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Sin embargo, Guerra hace eco de estas palabras de manera tan sumamente irónica que de inmediato nos entrega la esencia íntima de su personaje Nadia: “Les habla la hija de todos, reportando desde el país de nadie” (9). Esta declaración denuncia su resentimiento hacia un discurso que le ha intentado robar su intimidad debido a la imposibilidad de escribir desde el punto de vista autobiográfico por considerarse al género como exclusividad para el sujeto capitalista.
Si Todos se van nos hace pensar en la fuga de cerebros y talentos que el país ha sufrido desde finales de los setenta y los ochenta, la segunda novela de Guerra nos obliga a reflexionar aún más profundamente sobre Cuba como un país de despojos. Cuáles son estos “despojos” genera diversas respuestas entre diferentes autores, y para su comprensión, habría que analizar más detalladamente Todos se van, en la cual los soviéticos tienen un rol nefasto, pues son culpados por el comienzo de la desintegración de la familia de Nieve. Su padrastro, un hombre sueco que posiblemente abusa de ella, trabaja en una planta nuclear hasta que un día, en 1979, es botado de su trabajo y de Cuba “por culpa de los rusos” (33). Esta explicación es solamente una parte de la ecuación, según Guerra, pues los propios cubanos también son responsables de las políticas represivas que aplican a la sociedad.
La segunda parte de Todos se van comienza en la segunda mitad de los años ochenta, en el momento en que la protagonista adquiere una visión más propia y también más radical de los hechos que se suceden a su alrededor. Establece, por ejemplo, una metáfora entre la relación de sus padres y el muro de Berlín, mostrando el efecto que ejerce el cambio global a un nivel personal; explica que su madre no es capaz de vivir en definitiva sin la presencia del muro. Es decir, que la sicología y el comportamiento de los ciudadanos cubanos son directamente condicionados por éste.
En el invierno de 1989, les llega la noticia de la caída del Muro de Berlín. Se derrumban los muros, la gente le da con todo y ya parece una epidemia de comentarios que vienen en susurros, entran y salen de la casa a la escuela y de la escuela a la calle... Mi madre dice que un día ella se va a derrumbar como el muro, porque no tiene fuerzas para levantar otro, ella sin muros no sabe vivir, el muro es su barricada, en él se protege aunque lo odie, allí vive detrás de él. Si llegara el capitalismo, si llegara viva al tumbarse este muro de agua habría que aprender otra manera de sobrevivir. Mi madre no lo aguantará13 (250).
Sin embargo, nos informa que estaban concientes de esta posibilidad de cambio hacía algún tiempo ya, porque los amigos que estudiaban en la Unión Soviética habían repetido varias veces que “todo se derrumbó” (250). Nieve considera las consecuencias que esto puede tener en Cuba. “No me imagino como podemos romper aquí un muro de agua, amorfo y profundo” (250). ¿Qué será del futuro para ella sin la muralla? En abril de 1990, en la novela, Nieve no logra encontrar la revista Sputnik, aquella revista soviética que le gustaba tanto a su madre. Es cierto que, también a nivel extratextual, en el momento cumbre de la Perestroika y la Glasnost, muchos quedaron desamparados de esta manera, al no poder adquirir publicaciones como Novedades de Moscú, Tiempos nuevos y Sputnik, que les habían empezado a servir como una guía para sortear, entre otras cosas, sus propias dificultades dentro del sistema socialista.14
Nunca fui primera dama comienza en el nuevo milenio, aproximadamente unos quince años después de la última entrada escrita en el diario de Nieve. Su protagonista expresa dos opiniones que nos son muy valiosas a la hora de evaluar la influencia palpable de lo soviético en la Cuba de hoy (y digo “soviético” con el propósito de diferenciarlo en el plano temporal, pues en realidad los cubanos solían usar la palabra “ruso” para referirse a todo el bloque soviético.) La madre abandonó a Nadia, a su esposo y a Cuba para marcharse a la Unión Soviética cuando su hija tenía solamente diez años de edad. Nadia llega posteriormente en el 2006 a Moscú, Rusia, antigua URSS, siguiendo las indicaciones de un antiguo amante de su madre que la había visto con un ruso galerista de arte y dos niños a su lado en la tienda Chanel, y luego éste la ayuda a orientarse mejor a través de un artista ruso. Nadia por fin logra localizarla “usando el poco ruso que aprendió en la escuela primaria de Cuba” (74), un minimalismo que sugiere que el idioma ruso obligatorio implantado en las escuelas no sirvió a su idealista función inicial. En vez de sostener los sueños internacionalistas de la nación, consume al individuo. Nadia nos explica primero: “No conozco esta cultura, coexistimos juntos ‘allá lejos y hace tiempo’, pero en realidad los soviéticos no nos dejaron casi nada y poco sabemos de ellos” (76). Y segundo:
Soy turista en un país que, de algún modo, ya conozco. Ellos hicieron una gran intervención pública en Cuba. Dejaron huellas en nuestras memorias; mal aprendimos su lengua y ahora nos olvidaron. Por suerte, en un rapto de ‘Amistad indestructible’ pude arrebatarles la visa para encontrar a mi madre. Koniec. (78)
A la vez que no dejaron “nada”, al mismo tiempo se identifican “huellas en nuestra memoria”. Ella dice “Koniec” como si fuera una manera de resistirse a algo que ya no la oprime directamente. Lo articula para resistirse al orden que se mantiene en Cuba aun sin el idioma ruso al que podría culpar, no por el “desmantelamiento” de su madre, sino también por los efectos que había tenido el desmoronamiento del sistema en Cuba. Como podrán notar, estas dos declaraciones tan similares y, a la vez, aparentemente contradictorias dentro del texto, lo son igualmente fuera de él. Pero observemos cuidadosamente el modus operandi textual: Nadia va a Rusia en busca de su madre, y en lugar de aquella encuentra un ser despojado de memoria. Una vez que Nadia logra que su madre se reinstale en La Habana, su locura empeora y, posteriormente, se suicida. La protagonista nos explica: “Me llamaron Nadia, en honor a la esposa de Lenin. En ruso: надежда mi nombre y yo significamos ‘la esperanza’” (13). Nunca fui primera dama sugiere que la madre de Nadia se convirtió en una víctima de las mentiras del sistema, entre ellas, la esperanza misma, la que la sostenía para sobrevivir en Cuba. Insinúa también que el olvido es el mecanismo empleado por ella para poder escapar de la realidad. La razón de ser de la locura de la madre de Nadia tiene su dimensión fisiológica en la enfermedad del Alzheimer, pero también muestra un aspecto sociológico que Guerra comienza a sugerir en Todos se van y luego sigue desarrollando en su segunda novela.
Soy turista en un país que, de algún modo, ya conozco. Ellos hicieron una gran intervención pública en Cuba. Dejaron huellas en nuestras memorias; mal aprendimos su lengua y ahora nos olvidaron. Por suerte, en un rapto de ‘Amistad indestructible’ pude arrebatarles la visa para encontrar a mi madre. Koniec. (78)
Los significantes de los protagonistas son una especie de préstamos que la avergüenzan porque sus significados son irreales en Cuba. Sus padres, en la época en que todavía “adoraban” la causa, la bautizaron con un nombre lleno de aspiración optimista acorde a ésta.
Como heredera de estos préstamos, Nadia Guerra sigue jugando con ellos. Se inserta en la historia transnacional cuando emplea la palabra en ruso “Koniec”, sin traducción, para explicar la extraña experiencia de ser turista en Rusia, con un nombre como el suyo. La misma palabra, pero esta vez definida para evitar confusiones, se inflitra en un poema de Guerra titulado “De cómo los rusos se fueron despidiendo”, y en el cual es notable la imposibilidad de un diálogo intercultural:
Ellos nunca se integraron
nos hablaban y nosotros contestábamos bailando
ellos nunca fueron parte
andaban visibles como su olor
ocultos como sus submarinos
no sé adónde puedo dirigirles esta carta
recuerdo que enseñé a mis amigos de Moscú fajarse sin llorar
pero ellos nunca se integraron quizás fuera el color o las películas
poco a poco se fueron despidiendo y
KONIEC.*15
Fin en ruso.
La falta de destinatario para la carta de Guerra parece ser un síntoma de la imposibilidad de comunicar y entenderse debido a que los códigos comunicativos son tan distintos. Al mencionar “su olor”, sugiere también la visceralidad que ya había sido expuesta por Yoani Sánchez y por otros de sus contemporáneos. Es curioso que en una época en la cual el discurso sobre la raza está supuestamente definido, se permita tal digresión poética. Se dice con frecuencia que los soviéticos eran racistas, y tal vez, entonces, este poema se puede explicar como una especie de racismo a la inversa. Resulta difícil imaginar que en un poema de una escritora internacionalmente reconocida como Guerra, aparezcan versos tales como, “olor de los judíos” o “foetor judaicus” o “el olor peculiar de los negros”, expresiones que habían sido utilizadas para justificar la segregación16, aun tomando en cuenta que en Cuba, como en muchos otros países, no se ciñen al patrón académico norteamericano de expresarse de manera “políticamente correcta”. Ernesto Hernández Busto es parcialmente correcto cuando dice que no se ha explorado suficientemente el biculturalismo ruso-cubano debido al sentido del “honor perdido por culpa del chovinismo criollo”. Y resulta interesante que Abel Prieto también note que la falta de interés en “lo ruso” a nivel popular tenga que ver, desafortunadamente según él, con la persistente y poderosa influencia de “la cultura de masas al estilo yanqui” en Cuba (100).17 Lo que Sánchez y Guerra relatan es más bien una combinación de un chovinismo heredado de otra generación, y de la rebeldía provocada por el hecho de que sus etapas juveniles y sus núcleos familiares hayan sido permeados por un ideal inalcanzable, el cual ellas mismas no tuvieron derecho a elegir.
Aunque el viento se haya llevado aquellos penetrantes olores, según nos pinta Guerra, la podredumbre ha encontrado su ambiente en Cuba, y son los cubanos los responsables de seguir fabricando el olvido usando las herramientas importadas de una Europa del Este ya desaparecida. Tal como su madre había hecho veinte años atrás, Nadia trabaja en una emisora radial al comienzo de la novela, pero llega el momento en que también decide abandonarla. La estética del adiós merece nuestro juicio evaluativo.
Hice mi promenade visual: la oficina de cortinas color ‘curre mostaz’, bustos de yeso con la cara de mártires desconocidos, varios trofeos de mármol y tarjas de hojalata un poco corroídas por el tiempo. Imitaciones de micrófonos de la RCA y, sobre todo, libros en perfecto ruso, imagino que sobre política radial, pensamientos de arte y socialismo, diccionarios de lengua española al ruso y viceversa. Fue ahí cuando recordé que esta mujer se había diplomado en una maestría de comunicaciones comunitarias en la Unión Soviética. Mi padre contaba que fue a Edelsa a la que se le ocurrió aquella idea de los cursos de ruso por radio. En fin, sigo vagando por el samovar de madera, las matriuskas empolvadas y sus fotos. La mulata cubana, entre puentes y monumentos nevados; la mujer con shadka, sonriente en instantáneas extendidas por el territorio de la oficina. Sitio detenido en el tiempo, con todo el frío de la estepa siberiana, el aire acondicionado al máximo y las postales rusas colocadas por orden de tamaño sobre la caja del aparato helado, ruidoso y también soviético, maltratado, pero ahí, en marcha. Dudo que los funcionarios rusos conserven un sitio parecido en su país. (34)
Aunque en Cuba se prohíbe erigir estatuas de personalidades nacionales todavía vivas, este ambiente tiene todo el aire de un museo. La sensación de estar atrapados entre diferentes etapas históricas y territorios disímiles es muy común en gran parte de la actual producción cultural cubana. Es como si el aire mismo hubiera sido transportado a este ambiente tropical donde no puede circular adecuadamente. La mulata Edelsa con la “chadka” (objeto “encontrado” en Todos se van, deletreada con “s” y no con “c” y definida allí como “el sombrero ruso de peluche”), encima de su cabeza, es emblemática de los alcances de la cultura soviética. Ella viaja y lo que la saca de su experiencia son algunos mementos y el dominio de algo híbrido pero también opresivo. Esta imagen, no por coincidencia, nos recuerda un cuadro de Gertrudis Rivalta titulado Quinceañera con Kremlin, en el cual una mulata (la modelo es la hermana de la pintora) tiene encima de su cabeza nada menos que el Kremlin.
Frecuentemente se comenta que los “rusos” llegaron demasiado tarde y no se quedaron el tiempo suficiente en la isla como para mezclarse en el ajiaco nacional, la imagen que según Fernando Ortiz “simboliza bien la formación del pueblo cubano”. Dicho esto, en estas novelas, como en otros muchos textos contemporáneos cubanos, se sugiere que no es fácil deshacerse de “el elemento soviético”. Por ejemplo, Edelsa es influenciada más directamente por lo soviético debido a que pertenece a una generación en la que muchos ciudadanos fueron formados en la URSS, mientras Nadia sólo es capaz de reconocer los atributos que le parecen más desagradables, aquellos elementos que son la sinécdoque de la enseñanza dirigida originalmente a un mundo que no fue en el que le tocó vivir. Aunque estoy de acuerdo con la noción de que “lo soviético” no entra en el ajiaco más tradicional, creo que estas novelas prueban una y otra vez que tanto la infraestructura como la superestructura de la isla recuerdan a los soviéticos y siguen actuando con préstamos de su sistema. Las noticias actuales de Rusia desparecen de las ondas radiales insulares, pero los aparatos de radio soviéticos siguen “transmitiendo” noticias hechas y en aparatos fabricados por su pueblo.
Permítasenos examinar otro ejemplo de este fenómeno, proveniente también de la misma ola generacional que nos ocupa. La palabra “KONIEC”, en mayúsculas da fin a “Los músicos de Bremen”, tema del grupo musical Porno para Ricardo, cuyo controvertido líder, Gorki Águila, forma parte de la misma generación de Guerra. “Los músicos de Bremen” juega con la adaptación soviética del dibujo animado del cuento de hadas de los hermanos Grimm (realizado en 1969), pero lo entrega al estilo punk. Al igual que en el tema, esta palabra, en la pantalla, al final del videoclip realizado por el director Ernesto René, evoca el imaginario generacional habitado por los “muñequitos rusos”. En éste se manifiesta el deseo de despedirse de una época y la necesidad de hacerlo a través de un idioma simbólico que se ilustra visualmente a través de la asfixia, la consternación y la nostalgia. Con un estilo paródico, los miembros de Porno para Ricardo recrean un aula escolar que comparte la misma estética que ostenta la oficina recreada por Guerra, caracterizada por un ambiente represivo y anquilosado. El video de “Los músicos de Bremen”, tal como el despacho de la emisora radial, es un compendio de todas aquellas imágenes que, según los informes periodísticos al comienzo de los noventa, nos aseguraban insistentemente que los cubanos estaban felices de haberle dicho adiós a la pedagogía soviética, las estrellas rojas, hoces y martillos.18
Al comienzo del video, la cámara hace un zoom en un mapa de la Unión Soviética que cuelga de la pared en un aula donde los protagonistas del tema, los mismos músicos, comparten en ella vestidos con uniformes que identifican a distintas escuelas: la escuela del pre-universitario Lenin, la escuela rusa, la primaria y la secundaria, actuando como si se tratara de estudiantes cubanos de la época de lo soviético. La cámara también enfoca coches destartalados de la marca soviética Lada, y hombres que al parecer excavan las calles de La Habana. Estas últimas imágenes nos hacen pensar no sólo en Cuba como un futuro museo, sino también en aquellos proyectos colectivos de los años sesenta y setenta, ese género de actividad social que la protagonista de la novela de Guerra acusa de ser el factor principal de la desintegración de su núcleo familiar. Sin embargo, como los de Porno para Ricardo son aquí como una especie de personajes salidos de algún dibujo animado, el tono del video no sólo es amargo, sino que también evoca la memoria del contacto cubano con los soviéticos con cierta empatía irónica. El popular refrán de la época -“si no te portas bien, te voy a castigar viendo muñequitos rusos”-, que cuando fue pronunciado en la televisión -en el momento culminante de la influencia soviética política en el país-, supuestamente le costó al actor humorístico cubano Enrique Arredondo ser suspendido de su trabajo en el popular programa Detrás de la fachada, ha sido reciclado, y estos muñequitos rusos cumplen una nueva función, ya no la de enseñar un código cívico o ético, sino la de abrir un diálogo sobre la memoria y el olvido en la Cuba actual.
En el primer minuto del video, la profunda sensación de aislamiento es representada visualmente a través de una mujer que intenta buscar la señal telefónica encima de una azotea, mientras sobre su cabeza vuelan figuras no realistas -aviones y pájaros extrapolados de un dibujo animado. Escenas como ésta recuerdan la cruel realidad de los noventa (aquella que Duanel Díaz llamaba la del caldo de cultivo), en la cual el transporte público colapsó debido a la eliminación del estatus de país favorecido por el bloque soviético. Durante más de dos décadas de revolución, la Unión Soviética era para los cubanos la puerta principal a través de la cual podían salir al mundo, más allá de Cuba. Las nuevas “Edelsas” de Cuba que pudieran viajar al Este para estudiar o superarse, ya no existen. Las “Nadias” que reciben apetecibles becas como la Guggenheim, y viajan a París, como la protagonista de Nunca fui primera dama, son unas pocas excepciones, y además, los artistas e intelectuales cubanos de la primera década del siglo veintiuno, se topan con un gobierno estadounidense aun menos complaciente que los extremadamente elitistas comités de selección de becas de Estados Unidos. Restringidos por la crisis económica para viajar tanto dentro como fuera de Cuba, los protagonistas del video de Porno para Ricardo asumen una posición contestaria al convertirse en viajeros en el tiempo. A la hora de quitarse los uniformes, los músicos salpican pintura roja en su local de ensayo. Hay clips de una fiesta en un apartamento cuyo elemento decorativo más notable es un afiche de Marilyn Monroe. Se proyectan hacia el presente celebrando como si fueran ciudadanos de una moderna Habana. Como si fuera una nota al pie de página, aparece en la pantalla el texto “Esta guitarra es rusa”. El video al final se convierte en un extraño collage, y concluye con una especie de coreografía de palabras tras la pantalla: “Pashiva” (Gracias), “Stonia,” “Croacia” y finalmente la casi “omnisapiente” “Koniec”.