OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Cuba: de la reconversión comercial al nacimiento de la fuga

 

Ladislao Aguado

Página 2

Nadie hasta entonces se habría atrevido a poner en duda la solvencia económica y la solidez política del sistema socialista internacional. Presenciar su fin tenía el mismo impacto social que una masiva pérdida de fe. La historia estaba interpretando un tema de heavy metal, y no la canción de cuna, con las que nos habían hecho dormir hasta entonces. No obstante, se hacía imprescindible mantener a la población bajo las faldas del estado. Su dependencia de las tetas de la patria, era la única manera de garantizar la estancia en el poder de Fidel Castro y sus acólitos. En la dependencia económica estaba toda la suerte por venir. Bajo ningún concepto el pueblo podía terminar produciendo para sí. Acaso, porque en el dinero estaba la libertad.

Esta sujeción apenas se notó. La inmensa mayoría de la población se había acostumbrado ya a la falsa producción para el estado y, aunque la vida en Cuba a partir de 1959 no había dejado de ser una sucesión interminable de carencias, se creía que, más temprano que tarde, y a fuerza de perseverar en nuestras posiciones ideológicas, terminaríamos desembocando, acaso por inercia, en un sistema de bienestar socialista, colectivo e igualitario. Muy parecido, se decía entonces, a los existentes en países como Hungría o Alemania, donde el comunismo tenía ese viso de confort que a nosotros nos era tan ajeno.

El estado no nos iba a abandonar. Saldríamos de la crisis. O, al menos, eso podía leerse entonces en los periódicos.

Sin embargo, el cisma estaba aún por producirse.

El efecto de derrota en la población que no había conseguido la caída del castillo de naipes de la dictadura del proletariado, lo iba a conseguir el nuevo giro que tomaría la economía estatal cubana.

La célebre inoperancia económica del gobierno de Fidel Castro hacía prever un país donde todo estaba por hacer y, ante la noticia de que la isla permitiría la inversión extranjera, buscafortunas de medio mundo comenzaron a llegar a las puertas de La Habana. Traían propuestas para empresas tan diversas, como grandes hoteles, máquinas de juego o prendas de bisutería. Daba igual. Ellos serían los primeros en conquistar el último mercado virgen de occidente, aunque para ello tuviesen que compartir a partes más o menos iguales, las ganancias con el estado cubano.

A su vez, los teóricos de la economía socialista descubrían que la crisis estaba generando una sobrepoblación laboral, debido a la escasez de materias primas y, como consecuencia, a la interrupción de los procesos productivos. Por primera vez, en más de tres décadas de dictadura, el gobierno admitía su incapacidad para generar empleo y se veía forzado a consentir la creación de una fracción laboral autónoma, cuyo único vínculo estatal quedaba reducido a la adquisición de las licencias de trabajo y al pago de los impuestos tributarios.

Pero esta posibilidad quedó restringida sólo a oficios menores y de servicio. La gran actividad empresarial seguiría en manos del estado. No obstante y aun la timidez de la medida, la posibilidad de independizarse de éste, provocó que, incluso, algunos profesionales optaran por abandonar sus carreras y reasimilarse como obreros de sí mismos, pequeños empresarios que veían compensada la aventura con los dividendos que ésta le dejaba. Así, uno encontraba maestros, ingenieros o médicos reconvertidos en fontaneros, taxistas o reparadores de neumáticos. También, en hosteleros.

Para completar la nueva escena económica cubana, el gobierno tomó una medida por la que podía medirse el grado de desesperación y de necesidad de sobrevivencia imperante en la Isla. Contra todos los manuales de filosofía marxista, más allá de los discursos extenuantes de Fidel Castro, contra todos los mecanismos de adoctrinamiento puestos en práctica a lo largo de aquellos interminables treinta años; se despenalizó la tenencia y libre circulación del dólar americano, hasta entonces la bestia negra monetaria de la ideología comunista. Cuya relación con el peso enseguida alcanzó cifras astronómicas. El salario mensual de un empleado público al cambio del mercado negro rondaba el $ 1,05 dólar.

De la noche a la mañana, el panorama socioeconómico cubano había cambiado drásticamente. La Unión Soviética y el campo socialista habían desaparecido, los empresarios extranjeros recién llegados a la Isla transitaban por ella con la suficiencia y la impunidad del poder económico, algunos cubanos se veían por primera vez libres de la asociación laboral con el estado, y una gran masa de hombres y mujeres miraba con ojos desesperados cómo el futuro se les echaba encima con unas artimañas, hasta entonces impensables en Cuba y propias sólo de las más feroces y peligrosas economías capitalistas.

Pero la realidad termina siempre imponiéndose. Poco a poco, esa masa todavía azorada por los cambios comenzó a entender la simpleza de la situación que tenían por delante. El cuento aquel de la patria y el socialismo y el futuro luminoso, mal que pesara a muchos, no era cierto. En su lugar, les entregaban un país lastrado en su porvenir, donde la urgencia de sobrevivir justificaba cualquier acto dirigido a ello. Las fronteras sociales entre el bien y el mal comenzaron a diluirse y las tabulaciones morales dependían únicamente del fin obtenido.

En medio de este panorama caótico comenzaba a crecer una nueva generación. Pero el discurso con que el gobierno había entretenido a sus padres durante más treinta años había perdido ya todo su sentido. ¿Cómo hacerles creer entonces, en medio de un panorama de una sociedad de seres prostituidos, hambrientos, ladrones, alcoholizados y desesperados que el comunismo sería una gran fiesta, cada quien recibiría según su necesidad y todos trabajaríamos por convicción en la importancia social de nuestro desempeño? ¿Cómo contarles que tras treinta años, en los que dijimos ir cada vez más lejos en nuestra concepción social, nuestra economía se basaba exclusivamente en un sistema tan simple, como inútil y atrofiante: el subsidio? ¿Cómo explicarles, sin más, que las diferencias sociales promovidas por la debacle que vivía el país eran antagónicas con un sistema de igualdad social como el socialismo, cuyos grandes defensores a nivel mundial, habían terminado huyendo espantados de él?

Pero Fidel Castro no estaba dispuesto a ceder su mecedora en el portal de la finca, mucho menos a reconocer el gran disparate y los grandes daños humanos y económicos provocados por eso que se había llamado revolución cubana.

Como consecuencia del estado de excepción que vivía el país, el 4 de agosto de 1994, abatido por el calor, el hambre y la economía de crisis que convertía la vida cotidiana en una noria de desesperanzas, el pueblo se echó a las calles de La Habana. Era la primera vez, en muchos años, que la desesperación y la ira vencían al miedo íntimo que las dictaduras siembran en el alma de sus ciudadanos. Y el gobierno era consciente de ello. Por tanto, la represalia debía ser ejemplar y, además, debían encontrarse los mecanismos que garantizaran la calma en el país. Ambos objetivos se cumplieron.

Brigadas del Ministerio del Interior se encargaron a golpes del silencio inmediato. De la paz, se ocuparía el propio líder. Cualquier ciudadano cubano en desacuerdo con el régimen estaba autorizado a abandonar el país. Las fronteras quedaban abiertas. Y el mar lo aguardaba con sus imprevistos golpes de suerte. No obstante lo disparatado y sanguinario de la medida, en poco más de dos semanas, miles de cubanos abandonaron la isla en cuanto trasto flotante podían permitirse: balsas de madera, cámaras de neumáticos, botes, viejos coches americanos reconvertidos en embarcaciones, o en una simple tabla de windsurf. Se trataba, en últimas y de ahí nacía la mayor esperanza, de sortear las doce millas que separaban la costa de las aguas internacionales, donde, si había fortuna, podían ser encontrados por la guardia costera de los Estados Unidos y llevados a tierra firme.

La operación dejó un saldo de miles de exiliados y, también, de miles de fallecidos entre las aguas poco clementes del Golfo de México. En las calles de la Isla, el apaciguamiento tenía mucho de luto.

Conseguido un respiro en los ánimos de la sociedad, se imponía, además, reestructurar el mensaje ideológico dirigido a la nación. Urgía un discurso capaz de explicar la nueva situación socioeconómica del país. Sobre todo, era necesario que éste pudiese explicar con cierta lógica el cambio de rumbo de los planteamientos económicos y la nueva división en clases que sufría la sociedad. Los antiguos líderes gubernamentales se habían reconvertido en lucrativos empresarios particulares, gerentes corporativos o representantes de compañías extranjeras. Y su viejo discurso de la ideología como dogma, había mutado en la aseveración de los peores vicios de las economías y gobiernos tercermundistas. Al otro lado, el fantasma de la penuria hacía de las suyas entre los débiles, los indefensos y los honestos.

Las bases de ese nuevo discurso estaban en el nacionalismo. Apelar ahora a ellas, no sólo era práctico, sino, además, le aportaba cierto aire autóctono y folclórico al mensaje. Como arrasadas por un golpe de viento, las imágenes de Karl Marx, Friedrich Engels y Vladimir Ilich Ulianov desaparecieron de las vallas y los discursos públicos. Se modificaron los programas de estudio de asignaturas como filosofía o fundamento de los conocimientos políticos y en su lugar se comenzó a enfatizar la enorme y gloriosa obra de los héroes y mártires de la patria y, sobre todo, el programa de reforma social de la revolución cubana. Una gesta construida a la medida del país que la había hecho posible, se decía; sin darnos cuenta que bastaba comparar el descalabro social en que vivíamos para hacernos una idea más o menos precisa, del disparate enorme que representaba esa supuesta revolución y toda su gloria.

Sobre los muros de las ciudades, en las pancartas de los desfiles y estampados en las telas de los anfiteatros, comenzamos a encontrarnos con otros rostros y nuevas miradas. Reaparecieron con la fuerza renovada de la exclusividad, las imágenes de José Martí (poeta y periodista cubano, cuya vida transcurrió normalmente en el exilio, el cual murió al asistir a su primer combate, en 1895. Fidel Castro lo nombró autor intelectual del disparate militar del asalto al Cuartel Moncada, sucedido en 1953 y capitaneado por el propio Castro), Máximo Gómez (un tipo enjuto, dictatorial, dominicano y hábil en la decapitación a machete, que se tomó durante varias décadas el asunto de la presencia española en Cuba, como un asunto personal), y Antonio Maceo (un mulato célebre por su crueldad, tozudez y buen hacer con la esposa de Máximo Gómez). En ellos, se dijo, estaba nuestra verdadera esencia. Tristemente, no les faltaba razón.

El nuevo ideario abolía las peroratas sobre la construcción del comunismo, la dictadura del proletariado y la hermandad entre los pueblos del tercer mundo, y hablaba en esencia de, si, por esos azares, se entreveía la posibilidad de que cayese el gobierno de Fidel Castro, hundir la Isla en el mar. Sin más. La Isla convertido en un solo estallido. Once millones de muertos insulares. Otros tantos de muertos colaterales. Y la certeza de estar anunciando una gran idea. Tal vez, la mejor de todas las ideas: la muerte, sólo que colectiva. Y así se repetía en todos los eslóganes, en todos los actos patrios y hasta en las canciones. Sin una gota de rubor, pagando acaso sus más secretas deudas con el poder, Pablo Milanés nos cantaba entonces desde la Plaza de la Revolución: “Todos gritarán/Será mejor hundirnos en el mar/Que antes traicionar/La gloria que se ha vivido”.

Mientras, la sobrevivencia se había convertido en el verdadero sentido de la nacionalidad. La escasez, la falta de energía eléctrica, la precariedad del modo de vida, la carencia de incentivos y de perspectivas futuras estaban convirtiendo a una población acostumbrada a la improductividad, por un lado, en una masa de productores emergentes, que, ni iban hacia ningún estado notorio de prosperidad individual, ni la aportaban mayor desarrollo a la economía del país. Por el contrario, la lastraban. No por incapacidad o abandono, sino por la falta de estructuras y libertades asociadas a la iniciativa privada. Una dolencia personal, aunque inevitable, que el gobierno se esforzaba en encerrar tras un cerco electrificado, de tal manera de permitir sólo su sobrevivencia, nunca su expansión. Y por el otro, en una multitud silenciosa de ladrones estatales.

Robar del patrimonio estatal dejó, definitivamente y a efectos morales, de ser considerado un delito y se convirtió en una práctica tácita y en una solución aceptada. Así, trabajar en una empresa en la cual se pudiese robar, o dicho en cubano, conseguir algo, que luego pudiera ser vendido en el extenso mercado de la Isla, aportaba un valor añadido a determinados puestos de trabajo. El verdadero sentido del empleo estatal quedaba reducido a esa posibilidad de lucro.

En amplios sectores sociales, la honestidad había pasado a formar parte de las taras inexplicables del hombre. Acaso, porque en una sociedad hundida en la más absoluta de las penurias, una persona incapaz de delinquir está condenada de antemano a la pervivir en la miseria. Y no sólo ella, sino también aquellos que dependen de sus ingresos exclusivamente laborales. Sobre todo, cuando estos salarios y pensiones han perdido su valor adquisitivo y la dualidad monetaria subdivide la realidad en miles de pequeños fragmentos de desesperación.

Pero tampoco delinquir garantizaba la bonanza familiar. Simplemente, hacía algo más llevadera la angustia de no saber qué se terminaría comiendo al final del día, cuando, llegada la hora de la cena, una enorme interrogante caía sobre cada mesa de familia. Abandonar el país parecía la mejor de las soluciones a mano.

Los negocios ilegales, el mercado negro, la prostitución, la droga, el proxenetismo, el juego y el contrabando florecían con avidez. Todos los caminos conducían a la urgente necesidad del dinero. Sólo éste podía ofrecer la libertad.

De alguna manera, el ciudadano cubano de los noventa, a medida que aprendía a sortear y a sobrevivir dentro de la crisis; comenzaba a sentir y a intentar satisfacer, una ansiedad de bienestar solapada por la malsana asociación de escasez, represión y aislamiento que habían caracterizado las décadas anteriores de la dictadura.

Sin embargo, la satisfacción de esta necesidad de bienestar venía emparejada, en la inmensa mayoría de los casos, a situaciones delictivas y poseía el viso y el encanto, de lo prohibido. Pero no estaban creados los mecanismos para ello. El gobierno estaba volcado en solucionar su propia subsistencia, la cual, paradójicamente, dependía entre tantísimos factores, de la incapacidad de subsistencia autónoma de los ciudadanos. Un país de personas libres y satisfechas y prósperas e independientes de la gestión empresarial del estado, no garantizaba la presencia del mando castrista al frente de él, sino, más bien, la negaba.

Había nacido una nueva figura social: el empresario en el caos.

La Habana de finales de los noventa parecía un país sin ley. Y, aunque, en el fondo, sólo estábamos aprendiendo a vivir con una mayor cuota de miseria, de restricciones cívicas y, sobre todo, de perspectivas sociales. También, estábamos recibiendo una durísima lección de bienestar. Sobre todo, en la disociación de éste, de cualquier mecanismo estatal de concesión de la felicidad, la riqueza o la buenaventura. Por primera vez, el ciudadano cubano comenzaba a vislumbrar la conversión del nosotros en un yo, que nacía a pesar del precio enorme que exigen los sistemas capitalistas de emergencia, sus grandes desigualdades y la contraoferta de restricciones impuestas por la dictadura castrista.

En medio de este contexto de asfixia, una nueva juventud, libre de los avatares doctrinarios de la ideología y la educación marxista, comenzaba a entender que el lugar donde le había tocado llegar al mundo, estaba lejos de ser la antesala del paraíso proletario que les habían asegurado a sus padres. No había suerte o desgracia en ello, sino una elemental y sabia resignación y, por tanto, un aprendizaje acelerado de las esencias y mecanismos de la sobrevivencia como doctrina nacional. Por demás, no demasiado diferente a los que empleaba el propio gobierno en sus tratos con las empresas extranjeras, las entidades de crédito y el comercio internacional. La suma de estas habilidades, ardides y destrezas poco lícitos quedaron bautizados en el argot popular, como mecánica.

A nivel ético, la década de los noventa en Cuba podría ser considerada eso, una gran mecánica, un gran aprendizaje de la estafa como modo de vida.

Los ciudadanos comerciaban con lo ajeno, inventaban productos tan precarios y sin garantías como su propia vida; vendían y canjeaban cuanto tenían a su alcance; los sucedáneos de alimentos y bebidas ideados para engatusar el hambre y la sed dejaban en los hospitales y centros de asistencia su estela de desastres; y los hasta entonces logros de la revolución, a saber, la educación, la salud y el deporte, se venían abajo bajo los estragos de la crisis.

El gobierno, por su parte, renegociaba los restos de su mercancía ideológica, al tiempo que rediseñaba a prisa una nueva cara y nuevos productos comerciales, tan etéreos e inaccesibles como la amenaza imperialista, las guerrillas en América Latina o la alianza obrero – campesino. Nada, en últimas, que sirviese de aval de crédito o capital de inversión.

En definitiva, Cuba y los cubanos negociaban aire, ideas, artefactos y simulacros. El sexo, la música y el alcohol nos servían de coartada.

 

Cuatro

El 2 de febrero de 1999, en Caracas, asumía la presidencia de Venezuela, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, el cual decía sentir una devoción discipular por Fidel Castro. Militar de carrera, pésimo economista y alucinado con las guerras y generales de la independencia latinoamericana, llegaba dispuesto a poner el dinero del petróleo venezolano en aras de cuanto proyecto se le ocurriese a su admirado maestro.

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