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Después -la profesora entre nosotras-, nos estiramos suntuosamente, el cuarto con fragancia de ajo, pimienta y sudor.
-Tremendo sandwichito cubano que tenemos aquí -comentó Kimberle, con tono un tanto racista, y me pasó lo que parecía ser el porro obligatorio después del amor.
La profesora se puso tensa. Al igual que la muchacha de la librería, le daba la espalda a Kimberle, pero en vez de frotar mi vientre, colocó la cabeza en mi hombro y se durmió, feliz.
- Kimberle, tienes que parar -Vacilé mientras contenía la emoción-. Ah... me tienes que devolver mis libros. ¿Me entiendes?
Tenía la cabeza enterrada bajo la almohada, la luz brillante de la madrugada cubría su hombro desnudo. Con la sábana a medio camino por su espalda, parecía un ángel sin cabeza.
- Kimberle, ¿me estás prestando atención? -Hizo un movimiento imperceptible, una contracción nerviosa-. Tú... oye, estoy hablando contigo.
Se irguió, los ojos nublados.
- ¿Por qué piensas que me los llevé yo?
- ¿Qué...? ¿En serio?
- Pudo haber sido la muchacha de la librería, o la profesora.
Después del ménage, la muchacha de la librería me había llamado para invitarme a cenar, pero no acepté. Y la profesora había pasado dos veces por casa, una vez con flores para mí, otra con una primera edición de Mental Radio, de Upton Sinclair. A pesar de lo tentadora -lo dolorosamente tentadora- que era esa rareza de 1930, tampoco lo acepté.
- Le diré a Kimberle que estuviste aquí -había anunciado, mordiéndome el labio.
- No vine a ver a Kimberle -había respondido ella, sus dedos estirando mis rizos, cosa que me había sacado de quicio.
Pero ahora, Kimberle me miraba, esperaba respuesta.
- Los libros desaparecieron antes de lo de la muchacha de la librería y de la profesora -insistí.
- Oh.
- Tenemos que hablar de eso también. -Tragué. Tenía la boca seca.
Bajó la cabeza de nuevo.
- ¿Ahora? -preguntó, su voz distante y débil, como si fuera el último mensaje de una nave hundiéndose.
- Ahora.
Saltó del futón. El cartílago de los huesos de su cadera tenía un aspecto puro. Tembló.
- Ya -anunció, dirigiéndose al baño.
Me dejé caer en el futón. Oí su orine caer en la taza y el agua al caer de la pila. Exploré el librero con la vista, intentando adivinar dónde habría puesto Mental Radio. Silencio.
- ¿Kimberle?... Kimberle, ¿estás bien? -Corrí al baño y agarré la manija de la puerta-. Kimberle, déjame entrar, por favor -le rogué, imaginándola colgada del techo, o con las venas lanzando una cascada roja en la bañadera, o con esa pistola polímera, comprada precisamente para el momento en que se la metería en la boca y... -Kimberle, ¡coño, carajo...!
Entonces le entré a patadas a la puerta, una y otra vez, hasta que la cerradura cedió y la puerta abrió.
- Kimberle... -Pero allí no había nada, apenas mi aliento, que el frío convertía en vapor mientras contemplaba la ventana abierta, la tela metálica inclinada sobre la bañadera.
Salí corriendo del edificio, busqué por todas partes.
No había rastros de ella, ni huellas en la nieve, nada. Cuando intenté arrancar mi VW para buscarla, el motor gimió y murió. Tomé las llaves del Toyota, que cobró vida como una burla, y lo puse en marcha atrás, pero tuve que frenar de pronto para evitar una camioneta. El Toyota se sacudió, la defensa atada con la cinta adhesiva se movió casi desplomándose, y yo me aferré al timón con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. El corazón me saltaba en el pecho.
Después de eso, trataba de estar el mayor tiempo posible con ella. Leía, practicaba jogging, cocinaba venado relleno con pasas y peras que traía de la tienda de carnes ahumadas, o hacía hamburguesas de bisonte ahumado con cebollas Vidalia y tomillo. Una que otra noche, traía a casa alguna muchacha, a quien atendíamos con nuestra creciente pericia acrobática. En determinado momento, me di cuenta de que American Dreams faltaba del librero, pero ya no me importaba.
Una noche a finales de enero -nuestro psicópata todavía suelto, aún sin víctima-, regresé del trabajo oliendo a mezquite y encontré a Kimberle esperándome.
- Te tengo una sorpresa -dijo, ayudándome a quitarme el abrigo-. Dios mío, hueles... ay, ¡estás riquísima!
Me llevó al cuarto, donde una mujer, claramente ansiosa y con un embarazo bastante avanzado, nos esperaba en la cama.
- Vaya, Kimberle, yo...
- Hola -dijo la mujer con voz ronca, aterrorizada.
Llevó la sábana a sus amplios pechos. Podía ver sus aureolas gigantes y negras a través de los hilos de la tela, su vientre como si fuera a explotar.
- Esto va a estar buenísimo, te lo prometo -susurró Kimberle, empujándome hacia la cama mientras me quitaba el suéter.
- No sé... yo...
En cuestión de minutos, Kimberle conducía mi mano dentro de la mujer, que apenas se movía. Nos rogaba que nos besáramos, que por favor nos besáramos para complacerla.
- Lo necesito, necesito verlas...
Me volví hacia Kimberle, pero ella estaba atenta a su tarea. Dentro de la mujer embarazada, mis dedos palpaban lo que parecía un cráneo fetal, dientes de bebé, un hilo de sangre. De buenas a primera, la mujer comenzó a sollozar y saqué la mano. Me sentí turbada y confundida.
Tomé mi ropa del piso. Iba a salir del cuarto cuando sentí algo suave y blando debajo de mi pie. Me incliné y descubrí un ratón de campo a medio comer, una ofrenda sangrienta de Brian Eno, que me lo acercaba a zarpazos, con sus colmillos expuestos y salvajes.
Monté en el VW y después de un rato intentando arrancarlo, lo logré. Lo conduje fuera del pueblo, más allá de los centros comerciales, los campos de maíz y la carretera en donde, años antes, Kimberle me había hecho sentir tan cabronamente viva. Llegué a la tienda de carnes ahumadas y me subí a la litera que mi jefe tenía allí para cuando trasnochaba preparando las carnes delicadas. Olía a grasa acre y a hombre. Podía oír ramas que se rompían, pasos ajenos, un búho. Cerré los ojos para evitar las sombras que se agitaban en la ventana sin cortinas. La frazada arañó mi piel, las paredes gimoteaban. Temblando en la oscuridad, comprendí que quería besar a Kimberle... y sólo por mi propio placer.
A la mañana siguiente, se desató una tormenta de hielo y mi carro una vez más se negó a arrancar. Llamé a Kimberle y le pedí que me viniera a buscar. El Toyota entró en la calzada, y me monté antes de que Kimberle pudiera parquear. Me incliné hacia ella, pero me viró la cara de nuevo.
- Oye, lo de anoche... mira, discúlpame... -pidió, evitando mirarme a los ojos.
- OK. -Los neumáticos del Toyota giraron en el hielo por un instante, después lograron tracción y cogieron camino-. ¿Qué pasó con tu amiga?
- No sé. Se fue para su casa. Le dije que la llevaríapero no quiso.
- No me sorprende...
- ¿No te...? Mira, la cosa era divertirnos, nada más. No entiendo por qué se tuvo que joder todo.
Recosté la cabeza en la ventanilla que el hielo hacía borrosa.
- ¿Cómo coño se te pudo haber ocurrido eso?
- Nada, pensé que podíamos... hacer algo diferente. ¿No quieres hacer algo diferente de vez en cuando? Eh... si tú quisieras hacer algo, yo lo tendría en cuenta.
¿Habría algo que yo querría hacer? Lo imaginé tan pronto escuché su propuesta, pero sólo por razones perversas.
- Bueno, entonces quiero hacer un trío con un hombre.
- ¿Con... con un hombre?
- ¿Por qué no?
Kimberle se sorprendió tanto que de momento perdió el control del carro, que resbaló en el borde de la carretera, después patinó y volvió al camino.
- Pero... qué ... ¿qué haría yo?
- ¿Qué te imaginas? -El tipo querría vernos, ver cómo nos tocábamos.
- Mira, yo no voy a... y él... -Pasaba la vista de mí al camino, cada curva rumbo al pueblo un poco más resbaladiza, menos segura.
- ¡Pues claro! -asentí, exasperada.
- ¿Pues claro qué...?
- Kimberle, ¿nunca se te ha ocurrido pensar en nosotras?
- ¿Nosotras? No hay ningún nosotras.
Apretó el freno antes de que nos saliéramos del asfalto, pero la resistencia fue catalítica: El carro describió un arco en el aire y giró en un doble ocho, mientras los neumáticos traseros golpeaban otra vez la carretera. Mi vida tal como era -mi madre viuda, mi inútil pasaporte cubano, la tiendade carnes ahumadas, el dolor en el pecho tan enorme que parecía imposible de contener- quemaba mi ser.
Dimos dos vueltas en el aire y aterrizamos en un laberinto de tallos de maíz puntiagudos, sazonados por una nieve fuliginosa. Sobrevino un momento de silencio, de calma, y después la cinta adhesiva se rajó y el frente del Toyota se desplomó, sacudiéndonos una vez más.
- ¿Estás... estás bien...? -pregunté sin aliento.
El carro se había volcado. En unos segundos, Native Son, Orlando y American Dreams resbalaron por debajo de los asientos, que ahora quedaban sobre nuestras cabezas, y se deslizaban por el techo, ahora debajo. Todavía estaban envueltos en el celofán, atrapados en su azul y cobre como capullos de mariposas monarcas.
- Ay, por dios... Kimberle... -Comencé a llorar con un hipo suave.
Kimberle sacudió la cabeza y salpicó una constelación sangrienta en el parabrisas. Abrí su cinturón de seguridad y su cuerpo cayó con un ruido sordo. Ella intentó ayudarme con el mío, pero se había trabado.
- Déjame salir y dar la vuelta -dijo, su boca un lío rojo. Sus dedos buscaban dientes, pedazos de lengua.
Golpeó el vidrio de la ventana con el pie. Quitó cada fragmento de cristal del marco y se deslizó hacia fuera. Mi cabeza latía. Cerré los ojos. Podía oír el crujido de los pasos de Kimberle en la nieve, el esfuerzo de sus movimientos.
Escuché un gemido de asombro y como un chasquido de estrangulación, y después un ruido junto a mi ventanilla.
- No mires -pidió, con la voz rajada, mientras extendía las manos ensangrentadas para cubrir mis ojos-. No mires.
Pero era demasiado tarde. Por encima de su hombro, se podía ver la cosecha anual, cerosa y blanca salvo por las aureolas negras y el sexo carnoso. Era ordinaria, corriente, y sus ojos muertos nos reflejaban a Kimberle y a mí.
Nota de los Editores
Del libro Aguas y otros cuentos, de próxima aparición en la editorial Letras Cubanas, de La Habana.
(Cuba, 1956). Periodista y escritora cubanoamericana. Desde que su nombre entró en el escenario literario con el reconocimiento de su novela Memory Mambo (1996) hasta su reciente novela Ruins (publicada por Akashic Books), con seis novelas publicadas, su nombre es un referente imprescindible en todo estudio crítico sobre la literatura cubana escrita en lengua inglesa.