Cantata del Zompopo

Poesía

Antonio Cienfuegos

 

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Antonio Cienfuegos
(San Salvador, El Salvador, 1981).
Es colaborador y columnista de OtroLunes.

 

En memoria de la masacre de El Mozote en Morazán
cuya única sobreviviente fue Rufina Amaya.

 

1

¿Qué lugares recorren, ahora, las hormigas?
¿En qué podridas paredes podrán hacer sus grietas,
en qué silencios sus caminos?
No hay más camino, no hay más silencio.
¿La comida de quién van a usurpar estas rojas hormigas?
Si no hay más pueblo.

En este desierto de El Mozote donde cantan los quetzales
un funeral multitudinario.

 

2

Me llamo Rufina Amaya, nací en el cantón La Guacamaya
del caserío El Mozote
y este es mi testimonio:
el once de diciembre del año mil novecientos ochenta y uno
a eso de las seis de la tarde
llegaron gran cantidad de soldados
y nos encerraron a todos
a otros los tendieron en las calles boca abajo
incluyendo a los niños;
les quitaron todo, dinero, ropa, collares, todo.

 

3

He visto las  hormigas comerse los corazones
de mis ancestros
bajo las frondas de este caserío,
cargar corazones eternos
hasta la profundidad de la selva
donde nada orbita.

También he visto como cargan
cuerpos desnudos,
y entierran en sus nidos
cabezas humanas.

 

4

Nosotros llorábamos junto a ellos
el niño más grande tenía nueve años,
la Lolita tenía cinco, la otra tres y la pequeña tan solo ocho meses
(nosotros llorábamos junto a ellos).
De un helicóptero se apearon un montón de soldados
y entraron donde estábamos nosotros,
entonces encerraron en la ermita a los hombres.
Nosotros decíamos que tal vez no nos iban a matar.
Eran las diez de la mañana del día siguiente
los tenían vendados y maniatados y se paraban sobre ellos,
a algunos ya los habían matado.
Nosotros decíamos que tal vez no nos iban a matar.
A esos los descabezaban y tiraban al convento,
a las doce del mediodía terminaron de matar a todos los hombres
y fueron a sacar a las muchachas para llevárselas a los cerros.
Nosotros decíamos que tal vez no nos iban a matar…

 

5

¡Ay! De la maleza si hablara
¡Ay! De los arbustos si gritaran
¡Ay! De los caminos si se volvieran a encontrar
¡Ay! Del silencio en la selva
¡Ay! De los lamentos olvidados por los años
¡Ay! De aquellas niñas que violaron en este campo
¡Ay! De dios que fue el único testigo
¡Ay! De las almas que re claman justicia

Hay hombres putrefactos por la guerrilla
acribillados una tarde por el batallón Atlacatl
sentenciados por el hijoeputa de Monterroso.

Hay hojas, arbustos, árboles, selvas y silencios
que las hormigas siguen habitando,
hay este camino que hoy día sigue andando el zompopo
sobre todos estos cadáveres.

 

6

Los niños que lloraban más duro y que hacían más bulla
eran los primeros que sacaban y ya no regresaban.
A las cinco de la tarde me sacaron junto a un grupo de veintidós mujeres
yo me quedé última en la fila, aún le daba pecho a mi niña,
las demás mujeres se agarraban unas a otras para gritar y llorar,
yo me arrodillé acordándome de mis cuatro niños.
Hacia las siete de la noche acabaron de matar a las mujeres.
Pero yo me había escabullido entre los matorrales sin que se dieran cuenta
mientras oía que un soldado decía:
“si ya terminaron de matar a la gente vieja vayan a ponerles fuego”
Las llamas se acercaban al arbolito donde yo estaba
y me asustaban las bolas de fuego,
se oía el llanto de un niño dentro de la fogata
porque a esa hora ya habían comenzado a matar a los niños.
Escuché que los soldados decían que eran del batallón Atlacatl.
Angelitos del infierno.

 

7

¿Por qué corre el tacuazín en  este amanecer
que no quiere amanecer para nadie?
La última mañana
del último invierno
del 81.

Estos campesinos jamás se enteraron del holocausto de la “guerra fría”
pero vivieron el peor holocausto sin siquiera una bomba atómica
el genocidio más brutal auspiciado por la United Fruit Company.

Porque acá no hay vida
sólo larvas que labran los caminos
que le brotan a las  heridas
de estos cientos de cadáveres.

Ametrallaron los hijos de Rufina Amaya
y con ellos la inocencia de todo un pueblo.

 

8

Me tiré a rastras bajo el alambrado
así como un chucho
y quedé sentada del otro lado a ver si oía disparos
pero no se escucharon
sólo se oían gritar los niños que estaban matando:
“¡Mamá nos están matando
mamá nos están ahorcando
mamá nos están metiendo el cuchillo!”
Yo tenía ganas de tirarme a la calle de vuelta por mis hijos
porque conocía los gritos de mis niños
pero sabía que si volvía me matarían a mí también
como uno no sabe lo que es la guerra
pensaba que tal vez no los iban a matar y algún día los volvería a ver.
No quedaba nadie más que yo.

 

9

Zompopo
Suenan las ametralladoras
Zompopo
Que acechan el caserío desde hace veinticuatro horas
Zompopo
Zum, zum, zum
Zom, zom, zom
Zompopo
Po-po, po-po, po-po suena el eco
de los disparos a lo lejos
gritos, quejidos, aullidos, desvanecidos por la brisa recia

Suenan el zompopo en las ametralladoras

 

10

A las siete todavía se escuchaban los gritos
de las muchachas en los cerros.
Todo era humo negro
yo estaba en medio y pedía a Dios valor para estar allí
a las cinco de la tarde los soldados treparon para arriba.
Todo se lo llevaban.
Estuve ocho días en ese monte
sólo bajaba a tomar un trago de agua a la orilla del río
y me volvía a esconder,
así estaba cuando una niña me encontró.
Y lo que ahora les puedo decir es que a toditos los mataron
Si nosotros hubiéramos sospechado que nos iban a masacrar
nos hubiéramos ido de allí
creyeron que nosotros colaborábamos con la guerrilla
pero ni les conocíamos.
Lo que me daba más sentir era la niña de ocho meses que andaba de pecho
me sentía los pechos llenos de leche y lloraba amargamente.
Hoy cuento la historia pero en ese momento no era capaz
se me hacía un nudo y un dolor en el corazón que ni hablar podía.
Lo único que hacía era embrocarme a llorar.

 

11

Por dónde comenzar a caminar
entre tanto cadáver
por dónde alzar la voz
ahora que veo estas rojas hormigas
caminar bajo los zapotales
y anidar entre tanto muerto.

Ahora que veo a los zompopos
cargando las hojas
las semillas a lo largo de toda la verde selva
me doy cuenta lo pesado de cargar a cuestas
con las masacres y genocidios de un pueblo.

Aun las hormigas lloran cuando sepultan a sus muertos.