OtroLunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Agosto 2009. Antilde;o tres. Número nueve

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Datos de la revista, agosto 2009, año 3, número 09
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Expreso Habana-Amstelven

 

Yoss

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A ver, analizando puntos en común: países europeos. Con relaciones relativamente buenas con Cuba… España ha sido siempre un destino habitual de emigrantes de la isla, por el idioma. Dejar la patria de madre e irse a la madre patria. Muchos cubanos estudiaron en la entonces URSS y hablan la lengua, pero ¿los Países Bajos? El holandés no es un idioma que se estudie mucho aquí…

El dato crucial, el punto de contacto entre aquellas tres ciudades y los fenómenos habaneros estaba ahí, estaba convencida, pero aún se me escapaba…

Releí cuidadosamente los reportes. Una y otra vez, mientras tenientes coroneles y delegados del Poder Popular se echaban en cara trapos sucios e ineficiencias de todos los colores.

Un detalle: las “apariciones” masivas de cubanos ocurrían siempre una vez por semana, en los mismos lugares, el mismo día y a la misma hora, en cada país y ciudad.

España, Barcelona: Plaza Cataluña. Holanda, Amsterdam: Amstelveen, Delft Station. En estos tres sitios aparecían los cubanos exactamente los domingos a las 6 de la mañana. Rusia, Moscú: Sheremetievo. Ahí se les descubría, sin embargo, sólo el domingo a las 11.

Tomé una guía telefónica. Y revisando el mapa de husos horarios, descubrí de inmediato que ambas horas correspondían a la medianoche del sábado en La Habana.

Lógicamente, pensé enseguida en la hora de las brujas y en el espectáculo de luces de hacía casi un mes. Sábado a medianoche. Eran demasiadas coincidencias, así que no pude menos que preguntarme:

¿Y si había cambiado algo… si de algún modo, había creado una especie de túnel transdimensional entre La Habana y otras ciudades?

Me reí para mis adentros. Eso me pasaba por leer tanta ciencia ficción.

Aunque, mirándolo bien, la idea no estaba mal… al menos como ejercicio intelectual para no aburrirse con la enconada discusión a la que debía asistir. Pero todavía faltaban algunos detalles. Tenía, para pensar en términos policiales, el qué, el cuándo, el dónde, y quizás hasta un quiénes (seres extraterrestres de otros universos que querían hacer un experimento con los humanos, claro) pero me faltaban el cómo y sobre todo, el por qué.

Aunque,  siempre siguiendo mi intuición, me parecía que en el dónde podía estar implícito el cómo.

¿Plaza Cataluña? ¿Sheremetievo? ¿Amstelveen, Delft Station? Al menos tres de aquellos sitios ME SONABAN.

A ver: Plaza Cataluña, en el centro de Barcelona… por Ayestarán hay desde hace unos años una fuente que es réplica de la Canaletas, y nunca tiene agua, por cierto. Pero no era de ahí, no podía ser. ¿Sheremetievo? Recuerdo que cuando leí El sentido de mi vida, las memorias de Alexander Yakóvlev, el célebre diseñador de aviones ruso, decía que de ese aeropuerto despegaban históricamente los aparatos que participarían en el desfile aéreo del Día de la Victoria.

Pero no, tampoco podía ser de ahí, porque entonces ¿Amstelveen? ¿Delft Station? No me parecía haber leído esas palabras en ningún libro, ni periódico ni revista, y eso que yo siempre he sido de esas lectoras obsesivas que cuando no tiene otra cosa a mano se pone a leer lo mismo un cartel que los letreros de una guagua…

Y ahí saltó al fin la liebre y todo encajó de tal modo que yo misma me asusté.

¿Una guagua?

Por supuesto; España, Holanda y Rusia habían donado hacía poco unos cuantos autobuses usados para mejorar la siempre crítica situación del transporte público habanero. Y ya estaban circulando por nuestras calles, aunque todavía con sus letreros de origen.

Bien que los recordaba. Había uno que decía AMSTELVEEN. Aquella doble E no se me despintaba. Otro, bien clarito, DELFT STATION. Eran las donaciones holandesas, ahora me acordaba bien cómo nos habíamos reído Michael y yo, un día que, como yo tenía el Lada parado por falta de gasolina, tuvimos que ir a y volver en guagua de casa de Alina y Zárate, un matrimonio amigo cubano-español con los que a cada rato jugamos scrabble. Ibamos al regreso, de madrugada, muertos de la risa leyendo aquellos letreros en holandés que nadie en Cuba podría entender.

Y ¿Plaza Cataluña? No me sonaba… bueno, casi, pero no exactamente así… entonces mi teoría caía por su propio peso, porque en Barcelona, a fin de cuentas, sí hablan español…

¿Tan segura estaba? Revisé casi frenética los reportes del consulado cubano en España, y a la vez con alivio y terror, descubrí las exactas palabras que recordaba haber visto sobre una ruta 55: Plaça Catalunya.

Claro, en Barcelona no sólo hablan español. En catalán, Cataluña se escribe “Catalunya”, y Plaza es “Plaça”, así mismo, con la c con rabito abajo y todo.

Holanda y España, Amsterdam y Barcelona, confirmados. Entonces ¿Sheremetievo?

Yo no sabía leer ruso, pero recordaba un par de letreros en letras cirílicas bien visibles en carros de la ruta 37. Luis Carlos había pasado un cursito de perfeccionamiento balístico en Minsk a finales de los 80, pero estaba al otro lado de la mesa, muerto de aburrimiento entre un Doctor en Ciencias de la Atmósfera del Observatorio Meteorológico y el extremista del coronel de las FAR que quería sacar los tanques a la calle… así que le garrapateé en un papelito “Escríbeme Sheremetievo en caracteres cirílicos, please” y se lo mandé.

Me devolvió el mensaje con una larga palabra en signos que para mí eran tan solo indescifrables jeroglíficos y debajo escribió “¿Y eso? ¿te mandan a Moscú? Felicidades por si acaso, primera tenienta Eleanor O´Farrill… socita”

Buen tipo de verdad el pelirrojo, pese a todo su escepticismo del principio.

La reunión tardó como otra media hora en acabar como mismo terminan todas: sin conclusiones definitivas, pero con la formal promesa de todos de que estaríamos alertas para salirse al paso a cualquier nueva manifestación de actividad del enemigo que siempre permanece al tanto de nuestras debilidades para atacarnos, y bla, bla, bla.

Yo no veía la hora de salir.

Cuando levantaron la sesión ni esperé al brindicito, que como siempre en el Consejo de Estado, se esperaba sustancioso en comestibles y bebestibles, y me imagino que fuera la única razón por lo que muchos habían aguantado hasta el final; salí disparada hasta mi Lada, pisé el acelerador hasta el fondo y enfilé como un cohete hasta el paradero de Playa, con el papelito escrito por Luis Carlos bien seguro en el bolsillo delantero izquierdo del uniforme.

Ni me acordaba que le había prometido al pelirrojo llevarlo hasta su casa en el Reparto Bahía. Tenía que comprobar si las guaguas de donación rusa decían efectivamente Sheremetievo…

Fue un trayecto como para implantar un récord Guinnes. Nunca bajé de 80 por hora; por poco choco contra un camión de ETECSA (la única compañía telefónica del mundo que tiene más carros que teléfonos, dicen) y me llevé muy campante una roja en Quinta y 40 (facilidades de ser policía; los de la garita ni me miraron), pero tuve suerte, no puedo negarlo: cuando llegué al paradero de Playa, acababa de entrar una de las guaguas rusas.

Conteniendo el aliento, confronté los caracteres uno por uno hasta estar segura. Confirmado: el letrero en la pizarra frontal de aquel autobús de la 37 decía en efecto Sheremetievo en correcto cirílico.

Sherlock Holmes siempre decía que, descontado lo imposible y todo lo probable, sólo queda lo improbable. O algo así.

Recuerdo que pensé en lo mucho que me gustaría que Michael estuviera ahí. Para ver qué tenía que decir el señor Pragmatismo ahora.

Aquello ya pasaba de castaño oscuro. La ciencia ficción acababa de meterse de lleno en la vida habanera, y de paso en la mía. Por si todos los acontecimientos “fortianos” de las semanas anteriores no bastaran como aviso de que lo insólito había adquirido carta de ciudadanía habanera, ahora todo parecía confirmar mi fantástica hipótesis sobre el medio de transporte usado en los últimos días por tantos cubanos para pasar de la isla a tres países de Europa.

Aquel espectáculo de luces de la noche del sábado parecía efectivamente haber aflojado los tornillos y las tuercas de las puertas que comunican las dimensiones. O abierto túneles transespaciales, qué sé yo.

Pero el caso es que, de un modo u otro, algunos cubanos, probablemente al principio por pura casualidad, pero luego con toda premeditación, estaban usando aquellos autobuses tan generosamente donados y a los que nadie se había preocupado por cambiarles los carteles, para desaparecer exactamente a medianoche de La Habana y  reaparecer en Barcelona, Amsterdam y Moscú.

Por un instante, pura deformación profesional, me puse en su lugar. Era hasta hermoso, visto de cierto modo. El primero que por azar sufrió la traslación y se encontró en Holanda, España o Rusia debió arreglárselas para avisar por teléfono o e-mail a los socios y darles el dato.

¿Y si no comprendió nunca lo que pasaba? ¿O no pudo llamar, o no dejó atrás ningún socio? Pues entonces sería el segundo, o el tercero, hasta que, Radio Bemba mediante, todos los enfermos de la fiebre del tigre supieron del Expreso Habana-Amstelveen. Salidas: cada sábado a medianoche.

El secreto más público de La Habana. Transporte directo, instantáneo, sin riesgos, ni tiburones ni lanchas guardafronteras ni Guardacostas, sin aduana ni sed ni hambre en la travesía, sin congelamiento ni falta de aire. Casi como la tan soñada carretera de diez pistas Habana-Miami del chiste de Pepito.

Bastaba con estar en una de aquellas dos o tres guaguas mágicas el sábado a medianoche, y cataplum. Viaje resuelto.

¿Mágicas? Bueno, mi adorado Arthur Clarke (por 2001, una Odisea Espacial le  perdonaba hasta su muy comentada pedofilia en Sri Lanka) dijo una vez que, pasado cierto nivel, la tecnología, de tan avanzada, resulta casi indistinguible de la magia.

Mágicas, sí, entonces. Quizás para las criaturas que habían hecho temblar la tierra en La Habana, nadar peces en el Almendares y que cientos de personas se vistieran de rojo sin ponerse de acuerdo, aquellas traslaciones instantáneas a miles de kilómetros de distancia eran cosa perfectamente explicable, y realizable gracias a dispositivos muy concretos y fáciles de manejar… pero para mí, y para todos los que las estaban utilizando para huir de Cuba ¿qué más daba si magia o ciencia? Lo importante era que funcionaba.

Aunque ¿de veras funcionaba?

Me concentré de nuevo en imaginarme la situación. Un ómnibus con decenas de pasajeros, un sábado a medianoche, desaparece de La Habana para aparecer en Amsterdam, Barcelona o Moscú. Lógicamente, cuando se dan cuenta de que no están en su ciudad, algunos deciden jugársela al canelo y se bajan… otros no se atreven, y regresan a la capital, sin nunca entender lo que pasó o quizás lamentando no haber hecho como los que se bajaron.

Regresan… o sea, que la estancia de la guagua “teletransportadora” al otro lado del Atlántico no podía durar mucho, o alguien en el paradero acabaría notando algo…

Así que se me ocurrió preguntarles a los despachadores de Playa si había pasado algo raro con aquel carro donado por Rusia en los últimos tiempos.

Quizás esperaba una negativa que me convenciera de que todo no era más que el enésimo producto de mi imaginación calenturienta.

No fue eso lo que ocurrió. Yo andaba con el uniforme, y como normalmente los cubanos siempre tenemos algo que esconder de la policía, lo normal es que la gente me tire unas cuantas curvas antes de caer en la concreta.

Pero esa vez fue como si les hubiera halado la lengua: no solo Papo el despachador de aquel turno, sino todo el mundo, desde los mecánicos hasta los demás chóferes, empezó a decir que aquella cabrona guagua estaba embrujada, que ya eran tres sábados seguidos que los chóferes y conductores que salían con ella no regresaban, y luego el domingo temprano alguien la reportaba abandonada en medio del recorrido, que por eso ya nadie quería cogerla para hacer confronta, pero que tanta gente había llegado preguntando por qué no salía que habían tenido que sacarla de nuevo, aunque fuera cosa del demonio… enseguida me enseñaron los crucifijos y el Elegguá que le habían colgado del espejo, la estampita del ojo con la lengua atravesada por el cuchillo, contra el mal de ojo, y nada, el último en atreverse a manejarla de noche había sido Diosdado, trabajador ejemplar que se había hecho viejo detrás del timón, ya estaba para retirarse, hacía años que estaba presentando los papeles en la SINA para reunirse con su hija que vivía en New Jersey y se los negaban, pero esos yanquis lo que querían era volver a la gente loca y él que mientras no se fuera iba a seguir manejando, que era lo que había hecho toda su vida…

Los interrumpí, clavándoles la pregunta a lo cortico, como si supiera bien lo que me tenían que decir: ¿cuándo había llamado Diosdado para decir que estaba bien?

Funcionó. Primero, silencio, y miraditas desesperadas, como buscando algo que no se sabe qué es. Luego, tímidamente, Papo me dijo, de modo casi inaudible: el lunes…

Tragando en seco, pregunté todavía: ¿desde New Jersey?

No, desde Moscú… pobre negro, si no sabe una palabra de ruso, dijo otro coger.

Y entonces me puse a temblar.

*****

-Tú estás loca de remate- dictaminó Michael, entre divertido y preocupado, poniendo la cafetera sobre la hornilla –¿¡Guaguas que los sábados a medianoche te llevan a Amsterdam sin escala!? A Bradbury le habría encantado, supongo. Pero ni se te ocurra contárselo al mayor Cevedo, porque, te lo he dicho mil veces, te manda a Psiquiatría de cabeza. Lo bueno es que ya por lo menos podrás escribir un cuento… tienes a los seres de otras dimensiones, los culpables, los acontecimientos raros esos, el efecto principal, sus repercusiones sociales… sólo necesitas un buen final.

-El final no importa; aquí el que escribe eres tú- le dije, tratando de aparentar seriedad, mientras preparaba la taza con el platico, con manos temblorosas. No me gusta tomar café sola, pero dado que él ni lo prueba… –No sé, no puedo quedarme cruzada de brazos… piensa que si lo descubrí yo, puede descubrirlo cualquiera… los del paradero dijeron que mucha gente había llegado preguntando por ese carro en concreto. Pero no sabían los nombres o no quisieron dármelos. No dudes que hasta les hayan ofrecido dinero por sacarlo a rodar. Si la gente da cinco mil dólares por jugársela de noche con los Guardafronteras cruzando el Estrecho de La Florida en una lancha ¡qué no darán por poder viajar instantáneamente, sin problemas, al segurete!

-No seas boba. Esa gente con la fiebre del tigre, como tú le dices, no lee tanta ciencia ficción como tú- razonó él, convincente, sirviendo el café –además ¿qué y si lo descubren? ¿y si ya lo sabe media Habana, qué?

-Que se va a ir mucha gente, los holandeses, españoles y rusos van a protestar en serio, será un incidente diplomático de los gordos- calculé, pensando en el peor escenario posible –Coño, te quedó rico, para no tomar café, lo preparas cada vez mejor.,

-Mérito de mi maestra y principal cliente- me dio un beso cariñoso –Oye, pues si quieren irse ¡que se vayan! Pim pom fuera, abajo la gusanera y que se vaya la escoria, como en el 80 o en el 94, que aquí lo que sobra es gente. Y no es asunto tuyo, a fin de cuentas- se encogió de hombros -¿No te la pasas siempre diciendo lo bueno que sería que quitaran el permiso de salida, abrieran las fronteras y eso? Burlar la maldita circunstancia del agua por todas partes que decía Piñera. Pues ahí lo tienes. Zin-zala-din, y la magia está hecha. Expreso Habana-Amstelveen, como tú dices.

-Pero- traté de convencerlo –lo malo es que si los de aquí pueden salir, los de allá también podrían entrar. Imagínate la cantidad de agentes y saboteadores de la mafia cubana de Miami… el chorro de turistas que se nos colarían sin pagar impuestos de aeropuertos, sin poderlos controlar…

-Habló la policía- se rió Michael –Y bueno, pues que se nos cuelen. Total, la Guerra Fría se acabó, y como dice el presidente Obama que este año levanta el bloqueo y devuelve a los Cinco Héroes, ¿qué daño van a hacer unos resentidos de la Pequeña Habana…? Viva la anarquía, y abajo el orden- y se lanzó a hacerme cosquillas con entusiasmo digno de mejor empresa.

-¡Ya, chico! ¡coño, contigo es imposible hablar en serio!- me defendí entre carcajadas, pero disfrutándolo como siempre.

-¿Hablar en serio, dices y metes a los extraterrestres con túneles interdimensionales en el potaje?- se burló él, empujándome hacia la cama.

Claro, allí pasó lo que siempre pasaba.

Y tan rico como siempre.

Coño, Michael…

Después del terremoto, fumando bocarriba, volví a la carga.

-Hay que hacer algo, Michael.

-Sí, Sofía. Cómo no- se burló él, parafraseando a la decidida protagonista de El siglo de las luces e imitando un exagerado acento francés –Pues dile a papá Cagpentieg que saque a los magcianitos del ajiaco, que no van aquí- se rió –Coño, Eleanor, está bueno ya ¿tú estás hablando en serio? Guaguas teleportadoras, mierda, óyete nada más.

-Más en serio que Serión- le dije –No podemos permitir esa… fuga masiva. Es un problema de principios.

-Cochinos principios… yo creo que uno nunca debe dejar que principios demasiado estrictos lo conduzcan a malos finales, pero, en fin… escríbele un informe a  tu jefe- propuso Michael, pragmático –así él lo lee, te da un mes de vacaciones por stress laboral, nos vamos a la playa…y cuando regresemos a la ciudad, la isla estará ya vacía y asunto resuelto. Muerto el perro, se acabó la rabia. Fugados los prisioneros, se desmantela la cárcel.

-Ya, coño, en serio, y deja esa disidencia barata de cárcel y prisioneros- me molesté un poquito –Sabes bien que el mayor Cevedo no se va a leer eso. No hasta el final, por lo menos.

-Entonces escríbele a los consulados. O a la Empresa de Ómnibus Urbanos, para que cambie los cartelitos o retire de circulación las guaguas conflictivas.

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Sumario

Este Lunes

El revolucionario del siglo XXI

Jorge Eduardo Benavides

El cine cubano sale de viaje

Alfredo Antonio Fernández

El tango y Gardel en la obra de Gabriel García Márquez

Luciano Londoño

La imago

Manuel Gayol Mecías

La palabra del silencio. Notas sobre la escritura de los límites

Arturo González Dorado

«Mariconerías» de Estado: Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana

Frances Negrón-Muntaner

Gastón Baquero: un recuerdo familiar

Remigio Ricardo Pavón

1967 y la infancia peligrosa

Patricia Suárez

Unos escriben

Sergio Ramírez

Otros miran

Daniel Mordzinski

OtroLunes conversa

con Antonio Álvarez Gil

“No escribo contra nada ni contra nadie”

con Jorge Majfud

“Calataid es el ejemplo descarnado del patriotismo…”

con Mariela Varona

“Soy una mujer que no acepta la realidad”

con Javier Sáez de Ibarra

“No sé si tengo un estilo, pero sí una intención”

con Ramón Cote Baraibar

“La memoria es como otro brazo, como otra pierna”

con Jon Lee Anderson

“No quiero, simplemente informar y/o entretener...”

con Ana María Shua y Teresa Andruetto

Escribir para comprender

Punto de mira

Cuba per se. Cartas de la diáspora

La isla y su cultura observada desde el exilio

Botón de muestra

Abilio Estévez, Carlos Victoria, Carlos Espinosa Domínguez, José Kozer, Eduardo Manet, Manuel Díaz Martínez, Nivaria Tejera, Pío Serrano, Uva De Aragón y Zoé Valdés

Cuarto de visita

Con la escritora hindú Sujata Bhatt

En la misma orilla

Hombre de negro

Carlos Manuel Torres Guerrero

El muchacho inglés

José Luis Muñoz

Brindis (Fragmento)

León Viera

Expreso Habana-Amstelven

Yoss

La marmita, de Poesía

La marmita. De poesía y poetas

Alberto García-Teresa

Poemas

Antonio Martínez I Ferrer

Poemas

Juana Vázquez Marín

Tres poemas inéditos

Dolan Mor

Kora, de Rogelio Guedea (reseña)

Ernesto García López

Noches de blanco papel, de Roger Wolfe (reseña)

Arturo Parrondo

De tu olor y mis miedos, de Mara Romero (reseña)

Alberto García-Teresa

Otras voces hispanas

A cargo de Luis Rafael

Guillermo Cabrera Infante. Un clásico de la literatura hispanoamericana

Rita Indiana Hernández y la alucinación de la modernidad

Roberto Fernández Retamar y su Caliban

Espido Freire y la rebeldía contra el silencio

Recycle

Cartas de Mijail Bulgakov a I. V Stalin

La generación extraviada

Ángel Santiesteban

De lunes a lunes

Premios de la XXII Semana Negra de Gijón, 2009

Premio Novelpol al prolífico escritor argentino Carlos Salem

La Academia Norteamericana de la Lengua España convoca al Premio 2010 de Novela

Biblioteca de OtroLunes

Librario

A cargo de Recaredo Veredas

Berlín es un cuento

Esther Andradi

El vendedor de pasados

José Eduardo Agualusa

Mirar el agua

Javier Sáez de Ibarra

Espejo de tres cuerpos

Odette Alonso Yodú

El canalla sentimental

Jaime Bayly

Heinz Luning and Nazi Espionage in Latin America: Hitler’s Man in Havana

Thomas D. Schoonover

Poeficcionario. Antología

Edgar Allan Poe

Elementos de Teoría Constitucional. Una propuesta para Cuba

Ricardo Manuel Rojas

Cristo del alma

Alfredo Pérez Alencar

Stradivarius Rex

Román Piña

El jardín de ajenjo

Francisco Balbuena

Ensayos

Natalia Ginzburg

Qué bueno baila usted

Faisel Iglesias

Ojos de agua

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A cargo de Lorenzo Rodríguez

Los libros y los días

 

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