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Tras diez años de infinitas artimañas para sobrevivir, Fidel Castro volvía a recuperar, aún con timidez, las esperanzas en la ideología como valor de cambio. Hugo Chávez era el cliente que Cuba necesitaba para aliviar su insoportable situación socioeconómica. Por petróleo, ya lo he dicho, siempre habíamos estado dispuestos a darlo todo. Pero por mucho petróleo no sólo estábamos dispuestos a darlo todo, sino todas las veces que hiciera falta.
Aunque no todavía.
Cinco
En noviembre de 1999, Elizabeth Brotons, espoleada por la situación de asfixia que vive el país y en compañía de su hijo de seis años, decide emprender su propia ruta de naufragio hacia los Estados Unidos. La embarcación, un pequeño bote de aluminio con un motor defectuoso, zozobró. La madre pereció ahogada junto a otros diez tripulantes. El niño fue encontrado por un pescador flotando en una cámara de neumático frente a las costas de la Florida.
En Cuba, el padre del niño comenzó las gestiones para recuperar, en ausencia de la madre, la custodia del pequeño.
Fidel Castro, inesperadamente, volvía a encontrar material ideológico de primera, con el que convencer al mundo de la justeza de su desastroso sistema y, sobre todo, rearmar de forma eficiente un discurso cada vez más inverosímil y lastrado en su argumentación. Para lo cual, asumió la defensa del regreso del pequeño con el celo de quien vela una gran transacción y puso a su servicio la infraestructura necesaria para la campaña mediática que se merecía una empresa con semejantes pronósticos de rédito. En pocos días nadie en el mundo era indiferente a la suerte de Elián González. Su imagen recorría las televisoras y periódicos y la opinión internacional quedaba dividida entre, quienes lo querían de vuelta en Cuba con su padre y, quienes lo preferían en los Estados Unidos, junto a sus familiares maternos, porque, en últimas, aquélla era la tierra que su madre había elegido para ver crecer a su hijo. La historia tenía los ingredientes de la mejor telenovela. Sólo faltaba el productor dispuesto a comenzar el rodaje. Gabriel García Márquez, acaso por demostrar una vez más su enorme capacidad de genuflexión ante los Castro, escribiría el guión.
Ciento cincuenta y dos días después, tras agotadores juicios, expectativas, controversias, insultos y un reality show protagonizado por tropas de asalto del ejército de los Estados Unidos; Elián González estaba de regreso en Cuba. El caso quedaba cerrado, pero la maquinaria que se había puesto en funcionamiento para conseguirlo, estaba lejos de detenerse.
Los acuerdos de intercambio comercial (esa forma solapada de estafa tan usada por Fidel Castro), con Venezuela iban viento en popa. Hugo Chávez no daba tres pasos, sin consultar dos con La Habana. Y para colmo de felicidad, en América Latina, la izquierda, aupada por las interminables torpezas de la derecha, comenzaba a ocupar presidencias más y menos importantes. Y se empezaba a hablar de un resurgir del espíritu revolucionario de los setenta, de la llegada –esta vez sí– de los pobres al poder y de la oportunidad decisiva del continente de subvertir sus caóticas relaciones socioeconómicas.
La operación de propaganda puesta en marcha a raíz de la reclamación de Elián González recibió por nombre Batalla de Ideas y sirvió para dilapidar a grande sumas, los ingresos que el país recibía, fundamentalmente, de las remesas familiares, el canje de servicios por petróleo con Venezuela, el turismo y las empresas extranjeras.
Cada fin de semana, cada fiesta patriótica, cada día festivo, el gobierno de Fidel Castro organizaba en homenaje a sí mismo, multitudinarios espectáculos político-culturales, en sitios abrumadoramente intrincados, abrumadoramente caros. Y hasta ellos movía unidades de la radio y la televisión; generadores de energía eléctrica; módulos de luces y sonido; dirigentes nacionales, provinciales y municipales de los sectores económicos e ideológicos más importantes. Reservaba instalaciones de alojamiento y trasladaba a ellas, a los nuevos artífices de la manipulación de la dictadura.
Niños y jóvenes, en su mayoría estudiantes de escuelas de arte, protagonizaban la parte lúdica del show. Para la seriedad y el amargor, quedaban reservados los artistas plásticos y los intelectuales de menor o mayor talento, dispuestos a rubricar la fantochada de, las así llamadas, Tribunas Abiertas de la Revolución. En definitiva, ferias ideológicas diseñadas para reencauzar la didáctica del discurso nacional inaugurado en los noventa.
Se trataba, en esencia, de entorpecer y dinamitar el desarrollo de esa ansiedad de bienestar existente en la población, al tiempo, que se le otorgaba a las instancias de gobierno, nuevas razones para trasmitir confianza en el gobierno de los hermanos Castro y en el proyecto de descalabros que habían asumido por mandato. Pero no con bienes materiales, opciones de desarrollo individual u oportunidades empresariales, sino con productos seudoartísticos y seudoliterarios, que, por muy arriesgados que intentasen llegar a ser, a lo sumo sólo podían trasmitir la interpretación del descalabro, nunca el descalabro mismo. El arte manipulado se convertía, por tanto, en la mímesis de la manipulación.
La disconformidad artística quedaba reconvertida en agradecimiento y aceptación, a cambio de pequeñas y circulares fiestas al ego, la patria y el nacionalismo. Las nuevas generaciones debían crecer impregnadas de esa esencia cultural que la revolución intentaba dirigir hacia ellas. Por fortuna, sin demasiada suerte.
El proceso era costoso, naif e inútil. Y la maquinaria de transformación social iniciada tras la caída del Muro de Berlín, no era redimible con loas al propio proceso que propiciaba aquella sima insalvable entre el estado y el ciudadano. Cuba, a los ojos de sus propios habitantes, parecía una nación anclada en un sitio impreciso de la atemporalidad.
Y los mejores cronistas de ese desfase eran sus propios exiliados. En su mayoría, gente sin demasiadas parcelas ideológicas, que, justamente, por su posición de resignación política y, en una inmensa mayoría, su condición asalariada; la legitimaba como excelentes trasmisores de la inoperancia y descontextualización del sistema socioeconómico cubano. Además, este nuevo exilio, nada tenía que ver con la imagen delictiva y terrorista que, durante años, el gobierno había impugnado a sus exiliados desde los primeros días de 1959.
Aquellos que ahora regresaban a la Isla, ya no eran los empresarios, profesionales o funcionarios que la habían abandonado tras la llegada de Fidel Castro al poder. Si no, personas nacidas dentro de los años, llamados de la revolución cubana, cuyo desencanto no lo había provocado un nuevo gobierno, sino el único que habían conocido y, que, durante décadas, les había asegurado estar encaminándose hacia un porvenir luminoso. Por tanto, esa condición compartida con los habitantes de la Isla, los aseveraba como narradores fieles del suceso exterior y, sin dudas, modelos a imitar.
La necesidad de bienestar generada durante la crisis de los noventa, daba paso a una ansiedad mayor, la de huir.
Fidel Castro parecía confundirse con el poder eterno y con la atemporalidad de la Isla. La quietud volvía a instaurarse como el paisaje definitivo y nada en el horizonte anunciaba posibles cambios o transformaciones. Al menos, no hacia delante. Por tanto, se imponía variar el sentido de cualquier movimiento a emprender. Y lo de menos, era la presencia o no de Fidel Castro en el poder. Lo realmente necesario, vital incluso, era que el ciudadano pudiese contar con una opción de huída. Una vez lejos, la existencia del Máximo Líder perdía valor, se extinguía.
Aparecía un nuevo modelo social: el exiliado con preaviso.
Todos estaríamos en la Isla hasta que nos llegase a cada uno el buen día del adiós. Y los adioses, por lo regular, es mejor no demorarlos demasiado. Mientras, siempre estaba ahí el mercado negro, la prostitución, el alcohol, el contrabando, el proxenetismo, el robo y los negocios, habitualmente ilegales. Y el poder, claro, como un puente que siempre, o casi siempre, termina desembocando en los restantes males. Eso, cuando no los exacerba.
Cuba, 1971. Escritor. Ha publicado Cantar cansa (poesía, 1995); Al final las tardes todas (poesía, 1998); Abril de whisky y viernes en las rocas (cuento, 2001); Un adiós para Violeta (novela, 2007); Zona de silencio (poesía, 2007). Ha ganado, entre otros, el premio Gabriel Sijé de novela corta 2006 y el primer Premio Internacional de Poesía Hipalage.