OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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La Revolución Cubana explicada a los taxistas (fragmentos)

 

José Manuel Prieto

Página 2

Me miró sorprendido. Me preguntó capcioso: ¿pero no es hijo usted del Dr. Prieto? (Y quería decir, ¿cómo con un padre así, militar él mismo, Tte. coronel, cirujano, dos campañas en África, tal actitud? ¿Sabe su padre, etcétera? Pero no podía enviarme en contra de mi voluntad, habían hecho un punto de eso. Y no creí, francamente que fuera el momento (a mis veinticinco años, una esposa joven esperándome en casa) de ir a morir por la Revolución Cubana.

A las lejanas sabanas de África.

[...]

 

Educación

¿Quién declarará imposible un programa educativo de una cobertura igual y diversificación semejante al que funcionó por años y de manera encomiable, que cubrió campos que nunca antes jamás a ese nivel, como la educación deportiva, la musical, la artística, la simplemente primaria y secundaria, aunque muy deteriorado desde hace ya muchos años, al punto que muchos se preguntan si no seremos nosotros, mi generación, la última generación educada?

Quiero decir: verdaderamente educada. Según los más altos parámetros internacionales, lo que ha significado, para tantos emigrados (como yo) que denuestan de la Revolución cubana (como yo), una excelente inserción en el mercado laboral extranjero y la necesidad de una explicación complementaria, siempre, sobre este aspecto peculiar de por qué y cómo tan bien preparados.

Que pasa, en muchos, por el delicado malabarismo del presupuesto invertido, el esfuerzo de las muchas escuelas homogenizadas a escala nacional. Tendido aquello sobre el abismo del dinero que jamás se les pagó a nuestros padres, el altísimo impuesto indirecto sobre un salario que escasamente dejaba para la vida más modesta, drenado a la fuerza para cubrir el gasto público que esa educación representaba.

Y acto seguido, en rápido aparte mental, el deplorable estado de aquellas escuelas, la comida siempre infame, la insoportable pátina de pobreza que lo cubría todo, la permisiva y precoz atmósfera sexual. En una palabra - bien visto y mirando hacia atrás-, el salvajismo rampante en todas, casi sin excepción, algunas pocas donde los hijos de la elite, la célebre escuela a la que fui yo mismo, la “Eton” cubana. Un lugar que recuerdo, - debo confesarlo-, con cariño, en el que asordinado todo lo dicho por lo mismo de su carácter elitista: los hijos de todos los ministros, los hijos de todos los doctores, los hijos del doctor Fidel Castro con los que compartí cuarto - uno de esos dormitorios grandes, para muchos niños- , durante dos años (no creo que se acuerden de mí, excelentes muchachos).

La muy bien provista biblioteca, las dos piscinas olímpicas, las muchas instalaciones deportivas, los laboratorios de física importados, todo un combinado escolar en la escala gigantesca del sovietismo, 4500 alumnos, en un orden, sin embargo, notable. Pero la odiosa nivelación, la estrepitosa vulgaridad, al punto que siempre me dijo, me lo he dicho muchas veces primero a mí y luego en público: muy bien instruidos los cubanos, mis contemporáneos, pero pésimamente educados.

¿Qué hacer con todo eso, con las fáciles comparaciones que generará la casi segura ausencia de un programa educacional así, de tales magnitudes?

[...]

 

Salud y deporte

¿O de un programa de salud como el de la Revolución Cubana, incosteable por megalomaníaco y novelero? Cuyos logros también notables e innegables. No sé si detenerme en esto, en la salud pública. Nunca en los términos pesados, estadísticos, de la Revolución cubana, de tantos niños sanos por mil nacidos. Las camas y los hospitales, el número de médicos con que buscan apabullar, crear la impresión que no habían, simple y llanamente, hospitales en Cuba antes de 1959. Y no es así, puedo decirlo, porque mi padre, justamente, era médico. Y todos los hospitales en los que trabajó toda su vida, a los que de niño lo acompañé infinidad y al que llamaba siempre, muchos años antes de los teléfonos móviles, antes de entrar al cine para que supieran donde localizarlo (“debo estar localizado”, nos decía siempre muy serio) y de dónde, en efecto de esos cines, debió salir varias veces, su nombre voceado en la oscuridad por la acomodadora, todos esos hospitales, repito, construidos justamente antes del triunfo revolucionario y con los mejores adelantos de la época, También en eso homogenizado el país con el “vecino del norte”, no sólo en los coches del año, los viejos Chevrolets, que hoy todavía corren, para pasmo y diversión de tanto turista.

Sin que quiera disminuir el mérito del gasto que en efecto se hizo en medicina preventiva, campañas de vacunación, fluorización del agua, etcétera, etcétera. Una de las mejores saludes públicas del continente en pocos años. Eso real, pero ¿a qué precio?

O la formidable publicidad para la Revolución Cubana de la lluvia dorada de medallas, el increíble desempeño deportivo de un pequeño país, con más deportistas de alto rendimiento que quizá cualquiera de su tamaño, campeones olímpicos, campeones mundiales... Y la inexistencia de una piscina pública en toda la Habana, la ausencia de gimnasios de barrios. Para vecinos que no piensen batir records, humillar, también en ese campo, al enemigo.

¿Explicar pacientemente cómo distorsionados, cómo - ya lo dije antes-, comprado o trocado en gran medida con las libertades políticas de nuestros padres? Que malos por el gasto que representaron, por el agotamiento y la distorsión de las finanzas públicas, porque, simplemente, no podría haber existido sin el dinero ruso. Pesarán en cualquier caso, habrá quien los rumiará (como yo ahora), intentarán sacarlos o lanzarlos al platillo de la balanza (en el que sentado, con todo su peso, el doctor Fidel Castro.)

[...]

 

Balseros

Como dejé el país cómodamente en avión, como no debí escapar con riesgo de mi vida ni intentar riesgosa maniobra alguna, he tenido noticias de la horrible tragedia de los balseros sólo por historias que he escuchado infinidad de veces de labios de quienes lograron llegar. Relaciones verídicas de esas fugas, historias de naufragios que me han helado la sangre en las venas aunque sin alcanzar nunca a imaginarme el drama en toda su magnitud, el destino terrible de los que se lanzan al mar.

Algo, déjeme decirles, que jamás habría hecho, embarcarme en una balsa. Hay mucho jefe que camelar, congresos y conferencias que maquinar, viajes en comisión de servicio en los que desertar limpiamente, de guante blanco, por así decirlo. Todos mis amigos - porque este asunto es también de clase, ¿qué no lo es?-, han “volado” así. Ninguno en la disyuntiva de abordar una balsa. Quizá alguno profundamente varado con niños (porque a los niños se les prohíbe viajar), o un trabajo con acceso a información confidencial, esa “figura legal”, un obstáculo insalvable. Y, entonces, el mar, la fuga como única salida.

Los he encontrado en muchas ciudades de México y de América. Ninguno con aires de marinos avezados. Muchachos normales - en el sentido que se le dice muchacho a un amigo de cuarenta años-: sin mucho cabello ya, panzudos algunos, el ex condiscípulo que dejas de ver por veinte años y te lo encuentras un día, en un parada, con una horrible camisa a cuadros, totalmente ¿cómo decirlo?, domesticado, la fea esposa en casa. Y ese tipo de personas, de entre los conocidos, que no tenían un viaje a Viena o una conferencia en Tokio, en la experiencia espeluznante, como algo inevitable, del mar.

Te lo cuentan y no puedes creerlo, los detalles. El amigo que me encontré en un viaje a La Habana y que me habló de ello como quien te habla de sus planes de remodelar la casa, añadir un cuarto al fondo, planes que abandonamos sin pena ni gloria porque sabemos que jamás los llevaremos adelante.

Una empresa accidentada la de construir una balsa si no se es carpintero. La imposibilidad de comprar un bote hecho y listo para ser lanzado al agua en la sección de artículos para pesca de unos Grandes Almacenes, las veces que en Occidente me he parado frente a un bote de esos, inflables, el potente motor fuera de borda y me he dicho: "Con uno así, sí, ¡ni lo pensaría! ¡Un paseo!"

Pero no en Cuba, no en el pueblo (lo recordé en ese momento cuando lo escuché contarme aquello, que no era de La Habana, sino de un pequeño pueblo, junto al mar) del que pretendió escapar en balsa. Se reía al contármelo sin que asomara, en su cuento, la tragedia de los miles de muertos, de las decenas de miles que han terminado yéndose al fondo en todos estos años. Él no, porque nunca, ni siquiera salió al mar. La comedia de equivocaciones, lo difícil que es poner de acuerdo a un grupo de amigos, todos hombres con familia. Escoger un lugar, la casa de uno de ellos donde llevar adelante el proyecto: construir de la manera más inverosímil y como si fuera lo más natural del mundo, una balsa. Guardando el secreto, todas las precauciones del caso. Pero todos con niños corriendo y jugando por aquella casa, mujeres celosas que sospechan que no siempre iban a construir la balsa cuando salían o no siempre construyéndola cuando los veían llegar a la dos de la madrugada.

La pesadilla logística de conseguir clavos en medio del desabasto, las discusiones sobre cuán grande y cuán pequeña la quilla (habiendo avanzado hasta ese punto). Los muchos miedos, las veces que se creyeron descubiertos. Y para el final lo más increíble, aguántate, no me lo creerás. Que una vez hecha y calafateada la balsa, ante la cual los amigos se dieron la mano, celebraron con cerveza, comprobaron desesperados que la habían hecho más grande que cualquiera de las puertas de aquella casa. No dejo de sonreír ahora, llegado a este punto, pero aquel día nos doblamos de la risa sin poder cobrar el aliento por un buen rato, enjugándome las lágrimas que nos vinieron a los ojos de tanto reír. Y aquel amigo, que nunca veía y que no he vuelto a ver, envuelto en aquella historia inverosímil. Debieron desarmarla, cortarla en piezas, volverlas armar en una cala en una sola noche, pero ya nunca llegó la persona a quien le habían encargado conseguir las provisiones para el viaje: no sé qué problema con su primo y una mujer. Y debieron posponerlo. Y nunca salieron. Sin una nota de resentimiento en la voz, hecho a la idea de que no saldría jamás de allí. Al menos no en balsa.

[...]

 

¿Quién soy yo y por qué voy viajando en ese taxi?

¿Quién soy yo y por qué voy viajando en ese taxi? Soy, podría decirlo de esta forma y levantar más de una ceja, el más genuino fruto de la Revolución cubana, su más genuino hijo, alguien que de no haberse dado esta, el acontecimiento que explico o intento explicar en este libro, jamás habría venido al mundo (mis padres consideraron posible tener otros dos niños, mi hermana y yo, en la holgura de los primeros años en todo debe haberles parecido fácil).

Un niño modelo que creció en una guerra privada y no menos dolorosa que la que atravesaba el país, resistiéndome a Černy, a las escalas cromáticas y los estudios para cuatro manos de Béla Bartók, las largas sesiones de piano que debí aprender porque mi madre había querido estudiarlo. Un niño revolucionario enfrascado y poniendo en práctica el sueño pequeño burgués de una infancia con piano y lecciones de esgrima. Fui luego, cuando crecí y que quedó claro que jamás sería concertista, a la mejor escuela del país, a la Eton cubana (para que se me entienda en Inglaterra). Una institución con el simpático y muy evocador nombre de Vladimir Ilich Lenin, líder de la Revolución Mundial. Donde, en el ambiente de seriedad y excelencia académica - absolutamente cierto, dicho esto sin ironía-, me decidí en el último año de estudios a convertirme en ingeniero en computación para lo que debí, de la manera más inverosímil y en un viaje que terminó por cambiar totalmente mi vida, yéndome a Rusia. Un largo viaje en barco que, cada vez que pienso en él y lo rememoro, se me antoja más fantástico e imposible: veintiún días del Caribe al Mar Negro, una larga semana en tren luego, a lo más profundo del territorio soviético, una ciudad en su lejana retaguardia, a dos mil (¡) kilómetros de la ya muy lejana Moscú.

Mi asombro ante la coloración muy roja de las hojas la tarde que llegué a esa ciudad a fines del verano y donde viviría cinco inviernos (cinco duros inviernos) y donde, de manera insospechable para un hijo del Trópico, aprendí a calcular con facilidad a cuantos grados bajo cero por la escarcha en la ventana. Quise irme el primer año, pensé muchas veces en hacerlo y no me arrepiento de haberme quedado, terminado mis estudios y dejado entrar en mí la vida de todo un país del que el mío era meramente un aliado político, un frío (nunca mejor dicho) aliado político, un país que llegué a amar profundamente, cuya literatura llegué a conocer tan bien y a querer tan bien como la literatura de mi propio país.

Menciono esto, o debería explicarle al taxista porque viene a cuento: la vida improbable, el mundo absolutamente nuevo (y exótico) en que la Revolución cubana colocó a todo el país (y a mí con él). Gústenos o no.

Un fruto imposible de la Revolución Cubana, lo improbable de un destino del que no sólo no reniego sino que considero una gran suerte: aquella remota ciudad, los duros inviernos, la más profunda y radical experiencia.

[...]

 

Epílogo

Todo lo que venciendo mi reticencia a hablar sobre este tema expliqué en un almuerzo con parlamentarios italianos deseosos de escuchar la opinión de un autor - deben haberles dicho-, cuyos libros no tratan sobre la Revolución Cubana, que cuentan historias que suceden en ciudades lejanas como Estambul y Helsinki, libre de toda sospecha de extremismo por lo mismo, sin intereses partidistas ni ambición política.

Como fui animado a aquel restaurante en la Ciudad de México porque un público más receptivo, con el que más fácil entenderme, al tanto de lo complejo de la vida en Cuba, la tensión en que viven por culpa de la revolución interminable. Como me lancé a hablar animado en cuanto tuve la palabra, luego de que se inclinó hacia mí el señor diputado a mi lado e inquirió como casualmente (pero especialmente invitado yo a ello): “Qué tiene que decir el señor escritor” o cosa así dijo.

Lo que hablé venciendo mi reticencia a abordar este tema, a explicarlo en detalle. Sin intentar, por una vez, desentenderme de él de la manera que aprendí a hacerlo en tantas charlas de sobremesa, con una broma ligera, dicha con la fingida ligereza de a quien nada le interesa, que superado todo aquello, sin ánimos de contradecir a mis amables anfitriones, sacarlos de su error, de sus ideas, siempre equivocadas, por simplistas e ingenuas sobre la Revolución Cubana. Disgustado por la estulticia, como ya lo he dicho aquí, por la terrible confusión de tantas personas a quienes no me atrevo a juzgar con dureza, pero que repiten con alarmante candidez, los principales puntos del mito. Sin cuestionarlos nunca, sin discernir cuánto de cierto y cuánto de fabricado en él.

Lo que hablé durante media hora hasta que hacia el final abordé el tema de la propiedad privada, que sentí pie cuando entré en ese tema. “¡Esto!, - dije-, ¡esto tan sólo! Habría, lo más importante, - no la democracia, no las elecciones-, que restituir el derecho a la propiedad privada. Así (en apariencia) de sencillo. ¡Más importante, señores, que todas las agendas sutilmente imaginables! Un punto o enfoque que aplicado consecuentemente hace innecesaria todos esos memorándums para una Cuba, postcastro, todo plan de ayuda y asesoramiento, todo plan de emergencia. Capaz de desarrollarse por sí sola, con la certeza ineluctable con que una esfera rueda cuesta abajo por un plano inclinado. ¡Tan sólo eso! (Alcé la voz en este punto, de modo que se dejó de hablar en toda la mesa y quedaron atentos a mis palabras.) No sabría cómo explicarlo y sé que por ejemplo en México, un derecho nunca negado y sin embargo millones en la miseria. De acuerdo, pero en Cuba, empezar por ahí, por restaurar la propiedad privada. No me pregunten por qué. O bien lo sé, pero demasiado lejos explicarlo. Intuyéndolo más bien, sin que sea capaz de explicárselos de una manera convincente, no así, amorfa. Más que claro, sin embargo, para mí. Y que lo será para muchos, los acostumbrados a lidiar con lo vivo, lo real. Mas no para quien con un plano en la mano, frente a la máquina en marcha, intenta descubrir hacia donde respira... Esta única condición, es decir, abrir todas las puertas, liberar el país, comenzar por eso.”

“Dejado de lado cualquier otra consideración, el tan comprensible error del hincapié que se hace hoy día en los presos políticos. Porque una suerte de favor, en última instancia, una suerte de guiño colocar las cifras de los apresados en unas decenas, centenas cuando en realidad se trata de millones. Todo el país sellado como una cárcel, el imprisionamiento como núcleo, la naturaleza concentracionaria del régimen... Sobre esa premisa. Un recinto que nadie puede abandonar a voluntad: un confinamiento. Cuba, el lugar geográfico, convertida en un roquedal amurallado del que no se puede salir sino a costo de enormes sacrificios, cálculos y estrategias o la fuga, simple y llanamente. Como de cualquier prisión. ¿No es acaso patente y entendible?”

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El legado del ingenio azucarero en Cuba

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Política y religión en Cuba a inicios del siglo XXI

Leonel A. de la Cuesta

Arte o barbarie

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Cuando ya no importe, porque es eterno

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Cuba 2009:Reflexiones en torno a los 50 años de la Revolución de Castro

Cuba 2009 - Reflexiones iniciales

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Percepción cambiante de la (r)evolución cubana

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La Revolución Cubana explicada a los taxistas (fragmentos)

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