OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Kimberle

Relato

 

Achy Obejas

Página 2

Vacié una gaveta en mi cómoda, empujé mi ropa a un lado del closet y le expliqué mi sistema de ordenar CDs, mis horas de trabajo en un negocio de ahumar carnes que quedaba en un pueblo cercano (le prometí que jamás nos faltaría la carne) y le enseñé mis libros.

Como Kimberle nunca me había visitado después que me fui de casa de mis padres -para ser sincera, éramos más conocidas que amigas-, recalqué mucho lo de los libros, que los había estado coleccionando desde mi primer cheque. Hice hincapié en el librero donde tenía mis primeras ediciones, entre ellas Native Son, de Richard Wright; American Dreams, de Sapphire; Orlando, de Virginia Woolf; una copia rarísima de The Cook and the Carpenter, y una edición limitada de la traducción de Cuba Libre, de Nicolás Guillén, por Langston Hughes y Ben Carruthers, envueltos todos en Saran Wrap. Había también un puñado de libros de memorias de viajes por la Cuba del siglo XIX, fascinantes por sus comentarios racistas, y algunos volúmenes firmados por sus autores, que incluían novelas de Dennis Cooper, Ana María Shua y Monique Wittig. Con la excepción de Orlando, ninguno valía mucho, aunque para mí eran inestimables.

- Éstos nunca salen del librero, nunca se sacan del celofán -dije-. Si quieres leer uno, me dices y te conseguiré una copia comercial, o una fotocopia.

- Está bien -susurró con desinterés. Se inclinó, agotada, en el futón y puso las manos detrás de la cabeza. La musculatura de sus extremidades tatuadas era elegante y relajada, dotada de una flexibilidad que yo llegaría a conocer después en circunstancias muy diferentes.

 

Kimberle no llevaba en mi apartamento más de un día o dos (llorando y gimoteando, rechazando la comida con la determinación propia de los que tienen el corazón lastimado) cuando noté que Native Son había desaparecido.

Supuse que lo había cogido en algún momento en que yo le di la espalda. Fui al futón y miré alrededor y debajo de la almohada. Las sábanas y la frazada estaban dobladas cuidadosamente. ¿Había estado alguien más en el estudio?

No, ni un alma, ni siquiera Brian Eno, que andaba \cazando. Reflexioné sobre este dilema: ¿Cómo preguntarle a una suicida si te está engañando?

 

Supongo que debía haber estado mucho más preocupada por Kimberle, dada la amenaza de suicidio que con tanta audacia había anunciado. Pero no era así. Asistí a mis clases; cumplí mi horario de trabajo. No boté mis maquinitas de afeitar; no oculté mis cintos, ni apagué el piloto del horno. No era que no creyera que ella estaba en peligro, porque sí lo creía. Es que cuando me dijo que necesitaba que la parara, entendí que pedía que la cuidara hasta recobrarse, lo que imaginaba sería pronto. Pensé, de hecho, que cumplía mi deber con traerla a casa y brindarle un sándwich de jamón cereza-ahumado.

La verdad es que me preocupaba mucho más el maniaco cuya presa todavía saltaba por los campos yermos.

Camino al trabajo en el carro, escrutaba los acres de maíz -ahora un terreno de tallos con puntas como lanzas- buscando señales. En la tienda de carnes ahumadas, abría el periódico e iba directo al reportaje policiaco, tratando de encontrar alguna pista sobre lo que haría el psicópata. Una vez se produjo un incidente en el bosque:

Un blanco cincuentón, cetrino y vil, se le acercó a un par de muchachas e intentó agarrar una de ellas. La otra resultó ser miembro del club universitario de tae wan do y le desbarató la cara a patadas antes de que el tipo lograra escapar. Después de eso, me mantuve alerta por si veía entrar en la tienda a algún cincuentón con cara de bisté machacado. Y evité todos los senderos pastoriles, incluso las rutas de jardines entre los edificios de la universidad.

Como la tienda de carnes ahumadas estaba apartada del pueblo para evitar la contaminación y como su cliente- la era bastante especializada, no pasaban muchos transeúntes y yo permanecía largas horas sola. Vendíamos carne para gourmets - entre otras, de bisonte, avestruz y cocodrilo-, sobre todo por teléfono e Internet, pero lo que más se vendía era una especie de salchicha alemana, tan común por aquí como los perros calientes. Después de procesar las órdenes, preparar los paquetes para el correo, llenar las vidrieras, hacer café y agregarle algunas virutas al ahumador, no tenía mucho más que hacer que estudiar, y mientras lo hacía evitaba dar demasiada importancia a los ruidos que parecían pasos furtivos en el césped, y a las sombras que sugerían cuerpos agachados debajo del alero de la ventana, esperando que yo levantara el marco y expusiera el cuello para ser estrangulada.

 

Una tarde regresé a casa y me encontré a Kimberle con mi cuchillo Santoku ante unas pequeñas pirámides que había hecho en la meseta de la cocina: La primera de aros de cebollas tajadas, la segunda de ají verde en lascas y la tercera de tentáculos resbalosos de pulpo. Brian Eno las acechaba desde el piso, sus paticas y su vientre barcino estirándose hacia el paraíso prometido fuera de su alcance.

- La cena -anunció Kimberle cuando entré en el apartamento.

Me quité las botas a patadas, tiré la bufanda y dejé que el abrigo cayera de mi cuerpo mientras hablaba todo el tiempo sobre el psicópata y su evidente desinterés este año.

- Quizá por fin murió -dijo Kimberle y encendió la llama bajo el wok.

- Sí, eso pensé cuando teníamos quince años, porque aquella vez se demoró hasta enero, ¿te acuerdas? Entonces me di cuenta de que tenía que ser más de uno.

- ¿Crees que tiene cómplices? -preguntó Kimberle mientras un zarcillo de humo escapaba del wok.

- O un copión -continué-. Quizá más de uno. Esa es mi teoría.

Fue en ese momento que noté que Sapphire se inclinaba de una manera rara en el librero. Orlando, de Woolf, ya no estaba a su lado, dándole apoyo. De haberme puesto a pensar cuál sería mi reacción en cualquier otro momento, hubiera concluido que rabia. Pero al ver los libros colocados en una forma que parecían arreglados a propósito, como en un retablo de decoración interior, sentí como si me hubieran dado un golpetazo en el estómago. Intentaba aún coger aire cuando me di vuelta y vi a Kimberle.

El Santoku ya no estaba en su mano derecha, sino encajado en los nudillos de su mano izquierda. La sangre apenas fluía entre sus dedos, pero corría con rapidez alrededor del montón de pulpo, que ahora parecía herido y vivo.

Llevé a Kimberle al hospital, y le cosieron la piel. En el viaje de regreso, apoyaba la mano sobre la pizarra del carro, brillante e hinchada como un anfibio aposemático. Viajamos en silencio. Llevaba los ojos cerrados y la cabeza inclinada, amenazando con salirse por el parabrisas.

Cuando llegamos a casa, las pirámides de cebolla y ají estaban intactas, pero el pulpo había desaparecido. Las huellas de las patas de Brian Eno iban directas a la ventana.

Kimberle se colocó inestablemente bajo la luz, su cara en las sombras.

- ¿Qué pasó con Native Son, con Orlando? -pregunté, sentándome en el futón.

Se encogió de hombros.

- ¿Te los llevaste?

Giró lentamente sobre el talón de su bota, arrastrando el otro pie a su alrededor.

- Kimberle...

- Duelo -dijo-, de verdad que duelo por dentro.

- Su piel se había puesto roja, azulada. Entonces se lanzó en mi regazo, hecha un mar de lágrimas.

 

Una semana después, Native Son y Orlando seguían faltando, y Kimberle y yo no habíamos podido hablar del asunto. Nuestros horarios no coincidían y mi mamá, viuda y sola al otro lado del pueblo (confundida por mi decisión de vivir lejos de ella, pero tolerante), había ido a visitar a unos parientes en Miami, dejándome a cargo de su gato -hermano de Brian Eno-, un equilibrista atrevido al que había nombrado Alfredo Codona, como el trapecista mexicano que mató a su ex esposa y después se suicidó.

Esto complicaba mi vida un poco más de lo usual. Terminaba destruida después de vérmelas con Alfredo, preso en su casa, cuyas frustraciones lo llevaban a tumbar sillas, romper marcos, regar revistas y adornos a diestra y siniestra. Sentía como si tuviera que reconstruir la casa de mi mamá cada noche.

Una vez llegué a mi apartamento tan cansada que fui directo a la bañadera. Acabé de desnudarme cuando el agua caliente pellizcaba mis rodillas. Ajusté la temperatura y me dejé hundir en el agua, que exhalaba burbujas ruidosas.

Emergí sin siquiera levantar los párpados. Con los dedos de los pies cerré la pila y entré en un estado semi sonámbulo del cual ni mi madre ni Alfredo Codona podrían sacarme. Native Son y Orlando estaban milagrosamente en su lugar de nuevo y Kimberle... Kimberle... reía.

- ¿Cómo...?

Me levanté de un tirón. El agua salpicó la ropa tirada al piso. Oí abrir la puerta del refrigerador y después voces tenebrosas. Saqué el tapón y tomé una toalla para cubrirme.

Al abrir la puerta, me asustó la oscuridad de la sala.

Escuché el crujir del futón, una risita de complicidad y el maullido ansioso de Brian Eno del otro lado de la ventana, inesperadamente cerrada. Para mi sorpresa, Kimberle había traído a alguien a la casa. No me gustaba para nada la idea de que se acostara con otra persona en mi sala, pero nunca habíamos hablado de esa posibilidad -pensé que con una supuesta suicida, no habría necesidad de esa charla. Estaba desnuda y mojada, mirando a Kimberle sobre su amante, tan ágil como el verdadero Alfredo Codona en la cuerda floja.

Afuera, Brian Eno maullaba golpeando ligeramente con sus paticas sobre el vidrio. Me encogí de hombros, como si pudiera entender, pero todo lo que logré fue que chillara aún con más fuerza. Llovía. Me aseguré la toalla y comencé a atravesar la habitación en el mayor silencio posible.

Pero cuando intenté abrir la ventana, sentí una mano en el tobillo. Su calor subió por mi pierna, se transmitió a mi vientre, y se trabó en mi garganta. Miré y vi el brazo de Kimberle, sus tatuajes palpitando. En lugar de hacer que me soltara, me incliné para abrir sus dedos y ahí me encontré con ella cara a cara. Sus labios relucían, y debajo de su barbilla se veía una curva lechosa con el pezón excitado..., se movió para acomodarme como si fuera lo más natural del mundo. No sé cómo ni por qué, pero mi boca ansiosa se abrió al pecho extraño, y probé su sabor mezclado con el ligero olor a tabaco de la saliva de Kimberle.

Después, cuando Kimberle y yo descansábamos a cada lado de la muchacha, fue entonces que la reconocí como una vendedora de una librería del pueblo. Parecía deslumbrada y satisfecha, su hombro junto a Kimberle mientras acariciaba mi vientre con suavidad. En ese momento me percaté de que a pesar de haber estado juntas en las más íntimas maniobras, Kimberle y yo no nos habíamos besado y apenas tocado.

- Dale, banana boat queen -propuso Kimberle con una mueca astuta, y me pasó un porro. ¿Banana boat queen? ¿De dónde sacaba eso? ¿Cómo coño pensaba que tenía permiso para eso? La muchacha entre nosotras se erizó.

Entonces Kimberle río.

- No te preocupes -le dijo a nuestra invitada-. Puedo hacer lo que me de la gana, ésta y yo nos conocemos hace mil años.

 

En realidad no sé cuándo conocí a Kimberle. Siempre había estado presente, desde el momento que llegamos de Cuba, como refugiados agradecidos pero confundidos.

El suyo era un mundo solitario y misterioso. De eso me percaté por primera vez en mi segundo año de secundaria, cuando regresaba de la escuela un anochecer de invierno. Kimberle detuvo su Toyota a mi lado y me preguntó si quería que me llevara. Monté y me ofreció un cigarro. Dije que no.

- Un hábito repugnante de todos modos. ¿Quieres ver algo?

- ¿Qué?

Sin decir palabra, dirigió el Toyota hacia las afueras del pueblo, más allá del último bar de mala muerte, de los pequeños centros comerciales y de los parques de tráilers; más allá de la entrada a la carretera, hasta que se metió por un caminito de grava con campos de maíz en pleno florecimiento a ambos lados. Había un olor salobre, a tierra mojada mezclada con nicotina. El Toyota se revolvía en la grava, pero Kimberle, doblada sobre el timón, mostraba una expresión bien decidida.

- ¿Estás lista? -preguntó.

- ¿Lista... para qué? -repuse, mis dedos aferrados al cinturón de seguridad.

- Para esto -susurró.

Entonces apagó las luces del carro. Hundió el pie en el acelerador y nos lanzó a través de un túnel negro. Los neumáticos escupían piedras mientras el carro bailaba de un lado a otro, siguiendo el proyector misterioso de la luna... Por un instante, quedamos suspendidas en el aire y en el tiempo. Mi vida no pasó frente a mis ojos como tal vez hubiera esperado. En su lugar, vi gente desesperada en un mar sin orillas; multitudes ante el rostro del Che, vagando por Quinta Avenida o el Támesis o las costas del Bósforo; espejos, mercurio y agua; un viejo retrato de mi familia en La Habana; mi madre con su pelo enredado; mi padre inclinando su sombrero en Nueva Orleáns o Galveston; las sombras de aves del paraíso sobre una pared de mampostería; un sepulcro profundo y acuoso, después otro paso más largo, y un rastro de huesos. En ese momento, la plata lunar grabó los filos de los tallos del maíz, convirtiéndolos en espectros con capas negras...

- ¡Nos matamos!- grité.

El Toyota dio un frenazo. Ambas jadeábamos desorientadas.

Una nube de humo nos rodeó. Apestaba a podredumbre y gasolina. Abrí la puerta de un empujón y me arrastré afuera, e inmediatamente vomité.

Kimberle gateó por el asiento, casi encima de mí. Sus brazos me sostuvieron.

- ¿Estás bien? -Respiraba con fuerza.

- Dios mío -exclamé, mi corazón como un tambor-. ¡Eso fue increíble!

 

No había pasado una semana del encuentro con la muchacha de la librería, cuando Kimberle trajo a la casa a otra mujer, esta vez una profesora de estudios de Europa occidental que había estado implicada con un cubano durante un semestre en Bucarest. En lugar de esperar a que me encontrara con ellas, fueron directamente a mi cuarto, envueltas en frazadas y tan desnudas debajo como recién nacidas. Iba a protestar -desconcertada por su intrepidez-, pero casi al momento me sedujo el calor sedoso de la piel a ambos lados de mí. Sentí algo duro y frío contra mi vientre y vi a Kimberle con un arnés, al que le había colocado una salchicha alemana. La profesora suspiraba, mientras yo guiaba el extremo de la carne. Lamía y mordía mi barbilla a la vez que Kimberle empujaba, pulgada a pulgada, dentro de ella. En un momento, Kimberle se apoyó en mí en busca de equilibrio, su boca rozando la mía. Traté de alcanzarla, y se volteó. Le acaricié la oreja, pero me rechazó con la cabeza.

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