Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Septiembre 2008. Antilde;o dos. Número cuatro

Logotipo de La revista Otro lunes
Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
otrolunes.com >> Sumario >> Otros Miran

Adua la pedagoga

Ramón Alejandro

(Novela)

Página 5

CAPÍTULO NUEVE

Al comienzo de nuestra amistad, cierta vez que Paco Castro y yo andábamos juntos mariposeando y divirtiéndonos cómo podíamos con los pocos medios que teníamos entonces a nuestro alcance, nos encontramos de improviso en pleno Boulevard Saint-Michel con nuestro común amigo Néstor. Parece que él estaba en uno de esos días en que tenía el serio subido, y nuestra alegre gesticulación y despreocupada exhibición mariconil y callejera lo sofocaron de tal manera que después de ese encuentro fortuito en adelante nos evitó durante varios meses, avergonzado de nuestro comportamiento y temeroso de verse puesto en evidencia pública como miembro tapiñado de una hermandad tan mal vista por la gente de bien. Seguramente ése penoso precedente para él le hacía temer lo peor, es decir, la publicación de su bien guardado secreto por culpa de nuestra desfachatez, y muy a pesar de todo su discreto comedimiento. Poco tiempo después, al evocar en privado estas cuestiones cuando ya se le hubieron pasado un poco sus aprehensiones, me dijo así: "No vale la pena restregarles a los demás algo que en el fondo ellos no desean saber, por ejemplo: nuestros padres y familiares prefieren no saber que nosotros somos homosexuales, porque eso los pone ante confusos sentimientos que les son muy difíciles de manejar. Y todo eso también les provoca muchas dudas respecto a sus propios principios morales, que ellos prefieren evitar por serles muy incómodos. Y al fin y al cabo nosotros no tenemos ninguna razón seria de querer imponerles a la fuerza esas verdades que para ellos resultan problemáticas y les causan tanto desagrado". Lo curioso es que unos años después fue él mismo el que se lanzó a producir y filmar Conducta Impropia, toda una película cuyo tema es el de la persecución de los homosexuales en Cuba bajo el Régimen Revolucionario. Que así de contradictorios somos los humanos, y, como nadie es perfecto, aunque sea millonario y todo eso, todos tenemos que soportarnos nuestras debilidades sin agravar nuestras ya numerosas desgracias con actitudes intolerantes, que no mejoran para nada nuestra condición real en ninguno de los numerosos asuntos que pudieran sucumbir a la armoniosa convivencia social.

Las maneras de Néstor fueron cambiando paulatinamente a medida que su carrera se desarrollaba. Se volvió finalmente alguien "Importante". Y muy naturalmente empezó a cuidarse de todo lo que pudiese perjudicarlo en su nueva condición.

El cubano tiene en su valoración social muy arraigado el concepto del «atraso» y del «adelanto». Y Néstor sintió, que Paco y yo habíamos traído con nosotros desde La Habana, como pegado a nuestros propios cuerpos junto con nuestras personas, algo de ese «atraso», en ese mismo desenfado populachero respecto a la opinión que la gente se pudiera hacer de nosotros a causa de nuestras preferencias sexuales. Porque seguramente lo consideró como muy típicamente endémico de esa ciudad portuaria de acendrada mala calaña y dudosa respetabilidad multisecular.

Yo, por mi parte, sinceramente, también sentía en mi fuero interno que la colchoneta en la que me refocilaba con el membrudo cuerpo de Alzugaray y los enfrentamientos carnales que sobre ella ambos gozábamos me terminarían por obstruir el cerebro y entorpecer mis facultades intelectuales, perjudicándome a la larga en mi desarrollo profesional y en mi necesaria adaptación a esa sofisticada sociedad parisina que me convenía frecuentar para poder alcanzar los objetivos de una vida más plena y desarrollada en todos los sentidos que la que hasta entonces había conocido. Pero lo mío era mucho más fisiológico que social. Era un miedo muy íntimo de que la desaforada gozadera con mi mulato me fuera a hacer secretar en los entresijos de mi sistema endocrino alguna grosera hormona poco compatible con el comportamiento indispensable para adaptarse al modo de vida europeo, y sobre todo a mi capacidad para absorber su refinada cultura tan llena de sutilezas. Temía confusamente que después de una de esas acrobáticas sesiones de cabilla con sabor a dulce de guayaba, mi cerebro estremecido no pudiera ya nunca más concentrarse lo suficientemente como para asimilar adecuadamente los arcanos del número de oro tal como los explica Mathila Ghyka. O que mis tímpanos pudiesen quedar definitivamente imposibilitados de percibir las finezas de un aria de La Flauta Mágica, de Mozart, después de escuchar las obscenidades que en el calor de la refriega amorosa me susurraba con su ronca voz el musculoso cuarentón arrebatado por mis encantos.

Néstor volvía de nuevo a ser ese europeo que no pudo llegar plenamente a ser a causa de la lamentable derrota de la República Española, y yo, de cierta manera, estaba tan impresionado por las formas sociales, amorosas y culturales europeas, que me parecían tan superiores a las nuestras, que ambos estábamos por igual en pleno proceso de "adelantamiento", alejándonos de nuestro "atraso" primordial. Porque, a mi modesto parecer, es un hecho evidente que la condición de subcultura periférica a la que pertenece nuestra zona caribeña es considerada como una rama lateral degenerada que deriva del tronco principal de las culturas europea y norteamericana sin que hagamos plenamente parte del camino real de la civilización occidental. Y que desde su punto de vista la condición del criollo seguirá siempre siendo la de un epígono, un meteco, un beocio y un ultramarino. Por mucho que nos quieran disimular este doloroso hecho con sus buenas maneras, que a veces saben tenerlas y nos despistan con ellas y con sus exquisitos embelecos y sofisticadas sutilezas para que no nos demos cuenta de esta dura realidad.

Pero todo eso no hubiera sido nada comparado con el abismo que entre nosotros se abrió unos cuantos años después, porque el peor de todos los desencuentros entre Néstor y yo fue cuando me sucedió a mí lo más inesperado que hubiera podido sucederme, y de lo que el primer sorprendido fui yo mismo. Porque súbitamente y sin previo aviso, dejé de vivir con Fernand y me puse a vivir con Catherine, una bella y seductora jovencita de 23 años. Néstor se sintió personalmente muy herido por esta inesperada extravagancia mía. Sintió como que yo lo estaba traicionando personalmente a un nivel muy profundo. Se lo cogió todo para él.

Que yo me enamorara de una "chiva" era algo que él no podía soportar.

Y me parece que después de todo, muy por allá metido en el fondo de su mentalidad, quizás por su propia formación familiar que tanto lo marcó él hubiese querido también ser capaz de entablar alguna vez en su vida una relación afectiva con alguna mujer. Aunque no fuera más que por cumplir con la sociedad y sus formas. Porque también el resignarse a no procrear es algo que casi nadie se atreve a encarar con el corazón ligero.

Adua tenía un revolico afectivo provocado por los imperativos contradictorios que su temperamento personal y las reglas morales de su origen social mantenían hirviendo dentro de la caldera de su mente. Que nadie es catalán impunemente. Ni pasa varios años de su vida en La Habana sin impregnarse con sus densos pigmentos y seductores efluvios.

Pero Fernand sí que sabía manejar bien los usos y costumbres de su medio, y no se empachaba por tales quisicosas como esas que nos ocupaban a nosotros los inmigrantes, que aunque de lujo fuéramos, inmigrantes no dejaríamos nunca de ser en esta sociedad europea tan bien estratificada y que sabe muy bien desde que Schopenhauer lo dijo, que «la cortesía no es más que la buena distancia». Que Versailles no sentó definitivamente escuela en vano en la manera que un francés concibe sus tratos sociales. Y para ilustrar este tema les voy a contar lo que sucedió con una amiga de Fernand, la pizpireta Jossette, la mujer del célebre intérprete musical Saint-Saëns-François. Fernand la conoció en una de sus cenas en casa de alguna de las tantísimas señoras que tan a menudo lo invitaban, y cuyo nombre ya he olvidado, y durante varios meses se pasó muchísimas horas conversando con ella por teléfono echado a todo lo largo de su cama revuelta en un extraordinario desorden. Entre tongas de libros de todos los colores y tamaños imaginables, zozobrando en medio de las emburujonadas sábanas como si fueran barquitos en una maqueta que representara un conflicto naval en medio de una fuerte tormenta.

Mientras hablaba, Fernand iba escogiendo alguno de ellos, y abriéndolos sucesivamente en cualquier página les echaba una ojeada diagonal leyendo un párrafo por aquí y otro por allá, al mismo tiempo que escuchaba distraídamente y sin hacerle mucho caso, como si le aburriesen mucho las descargas de Jossette contándole las glorias y desgracias que punteaban la tumultuosa relación que tenía desde hacía algunos meses, sin que su marido lo supiera y mientras él estaba de tournée tocando su piano por las cuatro esquinas del mundo, con el poderoso ministro de la cultura y comunicaciones del gobierno de aquellos días. Daba la casualidad que Jossette había conocido al ministro justo en esos días en que había iniciado su súbita e inesperada amistad con Fernand que, como quien no quiere las cosas, desde entonces se había convertido en su más fiel confidente. Fernand estaba por aquel entonces tratando de que le montaran una pieza que había escrito en colaboración con otras tres personas en cierto prestigioso teatro público de París.

Porque ya nunca escribía él solo, y si no era en colaboración con varios amiguetes no lograba ponerse a escribir. Por aquello de la famosa fisura de su voluntad.

Con el tiempo sucedió que de un día para otro no sólo cesaron bruscamente las conversaciones con Jossette Saint-Saêns-François, sino que Fernand se escabullía subrepticiamente desde que al responder yo al teléfono le decía por señas que era Jossette la que quería hablar con él, y era yo quien tenía que improvisarle una mentira que la hiciera creer que Fernand no se encontraba en casa. Extrañado al fin de que tanto guasabeo con Jossette terminase de manera tan súbita y desabrida le pregunté qué era lo que había sucedido entre ellos, y dándome algunas displicentes evasivas se quitó de encima mi molesto interrogatorio. No fue si no indirectamente y por pedazos de conversaciones suyas con otros amigos que al fin me enteré de que al ministro de la cultura y comunicaciones, que era el amante de Jossette lo habían cambiado de ministerio y se estaba ocupando desde hacía un tiempito acá, que coincidía justamente con el de la súbita pérdida de interés de Bernard por Josette, del ministerio de la educación y los deportes.

Es así como pasan las glorias de este mundo, y los afectos interesados también. Que no sólo los pobres necesitados se prestan a complacer las necesidades y fantasías fisiológicas de los poderosos, sino que los mismos poderosos entre ellos también se prestan a satisfacer por interés sus mutuas necesidades afectivas los unos a los otros. Como hay señoras burguesas que se casan sin deseos ni amor con señores de su clase por asegurarse el nivel de vida que piensan que les resulta conveniente, y que siendo una suerte de prostitutas para un solo cliente desprecian a las infelices que se tienen que asegurar la subsistencia singándose a muchos otros pobres como ellas, por no tener manera de conseguirse un rico que las mantenga a su exclusivo servicio discrecional. Y lejos de mí cualquier dejo de reproche que yo pudiese hacerle por andar en esos saltos mortales con malla protectora con los que se pasaba la vida de tramoya en andamio, y de pico del aura en pináculo del templo.

Que cada cual haga de su culo un tambor. Porque con cada pecado viene su propia penitencia, compadre. Y que vivir así engañando al prójimo y engañándose a sí mismo no me parece nada envidiable. Porque en la vida todo se paga y al final el que más pierde es el que más trampa hace. Y que ganar por fuera y vivir perdiendo por dentro, teniendo además que disimular la amargura de ver el desastre que se está haciendo de su propia vida, no me parece una manera de vivir muy atractiva. Que una cosa es aprovecharse pasajeramente de quienes tienen de sobra, que hacer de eso una forma de vida sistemática y definitiva sin verdadera necesidad.

Anterior 1 | 2 | 3 | 4 | 5 Siguiente

Otra Opinión

Visiones

Por
Uriel
Quesada

Locas criminales

Con el tiempo y la experiencia he desarrollado cierta habilidad para percibir el momento en que asuntos de género se intersecan con formas de poder, especialmente si en ese cruce saltan chispas de discriminación u homofobia.

Palabras de revés

Por
Amir
Valle

Cara a cara con Nuremberg y Ernesto Cardenal

Me mira y me dice que su padre murió creyendo que los tiempos de Hitler fueron mejores. Un disparate, piensa ella, y yo me digo, sin comentárselo, que es mucho más que un disparate, casi como una blasfemia, o un crimen. Su padre, confiesa, es uno de esos muchos alemanes y personas de otras partes del mundo que pretenden desconocer el holocausto nazi.

Sin embargo

Por
Alejandra
Costamagna

Las muertes de Bolaño

La compañía catalana del Teatro Lliure acaba de estrenar en Chile 2666, basada en la monumental novela póstuma de Roberto Bolaño. ¿Qué hacer con las 1125 páginas del libro? ¿Cómo resumir las cientos de microhistorias contenidas en las cinco partes de la novela? ¿Cómo trasmitir la perfección que a ratos alcanzan los fragmentos [...]

Resistencias

Por
Elidio la torre
lagares

Los muertos de Marta

Esta novela celebra la muerte y los muertos —y un cadáver es un cadáver es un cadáver— como una inevitabilidad de la vida. Aquí todo caduca: los sueños, la realidad, el amor, el sexo, la vida y los actos.

Carta desde el norte

Por
Edmundo
Paz Soldán

Clarice Lispector

La filósofa Hélène Cixious intentó capturar la esencia de Lispector a través de comparaciones: "Si Kafka fuera una mujer; si Rilke fuera una escritora brasileña judía nacida en Ucrania; si Rimbaud hubiera sido una madre, y hubiera llegado a cumplir cincuenta años, si Heidegger hubiera sido capaz de dejar de ser alemán… En este ambiente escribe Lispector".

Paperback writer

Por
Ladislao
Aguado

Polvo en el viento

Mi país no existe. Existe, eso sí, una isla llamada Cuba y avecindada en las aguas poco clementes del Mar Caribe. Por lo demás, cualquier trámite no pasa de ser un asunto más entre la geografía y yo.

leche cortá

Por
León
de la Hoz

El mundo de cabeza

Sí, el mundo está de cabeza y en tiempos de crisis —¡santa palabra!— los gobiernos, ya sean de izquierda o derecha, amparan su incapacidad en lo políticamente correcto y demagógico que es "lo social". Sin ir más lejos y salvando las distancias Franco lo hizo en España. En Cuba eso es un dogma y también todo está de cabeza, sólo que desde hace tiempo...

Volver arriba
Google Custom Search
Tamaño de letra:

Imagen de portada:

"Omidiero" (detalle)

Ramón Alejandro

Sumario

Este Lunes

Cien años de soledad cuarenta años después

Roberto González Echevarría

Cuba: la transición o el desastre

Carlos Alberto Montaner

La inconstitucionalidad de la ley cubana de confiscaciones

Héctor Ávalos Sardiñas

De la intolerancia, la chabacanería y el despotismo: Indagación de lo cubano

Narciso Hidalgo

Análisis sobre situaciones y problemáticas en la Cuba de hoy

Félix Sautié Mederos

¿Será pronto el español la segunda lengua oficial de los Estados Unidos?

Leonel Antonio de la Cuesta

Memorias del Desarrollo, de Edmundo Desnoes

Jorge Camacho

Costa Rica existe

Rodrigo Soto

Soñar con tigres. Guillermo Cabrera Infante en la memoria

Luis Agüero

José Lezama Lima y el asombro de lo invisible

Manuel Gayol Mecías

Sobre Miguel Delibes

José Ángel Mañas

El canon digital infama al Estado de Derecho

Víctor Domingo

El nacionalismo también sabe de marketing

Montse Fernández Crespo

El madrugar de otra tele chilena

Julio Suárez Anturi

Tradición y renovación en la narrativa detectivesca infanto juvenil

Joel Franz Rossell

Terapias de un grupo (arte cubano actual)

Omar-Pascual Castillo

Los cambios de pintura de Raúl Castro (Parte I)

León de la Hoz

Otro lunes Conversa

Con Julio Cortázar

Las manos en la máquina de escribir

Con Cundo Bermúdez

El ejercicio de la memoria

Con Jaime Suchlicki

Una transición lenta y difícil

Con Plinio Apuleyo Mendoza

Escribir con sangre de periodista

Con Zoé Valdés

Zoé tal como es

Punto de mira

Las editoriales en el exilio: una balsa de la cultura cubana

Aduana vieja

Betania

Colibrí

La gota de agua

Iduna

Universal

Verbum

Cuarto de visita

La literatura israelí en el siglo veinte

Mois Benarroch

El mar a la hora del eclipse

Novela

Mate Dolenc

Unos escriben

Edmundo Paz Soldán

Otros miran

Ramón Alejandro

Algunos escuchan

La muerte inútil de Jaco Pastorius

Otrolunes presenta a Callemora latin jazz

En la misma orilla

Poemas

JesÚs J. Barquet

Carta abierta a las sombras del pasado

María Elena Cruz Varela

Realidad

Relato

Pablo Díaz EspÍ

Una mariposa

Relato

AndrÉs Neuman

Combinado del Este: Sala de Psiquiatría

Fragmento de novela

Rafael E. Saumell

Los óctuples de Fundora

Relato

Rolando Morelli

Poemas inéditos

Félix Luis Viera

La Canopea del Louvre

Introducción

Hundimiento de la isla

William Navarrete

La agonía de la existencia

Regina Ávila

Guaria

Rodrigo Soto

Recycle

La trompeta de Deyá

Mario Vargas Llosa

Allen Ginsberg en la Habana

José Mario Rodríguez

De lunes a lunes

Biblioteca de Otro lunes

Carta abierta a los gobiernos de Cuba y los Estados Unidos por las víctimas del huracán Gustav

Librario

Después de la gaviota

José Lorenzo Fuentes

La viajera

Karla Suárez

Paisaje de arcilla

Alejandro Aguilar

Contar es un placer

Emmanuel Tornes Reyes (compilador)

Cuba y Martí en el ojo del huracán

Pedro Ramón

Otro lunes. Revista Digital. Tlf: +34 644 469 467. info@otrolunes.com
  • Icono de XHTML 1.1 Válido
  • Icono de CSS 2.1 Válido
  • Icono de conformidad con el Nivel Doble-A, de las Directrices de Accesibilidad para el Contenido Web 1.0 del W3C-WAI
  • Conforme WCAG 1.0 Nivel AA - Revisado con HERA.
  • TAW. Nivel triple A. WCAG 1.0 WAI

Web optimazada para resoluciones de 800 x 600 píxeles o superiores y para los navegadores: Firefox 2, Internet Explorer 6 y 7, Opera 9 y Netscape 8.1 para PC y Firefox para Mac.