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“Secundario todo lo demás, entendido que la restauración de la democracia, la reparación de las confiscaciones, que se celebren o no elecciones en breve plazo, la aprobación de una agenda para la transición, etcétera, supeditado, ¡señores diputados!, a la restauración de la propiedad privada. Claramente visible, ahora ¿Cómo es que no lo vi nunca así y llegué, por el contrario, a perderme en disquisiciones sobre la pertinencia de las ONG o el carácter contraproducente del embargo?
El derecho a la propiedad privada, un derecho considerado inealineable en todo Occidente. Que el estado deje de ser el único empleador, erigido el ciudadano (¿y se puede ser ciudadano realmente sin ello, sin posesiones que te vertebren, te permitan verte como algo más que un bien mueble, una posesión del Estado?) y su voluntad de poseer en eje central de la Restauración.”
“Reconocer el error inmenso de la propiedad colectiva, abominar con fuerza de ello. Que todos los ciudadanos sean dueños de “algo”. No como ahora que no lo son de nada: meros usufructuarios. En posesión de sus talleres, de sus “medios de producción”, para decirlo marxistamente, los campesinos de sus cosechas, sin que el estado tenga a bien intervenirla de la manera desmañada y mala que lo hace hoy, que se permita, en una palabra, que se amplíe y extienda lo que ya la “nueva clase” ha comenzado y a todos sus niveles: el juego elemental del enriquecimiento.
¡La propiedad privada (burguesa) como piedra angular de nuestro renacimiento!”
Como me escucharon perplejos, sin un ápice de credulidad en sus miradas. Y cómo abrió la boca cuando hube terminado y habló uno de los diputados desde un momento anterior a mi charla, sin que nada de lo que le hubiera dicho hubiera hecho mella en él. Como repitieron, con alarmante candidez y aun sintiéndose críticos hacia la Revolución Cubana - ¡por fin!, tras años de apoyo incondicional-, los principales puntos de mito. De qué modo arguyeron que no había que descartar el efecto del embargo, entender el daño de la agresión económica, y así en largo etcétera. Una visión preconcebida del asunto, una simpatía insondable hacia la Revolución cubana, de indulgencia hacia sus muchos errores, un fingido aspaviento ante sus más recientes desmanes, la inquebrantable fe en que buena en esencia. De una candidez tan desarmante, tan blanda, que escuchándolos llegué a preferir la retórica dura de América que al menos no fallan en identificar a la Revolución Cubana como problemática, controversial, mala. No una barrabasada de chiquillos inocentes. El irritante paternalismo de Europa, hecho, sin duda, de la misma materia que de Tutelaje americano aunque, ¿cómo decirlo?, menos comprometido.
Impertérritos, sus ojos azules fijos en mí, como ante un soldado hubiera hecho un largo viaje desde el frente con el peregrino plan de ablandar su corazón con el relato de las vicisitudes de la vida en campaña, el lodo, el frío, el grande peligro. Y tras haberte escuchado paseándose impaciente a pocos pasos de ti, las manos en la espalda, se acercara por fin, te palmeara el hombro, a reconfortarte con voz grave: “Sí, lo entiendo. Pero así es la guerra, ¿sabe? Alguien tiene que pelear, presentar el pecho.”
No como a un igual, sino como a un soldado. Que luego de rendido mi informe, tras la breve conversación en el Estado Mayor - premiado mi valentía con un vaso de schnaps-, al frío inhóspito de las trincheras y a las balas.
Lo que se comió y se bebió en aquel restaurante, los mejores platos, las mejores bebidas. Sin ánimo de condenar nada aquí, tan sólo un detalle, entre el parlamentario a mi izquierda y la señora ensortijada del popular programa televisivo, a mi diestra. Los vinos que degustamos: un fabuloso Riesling frío con el esturión en salsa blanca de setas. De postre: peras envinadas. Las mancuernillas de oro en el diputado frente a mí, al otro lado de la mesa. Otra vez, no en afán de criticar: “esos burgueses”, nada así. Me compré unas iguales de oro 22, suaves al tacto. Las busqué en varias tiendas y cuando las hallé me dije: sí, como las de aquel señor tan elegante, el parlamentario italiano.
Los académicos que también había en la mesa y que hablaron y expusieron el asunto de esa manera tan grata a los políticos: con abundancia de datos, superabundancia de citas y escaso sentido común. Que no pude dar crédito a lo que oía, me pasmó escucharlos: ¡tanta torpeza! El entusiasmo con que se habló, la manera tonta con que salpicaron sus disertaciones con datos, y abordaron, de paso, todos los puntos del estereotipo: la prometedora apertura económica, las prostitutas políglotas, una novedad. Como todo el mundo los escuchó embelesados, sus explicaciones tontas y disparatadas de pies a cabeza, construidas sobre los mismos mitos puestos a circular por la Revolución Cubana. Aun queriendo ser críticos, aun preocupados - una novedad-, por los disidentes, por el fenómeno tardío de la disidencia y por los más recientes muertos, olvidándose de los muchos fusilados al principio, que nadie parece lamentar.
Tal fue la frustración al salir de allí, hirviéndome la sangre del grandísimo enojo, me prometí a mí mismo que nunca, jamás, sobre este asunto de la Revolución Cubana. Que no intentaría, no me dejaría llevar a la tarea tonta y estéril de tratar de explicarla, que imposible. En la más profunda decepción cuando salí de allí y asentí maquinalmente al valet que me preguntó si me llamaba un taxi y lo esperé con la vista fija en la pared azul de una casa vecina. Que si alguna vez alguien me sorprendía abordando el absurdo tema de la Revolución Cubana, intentando explicarla, lo dejaría que me llame con todos los nombres epítetos, posibles, comenzando, claro está, por el de imbécil. Que no volvería a tocar jamás este asunto de la Revolución Cubana, y que nadie me sorprendería nunca hablando de ella en el asiento trasero de un taxi. Nunca.
Nacido en La Habana, Cuba, doctorado en historia en la Universidad Autónoma de México, entre 1994– 2004 profesor del Centro de Investigación y Docencia Económica en la Ciudad de México; en 2004– 2005 Margaret and Herman Sokol Fellow at The Dorothy and Lewis B. Cullman Center for Scholars and Writers in The New York Public Library; becario (2003– 2005) del Sistema Nacional de Creadores, México; es autor de varias novelas, literatura– documento y artículos; libros: Rex (Anagrama, Barcelona, 2007, con traducción simultánea al alemán, francés e inglés), Enciclopedia de una vida en Rusia (Mondadori, Barcelona, 2003), El tartamudo y la rusa (Tusquets, México 2002), Treinta días en Moscú (Mondadori, Barcelona. 2001).
E– mail: josemanuelprieto@hotmail.com