

(Novela)
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Néstor tenía una manera muy bella y natural de contar su vida, y su amor por todo lo que La Habana significó entonces para él parecíame que le iba a acompañar durante el resto de los años que le tocara vivir. Porque en La Habana encontró amigos, cultura y liviandad de humores, cosas preciosas para quien por tan duros trances había pasado recién llegado al mundo. Lo risueño del ámbito habanero fue un bálsamo muy oportuno para aliviarle ese comienzo difícil en la vida. Aunque la simplicidad con la que en La Habana de esos años cada uno podía ser y manifestarse tal cual había venido al mundo, sea cual fuera su naturaleza y sin que sus preferencias amorosas representasen ningún obstáculo demasiado comprometedor para la realización de sus deseos, fue algo que nunca llegó a incorporar completamente. Siempre le quedó el resabio, y el «complejo», de que ser homosexual era algo indebido y reprensible en sí. Una auténtica vergüenza. Su formación peninsular y la austera seriedad de su medio familiar compuesto por intelectuales de la tan típica izquierda pequeñoburguesa catalana, no le permitieron relajarse lo suficientemente, o como se decía en Cuba, aplatanarse, como para dejar atrás su atávico malestar.
Y quizás es ahí en ese oscuro resquicio de su psiquis que se enraizó esa misoginia tan sorprendente en alguien de su cultura, buen carácter e inteligencia natural. Y esa tara lo siguió afectando, desgraciadamente, a todo lo largo de su vida. En vez de referirse a una mujer por este bello vocablo castellano impregnado de un romántico perfume arábigo, casi siempre prefería llamarles «chivas». Apodo triste y lamentablemente peyorativo que desdecía de su buena naturaleza. Por otra parte, a veces cuando nos hablaba a nosotros, sus amigos más cercanos, nos apostrofaba a boca de jarro con un "mujer" o un "hembra" un tanto destemplados, que por lo abrupto muchas veces nos cogía de sorpresa a nosotros mismos. Aunque de costumbre y larga fecha ninguno hubiera sido nada melindroso para ese tipo de familiaridad. Su gusto por las paradojas era muy notorio, y sus opiniones eran siempre extremadamente afirmativas, muy a menudo espectacularmente singulares, con un cierto toque de extravagancia provocadora. Le encantaba distinguirse por ellas, por lo inesperado y original de sus puntos de vista, y esto lo llevaba a menudo a salirse de lo razonable haciendo prueba de flagrante arbitrariedad. En tales casos solía empecinarse y se mostraba muy cabeciduro y hasta de mala fe en las discusiones.
Cierta vez que fue a filmar a la India volvió diciendo que en ese país no había hambre, porque él había hecho una prueba definitiva. Unos desharrapados niños hindúes se habían quedado engatusados mirando las manipulaciones del equipo de filmación. Cuando llegó la hora de almuerzo y de repartirse los sándwiches de jamón y queso entre los cineastas, Néstor, escogiendo a propósito al más flaquito y con más cara de muerto de hambre que pudo encontrar entre todos los fiñes que constituían el grupo de desnutridos, le ofreció uno de los sándwiches y el chiquito rechazó rotundamente su ofrecimiento. Néstor consideraba esto como una prueba fehaciente de que toda esa información que corría en los medios de prensa sobre la miseria en la India era sólo propaganda de los comunistas, desprovista de todo fundamento. Todo eso lo decía más por hacerse el gracioso que porque lo pensara realmente. Era tan sólo un frívolo paripé para llamar la atención, pues él bien sabía por experiencia propia cuál era la realidad del mundo, aunque fingiese haberlo olvidado. No en balde había sido simpatizante del partido comunista siendo joven.
Sin embargo, por otra parte, Néstor tomaba muy filosóficamente sus primeros fracasos profesionales en Estados Unidos, y aunque todo parecía indicar que su destino no iba a ser dorado por la caprichosa Fama, esto no parecía amargarlo demasiado. Porque quizás recordaba haber escuchado a su madre o a su padre decirle alguna vez que el éxito es llegar a obtener lo que uno quiere, mientras que la felicidad es querer lo que uno ya tiene. O había leído aquellos versos de Machado que dicen: «Sabe esperar, aguarda que la marea fluya cual en la arena un barco sin que el partir te inquiete, todo el que espera sabe que la victoria es suya porque la vida es larga y el arte es un juguete, y si la vida es corta, y no llega la mar a tu galera, aguarda sin partir y siempre espera, que el arte es largo, y además no importa»
Y mientras tanto se tomaba muy en serio y a pecho cualquier trabajo que le ofrecieran por muy humilde que fuera, como ese modesto empleo de camarógrafo de la Televisión Escolar Francesa, que por aquellos años ya le permitía ganarse decentemente su vida. Cuando de su trabajo se trataba perdía interés en todo lo demás, y su concentración podía llegar a ser obsesiva y hasta presentar dejos de fanatismo. Poseía una formidable fuerza de voluntad y mantenía sus cosas en un orden admirable. Especialmente su casa. Se complacía mucho en todo tipo de folklore, de cualquier cultura, y pasábamos tardes deliciosas escuchando con mucha atención corridos mejicanos o tangos, cantes por bulerías y guaguancós. Y comentando hasta la saciedad estas formas de expresión popular a la par que las obras de la gran literatura o del teatro, o inclusive las del mismo cine contemporáneo que siempre fue su gran predilección. En sus ratos libres el tiempo no era para otra cosa que no fuera conversar de cualquier tema corriente con mucho humor y donaire, y sobre todo mucho hablar de amores y de la hermosura de los muchachos y los hombres que era el común objeto de nuestra pasión.
Yo seguía yendo asiduamente a la Casa Cuba donde, gracias a las orientaciones que me daba Roberto García York, ya había empezado a pintar al óleo. Cierto día Roberto se puso muy serio y me dijo: —Ramón, eso que tú haces con tinta negra, si lo hicieses en colores, lo venderías mucho mejor. Hacía referencia a las exquisitas puntasecas en las que yo trabajaba los cinco días de la semana laboral en el taller de Friedlaender. Había tomado la costumbre de ir a grabar junto a Roberto los fines de semana mientras él pintaba, para ayudarme a vencer mi flaqueza con su disciplina de trabajo, y huir del poco ánimo que me daba la soledad en la que vivía dentro de los cuartos de criados de las buhardillas de aquellos solemnes edificios haussmannianos. Porque estando allí aislado y solo, debajo de las grises planchas de zinc que cubrían sus techos, sinceramente no me venía ningún deseo de trabajar. En el taller de grabado de Friedlaender me inspiraba mucho aquel grupo de europeos tan laboriosos y serios, que se afanaban con asidua perseverancia en hacerse diestros a fuerza de acumular horas de trabajo en ese duro y bello oficio de la talla dulce, que es como llamaban al grabado en metal. El cubanito dependiente del calor de su grupo humano para la más mínima actividad contemplaba muy sorprendido la manera que tienen «los blancos» de enfrentarse a pulso al trabajo. Sin aparente necesidad del consuelo de ninguna comisión de embullo como las que necesitamos nosotros para animarnos a luchar por la vida. Ellos se remangaban la camisa y le iban de frente al trabajo, y cogían a ese bravo toro por los cuernos sin preocuparse por adoptar ninguna pose ni elegancia de estilo para dar a entender a los demás que no lo estamos haciendo verdaderamente en serio, sino con cierto altanero desdeño y aparente indiferencia. Por si acaso se diera que no alcanzásemos el éxito esperado, no fuéramos a quedar abochornados por el eventual fracaso. Se me antoja que el peor ridículo es tener que reconocer que la realización de un gran deseo se nos ha escapado, después de haber dejado saber a los demás lo importante que hubiera sido para nosotros alcanzarlo. Y como aquella zorra de la fábula preferimos fingir que las anheladas uvas están verdes, luego de haber desesperadamente intentado morderlas en vano.
Ellos, no le pedían permiso a nadie, ni necesitaban espectadores que los jalearan para animarlos en la realización de su empresa. Cada uno de ellos asumían su inevitable soledad enraizada en su propio deseo de lograr su objetivo, se involucraban con saña en sus esfuerzos sin ningún miedo corriendo plenamente el riesgo del fracaso sin el más mínimo disimulo, y fueron una gran sorpresa para el poco disciplinado y peor criado muchachito que yo era entonces, ganándose para siempre mi mayor admiración. Con ellos y con Roberto, que era capaz de pintar de la mañana a la noche sin levantarse de su sitio de trabajo, aprendí a meterle modestamente el hombro a la cotidiana labor, sin la que no puede haber resultado considerable en ningún campo del quehacer humano.
Si no hubiera sido por esa posibilidad de ir aprendiendo junto a ellos, y como por ósmosis, a adquirir poco a poco un método de trabajo, el tiempo ilimitadamente libre del que yo disponía en mi tardía adolescencia lo habría dedicado a caer en esa melancolía que provocan naturalmente los climas templados, y particularmente el de la lluviosa región parisina. No me hubiera quedado más remedio que ceder a la atracción que ejercía sobre mi curiosidad la lectura de todo lo que todavía me quedaba por leer, que me parecía un océano infinito de posibilidades sin fondo. Porque nunca pude quedarme mucho tiempo despreocupado sin sentir la necesidad de cinchar mi mente para llevarla hacia algún objetivo preciso. Siempre necesité darle razones de ser a mis horas, como si el experimentar su simple fluir no me resultara soportable. Una inexplicable desazón me sobrevenía inevitablemente impulsándome a justificar mi existencia de manera diferente a vivir sin ninguna válida aspiración ni noble objetivo. Quizás fuera la secreta conciencia del carácter evanescente de mi propia vida la que me hacía sentir la urgencia de actuar con alguna finalidad precisa, aunque no me resultase muy clara su naturaleza. Tenía que ponerme a «hacer algo». Y ese «algo» tenía que tener algún provecho. Y ese provecho tenía que ser un enriquecimiento intelectual al que confusamente aspiraba. Tenía que constituir la respuesta a ese desasosiego por entender que era exactamente aquello a lo que llaman «la Realidad», y que es lo que verdaderamente quería decir el verbo «Vivir».
Más allá del constante aguijón que mis deseos amorosos me clavaban en la carne y cuya satisfacción inevitablemente me llevaba a esa melancolía que era su propio punto de partida, tanto por quedarme frustrado al no haber podido realizarlos, como por haberlos realizado y quedarme en igual estado. Atrapado en ese tiovivo o círculo vicioso y devorado por mi propia avidez como un uroboros, buscaba incesantemente encontrar respuestas a mi inquietud, yendo a menudo a las galerías del Louvre en las cuales iba paulatinamente conociendo más de cerca y de mejor manera las maravillas de la pintura europea.
Me detenía principalmente a estudiar con mucha atención a los primitivos flamencos e italianos. Pero también me demoraba ante los enigmáticos paisajes de Nicolas Poussin. O me iba a considerar holgadamente la sobriedad monumental de la Pietá de Avignon. O los toros alados asirios que ya me habían interpelado tan intensamente cuando, siete años antes y teniendo apenas trece años, los viera en el Metropolitan Museum de Nueva York. El tropel de simulacros maravillosos que pueblan sus espaciosas salas me provocaba gran embriaguez, y prefería perderme en ese ensueño, y en el que me provocaban mis bellas lecturas, que intentar ambiciosamente añadir yo, con mi poca experiencia y ninguna formación, alguna novedad a tal colosal acervo de maravillas. Sobre todo la pereza, pero también y mucho más secretamente, el miedo atroz a tener que reconocer que yo no era capaz de lograr producir algo de valor que pudiera compararse con tales obras maestras fue lo que me hizo volver una y otra vez a adorar aquellos ídolos castradores encerrados en las inmensas y solemnes salas de exposición de ese antiguo palacio real. Vivía absorto y solitario entre esos misteriosos objetos para mí sagrados. Y si me había puesto a grabar era porque tenía mucho miedo de abordar de frente la pintura, después de haber contemplado tantas perfecciones que tenían el efecto natural de hundirme en el fondo de un profundo abismo de modestia y timidez del que nadie, a no ser el descarado de Roberto García York, me hubiera podido sacar.
¿Quién era yo para ponerme a pintar mis insignificantes boberías cuando existían en la memoria colectiva obras como el Retablo de Issenheim de Mathias Grünewald que yo había ido a ver a Colmar, en el fin del cabo de la lejana Alsacia, con el mismo fervor con el que iban en la Edad Media los peregrinos a Santiago de Compostela? Pero Roberto, por suerte para él, y para mí, no sólo ignoraba las grandezas del pasado cultural europeo, y de paso igualmente las de todos los demás continentes y civilizaciones, sino que se cagaba sin ningún escrúpulo encima de todas las gracias del Arte Moderno. Aquello que me dijo sobre mis grabados me pareció tal vulgaridad, que de primera, rechacé de plano su sugerencia. Lo suyo era ir a lo suyo, y todas las demás consideraciones le tenían sin el más mínimo cuidado. No reconocía jerarquías, sistemas de valores, ni escalafones, sino que todo lo supeditaba a su interés personal inmediato. Y es que para complicar mi caso, a mí eso que llamaban «ganarse la vida» siempre me había parecido sinónimo de perder tristemente el tiempo. E, inversamente, aquello a lo que llamaban «perder el tiempo», que era en realidad dejarlo correr agradablemente siguiendo el libre curso de su afición, era la mejor manera de pasar inteligentemente la existencia.
El vocablo griego que dio origen a nuestra palabra «escuela» significaba para ellos «ocio». Es decir que, inicialmente, aprender, era darse la oportunidad y tomarse el tiempo de filosofar e investigar las razones y las sinrazones de nuestras intrincadas y problemáticas circunstancias sociales. E, igualmente, darle el frente intelectualmente a los angustiosos desafíos existenciales que nos propone la vida, y su correspondiente reverso que es la muerte; así como darse generosamente la oportunidad de poder observar con respeto, descanso y delectación los maravillosos o sobrecogedores fenómenos que nuestro entorno natural nos ofrece, y satisfacer de este modo la inmediata curiosidad que su contemplación nos provoca.
Eso era así en los inicios de nuestra civilización. Lo sigue siendo hoy. Y es justamente eso lo que sólo algunos privilegiados, los ociosos afortunados de siempre, pueden permitirse. Lo que yo andaba buscando era resolver mi problema de subsistencia material cotidiana para poder entregarme por entero al estudio, la meditación y el ejercicio de la que en mi opinión era la más bella de todas las artes: esa misteriosa pintura. Ni más ni menos.
Y resultó de tal manera que todo se encadenó tan favorablemente en mi vida que por fortuna nunca tuve que pedirle dinero a nadie para poder ocuparme de aquello a lo que mi naturaleza me inclinaba, porque antes de que lo fuese a pedir hubo siempre quien me lo diera. Poco me importaba dejar jugar con mi cuerpo al primero que me lo pidiese prestado por un rato, si a cambio de eso me daba la información cultural, acceso a los libros que me interesaran, o me llevaba a escuchar conciertos para descubrir músicas desconocidas anteriormente. Es decir, todo lo que tanto deseaba escuchar, leer y obtener en mi insaciable curiosidad y deseo de llenar ese vacío interior que me torturaba, esa inconsistencia esencial que me constituía. El ansia de dar respuestas a las preguntas provocadas por el complejo espectáculo del Mundo que tan perplejo me tenía desde que constatara su misteriosa naturaleza. En la cama, por fortuna y por mi propia calaña, pocas cosas me daban asco. Prefería, por ejemplo, que la piel de mi compañero de juegos no tuviera verrugas, y que su olor no fuera demasiado fuerte. Pero en el caso en que el apestoso o verruguiento fuera, como a menudo tuve la suerte de que me sucediera, alguien particularmente inteligente o simpático, o que tuviera una personalidad humanamente interesante, me daba totalmente igual su apariencia física, y era capaz de pasar por alto con facilidad cualquier detalle desagradable que me hubiera podido afectar. En cambio, trabajar en una fábrica o ser empleado de un banco me hubiera parecido la mayor de las equivocaciones. Porque por mucho mal rato que uno pueda pasar entre sábanas de Holanda, nunca será tan desastroso como perder el precioso tiempo que la vida nos regala bregando con máquinas que chorrean prieto aceite y exhalan fumarolas tóxicas, o lidiando con gavetas llenas de papeles polvorientos cubiertos de cifras abstrusas.
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