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-¿Usted conoce el mundo, la gente? Le estoy hablando del mundo de verdad, la gente de verdad. Yo he vivido en cuatro países, fíjese bien. Y tengo cuarenta y cinco años, aunque todo el mundo dice que parezco más joven.
-Es cierto que parece más joven -dijo Marcos, que sujetaba el timón con brazos rígidos, conduciendo con extrema lentitud, como si la velocidad pudiera complicar aun más su situación.
En ese instante la mujer se volvió completamente hacia él y le clavó en el hombro la punta de un seno, como una pistola.
-Usted es un hombre inocente -dijo, sonriendo por primera vez-. ¿Nunca se lo han dicho, que usted es un hombre inocente? ¿Es una pose, o usted es inocente de verdad?
-No tanto -dijo Marcos, un poco más seguro de sí mismo, y sonriendo también-. No tanto.
-Usted se parece al primer esposo que yo tuve -dijo la mujer, y agregó suspirando-. Yo misma lo maté.
Marcos frenó de golpe.
-Usted no debe tomar. La bebida le hace daño, no sabe lo que habla.
La mujer, recuperándose de la sacudida, se echó a reír y se pasó la mano por la cara. A Marcos le pareció que trataba de cambiar sus facciones, o tal vez de borrarlas.
-Era un chiste, joven. Yo sería incapaz de matar a una mosca. Y menos a ese hombre. Nos separamos amistosamente, no he vuelto a saber de él. Fue mi primer amor.
El automóvil arrancó de nuevo, imponiéndose a la poca voluntad del chofer. Pero antes de llegar al puente levadizo de Flagler, como si obedeciera finalmente al ánimo del dueño, comenzó a resoplar, a cancanear, hasta que el motor se apagó de repente.
-Se recalentó -dijo Marcos-. Le pasa a cada rato, ahora hay que esperar a que se enfríe.
-Mi casa está cerca -dijo la mujer-. A la bajada del puente. Puedo ir caminando.
-Si quiere la acompaño.
-Gracias, se lo acepto. De noche este barrio no es de los mejores.
La mujer había adquirido de pronto un aspecto sobrio, que Marcos atribuyó al aire que había entrado por la ventanilla durante el viaje. Con el creyón revivió una vez más sus labios finos, y con el lápiz oscureció sus cejas, antes de bajarse con un gesto decidido del carro, cuyo capó había empezado a humear.
Sin embargo, mientras cruzaban el puente, la mujer no acababa de hallar el equilibrio. Marcos le ofreció el brazo, que ella sujetó con timidez, diciendo:
-Me llamo Irene.
Marcos se presentó formalmente, con nombre y apellido. Estuvo incluso a punto de decirle que era escritor, pero decidió callarse: su primer libro, escrito en otra década, había entrado en la imprenta la semana pasada, y era posible aún que un accidente impidiera su publicación. Frente a ellos los imponentes edificios y la intrincada madeja de autopistas refulgían con frialdad.
La mujer vivía junto al río, en una vieja casa de madera de dos plantas, rodeada por un jardín en el que sobresalía un rosal. Pese a sus dos pisos era sumamente pequeña, con un aire artificial, como si en vez de vivienda fuera una simple muestra de un estilo arquitectónico pasado de moda, que había sobrevivido a las demoliciones para quedar como objeto de curiosidad. Luego de esfuerzos fallidos con la llave, la mujer consiguió abrir la puerta.
-Si quiere tomarse un trago...
-Yo no tomo ningún tipo de bebida alcohólica. Pero si tiene otra cosa, algún refresco...
Ambos gesticulaban vacilantes en el oscuro portal.
-Debo tener algo, pase. No se fije en el reguero. Yo me mudo mañana, me voy para Nueva York.
Pasaron por encima de cajones, de muebles apilados. La mujer comenzó a subir las escaleras; sus muslos eran firmes y su ropa interior tenía un brillo rosado. Marcos la siguió, sintiendo un asomo de erección y pensando que sus impulsos sexuales nunca obedecían a lo previsto.
Llegaron a un saloncito desordenado, donde todo parecía recubierto por una piel de polvo; Marcos, después de mirar por la ventana abierta al río cercano, se sentó con precaución, como si el sillón pudiera hacerse añicos bajo su peso. La mujer comenzó a trajinar en el cuarto de al lado, canturreando.
-Tengo jugo de manzana -anunció desde la puerta.
-Sí, sí -dijo Marcos, ansioso. Ahora observaba una pieza sobre la mesa de centro: un barco enorme tallado en madera. Diminutas figuras de vidrio representaban marinos trabajando en la cubierta, o en actitud reflexiva sobre la pasarela y el castillo de popa. Uno de ellos decía adiós con la mano. Una cabra y un mono en miniatura se asomaban a través de la escotilla entreabierta.
-Es todo lo que queda del jugo -dijo la mujer, sentándose frente a Marcos y alcanzándole un vaso, mientras bebía de otro un líquido transparente. Marcos olió el contenido del suyo y probó un sorbo.
-Sabe bien, este jugo. ¿Usted qué toma?
-Agua.
-¿Agua o vodka?
-Usted quiere saberlo todo, precisarlo todo -dijo la mujer, torciendo la boca.
-A mí me da la impresión de que usted podría tener un problema -dijo Marcos con voz respetuosa, mientras se inclinaba hacia adelante-. Tal vez yo podría ayudarla. Yo también tuve durante muchos años un problema con el alcohol.
-No se trata de mí ni del alcohol, se trata de la gente -dijo la mujer con agresividad-. De la chusma, la canalla, ¿me entiende? Aunque los cultos y los inteligentes son a veces peores. En Nueva York voy a aislarme de todo. Una tía me va a prestar su apartamento por seis meses. Ella viaja de un lado para otro, tiene dinero, puede darse ese lujo. Aunque tampoco es feliz.
-La paz viene de adentro -dijo Marcos, en un tono apagado. Luego preguntó abruptamente-. ¿Quién le regaló ese barco, o dónde lo compró? Es un objeto curioso, muy bien hecho.
En ese instante unos perros comenzaron a ladrar desaforadamente en el jardín. La mujer se levantó frenética y corrió a la ventana.
-¡Esos son los malditos que me mataron el gato! -chilló.
Y luego de beber de un solo golpe el líquido del vaso, bajó atropelladamente por la escalera.
-¡Tenga cuidado! -dijo Marcos, poniéndose de pie.
Al momento los gritos de la mujer se mezclaron abajo con los ladridos de los perros. Marcos se asomó a la ventana irresoluto, como si se inclinara sobre el brocal de un pozo. En el jardín, armada con una escoba, la mujer perseguía a los animales, insultándolos en inglés y español, golpeando los arbustos, hasta que la jauría se perdió calle abajo. Una luna rebosante surgía al final del río. La inercia de los techos y las calles no guardaba relación con el tumulto de luces veloces que circulaban por las autopistas encima de la ciudad, ni con el furor de la mujer, que tambaleante continuaba gritando y agitando la escoba.
Marcos sacó la cabeza por la ventana y le dijo:
-Cálmese, ya se fueron.
La mujer miró hacia arriba como si no lo reconociera, y después de una pausa entró en la casa. Pero a los pocos minutos apareció de nuevo en el jardín, con una vasija de metal en la mano, y comenzó a regar la hierba y los arbustos.
-¿Qué hace? -preguntó Marcos -. Yo tengo que irme, es tarde.
La mujer no contestaba, concentrada en su tarea. Del otro lado de la cerca, en un solar cubierto de maleza, un gato merodeaba interrogante. De repente Marcos percibió el penetrante olor a gasolina y corrió a la escalera. Al salir con precipitación estuvo a punto de perder un zapato. Una explosión estremeció el jardín, que al instante se alumbró con un voraz fulgor de lengüetas rojizas. Las arecas emitían un crujido. Las llamas crepitaban siguiendo la línea zigzagueante del líquido vertido, trazaban brutalmente surcos erráticos en el rosal, desguazaban los tallos y las flores, ennegrecían la hierba. El vaho de la candela se propagaba con velocidad, enardeciendo el aire.
Cuando ya estaba en el medio de la calle, Marcos recordó el nombre de la mujer y gritó:
-¡Irene!
Pero la mujer se había desvanecido. El echó a andar de prisa por la calle vacía, dobló sin titubear por la primera esquina y no se detuvo hasta llegar al puente, donde prevalecía una ominosa quietud. A la mente le venía una frase leída en alguna parte: "Las llamas impulsadas por la brisa de la medianoche". De pronto sirenas de bomberos y carros policiales vociferaron desde distintos sitios, estridentes, chirriantes.
A medida que Marcos subía el puente, el resplandor del incendio a sus espaldas se iba envolviendo de ráfagas negruzcas; nubes voluminosas se adentraban en el hirsuto entramado de columnas que sostenían a las autopistas. Pero él apenas miraba hacia atrás.
Ahora rozaba los penachos de palmas que crecían junto al puente, las copas húmedas de robles y pinos que se remontaban hasta la alta baranda. Las hojas empapadas de rocío dejaban en los dedos unas gotas viscosas. Proas y mástiles se congregaban abajo, en actitud de espera, como piezas de una conspiración, mientras en los atajos a la orilla del río se oxidaban pedazos obscenos de chatarra. Los faros de un avión volaban quietamente encima de los techos, de los árboles que prosperaban en la llanura urbana; las luces de los embarcaderos culebreaban en la capa de agua y penetraban arrastrando hasta el fondo cuerdas de color. A la izquierda del río, los rascacielos se alzaban como un dique de hormigón y cristal. El bramido de un buque se acercaba con lentitud, cruzando los meandros.
Marcos miró desde la altura el malecón donde una vez se había reunido con sus dos amigos. Esta noche la gigantesca luna difuminaba las estrellas, pero aún era posible distinguir algunas. En aquella ocasión, cuando los tres estaban tendidos sobre el muro, una atravesó el cielo como una chispa sobre sus cabezas. Marcos recordaba lo que él había pedido. Pero lo que pidieron los otros dos, o si sus deseos les fueron concedidos, eso él no iba a saberlo jamás.