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(Marcos no mentía: la capacidad de fabular de William era extraordinaria.)
-No me digas que es genial. Eso lo dices para salir del paso.
-Te digo que es buenísima. ¿Por qué carajo no te sientas a escribirla?
-No puedo. Las pastillas que estoy tomando no me dejan concentrarme.
-Deja de tomar las pastillas.
-Si dejo de tomarlas oigo voces.
Marcos entonces no sabía qué decir. Se despedía murmurando una excusa, y regresaba a sus páginas llenas de tachaduras. El gato en el sillón lo observaba con ojos inquisitivos. En el cuadrado de la ventana los árboles, sometidos al resplandor, se erguían extrañamente quietos, como esperando que alguien destruyera su inercia bajo el implacable mediodía de Miami. Más allá del follaje, fachadas de edificios recién construidos reflejaban el sol en sus paredes desprovistas de historia. Marcos describía en el papel un cielo oscurecido, un aire de tormenta, tal vez una leve ráfaga invernal, mientras afuera el estático calor quebrantaba la voluntad, la imaginación, el impulso.
A medida que pasaban los meses William hablaba cada vez menos de literatura. Pero el teléfono seguía sonando rigurosamente en el cuarto de Marcos a las once de la mañana.
-¿Y qué? ¿Qué hay de nuevo?
-Nada.
-¿Tratando de escribir?
-Más o menos. ¿Cómo va esa novela?
-No sirve. La novela no sirve, yo no sirvo. Estoy planeando matarme.
-No hables mierda.
-Lo único que me falta decidir es cómo lo voy a hacer. Ahorcarme no me gusta. Ni cortarme las venas. Tomar pastillas es cosa de maricones. Si me consiguiera una pistola-
-¿Por qué hablas tanta mierda?
-Fíjate bien, Marcos, lo único que te pido es que me incineren. Te pido que seas tú el que te ocupes de eso. Me da lo mismo lo que hagas con las cenizas, las botas, las entierras, cualquier cosa. Pero quiero que seas tú el que te encargues de eso. No dejes que mi puñetera familia haga nada. No quiero tener nada que ver con ellos ni después de muerto.
Marcos colgaba el teléfono. A los dos minutos sonaba otra vez.
-Si sigues hablando mierda vuelvo a colgar.
-Perdóname, viejo, perdóname. Es que hoy estoy muy deprimido. ¿Cuándo vas a venir a verme?
-No sé, a lo mejor el viernes.
-Te espero el viernes. Tráeme veinte dólares. Y un cartón de cigarros. Marlboro Lights.
-¿Desde cuándo cambiaste de marca?
-Desde hoy por la mañana. Los otros me dan asco.
El viernes por la tarde un Marcos vacilante entraba en el vestíbulo de aquella especie de hotel desbaratado, donde un predicador con acento cubano vociferaba en el televisor, mientras un par de ancianos cabeceaban en sillones hundidos frente al aparato. Subía las escaleras de madera como el que se dirige a un calabozo, tratando de ignorar el olor a humedad y a orine. La puerta del cuarto de William estaba de par en par. William lo recibía tirado en un camastro, tapado con una sábana a pesar de estar totalmente vestido, fumando, rodeado de ceniceros repletos de colillas, de platos con restos de comida petrificada, de vasos nublados por el polvo, de libros.
-William, ¿qué tú haces tapado con este calor? ¿Tienes fiebre?
-Iba a salir, pero después me arrepentí. Me tapé con la sábana porque si ellos pasan por el pasillo y miran para acá piensan que estoy enfermo, y me dejan tranquilo. A ellos les interesa la salud, no la enfermedad.
-¿Quiénes son ellos?
-¿Ellos? ¿Qué quiénes son ellos? ¿Quiénes van a ser? Los que me vigilan día y noche. Los que quieren destruirme. Pero si me ven enfermo me dejan tranquilo.
Marcos, después de colocar el billete de a veinte y el cartón de cigarros en la mesa, se sentaba en el borde de una silla, evitando mirar directamente el rostro de su amigo, mientras pensaba en algo que decir. Una fila de hormigas cercaba unas hilachas de carne cetrina amontonadas en un plato en el piso.
-Hoy recibí una carta de Ricardo. Estuvo ingresado otra vez, acaba de salir del hospital. Parece que está mal, va a regresar a Miami.
William se quitaba la sábana. Su ropa olía como si muchas veces se hubiera empapado en sudor y se hubiera secado encima de su cuerpo.
-Si viene no quiero verlo. No quiero que me vea en estas condiciones. Ricardo se alegra del mal de los demás.
-¿Cómo vas a decir eso, William? Ricardo está mil veces peor que tú. Me dijo que había perdido cuarenta libras. Y él no se alegra de que tú estés mal, él te admira y te aprecia.
-Sí, claro, él me admira y me aprecia. ¿Y cómo no me ha ayudado a publicar mis novelas? El tiene palanca con los editores.
-Tenía, ya no la tiene. Le han cerrado las puertas por su posición política.
-¿Y cómo no me ayudó cuando tenía palanca? Nunca quiso darme una mano.
-William, la cosa no es tan fácil. Ricardo puede ser terrible con la gente, pero ni tú ni yo podemos quejarnos de él.
-Está bien, defiéndelo. Tú no lo conoces como yo. Yo lo conozco desde hace veinte años, lo conocí en Cuba cuando no era nadie, un guajirito maricón que acababa de publicar su primera novela. Y yo nunca pude publicar la mía, que era mejor que la de él. Cuando publicó la segunda en México me prometió que le iba a dar mi manuscrito a su editor, pero luego se puso a darme excusas y nunca le dio nada. Y hasta el sol de hoy. Después, cuando cayó en desgracia-
En ese instante una anciana se asomaba en la puerta y pedía con voz llorosa un cigarro.
-¡No hay! -gritaba William.
-Sí, sí hay -insistía la anciana-. Un cigarrito, por favor.
William se levantaba de un salto de la cama, se desabrochaba la portañuela y se sacaba el pene.
-¡Esto es lo que hay, vieja! ¡Esto es lo único que hay!
La anciana desaparecía en el pasillo, murmurando blasfemias. Marcos aprovechaba para despedirse de prisa. Hasta la mañana siguiente, a las once, cuando el teléfono volvía a desgañitarse.
A las dos de la tarde llegaba el cartero. Marcos había enviado el manuscrito de su libro de cuentos a varias editoriales y esperaba impaciente una respuesta. Pero las pocas veces que llegaba alguna era en forma de carta impersonal, obviamente un modelo de la casa editora para librarse de los impertinentes, donde se precisaba que debido al gran número de proyectos, no era posible tomar en consideración... Marcos ripiaba el papel. Podía haberlo masticado, escupido, pero se limitaba a reducirlo a minúsculos fragmentos, que luego echaba en la taza del servicio. Verlos perderse en el remolino de agua lo aliviaba durante segundos. Salía y compraba una pinta de vodka, que tomaba con jugo de naranja encerrado en el cuarto, mientras leía en voz alta a Keats. Por la noche recorría bares de mala muerte, oliendo cocaína, fumando marihuana, atragantándose con buches de cerveza, y al otro día sólo recordaba truncas escenas de sus aventuras.
Una tarde el cartero le entregó un bulto gigantesco: Ricardo le enviaba los manuscritos de sus dos últimas novelas desde Nueva York. La loma de papeles estaba encabezada por una breve carta, con instrucciones, recomendaciones. Tres días después una llamada despertó a Marcos por la madrugada. Un amigo periodista le dijo con voz precipitada:
-Ricardo se suicidó.
Por la mañana los periódicos anunciaban la noticia en primera plana. Allí estaba la foto de un hombre sonriente, empeñado perpetuamente en lucir juvenil y buen mozo. Marcos no deseaba mirar sus ojos, sus cejas pronunciadas; arrancó la página, la dobló y la guardó en un libro. A las once el teléfono sonó.
-¡Marcos, Ricky se fue! ¡Se la dejó en la mano a todos, Marcos! ¡Qué tipo, qué cojones! ¡El escritor más grande de Cuba, Marcos! ¡Estúpido, no hay que llorar! ¡Hizo lo que tenía que hacer, lo único que se puede hacer! ¿Tú me oyes, Marcos? ¡Se me adelantó, el muy cabrón! ¡Qué tipo, Marcos, qué tipo! ¡No llores, no hay que llorar, comemierda! ¡El está feliz, al fin demostró que tenía cojones!
A partir de ese instante William sólo hablaba de su muerte inminente, que ocurriría esta tarde, o mañana, o a más tardar la semana que viene. Marcos ya ni siquiera trataba de llevarle la contraria. Lo visitaba dos veces al mes, le llevaba dinero, libros y cigarros. No subía al cuarto; William lo esperaba en el portal de aquel enorme caserón construido a principios de siglo, cuando nadie esperaba que Miami se convirtiera en este raro sitio donde gentes radicalmente distintas entre sí habían confluido desde puntos remotos, determinadas a vivir y morir. Los locos, los ancianos, los retrasados mentales, los hombres cincuentones de piel erosionada por diversos excesos, se mecían en los balances, al fresco, entre las sierpes de los buganviles, que trepaban por postes, paredes y tejas.
-Antes de Navidad -decía William-. A los cuarenta y siete años.
Marcos asentía con la cabeza.
-¿Qué pasa, no me crees?
-Claro que te creo.
-Ya sabes lo que te he dicho. No quiero que mi familia se ocupe de nada. Tú eres el que tienes que hacerte cargo de todo. Júrame que lo vas a hacer.
-Lo que tienes que hacer es ponerte a escribir.
William daba una patada en el piso. Su carraspera se agravaba al gritar:
-¡No me hables de escribir! Ya yo escribí todo lo que tenía que escribir. Dos novelas -de pronto sonreía tenuemente y agregaba-. Excelentes, las dos. Como decía tu querido Keats: "Yo sé que mi nombre estará entre los poetas".
-Keats tenía tuberculosis. Tú estás sano.
-Marcos, no me mortifiques. Júrame que vas a hacer lo que te pedí.
-Te lo juro.
William se olía las axilas, miraba a su alrededor y decía en voz baja:
-Ellos piensan que soy un cobarde. Les voy a demostrar de lo que soy capaz. Tú mismo, aunque dices que sí, en el fondo no crees que yo pueda matarme.
-Ojalá no lo hagas. Todavía tienes mucho que hacer.
-No tengo nada. Sólo hay algo que tengo que hacer. ¡Valor tengo, cojones! ¿No crees que tengo valor?
-Lo tienes -decía Marcos, bajando la mirada.
William lo acompañaba hasta el carro, gesticulando. Marcos arrancaba el motor y se marchaba mirando por el espejo retrovisor al hombre demacrado que se quedaba rígido en la acera, con las manos metidas dentro de los bolsillos y los ojos tercamente fijos en las inofensivas buganvilias.
-Nunca -pensaba Marcos-. Nunca.
Pero como le ocurrió con Ricardo, con William Marcos se volvió a equivocar.
III
Los libros póstumos de William y Ricardo fueron publicados con una nota breve en la que el editor agradecía la labor de Marcos, que pasó en limpio los manuscritos y corrigió las galeras. Marcos a veces se sentía culpable de haber sobrevivido, y le daba vergüenza contestar las preguntas que le hacían lectores entusiastas sobre sus dos amigos. La gente componía a su manera máscaras, rostros, defectos y virtudes de los dos escritores, parodiando, exaltando y corrompiendo el tejido vital de su memoria. Incluso Marcos, cuando los evocaba, tenía la hiriente impresión de deformarlos.
El hecho de no haberlos visto muertos lo ayudaba a mantener la ilusión de que algún día tal vez tropezaría con ellos en una playa, en una biblioteca o en la entrada de un hotel (por alguna razón estos tres lugares le parecían los más satisfactorios), pero poco a poco comenzó a aceptar que la escritura era lo único que podía esperar de los dos.
A mediados de los años 90 el parque y el malecón junto al río fueron cercados, para impedir el paso de los vagabundos. Por esa época, y cerca de este lugar, Marcos tuvo una aventura relacionada con la inclinación a hacer favores que le había ganado con sus dos amigos el apodo de el santo. En realidad ni siquiera sabía por qué acababa siempre ayudando a la gente; ignoraba si era debilidad, sentimentalismo o nobleza, o una manera de compensar su oculto desapego, o de disimular su frigidez.
Luego de una función de cine, cuando se encendieron las luces, una mujer de unos 40 años, desparramada sobre la luneta, dormía con la boca abierta, roncando aparatosamente; al pasar junto a ella, Marcos sintió un fuerte olor a licor. En los pasillos y las filas de asientos se amontonaban vasos, servilletas, rositas de maíz, restos de pan, mostaza y encurtidos, como si en vez de una simple película, en el local hubiera tenido lugar una orgía; la mujer misma, que a pesar de su estado se hallaba elegantemente vestida, parecía una figura de bacanal. Marcos se inclinó sobre ella y le tocó un brazo.
-Señora, la película se terminó.
La mujer entreabrió los ojos y de súbito se puso de pie, impulsada por una extraordinaria energía. Agarró su cartera febrilmente y salió del local dando tumbos, sin mirar a Marcos. En el estacionamiento vacío la mujer daba vueltas tratando de orientarse.
-¿Usted vino en su carro? -preguntó Marcos, acercándosele con cautela.
La mujer se negaba a contestar. Miraba hacia los árboles, hacia las vacuas paredes del teatro, y luego echaba un rápido vistazo a sus zapatos, al parecer pesando el pro y el contra de sus movimientos.
-Si usted vive cerca de aquí puedo llevarla a su casa. Do you speak Spanish?
La mujer asintió con la cabeza. Sacó de la cartera una polvera y un creyón de labios y se maquilló un poco. Luego, trastabillando, se paró frente a Marcos y le dijo:
-Yo vengo de otro mundo.
-No lo dudo. Pero ahora está en Miami. ¿Dónde vive usted en Miami?
La mujer hizo un gesto de desdén, mientras se peinaba con los dedos.
-Todos se fueron y me dejaron sola. Mis hijos, mi marido. Todos me odian porque saben que yo vengo de allá, de un lugar donde todo es distinto.
-Yo también vengo de un lugar donde todo es distinto. Usted está borracha, ¿no? Dígame dónde vive y la dejo en su casa. O si quiere puedo llevarla al detox, una clínica para la gente que tiene problemas de alcoholismo. Allí la van a ayudar.
Marcos había dejado de beber y de consumir drogas, y siempre que podía hacía con discreción algún proselitismo.
-Yo no tengo ningún problema de alcoholismo -espetó la mujer, mostrando las manos cubiertas de anillos, como si las joyas (obviamente falsas) fueran su incontestable garantía contra el vicio-. ¿Usted se imagina lo que es tener un gato, un solo gato, lo único que tengo en el mundo, lo único que me ha sido fiel, y que vengan unos perros furiosos y lo maten?
Marcos tosió levemente.
-Qué lástima, eso es-
-¡No me diga que es karma! -gritó la mujer, amenazante.
-Yo no le he dicho nada -dijo Marcos, dando un paso atrás. El aliento de whisky lo mareaba.
La mujer respiraba agitada; sus senos batallaban contra la tela ceñida de la blusa.
-Yo conozco esa historia, yo conozco esa historia -dijo la mujer, y comenzó a registrar con afán su bolso de gamuza-. Todo el mundo viene con lo mismo. Las lagartijas matan a las moscas, los gatos matan a las lagartijas, los perros matan a los gatos, los hombres matan a los perros, los hombres matan a los hombres. Y Dios los mata a todos. ¿O es el diablo el que mata? -y cerrando con brusquedad el bolso, agregó mirando fijamente a Marcos-. Pero yo soy la dueña de mi propio destino. Yo vine aquí porque quise, nadie me trajo, nadie me obligó. ¿Que me equivoqué, me va usted a decir? Es posible, sí, es posible. Pero yo asumo la responsabilidad por mis actos. Hasta el final, óigame bien: hasta el mismísimo final.
Marcos parpadeaba y tragaba saliva, pero al fin logró hablar con firmeza:
-Todo eso está muy bien, me parece muy digno, pero ahora tengo que irme. ¿Usted tiene dinero para un taxi?
-¿No me dijo que me iba a llevar a mi casa? Yo vivo al lado del downtown.
En el asiento del carro, junto a Marcos, la mujer volvió a maquillarse sin dejar de hablar.