OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Junio 2009. Antilde;o tres. Número ocho

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Datos de la revista, junio 2009, año 3, número 08
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Luis Alberto de Cuenca

 

por Arturo Tendero

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En su despacho de Director de la Biblioteca Nacional, Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) insiste en que el poeta no es un bicho raro y que lo único que lo diferencia de las demás personas es su manera de mírar el mundo. Acaba de publicar en Visor una antología de su obra poética, recogida bajo el titulo de Los mundos y los dias1. Fiel a su formación clásica, cree a pies juntillas en esa forma posmoderna del destino que es el azar. "Somos", dice, "como un ciego con una pistola; podemos usarla para el bien o para el mal. Pero, como todo es azaroso, no depende siquiera de nosotros mísmos".

 

En la Poética con la que abre su participación en la Antología consultada de Visor2, asegura que la poesía solo ocupa una parte de su vida. ¿Qué importancia tiene esa parte?

Siempre he experimentado un cierto rechazo hacia aquellos poetas que iban de poetas desde que se levantaban hasta que se acostaban, que suelen ser gente bastante insoportable, con unos tics muy determínados y con una manera de ver el mundo bastante enfermíza. A mí los poetas que más me importan de la literatura universal eran personas normales y corrientes que además tenían el don de escribir versos. Pero no creo que la tarea, la función, o el oficio de poeta lo distinga de los demás seres humanos. Todos tienen virtualmente todas las posibilidades que se puedan desarrollar: todo el mundo tiene un científico dentro, un maravilloso electricista, un albañil formidable y un poeta, y me parecen actividades igualmente respetables. No me parece que el hecho de ser poeta me distancie de los demás mortales. En ese sentido decía que la poesía no es toda mí vida. Porque cuando va uno de poeta, se pone pesado.

 

Se advierte en esa Poética un afán de desmítificar no sólo el oficio, sino la poesía en sí, de acercarla a la gente de la calle.

Es que la poesía siempre ha estado del lado de la gente de la calle, no es una cosa que se haya inventado la poesía social. Imaginemos por ejemplo la poesía épica, que a mí es la que más me importa y más me interesa, mucho más que la poesía lírica, que al fin y al cabo es una advenediza muy posterior en el tiempo; pues a los poetas épicos los escuchaba toda la tribu y era una especie de sucedáneo de la televisión y de todos los medios de comunicacion que ahora tenemos. Para mí la poesía está muy enraizada en la vida de los pueblos y en la gente. No creo que sea el siglo XX el que se haya enterado de esto. Otra cosa es que haya habido poetas extraordinarios que hayan planteado problemas de comunicación puesto que exigían del lector o del receptor un esfuerzo mayor. Pero, a mi modo de ver, también acaban incidiendo en la gente. Estoy pensando en un Mallarmé, o en un Perse, por ejemplo. Al final, si uno se esfuerza, acaba convirtiéndolos en mensajes propios. La poesía, si no está enraizada con la vida, con qué va a estar. El mundo es el mismo para todos. Lo que cambia es la mirada, tal vez. La mirada poética es una mirada de cierto privilegio, de cierta distincion y es una mirada que no todos los hombres tienen. Una forma de mirar, igual que los pintores tienen la suya.

 

¿Qué grado de sinceridad autobiográfica hay en su propia poesía?

Hay que hablar de una sinceridad en lo que es literatura y de una sinceridad en lo que no es literatura. Yo puedo ser un perfecto mentiroso en mi vida y sin embargo ser muy sincero en literatura, y viceversa. Yo creo que la literatura, con estar muy próxima a la vida y con beber de sus fuentes, sin embargo sigue un recorrido paralelo y no llega a juntarse nunca con ella. La ficción es su constituyente fundamental. En ese sentido, el personaje que habita en mis versos no soy yo, es un personaje ficticio; lo que ocurre es que, evidentemente, tiene muchísimas características o rasgos del poeta que lo ha diseñado o que lo ha inventado. Pero conviene hablar siempre de un yo ficcionalizado, o un yo inventado, para referirse al protagonista de los poemas.

 

En la misma Poética a la que nos estamos refiriendo, habla de sinceridad en otro sentido, en el sentido de necesidad del poema.

Ese concepto es muy importante. No entiendo como se puede hacer un poema que no sea estrictamente obligatorio, esctrictamente necesario. Los poemas no se escriben porque uno esté aburrido o porque llueve o porque tiene un par de horitas en que no sabe qué hacer antes de ir al cine. Los poemas se escriben a pesar de uno. Hay un vínculo de obligatoriedad entre el poeta y su poema. Los poemas surgen en los momentos menos pensados. Pueden surgir cuando estás en el autobús, camino del trabajo; pueden venirte cuando estás durmiendo. Cuántas veces me he levantado sobresaltado y he tomado unas notas y de ahí ha surgido un poema. Mi libro El otro sueño(3), del 87, es un libro realmente inspirado en el sueño.

 

¿Cree entonces que es imprescindible un impulso que viene de fuera, al que podemos llamar inspiración, y que usted asocia literariamente con una brisa que sopla en su calle?

El concepto de inspiración, que es un concepto romántico y que se ha puesto en tela de juicio, yo sigo pensando que existe. Lo que ocurre es que luego también existe el trabajo. Con inspiración y sin trabajo no se hacen versos. Se suele emplear en estos casos una frase muy conocida: "la musa te regala el primer verso, tú tienes que escribir los demás". Eso está claro.

 

¿Cuándo le ataca a usted la inspiración?

Yo creo que eso va en biorritmos. Lo mismo que un día tienes ganas de llorar, otro día estás exultante, otro estás escéptico, otro día estás apasionado, el poema responde también a estados de ánimo. Pero curiosamente no a un determinado estado de ánimo, sino que en momentos de exultación puede surgir el poema, pero también en momentos de abatimiento. En cambio hay momentos de exaltación en que no surge el poema y momentos de abatimiíento en que tampoco. No hay una regla general en mi caso. Surge cuando le da la gana. Es un tirano, un personaje arbitrario, un individuo lamentable.

 

Le será entonces difícil tener manías, como la de escribir con pluma...

No, yo no tengo ninguna manía. Suelo escribir en lo que tenga a mano, con lo que tenga a mano. Tomo algunas notas, pero luego inmediatamente me voy a ponerlas en el ordenador. Donde surge el poema, en mí caso es, horror, en la pantalla del ordenador.

 

¿Y Cuándo lo da por terminado? ¿ha cambiado de costumbres desde que, hace quince años, más o menos, escribe con estructuras cerradas?

Depende del poema. Hay poemas como uno que escribí, recuerdo, en una reunión científica hace años y que realmente me salió armado desde el primer verso hasta el final. Estaban los conferenciantes aburridos y opté por escribir un poema, o me vino el poema y me dijo: escríbeme. Ese poema nació armado, se llama El bosquell3. No tuve que corregir una sola letra. Sin embargo, en otros, viene como una idea vaga, como unos seis versos trenzados y luego hay que escribir catorce o dieciocho porque es lo que pide. Entonces se gesta en diferentes sesiones, incluso cuatro o cinco. No más tampoco porque, claro, cuando un poema se resiste tanto, es mejor escribir uno nuevo o esperar a que venga, ya que ese no ha venido bien, ha venido con síndrome de Down o con problemas, o ha venido mutante, yo que sé.

 

Valora también en su Poética, que es muy completa, la necesidad del poema, la claridad, la sensibilidad, la técnica con que está hecho.  ¿Son las referencias que utiliza en su faceta de crítico?

La verdad es que no. Una cosa es lo que yo explicito en mi Poética y otra cosa son los conceptos que utilizo para la crítica. No hago mucha crítica de poesía; habré hecho ocho o diez críticas de autores contemporáneos, porque no es el territorio en el que me encuentro más a gusto. Prefiero hacer crítica de clásicos o de ensayo, de filologia o de cómic, que es otro de mis géneros favoritos.

 

O de novela policiaca.

La novela de género en general también me fascina. Pero en las críticas de poesía no utilizo las mismas varas de medir que utilizo al hablar de mi propia poesía. Yo creo que se puede hacer una poesía extraordinariamente interesante, atractiva y buenísima que no sea sincera, que no sea obligatoria, que sea artificiosa, oscura, qué sé yo, todo lo contrario de lo que digo en mi Poética. Creo que los caminos del Señor son múltiples y que la verdad no existe, sino que nos aproximamos a ella por diferentes conductos. Y creo que, a la hora de hacer crítica... Mire, el viernes vamos a fallar el Premio de la Crítica de este año, y para ello voy a guiarme por criterios de lo que yo entiendo que es la calidad literaria, que son mucho más amplios por supuesto.

 

A lo mejor su objetivo tiene más que ver con lo que propone en El héroe y sus máscaras4, en un artículo dedicado a Gilgamesh, donde pretende incitar a la gente a esa lectura porque usted ha disfrutado mucho con ella.

Lo comentaba hablando de Borges que, entre otras virtudes, tiene una importantísima: ayuda a encontrar lecturas arrebatadoras. Primero te invita a entrar en su mundo que es fascinante siempre, y luego está continuamente hablando de autores que te apetece leer. Es un auténtico revulsivo de lecturas. Y eso también he intentado yo hacer en mis ensayos: invitar a la gente a disfrutar con lo que yo he disfrutado. Para mí es importantísimo en literatura el concepto de placer o de disfrute. Yo no creo que la literatura esté para que suframos, que bastante nos hace sufrir ya la vida, sino para poner un poco de bálsamo o de pócima vigorizadora, como el elixir de Asterix o una cosa de éstas, que nos ayude a sobreponernos al duro trance de la vida cotidiana.

 

¿Le parece entonces que la poesía resulta útil?

Toda poesía, toda literatura es, por esencia, útil, en la medida en que ayuda a la gente que se sumerge en su lectura a olvidarse del agobio cotidiano o a adquirir una dimensión de sí mismo que ignoraba. A veces las lecturas te dan muchas más pistas sobre tu propio yo que tus prospecciones íntimas o solitarias. El encontrarte con un autor te ayuda mucho a descubrir tu propia máscara o a quitarte una de las máscaras y descubrir que abajo hay otra. Yo creo que toda literatura es por definición un elemento que ayuda a vivir, y en ese sentido es útil.

 

Le he leído que a los poemas les exige una especie de cóctel, en el que entran ingredientes como el dominio del oficio, la conciencia de género, el rigor en la construcción y, sobre todo, y aquí hace especial hincapié, el oído. Se queja de que está harto de leer endecasílabos mal acentuados.

Independientemente de que creo que se puede utilizar endecasílabo (o alejandrino, o verso libre en cualquier proporción y de cualquier modo, porque creo que se trata únicamente de plantear de manera bella un contenido atractivo), de lo que no me cabe la menor duda es de que el poeta ha de tener oído. Pero también, si me apura, el prosista. Alguien que tenga la mollera cerrada a la música probablemente escribirá cosas que tengan un interés científico, o psicológico, o teológico, como quiera llamarlo, pero no literario. Porque la literatura es un arte de transmitir belleza. Por eso creo que hay que tener oído, lo cual no quiere decir que hay que hacer versos rimados, o versos medidos; pero tiene que haber una cierta música interior en cada texto. Eso se ve muy bien en los columnistas de los periódicos: los mejores tienen siempre una música absolutamente irrepetible, personal e instransferible. Nadie la tiene más que ellos. Hay que buscar la propia música. La literatura lo que hace es escribir palabras que puedan decirse y pronunciarse, y no cabe duda de que con cualquier manifestación oral o fónica tiene mucho que ver la música.

 

También se autodefine como un mal lector de poesía actual.

Porque la vanguardia histórica, que a mí me apasiona, el dadaísmo, o el surrealismo, no encuentra, a mi modesto modo de ver, su correlato de calidad en la neovanguardia o la posvanguardia. Por lo general la poesía contemporánea no contempla ese cóctel de condiciones que yo le pedía a la poesía, del mismo modo que sí las contemplaba la poesía del Renacimiento. Tampoco la poesía del XIX las contempla. No es una manía personal contra este siglo que ahora termina, sino contra una visión de la poesía que se aleja de esos ingredientes. Pero no significa que no haya infinidad de cultivadores que sí se adaptan a este precepto personal mío. A mí la poesía contemporánea me interesa mucho. Hay muchos poetas que me apasionan.

 

El poeta suele ser autodidacto. Quizá por ahí le vengan en general las carencias técnicas.  ¿Qué cree que se puede aconsejar a un poeta joven?

Yo creo que es muy difícil decir: vamos a educar poetas. Yo creo que nacen de esa sensibilidad, de esa mirada de la que hablábamos. Sin perjuicio de que eso le convierta en un perro verde. ¿Qué se puede hacer con alguien que tiene predisposición a escribir versos? Pues yo creo que ofrecerle lecturas fundamentalmente. Y eso significa que unas veces topará con gente que le ofrezca lecturas que le van a servir de algo y otras veces se equivocarán con él. Ese es el riesgo que hay que correr. En la escuela es muy difícil formar creadores. En la escuela se forma gente con una cultura general que creo que es imprescindible, sobre todo en los aspectos históricos y geográficos. Más vale enseñarles historia y geografia que otra cosa. Que estén ubicados en el conocimiento histórico de la literatura, del arte, de la filosofia. Si al niño o al adolescente lo ubicas en un contexto de historicidad, a la larga, si tiene esas facultades poéticas, se acercará a Petrarca, se acercará a los provenzales, se acercará a los poetas helenísticos, se acercará a los poetas surrealistas, se acercará a la generación del 50 en España, y escribirá versos.

 

¿Y no le parece que la poesía actual tal vez este más cerca de su sensibilidad, de sus problemas y de su manera de expresarse?

No sé qué decirle. Yo creo que hay un elemento de permanencia en la gran poesía que sigue vigente. Hay cosas que se están escribiendo ahora mísmo que son mucho menos actuales que por ejemplo leer a Bécquer o a San Juan de la Cruz. Los grandes escritores son de todos los tiempos y de todos los países. Su mensaje siempre es universal. No creo que la vigencia sea un problema de que se escriba con la voz de hoy.

 

Usted desde luego no tiene dudas con respecto a su propia influencia. Reconoce a los provenzales y a los helenísticos como sus contemporáneos. Dice que, hace unos años, estas lecturas le indujeron a cam­biar su manera de escribir.

El humor, el coloquialismo, un cierto tono epigramático, yo creo que eso me lo dieron los antiguos. 0 sea que, a ve­ces, el descubrimiento de la modernidad está en lo antiguo, descubres el futuro en lo pasado. Las líneas no son tan claras. Cuando los estudiantes demandaban en primero de carrera: queremos estudiar historia universal, pero sólo desde la Se­gunda Guerra Mundial hasta nuestros días, creo que cometían un error. A mí me interesa, pero no me parece necesaria­mente más actual esa guerra que la gue­rra del Peloponeso. Hay que buscar siem­pre los espacios intelectuales y literarios que sean ucrónicos, es decir, que perte­nezcan a todos los tiempos a la vez.

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