Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Adua la pedagoga

Ramón Alejandro

(Novela)

Página 3

CAPÍTULO CINCO

Pero cuando algunas semanas después Roberto me dio, de medio lado y como quien no quiere las cosas, haciéndose el indiferente y el distraído seguramente para no ofuscarme, una telita de lino tendida en un pequeño bastidor, y también me prestó sus pinceles y unos cuantos tubos de pintura al óleo, no pude resistir la tentación de esbozar una pinturita. Y me dije para mis adentros: «Por muy mal que me salga, no podrá ser peor que lo que Roberto pinta». Y pinté un promontorio sobre el cual estaba edificado algo que parecía ser como un arco de triunfo, y por debajo de él, como entrando adentro de ese mismo montículo, pinté una puerta dentro de su mismo bulto, que parecía que estaba cerrada por un escueto plano de color rojo, a falta de mejor ocurrencia y total defecto de oficio. Todo esto se suponía que estuviese frente a un mar y un cielo muy claros y tranquilos que se veían por detrás al fondo, así era como yo pretendía darlo a entender con mis torpes mañas. Pintaba, mientras me aplicaba con ahínco y laboriosidad, como si estuviera recordando aquellos frescos bizantinos que algunos meses antes viera en el monasterio de Peribleptos, metido entre las ruinas de la ciudad de Mistras de Lacedemonia, sobre las estribaciones de los abruptos montes del Taigueto que dominan la llanura de la antigua Esparta hoy cubierta de tupidos olivares. Monasterio y paisajes que tanto me habían impresionado. Sobre todo porque en las paredes de la capilla de ese monasterio estaba pintada la Divina Liturgia ortodoxa, que según ellos consistía en la ceremonia de la Santa Misa tal cual el mismo Jesucristo la celebra en el Cielo, y que resulta ser el arquetipo místico de las misas corrientes oficiadas por los curas en las iglesias de este bajo mundo perecedero, que preexiste desde toda la eternidad dentro del Empíreo platónico.

Lo que me llamó la atención y tanto me inspiró, fue el curioso hecho de que tanto Jesús como los doce apóstoles aparecíeran pintados como luminosos ectoplasmas de una sutilísima inmaterialidad dentro de estructuras arquitectónicas monumentales que ocupaban la mayor parte de las superficies de esas paredes. Lo que yo quería representar era ese ámbito sacrosanto tal cual me había impresionado. Porque ese Cielo monumental donde evolucionaban las ligeras y luminosas representaciones humanas me sugería una idea muy clara de la esencia geométrica y arquitectónica del Universo como receptáculo de la inteligencia divina. Eran edificios de colores intensos compuestos por arcos clásicos y columnas decorativas de las que colgaban paños y cortinas de armoniosos pliegues, que a veces se recogían anudados y otras caían libremente, según la ley propia, al peso de las telas que los constituían. Todo eso me hacía sentir oscuramente cosas extrañas dentro de mi mente. Un Cielo muy diferente al que yo estaba acostumbrado a imaginar. Sobre todo esa idea de que Jesús oficia el ceremonial asistido por sus apóstoles. No sé porqué, pero la manera dramática en que los ortodoxos figuran sus iconos me resulta mucho más evocadora de ese humanísimo invento que finalmente es el Cielo, donde los creyentes sitúan cómodamente toda la perfección que nos falta en este mundo donde vivimos, acumulando por cada doloroso defecto nuestro una excelencia atribuida a Dios o a sus santos. Contrapunteando a nuestra imperfecta realidad otra realidad absolutamente perfecta dentro de esa inmaterial idea de lo bello, lo bueno y lo verdadero que llevaba antiguamente el nombre que para nosotros hoy resulta tan irónicamente burlesco de: "Kalokagathos».

Estos frescos maravillosos describían a su aire y manera propia el Mundo de las Ideas de Platón, transfigurándolo en un teatro donde esas santísimas luciérnagas procesionaban solemnemente a través de aquellos inmensos espacios sombríos, poblados de inmensas y tan fantasiosas como gratuitas construcciones simbólicas por obra y gracia de la imaginación de aquellos artistas ortodoxos del fin del medioevo. Mucho más sabios, más poetas y más místicos, que los pintores del menos sofisticado ámbito católico. Entusiasmado con el embriagador olor de los óleos y la suavidad relativa de las sedosas cerdas de los pinceles respecto a las ríspidas puntas de acero con las que hasta entonces había tenido la costumbre de grabar sobre las planchas de cobre, y por esos recuerdos tan placenteros de aquellos magníficos frescos que había visto en el Peloponeso, y de las subsiguientes especulaciones que me provocaban y que yo iba evocando mientras me afanaba sobre mi exigua pinturita, le dije a Roberto que lo que yo quería representar pintando era esa euforia que yo sentía muy adentro de mí cuando percibía lo bello. Que mi pintura sería la expresión de la felicidad más intensa, esa que llega a doler cuando te llena a reventar el pecho y que no sabes cómo expresar más que poniéndote a hacer con tus manos algo que le dé un cuerpo que la encarne ante los demás, para que no se vayan a pensar que te has vuelto loco. Tal vez para explicar, aunque fuera torpemente, eso inconmensurable que nos puebla el centro de nuestro cuerpo, en ese misterioso plexo solar que los antiguos creían ser el eje divino de nuestra materialidad. Al fin de esa exaltante jornada, no me pareció que esa pinturita estuviese todavía suficientemente acabada, y la dejé allí mismo en el cuarto de Roberto, diciéndole que el fin de semana siguiente volvería para terminarla retocándole algunos detalles de los cuales no estaba aún totalmente satisfecho.

Recuerdo que ese día fue el del cumpleaños de Roberto, que no lo celebró de ninguna otra manera que no fuera trabajando conmigo. Y de paso, resulta que casualmente era el de mi padre que nació también un diez de enero, pero en el año 1898, el mismo año en que España perdió a Cuba. Al salir de la Casa de Cuba de la Ciudad Universitaria para volver caminando hasta mi cuarto solitario bajo los grises techos de zinc de París, que por entonces estaba situado en las buhardillas de un edificio de la rue du Bac muy cerca del Sena, estaba nevando bastante fuertemente, y como venía desde la Porte d’Orléans tuve que pasar por frente a los cafés que están en la esquina del bulevar de Raspail con el de Montparnasse, justo frente a la bella escultura de Balzac de Rodin. Y al pasar por la acera delante de las terrazas cubiertas bajo sus toldos, me di cuenta de que el numeroso público que estaba bien protegido de la nieve sentado a sus mesas al verme se reía. Curioso por saber si tenía pintados monos en la cara me miré en un vidrio que fungía de improvisado espejo, y pude ver sobre mi cabeza en prodigioso equilibrio un perfecto cono de copos de nieve recién caída, maravillosamente blanco, como si fuera un sombrero de burro de los que le ponían antaño a los malos alumnos en ciertas escuelas, o quizás la corona de un reino desconocido del que espontáneamente los simétricos cristales hexagonales que constituían esos cándidos copos caídos del cielo me hubiesen elegido como Príncipe de la corona, de Asturias, o quizás delfín heredero de un ilusorio imperio malayo, bizantino o de la ciudad de Trebizonda en los confines de Ponto Euxino. O quizás de ese improbable reino boreal en el cual vive la Reina de las Nieves que congela los corazones de los incautos que se van detrás de ella, del que nos habla aquel sombrío cuentista danés.

Cuando Roberto me abrió la puerta el sábado siguiente, me hacía tales visajes y revirones de ojos, tantos y tan complicados aspavientos, que me dejó, como a menudo solía dejarme, boquiabierto. Me explicó con muchos melindres lo que le acababa de suceder. Resulta que él había tenido la buena suerte de conocer al Príncipe de La Tour d’Auvergne que casualmente iba sentado junto a él en el vuelo en el que había salido de Cuba, y había logrado trabar, gracias a su intuitivo saber y a sus prodigiosas mañas, una no por muy interesada menos interesante amistad. Pues resultó ser que el tipo era tremendo millonario, que después de muchas ocasiones fallidas había finalmente logrado venirlo a visitar y al ver mi primer cuadrito esbozado, le dijo sin ambages que ése era el mejor que jamás había pintado en su vida. Y a Roberto no le había quedado más remedio que dárselo no sin antes pintarle encima de mi pintura un huevo y ponerle RGY que eran sus iniciales, para que quedara bien claro que estaba pintado de su propia mano y no fuera a haber ninguna confusión al respecto en el futuro.

Yo quedé más bien halagado por este suceso, aunque comprendía muy bien la confusión de sentimientos que este curioso acontecimiento hubiera podido provocarle a Roberto. Comprendí igualmente que los consejos que me daba eran mucho más serios de lo que yo creyera en mi inicial despiste, y que tenía que ponerme a pintar sin tardanza. Roberto tenía muy bien escondido algún delicado sentimiento hacia mí, y una noche que dormí junto a él en su propia cama pude sentir con bastante aprehensión como su mano moldeaba mi cuerpo a unos centímetros de distancia de mi piel, siguiendo cuidadosamente mis formas. Seguí haciéndome el dormido porque no me hubiera gustado banalizar la amistad que por él ya sentía en otra superflua relación carnal, de las tantas que yo a mis veintiún años ya empezaba a estar algo harto. Porque fue a esa edad que lo conocí cuando él tenía ya sus cuarenta cumplidos. Y en ese entonces no había adulto que se me acercara que a la larga no me pusiera encima sus manos para gozar de mi cuerpo y fatigarme el alma. Así que durante unos largos y extraños minutos, viví el suspenso de verme moldeado en vida y contemplado a través del claroscuro de la penumbra entre las vagas brumas de una oportuna duermevela, por quien era simultáneamente mi amigo y maestro, sin que de esa adoración callada hubiera osado pasar a manoseos mayores por puro respeto a mi persona. Cosa que mucho le agradecí entonces y que ahora convertido mi agradecimiento en cariño le devuelvo a su memoria. Ahora que desde el más allá, quizás aún me siga contemplando tal cual entonces yo era, un apetecible muchachito suelto por ese ancho mundo sin nadie que le diera amparo que no fuera por gozar de sus fugaces encantos. Un cocuyo perdido en los devaneos de su propia inconsciencia por entre las sobrecogedoras estructuras de la realidad de nuestro mundo de la carne y del deseo, sin otra misa negra ni más liturgia que la de mis propios pasos perdidos en pos de una quimera improbable. Jugando la baraja de la incertidumbre más desoladora. Más temerario que valiente. A la merced de la misericordia del primero que la suerte me pusiera delante de mis ojitos adormilados.

Pero lo que me provocaba el mulato Alzugaray no era ninguna aprehensión de esa misma tela, y era otra harina bien diferente y de diverso costal a esa que Roberto espolvoreaba con sus temblorosas manos, prudente y respetuosamente, a tan corta distancia de mi piel. Venía Alzugaray armado con todo su candor natural, y siempre con su dosis de marihuana cotidiana encima. La hierba, que recibía directamente desde Panamá en períodos de tiempo regulares, venía oculta entre dos tarjetas postales pegadas por sus bordes con finas tiritas de cinta adhesiva, la una contra la otra. Todo ello estaba metido dentro de un sobre que le mandaba por correo un compinche suyo que servía como marine del ejército americano establecido en la Zona del Canal.

Ese mulato licencioso venía a vernos como último recurso de compañía, fuente de calor humano y puro gregarismo, cuando sus frecuentes ratos de ocio, que ocupaban la mayor parte de sus jornadas, le hacían caer frecuentemente en el pantanoso desamparo del aburrimiento más desconsolador, encerrado allí entre toda esa gente demasiado cultivada e intelectual para él, y tan ajeno a su habitual ambiente habanero sin la compañía adecuada con la cual entretenerse a su manera. Roberto y yo no le hacíamos demasiado caso, ocupados cómo estábamos pintando y grabando, y él terminaba por echarse a dormir en el sofá cama de Roberto mientras escuchábamos desgranarse con las horas de la tarde los boleros de Benny Moré y Olga Guillot, bebiendo de cuando en cuando un vaso de leche condensada con Coca Cola para matar el hambre.

Por momentos y recurrentemente él trataba de distraernos con sus gracias lo mejor que podía y de la manera en que mejor se le ocurría. Y hay que decir que algunas veces lo lograba. Una ocasión de aquellas se despertó muy sobresaltado de una de sus siestas gritando a voz en cuello: "Coño, soñé que me estaba singando a una chiva." Otro día que logró llevarnos por el mal camino con su fumeteo, la situación se fue poniendo cada vez más candente, porque en medio del devaneo canábico me fui dando cuenta de que Alzugaray venía tanto al cuarto de Roberto por estar junto a mí. Y en el largo proceso progresivo entre los vapores y fulgores de esa iluminación marihuanera que se iba abriendo camino a través de los turbios meandros de mi mente narcotizada, la cosa finalmente se me aclaró con total evidencia cuando algo confusa e inconscientemente me sentí llevado con firmeza de la mano del maduro mulatón de irresistibles ojos color azul acero hacia un destino ignoto. Iba yo algo titubeante y dando tropezones hacia el cuarto de baño al que sin que yo me diera plenamente cuenta él me iba llevando, y al llegar, se sentó con las piernas bien escarranchadas encima de la taza del inodoro, se sacó descaradamente lo que la naturaleza le había puesto entre los muslos. Era una verdadera gloria vérselo todo así tan refulgente, grande, gordo y contorneado, como caballo furiosamente encabritado, y con muchas gruesas venas que abultadas alrededor del tronco por la recia erección me recordaban a las columnas salomónicas que sostienen el baldaquino que está sobre el altar mayor de la basílica de San Pedro en el Vaticano de Roma.

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