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-Antes la rana cría pelos- suspiré –Sin contar con que, en lo que cartas van y cartas vienen, media PNR se entera de que la idea fue mía, y el bonche no me lo quita nadie de arriba. No, no puedo hacer eso.
-Pues habla con algún pincho, de bien arriba- sugirió entonces mi novio –Con Raúl, por ejemplo. Dicen que al General le gusta que le hagan buenos cuentos…
-No oigas tanto ese tema de Porno para Ricardo y respeta- le advertí, medio en broma y medio en serio. Que bueno es lo bueno, pero no lo demasiado; una tiene que respetar el uniforme. Porque nunca se sabe cuándo te ponen un micrófono, y sin pedirte permiso como en el corto ese de Eduardo del Llano, Monte Rouge –No sé, Michael… hay que hacer algo, es demasiado grave, pero tengo que pensarlo.
-Bueno, entretanto lo piensas, déjame darte el notición- cambió él de tono completamente –La semana que viene el grupo se va para Bélgica. Amberes, Brujas, Bruselas: la gran gira de Salsa Habana ¿y quién te crees que va a ir con ellos tocando el tres?
-¡No me digas que…!-empecé a alegrarme, y él me interrumpió, pero asintiendo:
-Pues ese mismo: el hijo de mi papá y mi mamá que no es mi hermano. Julio, el viejo tresero, está con una tendinitis furiosa, por eso hace un mes que estoy de plantilla, aunque él sea el hermano de Rigoberto, el cantante y líder del grupo. Ya la empresa Benny Moré está haciendo todos los trámites migratorios, a más tardar pasado mañana me llaman para darme el pasaporte, y pronto, aeropuerto que tú conoces.
-¡Pero ese es de verdad el notición del año! ¿Cuánto tiempo?- le pregunté, encantada, con los ojos brillantes.
-Un par de meses… suficiente para que pueda empatarme con una belga, sacarle el kilo, digo, el euro, y forrarme de plata. Para traer todo lo que pueda, empezando por una buena guitarra eléctrica… por ejemplo, una Ibanez de siete cuerdas como la de Steve Vai, y además dinero para parar este apartamentico de una vez y por todas- abrió los brazos, abarcando mi medio básico de dos cuartos, con las paredes modestamente pintadas con lechada y una austera escasez de muebles y enumeró muy tranquilo–ya tú sabes: multimuebles, butacones y sofá de cuero, tapices en las paredes, las ventanas todas de aluminio, aire acondicionado, y sobre todo, muchos DVDs: en la sala, con el televisor de pantalla plana de 60 pulgadas, en nuestro cuarto con el de 40, para ver las películas porno, y para que se atore de Walt Disney y animación 3D de la buena: La Bella y la Bestia, La edad del hielo, Aladino, Shrek, Hércules, Jimmy Neutrón… otro en el cuarto del niño.
¡El niño!
Y, a ver ¿qué mujer cubana o de cualquier otra parte podría seguir hablando de salvar al mundo y de ciencia ficción cuando su novio desde hace ya dos años le suelta, así como quien no quiere la cosa pero igual la va a hacer, que quiere tener un niño con ella?
Yo no, en cualquier caso.
Así que, esa noche, en el apartamento de la primera tenienta O´Farrill, no se habló más de túneles transdimensionales, fugas masivas ni soluciones de emergencia.
Ni tampoco de condones, por cierto.
En verdad, no se habló más… a no ser que cuente como conversación con todas las de la ley los “te quiero papi” los “dámela toda”, los “mami tú me vuelves loco” y los “yo también te quiero” que fueron la banda sonora acompañante de nuestros enérgicos intentos por encargar de inmediato, a pelo y con muchas ganas, el niño del que acabábamos de hablar….
*****
Eso fue un jueves. Y menos mal, porque al día siguiente la ciudad pareció volverse definitivamente loca. Las “anomalías estadísticas” como bautizó a mis acontecimientos fortianos un Comité de Emergencia de la Academia de Ciencias, fiel a esa costumbre de los sabios de ponerles nombres raros a las cosas para no confesar que no entienden un rábano de qué se trata, se multiplicaron repentina y desmesuradamente.
El viernes a las 9 de la mañana fue como si a todas las cucarachas de La Habana les entraran a la vez deseos de pasear por las calles. Fue… dantesco es un adjetivo fuerte y poco utilizado, pero aquí se queda corto. Miles de millones de periplanetas americanas y otras especies menos conocidas, pero igualmente asquerosas tomaron por asalto las avenidas, provocando con su reptar y característico aroma cientos de episodios de desmayos femeninos… y masculinos, así como grandes embotellamientos de tráfico y una alerta epidemiológica del primer nivel que se resolvió en un llamado general a todos los fumigadores del país.
Todavía no acababan de dispersarse las cucarachas cuando, dos horas más tarde, para todos los estudiantes del Instituto Tecnológico de Gastronomía Comandante Carlos Marrero Abreu se volvió repentinamente insoportable el calor… así que desde el primero hasta el último comenzaron a quitarse la ropa, para quedarse como su madre los trajo al mundo, con total desvergüenza. Y este inexplicable síndrome nudista los afectó estuvieran donde estuvieran… ya fuese en la escuela, en sus casas, en las calles o, mucho peor, de prácticas en algún restaurante o cafetería…
Tras lidiar con algunas decenas de intentos de violación, la PNR tuvo que acudir al malecón habanero, donde un curioso fenómeno atmosférico estaba concentrando todos los papeles y envolturas pláticas de kilómetros a la redonda, formando una esfera casi perfecta y de varios metros de diámetro que giraba a una velocidad de vértigo… exactamente sobre las dos columnas del monumento al crucero acorazado yanqui Maine, allí donde hasta 1961 se alzara el águila imperial de bronce que Fidel derribó, dejando el sitio vacío para la paloma de la paz prometida por Picasso, que todavía estamos esperando.
La esfera se mantuvo hasta la 1 de la tarde y luego se dispersó tranquilamente, como si nunca hubiese existido.
Pero era solo el principio.
A las 2 de la tarde, las chimeneas del único central azucarero de Ciudad Habana, el Manuel Martínez Prieto, cerca de la CUJAE, comenzaron a humear. Nada raro… si no fuera porque, hacía unos años, las viejas máquinas habían sido desmanteladas casi hasta el último tornillo. El humo parecía formarse directamente en las chimeneas, según los bomberos que acudieron al lugar… aunque, escarmentados por el suceso del géiser de fuego en Línea y L, días atrás, todos prefirieron mantenerse a prudente distancia del fenómeno.
A las 6 de la tarde, y con el sol brillando fastuosamente, cayó en Miramar una intensísima granizada, con esferas de hielo de casi tres centímetros de diámetro. El meteoro duró cinco minutos enteros, durante los cuales varios transeúntes sufrieron heridas leves y se reportaron numerosos daños materiales a automóviles, inmuebles y jardines.
A las 7 de la noche el coronel… bueno, ese mismo, por iniciativa propia y sin órdenes superiores, sacó dos pelotones de tanques T-80 a las calles. Aunque de momento se limitaron a custodiar la Plaza de la Revolución y los edificios del MININT y el Consejo de Estado, los blindados de combate lucían tan amenazadores y a la vez tan patéticos que esa misma noche los hicieron regresar a sus cuarteles subterráneos.
La que esa noche no regresó a casa fui yo; las cosas seguían empeorando y toda la policía de la ciudad estaba en alerta de combate: en el municipio 10 de Octubre, desafiando ya abiertamente las leyes de la física, en concreto las de la termodinámica y la de gravitación universal, a las 2 de la mañana el asfalto de la calzada primero se licuó ¡a temperatura ambiente! y luego se desprendió para elevarse lentamente hasta perderse en lo alto. Aviones de exploración de la FAR designados para seguir la imposible fuga siguieron la ascensión hasta su techo de vuelo, a los 50 kms de altura… luego tuvieron que descender, sin que las calles voladoras mostraran ninguna intención de volver a bajar. El intenso tráfico nocturno de camiones pesados habitual en la zona se vio notablemente entorpecido cuando el parque automotor tuvo que desplazarse por los maltrechos terraplenes que quedaron.
Por el resto de la noche no pasó nada más, y pudimos echar un sueñito. Pero cuando ya creíamos que lo peor había pasado, el sábado amaneció todavía más grave.
A las 6 de la mañana, un rayo de insólita potencia golpeó la cúpula del Capitolio Nacional, produciendo un ensordecedor estruendo… pero por suerte, sin más consecuencias que el ennegrecimiento total de las miles de toneladas de mármol del edificio. Por si acaso, la SINA presentó una nota formal de condolencia, ofreciendo la ayuda gratuita de los Estados Unidos para limpiar “aquel inmueble tan similar a la sede de nuestro Congreso”.
A las 10, todas las ratas de la ciudad salieron de sus escondrijos, dieron un par de vueltas sobre sí mismas… y cayeron muertas en el sitio. Epidemiología primero se preocupó y luego se alegró de deshacerse de tantos vectores de plagas de un solo golpe… pero la Facultad de Psicología, preocupada, advirtió bien claro contra lo que vino poco después: los primeros histéricos gritando que aquellos eran los signos del Apocalipsis, que el fin del mundo se acercaba y que todos los pecadores correrían el triste fin del Anticristo si no se arrepentían.
Por si acaso, aunque ninguno se atrevió a ponerle nombre y apellido al Anticristo, todos fueron inmediatamente detenidos.
Al mediodía, sin aviso previo, el edificio de Coppelia comenzó a hundirse sobre sí mismo... y pocos minutos después, en el lugar de la archifamosa heladería sólo quedaba un inmenso cráter que se llenaba velozmente de un agua fangosa y turbulenta. Los geólogos y meteorólogos se frotaban las manos con desesperación, sin ninguna explicación que ofrecer. Recuerdo que Luis Carlos comentó que si estas cosas estuvieran pasando en Tokio, ya se habría derrumbado la famosa torre de TV copia de la de Eiffel… la misma que en tantas las películas niponas es la primera en ser destruida por Godzilla, los enemigos de Mazinger y todos los otros monstruos o ataques extraterrestres que se respeten. Y que el comentario, pese a lo terrible de las circunstancias, me hizo reír a carcajadas.
O sería que ya la tensión y el agotamiento me tenían medio histérica. Era absolutamente frustrante tener que moverse todo el tiempo a la defensiva, sin poder predecir qué insólita nueva catástrofe se desencadenaría al minuto siguiente. Porque, aunque La Habana parecía una ciudad bajo ataque, no se veía ningún esquema lógico, ni un plan de ofensiva, nada por lo que guiarnos para ripostar. O si lo había, nosotros no éramos capaces de captarlo o comprenderlo.
Todos teníamos los nervios deshechos… pero yo más que todos. Es que no podía dejar de pensar que, de algún modo, aquello estaba ocurriendo porque yo, conociendo el fenómeno, no había sido capaz de reaccionar cortándolo, de algún modo.
Las horas siguientes fueron como una pesadilla surrealista. Michael siempre decía que Cuba era el país de la ciguaraya, en el que Franz Kafka nunca habría pasado de ser un simple cronista de sucesos ¿Qué un hombre se despertaba convertido en cucaracha? Normal… en La Habana más de una cucaracha se despertaba siendo ministro, o administrador, o gerente.
Pero ese sábado hasta Kafka se habría tenido que asombrar.
Había pánico en las calles, y no podíamos hacer nada por evitarlo. La gente, que ya no podía seguir fingiendo que no pasaba nada, corría, gritaba, esperaba algo, temía algo, y todo a la vez.
Como casi toda la población de la ciudad, a estas horas ya no sé si lo viví o lo soñé. No sé si fue real que a media tarde una manada de inmensos braquiosaurios galopara por la calle 23 hacia el mar, aplastando por igual a autos y peatones. O si la intensa pero breve nevada que Luis Carlos y yo vimos caer sobre los edificios restaurados de La Habana Vieja era un sueño o una alucinación colectiva.
A las seis, tan agotada como si hubiera corrido el maratón, con unas inmensas ojeras y las manos temblándome, ya estaba convencida de que todo era culpa mía. Mía y de nadie más, sí.
Porque yo LO HABÍA SABIDO TODO DESDE ANTES y sin embargo NO HABÍA HECHO NADA. Era lógico que las cosas no pudieran quedarse como estaban. Creando aquel túnel transdimensional, aquel Expreso Habana-Amstelveen, se había alterado algo en el equilibrio básico del universo y la realidad, y ahora estábamos pagando las consecuencias.
Quizás ni siquiera los mismísimos cuasi-omnipotentes magos que, por simple travesura o con algún enigmático propósito (pensé en las superentidades de Jugadores del juego de la gente, de John Brunner, para quienes los humanos eran solo piezas en un inimaginable partido cósmico) habían iniciado todo aquella noche de sábado fueran capaces de detener ahora el proceso de entropía creciente, aquel veloz deslizarse hasta el caos que nos estaba destruyendo.
Pero yo al menos iba a intentarlo.
Tenía la sensación de que, como el ejecutor Harlan de El fin de la eternidad, aquella novela de Asimov sobre los viajes en el tiempo que me prestó un socio de Michael, yo podía cambiarlo todo dando un pequeño empujoncito en el lugar y el momento justos. Revertir el proceso, aplicando el CMN… el Cambio Mínimo Necesario.
Y, en mi delirio, yo creía estar segura de saber cuál era ese cambio.
No recuerdo muy bien lo que hice a continuación. Había dormido apenas cuatro horas en dos días, y beber hectolitros de café fuerte puede que ayude a mantenerse despierta, pero no sirve de mucho a la hora de captar de manera objetiva la realidad.
Tengo vagas nociones de mí misma metiéndome una tijera y un rollo de scotch tape en el bolsillo, y luego abandonando a Luis Carlos que trataba de contener al aterrado público, mientras todo el macizo promontorio rocoso sobre el que está edificado el Hotel Nacional se deslizaba lentamente hacia el mar.
Luego debo haber corrido en mi Lada por toda la ciudad. No sé si soñé haber atravesado el túnel de Línea rodando por el techo, como si la gravedad se hubiese invertido, o que el follaje de todos los árboles de Quinta Avenida se había vuelto extrañamente azul. No sé si fue real. Dudo que ese sábado mucha gente pudiera distinguir la realidad de sus pesadillas.
Sí me recuerdo, en cambio, entrando con aparatoso chillido de gomas en el Paradero de Playa, para enterarme que el ómnibus donado por Rusia y aún con el cartel de Sheremetievo acababa de salir… supongo que incluso en medio del fin del mundo habrá chóferes de guagua dando su recorrido bajo la lluvia de fuego y azufre.
No olvidaré nunca cómo recorrí varios kilómetros a toda velocidad hasta darle alcance. Cómo atravesé mi auto delante para obligarlo a detenerse, y cómo pistola en mano (la primera y la última vez que tuve que sacarla en mi carrera de policía) subí a la cabina, obligué al chófer y al conductor a abrir el compartimiento donde estaba el gran rectángulo de polietileno con la palabra Sheremetievo en letras mayúsculas cirílicas.
Y sobre todo quedará grabado en mi mente hasta el fin de mis días como, con la tijera, amputé una letra del centro del cartel, volviendo a pegar los dos fragmentos con despreocupado derroche de cinta adhesiva transparente, bendita sea Escocia.
Después bajé, sin explicarles nada más ni al chófer ni a los atónitos pasajeros, y volví al auto. Aún tenía que hacer lo mismo con dos o tres carteles más, y quizás entonces la realidad habanera empezaría a restablecerse.
A las 8 de la noche ya había cortado una E de las dos de Amstelveen en un carro de la ruta 55, sorteado una serie de cactus morados que estaban creciendo aceleradamente en 23 y detenido a otro carro de la 190 para mutilar de la primera de sus tres T al cartel de Delft Station.
Eran las 10 y sobre la ciudad se abatía una plaga de langosta auténtica, como las de La Biblia, cuando le di alcance a la 27 que decía Plaça Catalunya, a la que, para jugar al seguro, dejé en Plaça Clunya. Recuerdo que, como los malditos saltamontes se metían por todas partes, dejé uno atrapado bajo la cinta adhesiva cuando reuní los pedazos.
A las 11, agotada como si hubiera boxeado quince rounds con Félix Savón, y todavía más desesperada, porque el edificio del Hotel Habana Libre se estaba derritiendo como si fuera de jalea, parqueé el Lada en el estacionamiento de M entre 21 y 23, el reservado para los asistentes a las Mesas Redondas, y me quedé dormida como un tronco en el asiento delantero, sin fuerzas siquiera para trasladarme al trasero, donde habría estado mucho más cómoda.
Allí me encontró Luis Carlos la mañana del domingo.
El pobre pelirrojo lucía como escapado de la centrífuga de una lavadora. Su uniforme tenía manchas de sustancias desconocidas para la química humana, porque cambiaban de forma y de color cuando las miraba. Pero sonreía.
-Anda, rubia, déjame entrar, que estoy hecho mierda- gruñó –Menos mal que lo peor está pasando ya…
Aturdida, salí del auto y miré hacia el Habana Libre. Sí, el gran hotel que había visto la noche anterior desmerengándose como cera expuesta al sol estaba ahora recuperando su sólida forma original. Lenta, despaciosa… pero (ojalá) irreversiblemente.
Por lo visto, había acertado con mi teoría del CMN.
El resto de la historia la conoce todo el mundo. Poco a poco, los efectos de aquellos insólitos fenómenos que habían trastornado a La Habana y a sus habitantes durante las últimas 48 horas fueron revertiendo.
Aunque, por suerte o desgracia, no del todo.
Los muertos, muertos se quedaron. El Hotel Nacional está ahora cincuenta metros más cerca del mar. La Facultad de Biología capitalina está estudiando los árboles azules de Quinta Avenida, tratando de descubrir qué tipo de pigmento respiratorio hay presente en sus hojas color celeste. Porque clorofila no puede ser. Varios jardines del mundo se han mostrado interesados en comprar ejemplares.
En cambio, de los cactus morados de 23 no quedó ni rastro. Quizás, después de todo, sólo lo soñé.
El Zoológico de La Habana es el único del mundo que exhibe un rebaño de braquiosaurios vivos…aunque se han regalado algunas hembras embarazadas a diferentes parques de otras ciudades. Los enormes herbívoros del Jurásico resultaron ser ovovivíparos, a despecho de lo que creían todos los paleontólogos. ¿O sólo lo serían estos?
El asfalto que escapó al espacio nunca regresó al Municipio 10 de Octubre. Ahora están reconstruyendo Coppelia. El agujero en Línea y L ya ha sido rellenado con varias toneladas de cemento. La Habana es, por el momento la única ciudad del mundo 100% libre de ratas… y con una de las menores poblaciones de cucarachas del planeta.
Un sinnúmero de matrimonios… y también de rupturas de parejas, por cierto, ha involucrado a alumnos y alumnas del Tecnológico de Gastronomía Carlos Marrero Abreu. El Capitolio Nacional, pese a la sincera oferta de los norteamericanos de devolverle su color original, sigue negro, y parece que así su atractivo turístico se ha inclusive incrementado. La plaga de langosta acabó devorada por los gatos y gorriones… sin ratas ni cucarachas que merendar, muy bien que les deben haber venido.
Nadie ha vuelto a saber nunca nada más del coronel del MINFAR que sacó los tanques a la calle. Por el túnel de Línea, ahora atracción mundial que sigue convocando a físicos de todo el mundo, los autos continúan circulando por el techo.
Los descendientes de Pablo Picasso ¡al fin! cumplieron la palabra de su ilustre antecesor y donaron a La Habana una paloma de la paz de acero inoxidable y 6 metros de envergadura. Sólo falta que la instalen en lo alto de las dos columnas del monumento al Maine, por supuesto.