, William dijo:

-Hay algo en esos cuentos, hay algo de verdad, pero es difícil determinar qué es. Es como un estado de ánimo.
-Maravillosos -dijo Ricardo-. Sólo les falta un poco de cocina literaria. Un poquito de sazón, una calentada primero a fuego lento y luego a fuego vivo, y listos para la mesa.
-Tal vez les haga falta un poco de chacota, de perversión -dijo William-. Pero no es posible esperar eso de un-
-Al carajo -dijo Marcos, poniéndose de pie, obser­vando a un mendigo que echado sobre una piedra imitaba el gorjeo de los pájaros que comenzaban a inundar los árboles-. Vamos a sentarnos  en el malecón.

Una lancha de motor trepidante, tripulada por un negro y un blanco, cruzaba el río dejando atrás grietas de agua estropeada. Luego en el restaurante los tres devoraron la comida con precipitación, como come la gente nerviosa e impaciente, o la que alguna vez ha pasado hambre. Al terminar regresaron al muro. Ya era de noche, y las gaviotas habían desaparecido; sólo un pelícano de pico depravado se posaba sobre una empalizada, fingiendo dormir. Los tres se tendieron en el malecón, de cara al cielo repleto de estrellas, cuyo brillo sobrevivía a pesar del chillón resplandor del centro de la ciudad.

En la orilla del río se amontonaban barcos arrimados como colinas de chatarra, de proas despintadas y mástiles ruinosos, en cuyas puntas flotaban banderas, telas gastadas que representaban vastos fragmentos de tierra, cuencas de continen­tes, penínsulas, islas. En embarcaciones semejantes los tres habían cruzado años atrás el Estrecho de la Florida, negando así (según se les dijo y se les repitió antes de la partida, entre golpes e injurias) un pedazo de tela que simbolizaba lo mismo que éstos que ahora ondeaban en el aire oscuro.

En las cubiertas, entre contenedores gigantescos, deambulaban marinos solitarios, o estibadores que amarraban sogas. Grúas de brazos ominosos rozaban con sus ganchos las popas mugrientas. El palo mayor de un antiguo velero, abando­nado entre vigas mohosas, se hallaba totalmente cubierto de hierba, como un árbol inclasificable, a la vez mineral y vegetal. Más allá del puente levadizo, los altos edificios demarcaban con sus frígidas luces lo que Ricardo llamó la línea de flota­ción del cielo.

En ese instante una chispa cruzó entre las estrellas, maromera, volátil.

-¿La vieron? -preguntó Marcos- ¿Pidieron algo?
-Sí -contestaron los dos al mismo tiempo.

La sirena de un buque bramó junto al puente, que se abrió poco a poco para dar paso a la mole de hierro. Los faros de los autos se acumulaban en la alta autopista.

-Vámonos -dijo William.- Otro día volvemos.

Mientras los tres caminaban por la avenida que bordea­ba el río, un barco destartalado comenzó a desplazarse muy cerca de la orilla, ignorando el peligro de encallarse. Un hombre fumaba junto a la escotilla, por la que asomaban un mono y una cabra.

-El Arca de Noé -dijo Ricardo.

El estribor desollado del buque casi rozaba las puntas de los muelles. En la proa, dos hombres desenredaban cuerdas cuyas puntas se deslizaban como furtivos reptiles hasta tocar el agua. De repente uno de ellos agitó el brazo, como si saludara. Luego el barco prosiguió río abajo, sin detenerse en los embarcaderos, sobresaltando el aire con su ronca sirena hasta desvanecerse en los meandros.

 

II

Dos años después de esta reunión, Ricardo descubrió que padecía una enfermedad incurable y mortal. Se había mudado para Nueva York, donde se sentía a gusto entre las multitudes, hormigueando entre los rascacielos, entrando y saliendo de baños de vapor, de cines para adultos, viajando en trenes arropado en bufandas, escribiendo novelas en su cuchitril de un barrio peligroso de Manhattan. Pero al saber que estaba enfermo decidió regresar a Miami, la ciudad que amaba y odiaba. Llegó escuálido, tosiendo como un tuberculoso, y Marcos lloró al verlo. Al otro día ingresó en el hospital.

La habitación junto a la bahía, con su espléndida vista de islotes y ensenadas, invitaba a la vida. Los yates se enchum­baban con la marea verdosa; las olas formaban farallones de espuma. Marcos lo visitaba y le leía a Cervantes, a Góngora, a Quevedo, porque la enfermedad había despertado en Ricardo una predilección por el Siglo de Oro. Detrás de tubos, máscaras de oxígeno e inacabables botellones de suero, escuchaba con avidez; a veces levantaba la cabeza de la almohada, alerta, como si lo hubieran llamado por su nombre; luego cerraba los ojos y volvía a recostarse, hasta que poco a poco se quedaba dormido.  Marcos salía sigiloso del cuarto.

A pesar de todos los pronósticos, el paciente macilento comenzó a mejorar, y luego a protestar, a insultar a médicos y enfermeras (Marcos de vez en cuando recibía un ramalazo), y al ser dado de alta había recuperado su energía. A los dos meses parecía cualquier cosa menos un hombre enfermo.

-No resisto a Miami, no resisto esta aldea, no la resisto -decía-. Vine porque quería morirme junto al mar.
-Hierba mala nunca muere -decía Marcos.
-No es verdad. Yo noto que me estoy volviendo bueno, claro que nunca como tú. En mí eso es un síntoma fatal, y tengo que tomar medidas contra esta debilidad mierdera. Yo le he hecho daño a mucha gente, querido, y todavía me falta mucha, mucha. Mis enemigos no se van a dar el gusto de verme convertido en una piltrafa. Y además tengo que terminar dos novelas, seguir jodiendo a esos hijos de puta que han destruido a Cuba, poner en orden mis papeles. Y voy a hacer también mi testamento.
-No seas melodramático. Tú me entierras a mí.
-Yo no estoy tan seguro. Los santos pueden durar cien años.

Una tarde llamó por teléfono a Marcos desde el aeropuerto.

-Me voy para Nueva York dentro de quince minutos.
-Estás loco.

-Yo te llamo o te escribo. No te preocupes, hay Ricardo para rato. Miami me deprime, me asfixia, y yo necesito respirar, querido. Respirar. Vendré cuando empiece el invier­no.
-Estás loco, estás loco. Más que viajes te hace falta descanso.

Pero Marcos se equivocaba: la vida de Ricardo depen­día de moverse, de andar de un lado para otro, imaginando historias, peleándose con medio mundo, redactando manifies­tos políticos, burlándose de todo. El sosiego en él equivalía a la muerte.

En realidad era William el que estaba cada vez más loco: llevaba meses sin escribir, pidiendo limosnas en las cafeterías, deambulando por La Pequeña Habana, hablando solo en alta voz, quejándose de que los viejos en el boarding home lo espiaban, creyendo que la gente en la calle se reía de él, haciéndole la vida imposible a Marcos cada mañana alrededor de las once, cuando con puntualidad inexora­ble lo llamaba por teléfono.

-¿Y qué? -preguntaba William- ¿Qué hay de nuevo?
-Nada. Tratando de escribir. ¿Cómo estás tú?
-Me dices que estás tratando de escribir para hacerme saber que te estoy molestando.
-No me molestas, te lo he dicho mil veces. ¿Cómo está esa novela?
-No sale. Ahora se me ocurrió otra idea. ¿Te la cuento?

Y durante media hora William, carraspeando, relataba el argumento completo de un libro (Marcos estaba seguro de que improvisaba), detallando con minuciosidad situaciones, personajes y diálogos, impostando la voz cuando hablaba una mujer o un niño. Cuando terminaba, sin aliento, preguntaba con temor:

-¿Qué te parece?
-Genial. Genial.

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