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Bajábamos por La Rampa hacia el mar, y rebasada la heladería Bim Bom, empezábamos a apartarnos de la zona gay: Chernobil, Cayo Pluma o 23 y Malecón, como cada uno quiera llamarla, que como cada sábado estaba en su punto, mientras comentábamos que si los hermanos Warchowski no habían vuelto a dar en el clavo después de Matrix.
Y de ahí pasamos a que lo que valía la pena era escribir cosas raras, era lo que daba premios literarios y ganaba Oscars al mejor guión, como aquel Mulholland Drive de David Lynch que no entendió ni su madre, recordaba yo, y Michael, músico al fin, que si era como cuando el dodecafonismo y Stravinsky y John Cage y la música concreta, con lo fácil que era hacerse entender cuando uno tenía algo que decir: las extravagancias y demás invenciones sólo servían para enmascarar la falta de auténtico talento…
Y en ese momento aparecieron las luces.
Eran las doce en punto, la hora de las brujas. Qué coincidencia ¿no? Lo recuerdo bien porque, con instinto de policía, miré el reloj apenas empezó el show.
No voy a hablar mucho del espectáculo. Toda La Habana lo vio, y ahora que hasta el más pinto de la paloma tiene cámara digital, las fotografías llovieron. Si algunas salieron en la CNN y hasta en el noticiero de aquí.
Así que ya ustedes sabrán más o menos lo que pasó, entonces: los colores en el cielo, la claridad como si fuera de día, el efecto estroboscópico como en una discoteca gigantesca. No como un aterrizaje de platillos voladores, ni como explosiones nucleares ni como “el albor de una nueva era” como dijeron después algunos de esos ufólogos fanáticos medio tostados y siempre con gruesos bultos de papeles bajo el brazo, que se reúnen los domingos en la Plaza de Armas a contarse sobre la conspiración internacional de los gobiernos para esconder la evidencia del Contacto.
No, nada tan convencional. Sólo luces raras de muchos colores, sensación de que el tiempo fluía más lentamente, ligera incomodidad, cosas así.
Vaya, casi como en una disco cuando ponen demasiado reggaetón.
Pero mucho más impresionante, cómo no.
Duró poco, más o menos un par de minutos. Recuerdo que conversando después del fenómeno, Michael me dijo que si él fuera yo, habría escrito un cuento bien de ciencia ficción sobre aquello, al estilo de Los mundos que amo, de nuestra muy echada de menos Daína Chaviano, claramente inspiradoen Encuentro Cercano de la Tercera Fase de Spielberg.
Pero yo le dije que a estas alturas de la ciencia ficción, con unas lucecitas, por raras que fueran, no bastaba para una historia, que tendría que ocurrir algo más. Tipo lluvia de peces vivos, aparición de hongos extraños o cosas así, dignas del celebérrimo Libro de los Condenados de Charles Fort, que él nunca quiso leer.
Sí, tendría que ocurrir algo más.
Quién se iba a imaginar cuánto más…
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En la ciencia ficción a cada rato alguien escribe un cuento sobre trasplante de cerebro. Como el clásico Hoity-Toity de Alexander Beliáev. Un cerebro humano trasplantado al cuerpo de un elefante.
Siempre me he preguntado por qué no lo llaman trasplante de cuerpo, si a fin de cuentas el cerebro es lo que lo define a uno. Me imagino también lo que debe ser despertarse en el postoperatorio y sentir que los brazos no son los brazos que uno debería tener, ni las piernas las que recuerda, mirarse al espejo y ver otra cara en lugar de la tuya. Eso, claro, suponiendo que el trasplante sea al cuerpo de otro humano. Si yo me despertara en el corpachón de un elefante, por más que me hubieran avisado, me daría algo.
El caso es que, después del espectáculo de luces de aquella medianoche de sábado, por algunas semanas fue como si a La Habana que yo conocía le hubieran cambiado el cerebro.
Aclaro, como buena lectora de ciencia ficción, para evitar confusiones, que no era tampoco como en Dark City, que cada noche los edificios cambiaban de lugar, ni como en Viaje por tres mundos de los Abrámov y tantas historias de universos paralelos, que hay pequeños cambios en los lugares, aunque en general todo permanece más o menos igual.
No; La Habana era exactamente la misma, claro, con sus barrios de siempre, su rico Miramar y su Centrohabana llena de solares… sólo que empezaron a pasar cosas que nunca habrían pasado en la ciudad de antes.
Estoy segura de que no fui la única que notó algo, ni mucho menos. Claro que, gracias a la sana tradición de nuestra prensa escrita, radial y televisiva, de no reportar hechos extraños ni criminales, de fingir siempre que todo está bien y que nada raro ocurre jamás (recuerdo el chiste del fantasma de Napoleón diciéndole a Fidel que si él hubiera tenido un periódico como Granma, nadie se hubiera nunca enterado de que había perdido en Waterloo), probablemente la mayor parte de la población de la ciudad no tuvo acceso a todas las informaciones que llegaron a mis manos como oficial criminalista, ni atinó a formarse un cuadro general como yo sí pude hacerlo.
Y quizás fue mejor así, porque… la verdad es que daba terror.
Así que voy a enumerar rarezas, y que me perdone Charles Fort.
El primer lunes después de aquel sábado del show de luces, decenas de personas vieron grandes cardúmenes de peces nadando arriba y abajo por el Almendares. De acuerdo, no es ni con mucho tan impresionante como ver llover ranas vivas, y el grado de contaminación de nuestro río ha disminuido mucho en los últimos tiempos, pero… ¿manchas enteras, así de pronto? Pone a pensar ¿no?
Un muy buscado violador de menores y asesino en serie que ya tenía en su lista once víctimas y operaba en Buena Vista, Playa, se entregó voluntariamente a la policía. Bueno, esas cosas sencillamente no pasan en este país… ni en casi ningún otro, me temo. Al principio, lógicamente, nadie lo creía; no fue hasta que llevó al instructor a donde tenía enterrados los cuerpos de otras dos niñas que se daban todavía por desaparecidas que se lo tomaron en serio. Creo que nunca lo hubieran atrapado; el tipo era nada menos que de Cojímar, y en su vida cotidiana, gay de carroza declarado… las cosas que se ven ¿no?
Tres días más tarde, a media mañana, y sin que lloviera ni pasara por delante ningún camión pesado, los edificios de toda una acera de Cayo Hueso, en Centrohabana, se desplomaron al unísono. No se reportaron víctimas. NINGUNA. Que se caiga un viejo caserón acribillado de barbacoas no es noticia; gracias a lo que los arquitectos han dado en llamar estática milagrosa, esas construcciones aguantan de pie hasta que simplemente se desmoronan en escombros. Pasa a cada rato, sobre todo en verano, cuando llueve a cántaros. Lo raro es que les sucediera a ocho edificios a la vez… y que nadie resultara muerto ni herido, que es lo normal en tales casos. Siempre hay una abuelita que estaba en casa cocinando o un tío sereno que estaba durmiendo la siesta. Muy raro; como si todos los arquitrabes se hubieran puesto de acuerdo para autodemolerse en el preciso instante en que no iban a costarle la vida a nadie.
Durante la segunda semana de julio llovió todos los días: exactamente desde las 3 y 25 de la tarde hasta las 4 y 50. Siete días de aguaceros torrenciales puntuales como relojes suizos. No sé si alguien fuera del Observatorio se dio cuenta… allá, los meteorólogos estaban como locos. Incluso se llegó a hablar de un ataque climático por parte de los Estados Unidos.
El 22 de julio, en el Zoológico Nacional de 26, en vez de un solo rinoceronte amanecieron tres. Idénticos hasta la última manchita. La administración y los cuidadores de Naricita, como se llamaba la bestia ¿puede decirse multiplicada?, pensaron primero que era una broma, luego notaron el increíble parecido y llamaron a Biotecnología. No sé a qué conclusión llegarían los del Polo Científico, tras medio millón de análisis… pero al asunto se le echó tierra. Uno de los paquidermos ¿clonados? fue a parar al zoológico de Santiago de Cuba, el otro… ni yo misma lo sé.
El 24 de julio tembló la tierra perceptiblemente. No fue un auténtico terremoto, ni hablar, apenas unas sacudiditas de nada, pero varios colegas santiagueros de la Unidad dijeron que era casi como en la Ciudad Héroe. Y la sensación, como tantos habaneros recordarán, no fue nada agradable. No sé cómo hay quien vive tan tranquilo en Chile, Perú y San Francisco…
El 28 de julio, y durante 3 minutos exactos, TODA la ciudad de La Habana sufrió un apagón no programado. La divulgadora de la Empresa Eléctrica ofreció disculpas por televisión, anunció que se estaba investigando el fenómeno “cuyas causas hasta el momento se desconocen” y por una vez, incluso sonó sincera...
El 30 de julio ¿casualmente? Día de los Mártires, un extraño golpe de viento arrancó A LA VEZ todas las banderas negras con estrella blanca que ondeaban sobre la Tribuna Antimperialista José Martí, frente a la Oficina de Intereses de los Estados Unidos, y las arrastró tierra adentro. Menos de la mitad fueron recuperadas… recuerdo que Michael, que siempre me decía lo buenas que estaban para hacerse una camisona, comentó que alguna gente sí tenía suerte. Todo ocurrió a plena luz, así que, por una vez, nadie pudo echarle la culpa a los yanquis.
La mañana del 2 de agosto decenas de pescadores de cámara habituales, que regresaban de su noche de faena, se encontraron con la desagradable sorpresa de que las aguas se habían retirado más de doscientos metros del Malecón. Temiendo un ras de mar, corrieron por el diente de perro arrastrando sus improvisadas embarcaciones, pero por suerte, nada ocurrió. En las siguientes horas, poco a poco, las olas fueron recuperando el terreno perdido. Meteorología no comentó ni ofreció explicaciones para el fenómeno. Quizás porque no se les ocurrió ninguna.
El 4 de agosto, a las diez de la noche, y sin que se hubieran puesto en absoluto de acuerdo, varios cientos de personas de ambos sexos completamente vestidas de rojo coincidieron en la esquina de 23 y L, con lo que el portal del cine Yara pareció por algunos minutos invadido por las tropas de algún extraño ejército. La PNR, como es de suponerse, tomó de inmediato cartas en el asunto, deteniendo a decenas de “sospechosos”: “además de las Damas de Blanco, no íbamos a permitir también a la Gente Escarlata ¿no? y menos en el medio del Vedado” me contó un subteniente nacido en Alto Songo, orgulloso de su rápida respuesta. Se decretó una alerta policial, y yo misma interrogué a varios de los supuestos “disidentes”… pero en vista de que no fue posible demostrar una relación entre ellos, ni se encontró ninguna evidencia de aviso en Internet o en otro medio coordinando una protesta de cualquier tipo, hubo que liberarlos a las 72 horas… no sin expedientarlos antes hasta al último, claro está.
El 6 de agosto, todas las auras tiñosas que suelen posarse y/o sobrevolar el Obelisco de la Plaza de la Revolución parecieron ponerse de acuerdo para descender y congregarse en medio de la explanada, al mediodía. He visto las fotos: así, agrupaditas en tierra, más que majestuosas carroñeras planeadoras parecen simples gallinas de guinea negras con el pico un poco raro. Aunque los custodios del edificio del MININT y del Consejo de Estado intentaron espantarlas, pues con su mal olor y fea apariencia estaban ahuyentando a los turistas extranjeros que casi a cualquier hora del día visitan en grupos el lugar, las aves permanecieron en el suelo durante casi dos horas antes de que, tan de repente como habían aterrizado, despegaran todas, llenando el aire de una desagradable fetidez con sus aleteos para remontarse.
El 7 de agosto, como en el clásico cuento de Arthur C. Clarke Marque F de Frankenstein, todos los teléfonos de Ciudad de La Habana (incluidos los públicos y los celulares, para más INRI) sonaron a las 6 y 14 de la mañana. Y cuando los soñolientos usuarios levantaron los manófonos, sólo escucharon la habitual voz femenina y seductora grabada, informando “el número que usted ha marcado no corresponde a ningún abonado”. ETECSA no pudo ofrecer ninguna explicación racional para el incidente, y hubo quien volvió a hablar de sabotaje del enemigo, claro.
La madrugada del 8 de agosto, un insólito géiser de fuego estalló en la céntrica intersección vedadense de Línea y L, arrojando trozos del destrozado pavimento y alzando sus potentes llamas a decenas de metros de altura. Lo raro es que ninguna conductora maestra de gas de la calle pasaba por ahí. El fenómeno, que los geólogos asociaron a una bolsa superficial de gas natural, duró hasta bien entrado el día siguiente, y luego, tan de golpe como había surgido, se apagó. Esta vez sí se reportaron víctimas, aunque sólo con quemaduras leves: dos fotógrafos que, en busca de una buena instantánea, violaron el perímetro de seguridad establecido por combatientes del Departamento General de Prevención y Extinción de Incendios.
¿Tengo que seguir la lista?
Es fácil ver por qué esta vez la teoría de la conspiración anticubana no prosperó. Los fenómenos no parecían relacionados entre sí más que por su rareza. Eran… desviaciones estadísticas, como en Relato sobre una gigantesca fluctuación, de los hermanos Strugatsky… acontecimientos improbables, que no de plano imposibles.
Pero, fuera como fuera, asunto como preocuparse.
No resulta entonces extraño que, el 10 de agosto, el Poder Popular y el Partido de Ciudad de La Habana se decidieran finalmente a convocar a la policía, los bomberos, Meteorología, la Defensa Civil, la Empresa Eléctrica, ETECSA, Tropas Guardafronteras y otros organismos mantenedores del o al menos relacionados con el orden urbano, a una reunión de emergencia, donde se discutirían las causas de la insólita ola de fenómenos extraños que estaba azotando la metrópoli… y las medidas a tomar para detenerlos antes del cercano cumpleaños de ya se sabe quién…
Yo asistí, junto con Luis Carlos. Como oficial de la PNR, ya estaba al corriente de la mayoría de los incidentes más o menos “anómalos” de las últimas semanas… excepto aquel de los nutridos grupos de inmigrantes ilegales cubanos reportados en Amsterdam, Barcelona y Moscú, dado que, por supuesto, por su carácter extraterritorial incumbía ante todo a Relaciones Exteriores, y al máximo, a la Aduana y Guardafronteras, no a la policía u Orden Interior.
Así que, mientras los demás participantes en el encuentro discutían, gritaban y se acusaban mutuamente de incompetencia, flojera ideológica y/o colaboración con el enemigo, yo aproveché el tiempo para leer el expediente compilado sobre el curioso asunto, y enterarme así de todos sus pormenores…
¿La reunión? Como era de esperarse, no sirvió de mucho y no se llegó a ninguna conclusión.
La mitad de los asistentes simplemente negaba con total terquedad que algunos de los acontecimientos reportados hubiese realmente tenido lugar. Los otros los achacaban, sin pensarlo mucho, a un complot de la SINA y la CIA con los disidentes para desestabilizar la capital.
Un teniente coronel del MININT dijo que podía tratarse de un plan secreto a largo plazo creado por los rusos para hacer entrar en crisis el país como respuesta a una invasión extranjera, que se habría activado por error… Y hasta hubo un coronel del MINFAR que propuso muy seriamente declarar el estado de sitio, sacar las tropas y los tanques a la calle e implantar el toque de queda de inmediato.
El caso es que apenas si lo recuerdo todo vagamente, más como una película que como un suceso real al que yo estuviese asistiendo en persona; el informe sobre las nuevas oleadas de inmigrantes ilegales cubanos que estaban llegando a las capitales europeas había atrapado por completo mi atención.
No resultaba novedoso para mí (ni en verdad para casi nadie) el que mis compatriotas, ansiosos de abandonar el país, recurrieran a los medios más imaginativos y extravagantes. Empezado por el ya clásico “quedarse” o desertar escurriéndose en el pandemonio de los aeropuertos internacionales de Shannon, Barajas o Gander, hasta sistemas mucho más arriesgados. Como el de los varios mecánicos de aviación que llegaron a Canadá o Europa como polizones en un jet… algunos de ellos incluso vivos.
Y ni hablar de los balseros. Me han dicho que en Miami hay nada menos que un museo donde se muestran algunas de las más originales embarcaciones en que los cubanos han cruzado o intentado cruzar el Estrecho de La Florida: desde un viejo auto americano calafateado para impermeabilizarlo y con una hélice añadida para su propulsión acuática, hasta un caballo con dos tanques de 55 galones amarrados a cada lado de la montura y patas de rana en vez de herraduras con el que un guajiro pinareño (tenía que ser) se aventuró entre las olas.
Pero siempre había un vehículo, un truco, un sistema demostrable, palpable, creíble, por temerario que fuera.
En el caso de estos nuevos inmigrantes, no.
Simplemente, APARECIAN en Barcelona, Amsterdam y Moscú, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, sin poder explicar cómo habían cubierto la distancia, dado el salto, realizado el viaje. Ninguno tenía visa, la mayoría tampoco pasaporte, pocos llevaban dinero suficiente como para emprender en serio la aventura de abrirse camino desde cero en un país extraño. Pero estaban AHÍ. Habían logrado su sueño, y acogiéndose a la Ley de Ajuste Cubano, acudían de inmediato al respectivo consulado de los EE. UU a pedir asilo, sin imaginarse la inmensa cantidad de trámites necesarios para ingresar en territorio norteamericano, incluso siendo cubanos, cuando se encontraban en un tercer país y no podían demostrar que eran en verdad políticamente perseguidos…
Con razón las embajadas cubanas en España, Holanda y Rusia habían acabado enterándose del fenómeno. Para los respectivos departamentos de inmigración yanquis en aquellos países, manejar cada semana a cuatro o cinco presuntos inmigrantes de la isla que solicitaban asilo ya era bastante engorroso ¡ni que decir tiene encargarse de 50 o incluso 100! Y todos insistiendo en que no habían llegado en avión, sino ilegalmente. Ya era demasiado.
Por otro lado, los consulados cubanos no disponían de suficiente dinero como para repatriar a tantos ciudadanos… suponiendo que ellos hubieran querido, claro. Tampoco tenían recursos para alojarlos y mantenerlos. Y ni siquiera podían simplemente liberarlos, porque ni España ni Holanda ni Rusia estaban dispuestas a hacerse cargo de ellos. Era todo un dilema diplomático.
Debió ser únicamente por eso, y por pura disciplina (me imagino que el Consejo de Estado, preocupado por los fenómenos que estaba sufriendo La Habana, enviaría a todas sus dependencias dentro y fuera del país una imperiosa circular solicitando reportes inmediatos sobre cualquier acontecimiento más o menos “inusual”) que los burócratas de las Embajadas notificaron el asunto a La Habana, donde nadie le había prestado mucha atención.
Porque, la verdad sea dicha, en medio del caótico y anómalo panorama que era la ciudad en los últimos días, aquel problemita de los inmigrantes ilegales parecía por puro contraste casi tranquilizadoramente convencional, pura rutina, si no fuera porque…
¿Por qué?
No sé, pero algo me llamaba la atención en aquel caso.
Muchos hablan del instinto policial. De la intuición femenina. Instinto e intuición son maneras de decir que nuestro cerebro desarrolla procesos de deducción y análisis de datos, a niveles tan sutiles que se mantienen inconscientes. Una SABE, pero, a diferencia del razonamiento consciente, no sabe CÓMO SABE.
Y yo SABÍA. No tenía aún claro qué cosa, pero SABÍA, de algún modo, que aunque pareciera ocurrir en el exterior, aquel asunto estaba directamente relacionado con la preocupante ola de sucesos “fortianos” que había congregado en aquella sala a tantas autoridades metropolitanas.
Aquel conocimiento inconsciente pugnaba por abrirse paso hacia mi conciencia.
¿España, Holanda, Rusia? Barcelona, Amsterdam, Moscú…