Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

Logotipo de La revista Otro lunes
Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> Otros Miran

Adua la pedagoga

Ramón Alejandro

(Novela)

Página 4

CAPÍTULO OCHO

Yo ya estaba viviendo por entonces con Fernand Firoulet y disfrutando de sus excelentes relaciones y numerosos pasatiempos. Yendo muy a menudo a la Ópera y a la Comedie Française y participando en frecuentes cenas y opíparos almuerzos en casa de mujeres de ministros, vizcondesas y todo tipo y especie de rothschilds. Pintando intensamente entre semana, a pesar de esa sociable barahúnda y aprendiendo todo lo que podía de ese mundo raro del que yo me escurría subrepticiamente a singar los fines de semana a los baños de vapor llamados "hammams", situados en ciertos barrios populares a los que concurrían asiduamente numerosos proletarios norafricanos que venían de la periferia parisina en busca de un poco de solaz para sus duras existencias.

Allí pasaba las tardes encerrado con unos cincuenta hermosos y forzudos hombrones que vivían sin mujer y no tenían empacho en saciar sus necesidades amorosas desahogándose con la docena de homosexuales, casi todos españoles, aunque también alguno que otro francés, que allí acudían a alternar con ellos. Todos respetaban a pies juntillas los preceptos del Profeta en cuanto a la alimentación se refería, pero en cuanto a lo de comer carne de puerco, que ellos llaman jaluf, es decir la de nuestros cuerpos que les ofrecíamos con muchísimo gusto, no se acordaban de lo que dijo el socio. Yo sí que me acordaba que en La Víbora los muchachos le llamaban comer carne de puerco al hecho de singarse ocasionalmente a un maricón. Parece que Mahoma no les desaconsejó templarse cualquier cosa antes que de hacerse la paja, porque a singarnos reciamente se aplicaban con mucha pasión y con mucho esmero, ya que por muy feos o muy viejos que fuésemos los que allí nos congregábamos convocados por Amor y en su sagrado servicio, siempre mejores que cabras éramos. Y que al fin y al cabo ellos no se daban cuenta de que estaban jamando jaluf, sino que inocentemente lo que estaban haciendo era dando cabilla para sacarse la leche de los cojones, que eso parece que no se lo prohibió Mahoma. Porque las mujeres les salen muy caras según sus leyes y costumbres, y nosotros éramos una magnífica solución para sus soledades afectivas. Y, viceversa, ellos resultaban la solución ideal de las nuestras.

A veces algunos de ellos nos invitaban a ir a sus casas que quedaban por esas lejanas periferias llamadas «banlieues», en donde nos organizaban amenas recepciones con té a la menta acompañado de una rica variedad de esos dulces orientales tan sabrosos, en los que se mezclan los sabores de las frutas secas como la avellana y las nueces con el sabor de la miel, especialmente comprados para el delicado paladar de nosotras las mariquitas. Y también tenían preparadas sus cervecitas para los machos, a pesar de que beber alcohol les esté también prohibido, supongo que pensarían que estando tan lejos de la Meca y mientras estaban en "eso" y bajo techo, sin que Allah los pudiera ver muy bien, ni con demasiado detalle, se podían de paso dar también ese gustico. Y después de los protocolos de rigor, sobre todo cuando eran marroquíes quienes nos recibían, ya que éstos son los más arraigados en los usos y costumbres tradicionales del oriente, y por lo general mucho menos montaraces que los argelinos, que nunca conocieron las refinadas ciencias bugarroniles mudéjares y mozárabes que tuvieron su apogeo en el Al-Andalus y hacen estas cosas mucho más a lo bruto, nos acorralaban cariñosamente en un cubículo adecuado con su cama lista para recibirnos y con toallitas con las que limpiarse aseadamente y todo. E iban pasando uno tras otro en respetuoso orden y con notable concierto y nos daban tolete, pinga y guayabo hasta que éramos nosotras mismas las que pedíamos tregua y solicitábamos que nos dejaran retirarnos ya a nuestras respectivas casas dentro del recinto de la Ciudad Luz. Y entonces nos acompañaban amablemente hasta la estación de trenes de cercanías más propincua dándonos por el camino las gracias por los agradables momentos compartidos.

Esas excursiones extramuros eran un verdadero alivio para mí, porque entre los homosexuales franceses podía haber mucho sentimiento, pero faltaba el cuero. Severo en su exacerbado culteranismo definía París como un "Sunyata testicular". El Sunyata es un término sánscrito que se refiere al "vacío" o la "insustancialidad" de los fenómenos del Universo. Con su intuición de poeta pintaba graciosamente de esa manera la insípida sexualidad de los individuos pertenecientes a los medios más privilegiados dentro de la sociedad francesa con los que nosotros nos tratábamos. Porque si no hubiera sido por los adorables y simpaticones moros, muchos maricones de París no se hubieran comido una rosca en todas sus vidas.

Hay pues que decir también Modupué Mahoma, que Ochún no es la única que envía a los muchachones con atraso a darnos de cuando en cuando las pinceladas de felicidad que necesitamos. Que no toda esa leche puede ser consagrada a la reproducción de la especie, si no adónde iríamos a parar ahora que ya somos tantos los que pesamos sobre el suelo de este pobre planeta que vamos a terminar hundiéndolo en el abismo interestelar, tremebunda realidad de la que ya, por suerte, nos estamos dando cuenta y que quizás aún podamos evitar. Tanto semen de tanto cojón mal atendido no debe quedar al pairo. Salamalecum salam. Maferefún el profeta. Porque al fin y al cabo la sociedad de Fernand Firoulet se hubiera podido definir con bastante precisión como una recua de monas vestidas de seda. Allí se hablaba mucho pero se hacía poco en todos los campos de la actividad humana, lo único que sobreabundaba era el darle a la sinhueso sin tregua. En el principio era la verborragia, y la verborragia era Dios, y el espíritu de ese curioso dios volaba por encima de las copas de champagne. Y por un rato estaba bien, pero llegaba el momento que mosqueaba.

Entre los más asiduos «habitués» descollaba Jimmy Worth, un millonario norteamericano que había llegado a Francia como soldado de la Liberación después del heróico desembarco de los yumas en Normandía. Con su gracia e ingenio naturales, y sin desdorar el poder de seducción que los millones de dólares que poseía conferían a este vástago diletante y "amateur d'art", heredero de una aristocrática familia de la Nueva Inglaterra, Jimmy podía reivindicar su genealogía hasta los tiempos de sus tatarabuelos venidos de la Pérfida Albión navegando en el legendario Mayflower. Y muy orgulloso, feliz y orondo que estaba con eso.

Pues como iba diciendo, con todos esos numerosos medios a su alcance y los diferentes juegos de naipes que tenía en sus manos, más los que llevaba escondidos en las mangas de sus camisas de seda, Jimmy se había metido en casa de Picasso, de Cocteau, y de Giacometti, sin olvidar a la autora de ese famoso e insulsísimo verso que nunca me hizo ni la más mínima gracia, y que dice "a rose is a rose is a rose", Gertrude Stein. Y se metió en cada casa de todo personaje que sonara y contara en el París de aquellos años de la postguerra. Numerosísimos retratos de su propia menda, dibujados, esculpidos o pintados por los antedichos faros del arte de vanguardia, ornaban colgados de las bien pintadas y mejor repelladas paredes de su espectacular apartamento compuesto por mil buhardillas reestructuradas bajo los prestigiosos techos de París, que en su conjunto formaban un espectacular apartamento de lujo cuyos amplios ventanales dominaban la rue des Beaux-Arts,

Jimmy, con toda su desbordante simpatía, por el resto de la humanidad regalaba con exquisito donaire un implacable desprecio que le rebosaba constantemente por los poros de su bien cuidado cuerpo. Y naturalmente se impacientaba con gran frecuencia y con mucha facilidad. Había sido amante de Fernand cuando ambos habían sido jóvenes. Y Fernand le debía muchas de sus numerosas relaciones mundanas. Pero por otra parte, con todo ese bagaje sobre sus espaldas, sin contar con el que llevaba dentro de sus bolsillos, a nadie se le hubiera ocurrido dejar de reírle una sola de sus frecuentes y realmente graciosas ocurrencias. Aunque a veces cayeran un poco pesadas o a destiempo, por aquello de que nadie puede ser absolutamente perfecto ni aunque sea tremendo millonario.

Un libro cifraba la ideología, o más bien la estética, de todo este arrogante mundillo, el autor del libro era el poeta Valéry Larbaud, quien presentaba bajo un pseudónimo los poemas escritos por un millonario imaginado por él, que sufría de ese "spleen" elegantoso que tan de moda se puso en París después de que Baudelaire le dio letras de nobleza con sus ensayos. Este poeta desvaído paseaba su tedio metafísico viajando en trenes de lujo a través de todo ese continente europeo, que pocos años después estaría en candela con las guerras que arrasaron buena parte de esas actitudes altaneras y elegancias zoqueticas que habían sobrevivido desde los legendarios tiempos de la belle époque. El poema fundamental, el disco duro de la filosofía de este personaje, al que en Jimmy Worth me hacía pensar irremediablemente, se titulaba "La eterna voluttá", y en él describía con mucha delectación y detalle, pelos y señales el sublime placer que desde su encumbrada alcurnia le provocaba el espectáculo de la desigualdad social. Se refocilaba desgranando con regodeo cómo restregaba su opulencia de gran burgués en las narices de los criados y gente de a pie, que necesariamente lo frecuentaban para prestarle los servicios necesarios al tren de vida que llevaba dentro del lujo en que vivía. Y describía seguidamente cómo después de haberse dado esa vergonzosa satisfacción se hastiaba de todo ese pueril jueguito, y terminaba por desfallecer de aburrimiento y melancolía dentro de la apretada faja de su propia soledad, que era el anverso inevitable de esas mismas formas de la violencia social en frio que por otra parte le procuraban tan extraña y rebuscada satisfacción.

Era como un aprovechamiento perverso de la lucha de clases marxista reconvertida en fuente de placer. Como una manera de transformar en goce egoísta el dolor humano que encierra necesariamente toda vida en sociedad. Una innecesaria manera de justificar sus privilegios regodeándose en el abuso que estos le permitían. Si un poeta dijo que la esclavitud de los hombres era la gran pena del mundo, estos aburridos estetas invertían el sentimiento moral que estas palabras encierran haciendo de la esclavitud de los hombres un gustico personal, privado y vagamente culpable. Porque era justamente esa ambigüedad moral la que los hacía gozar haciéndolos sentirse transgresores. Ya que sobre el valor de la transgresión se basaban precisamente las diversas estéticas vanguardistas que habían formado su moderna sensibilidad.

Fernand le regalaba ese libro a todo joven que se le acercaba, era como su evangelio, y algo así como la brillante justificación intelectual de esa variante cultural del sadomasoquismo que lo aquejaba. Porque era un hecho que ese heterónimo poeta inventado por Larbaud era la imagen con la que Fernand se identificaba a sí mismo. Doraba su desnudez existencial y su esterilidad con el oropel de los versos de Valéry Larbaud, y el prestigio del resto de la buena literatura surgida directamente de la cultura de clase que la burguesía francesa atesora como justificación moral de sus muchos y muy bien defendidos privilegios. Pero por debajo de las ricas sedas literarias y estéticas con que se emperifollaba por fuera se podía percibir en él una terrible frustración personal. Parece que ese sofisticado placer de tan envenenada leche lo pagaba bastante caro.

Su doloroso secreto consistía en tener la voluntad «fisurada», según su propia expresión. En efecto, Fernand había publicado con sólo veinte años, una novelita llamada La Pandilla, que tuvo cierto discreto éxito y que despertó alguna expectativa. Tan eufórico se puso con ese primer resultado, que desde ese día se sumergió en un océano de actividades mundanas dirigidas a asegurarse que su segunda novela obtuviese un éxito todavía mayor, que lo convirtiese finalmente en un escritor del nivel de aquellas lumbreras de las que la historia literaria francesa es una interminable galería. Pero resultó que tan intenso fue su enfrascamiento dentro de los complicados mecanismos de la industria literaria parisina, que después de conseguir introducirse en el cogollo de la cupulita directora de las mayores y más prestigiosas casas de edición, la esperada segunda novela nunca la pudo llegar a escribir.

Algunas esporádicas veces durante los años que siguieron a la publicación de La Pandilla logró ponerse al teclado y llenar una o dos páginas. E inmediatamente se ponía a cacarear a todo aquel que escucharlo quisiera sobre las sutilezas que iban a surgir de su privilegiada pluma. Pero, curiosamente, desde esa segunda o tercera página en adelante nunca más volvió a lograr escribir ni una sola línea. Y cuando se tomaba alguna copa de champaña de más disertaba muy extensa y elegantemente sobre esa misteriosa fisura de la que adolecía su voluntad. Y explicaba prolijamente su perplejidad ante una cosa tan totalmente incomprensible como era que alguien tan brillante y con tantas cosas que decir como él, no pudiera ponerlas por escrito como ya anteriormente había probado que podía hacer hacía ya un burujón de años. Y la vez que yo me atreví a decirle que esa fisura no era otra cosa que lo que en mi casa llamaban «vagancia», se encabronó de mala manera. Con el paso del tiempo y la indiferencia que fui sintiendo por él al conocer su naturaleza, ya nunca más le volví a dar mi opinión personal sobre ese transparente misterio. Y preferí dejarlo explicarme una y otra vez hasta qué punto él había vivido una vida exitosa. Porque según él había dos especies de destinos, el de los que habían nacido para ser felices, como él por ejemplo. Por supuesto. Y el de aquellos que habían nacido para sufrir todo tipo de infelicidad, y ahí se ponía a describir a la mayoría de sus supuestos amigos.

Fernand era babosamente sumiso ante las señoronas que él consideraba jerárquicamente superiores a él. Y simétricamente despreciaba por otra parte a toda su pandillita de acólitos de los que se rodeaba para distraer sus ocios. Porque a pesar de disimular muy cuidadosamente, como lo exigen las buenas maneras, los consideraba, y en efecto todos ellos lo eran, socialmente «inferiores» a él. A Marie Flore de la Noaillière se le aguantaba cualquier paquete, porque había pagado por El perro andaluz y La edad de oro de Buñuel y Dalí. A Hélène Bukovsky también, por los cuarenta Rembrandts que había heredado de su padre Kahn y por las comelonas que daba en su apartamento de mil ventanas con vistas a los muelles del río Sena justo en frente de L'Ile Saint-Louis. A Leslie Caron se le soportaban sus caprichitos por haber sido un día estrella del cine. Y a Leonor Fini porque según todos ellos era genial y los afocaba de mala manera con sus aires de gran señora, y su peo de ser una gran pintora que vendía sus pinturas a precios astronómicos.

Leonor Fini también tenía su salón, mucho más brillante que el de Fernand Firoulet. En el que ella sola reinaba sobre una piara de eunucos afeminados que la adoraban y la abanicaban con el resuello de sus húmedos hocicos rebosantes de amorosos sentimientos más o menos fingidos. Y a los que ella, de lo más autosuficiente y engreída, dedicaba sus interminables peroratas teóricas y filosóficas. Porque les hacía puntualmente por teléfono desde muy temprano por las mañanas parte de todas sus opiniones sobre todo lo que vuela, se arrastra, corre, nada y vive en el Universo. Y les daba instrucciones precisas de cómo acatar solícita y adecuadamente todos sus gustos y manías. Con toda esa preciosa información, cada una de esas locas embobecidas de admiración por la excelsa pretenciosa, encontraría a la larga por su propia cuenta, manera de dar con la eficaz receta del buen vivir y la estética perfección a la cual ella había accedido. Todo era cuestión de estar absolutamente convencidas de que ella era un redivivo Platón hecho hembra, y que su suntuoso apartamento fuera una nueva Academia, y las animaba a cada una de ellas para que se aplicaran a seguir fielmente sus enseñanzas, y se entrenaran asiduamente para llegar a ser tan divinas como ya ella lo era.

Por cierto que su sublime morada estaba situada justo en frente de la sede central de la "Banque de France", como para dejar bien claro cuál era el sistema de valores de toda esa llamada "Café Society" que había sobrevivido milagrosamente a los estremecimientos convulsivos por los que Europa había acabado de pasar con sus dos guerras mundiales, y ya cansada y desafecta de sí misma a fuerza de hartazgo y necedad, bostezaba de aburrimiento e insignificancia mirándose displicentemente en un precioso espejito de mano mientras se retocaba con un lápiz negro el rabito de una ceja y los inevitables escurrimientos del rimmel.

Antes de que Néstor hiciera carrera, cuando me llamaba por teléfono a casa de Bernard, éste inmediatamente me pasaba la llamada porque no le interesaba conversar con él. Pero a medida de que el nombre de Néstor Almendros comenzó a aparecer en los periódicos, Fernand comenzó a acaparar sus llamadas y Néstor terminó siendo más amigo de él que mío. Además a Adua la Pedagoga ya no le gustaba tanto como antes ir conmigo a los cines árabes de Belleville a ver películas hindúes, y prefería conversar, bromear, y hacerse ver en los muy activos salones en los que Fernand lo invitaba a participar. No quiso tampoco frecuentar más los cafés adonde yo lo llevaba a conocer el folclórico mundo de las criadas andaluzas y levantinas de las grandes casas señoriales francesas que se reunían a lo largo de la Avenida Wagram, desde L'Etoile hasta la Place de Ternes con sus chulitos portugueses o argelinos. Tenía miedo de que quizás un día, por ejemplo, mientras estuviese él filmando alguna escena de calle con François Truffaut, una de estas locas enjoyadas y excesivamente afeminadas lo fuera a saludar extemporáneamente "quemándolo" ante sus amigos intelectuales y sus relaciones profesionales..

Anterior 1 | 2 | 3 | 4 | 5 Siguiente

Otra Opinión

Visiones

Por
Uriel
Quesada

Locas criminales

Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.

Palabras de revés

Por
Amir
Valle

Cara a cara con Nuremberg y Ernesto Cardenal

Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.

Sin embargo

Por
Alejandra
Costamagna

Las muertes de Bolaño

La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]

Resistencias

Por
Elidio la torre
lagares

Los muertos de Marta

Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.

Carta desde el norte

Por
Edmundo
Paz Soldán

Clarice Lispector

La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".

Paperback writer

Por
Ladislao
Aguado

Polvo en el viento

Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.

leche cortá

Por
León
de la Hoz

El mundo de cabeza

Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...

Volver arriba
Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

"Omidiero" (detalle)

Ramón Alejandro

Sumario

Este Lunes

Cien años de soledad cuarenta años después

Roberto González Echevarría

Cuba: la transición o el desastre

Carlos Alberto Montaner

La inconstitucionalidad de la ley cubana de confiscaciones

Héctor Ávalos Sardiñas

De la intolerancia, la chabacanería y el despotismo: Indagación de lo cubano

Narciso Hidalgo

Análisis sobre situaciones y problemáticas en la Cuba de hoy

Félix Sautié Mederos

¿Será pronto el español la segunda lengua oficial de los Estados Unidos?

Leonel Antonio de la Cuesta

Memorias del Desarrollo, de Edmundo Desnoes

Jorge Camacho

Costa Rica existe

Rodrigo Soto

Soñar con tigres. Guillermo Cabrera Infante en la memoria

Luis Agüero

José Lezama Lima y el asombro de lo invisible

Manuel Gayol Mecías

Sobre Miguel Delibes

José Ángel Mañas

El canon digital infama al Estado de Derecho

Víctor Domingo

El nacionalismo también sabe de marketing

Montse Fernández Crespo

El madrugar de otra tele chilena

Julio Suárez Anturi

Tradición y renovación en la narrativa detectivesca infanto juvenil

Joel Franz Rossell

Terapias de un grupo (arte cubano actual)

Omar-Pascual Castillo

Los cambios de pintura de Raúl Castro (Parte I)

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con Julio Cortázar

Las manos en la máquina de escribir

Con Cundo Bermúdez

El ejercicio de la memoria

Con Jaime Suchlicki

Una transición lenta y difícil

Con Plinio Apuleyo Mendoza

Escribir con sangre de periodista

Con Zoé Valdés

Zoé tal como es

Punto de mira

Las editoriales en el exilio: una balsa de la cultura cubana

Aduana vieja

Betania

Colibrí

La gota de agua

Iduna

Universal

Verbum

Cuarto de visita

La literatura israelí en el siglo veinte

Mois Benarroch

El mar a la hora del eclipse

Novela

Mate Dolenc

Unos escriben

Edmundo Paz Soldán

Otros miran

Ramón Alejandro

Algunos escuchan

La muerte inútil de Jaco Pastorius

Otrolunes presenta a Callemora latin jazz

En la misma orilla

Poemas

JesÚs J. Barquet

Carta abierta a las sombras del pasado

María Elena Cruz Varela

Realidad

Relato

Pablo Díaz EspÍ

Una mariposa

Relato

AndrÉs Neuman

Combinado del Este: Sala de Psiquiatría

Fragmento de novela

Rafael E. Saumell

Los óctuples de Fundora

Relato

Rolando Morelli

Poemas inéditos

Félix Luis Viera

La Canopea del Louvre

Introducción

Hundimiento de la isla

William Navarrete

La agonía de la existencia

Regina Ávila

Guaria

Rodrigo Soto

Recycle

La trompeta de Deyá

Mario Vargas Llosa

Allen Ginsberg en la Habana

José Mario Rodríguez

De lunes a lunes

Biblioteca de Otro lunes

Carta abierta a los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos por las víctimas del huracán Gustav

Librario

Después de la gaviota

José Lorenzo Fuentes

La viajera

Karla Suárez

Paisaje de arcilla

Alejandro Aguilar

Contar es un placer

Emmanuel Tornes Reyes (compilador)

Cuba y Martí en el ojo del huracán

Pedro Ramón

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com
  • Icono de XHTML 1.1 Válido
  • Icono de CSS 2.1 Válido
  • Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI
  • Conforme WCAG 1.0 Nivel AA - Revisado con HERA.
  • TAW. Nivel triple A. WCAG 1.0 WAI

Web optimazada para resoluciones de 800 x 600 píxeles o superiores y para los navegadores: Firefox 2, Internet Explorer 6 y 7, Opera 9 y Netscape 8.1 para PC y Firefox para Mac.