Crear la lluvia

Sobre el poemario La joven parca, de Paul Valery

Jorge de Arco

 

La joven parca
Paul Valéry
Linteo Poesía. Ourense, 2015

 

Paul-Valery-librario-poesia-OtroLunes42Durante más de cincuenta años, Paul Valéry (Séte, 1871) amanecía entre las cuatro y las cinco de la mañana, y en las horas del alba, se afanaba en escribir un sinfín de anotaciones, aforismos, reflexiones…, que con íntima dedicación y paciencia fue pergeñando hasta completar la sorprendente cantidad de 261 cuadernos -o lo que es lo mismo, un total de 26.600 páginas-. Entre ese ingente material, hay una sentencia relativa a la poesía que, desde su primera lectura, no he podido olvidar: “Para un poeta, no se trata nunca de decir que llueve. Se trata de…crear la lluvia”.

Y esta afirmación, responde en buena medida, a la intensidad vital y al carácter vehemente del vate francés. La inquietud de su alma indómita le llevó a estudiar Derecho en Montpellier, vivir en el París más simbolista, ser redactor del Ministerio de Guerra, secretario particular de André Lebey, académico de la Lengua… La multiplicidad de su intelecto, le permitió, además, abordar toda suerte de temas y ahondar en aspectos de tan variada condición como las matemáticas, la afectividad, la psicología, la conciencia, la historia o la política.

Se edita ahora, La joven parca, un atractivo volumen que recoge este largo poema valeryano, pergeñado entre 1913 y 1917; los 512 versos que lo componen son la esencia de los cien borradores que llegó a manejar el autor.

Antonio Martínez Sarrión ha vertido con primor al castellano el complejo universo que Valéry desplegase en esta entrega y a través de un verso alejandrino, francamente idóneo, ha sabido salvar con rigor los múltiples obstáculos lingüísticos y semánticos que conforman el conjunto.

El propio Martínez Sarrión advierte en su Introducción de que “las dificultades, abrojos, meandros y barroquismos retóricos de `La joven parca´ no decepcionarán nunca al lector de esta joya, siempre que sea paciente, reiterado y lento en el saboreo”.

Añadiría yo, a tan sabia recomendación, que ese “lector” debe, a su vez, dejarse llevar por la musicalidad de un verbo sonoro y cadencioso, olvidar en muchos instantes la lógica tentación de hallar sentido a cuanto aquí se canta y cuenta y espaciar el tempo de lectura de los textos para poder asimilar pausadamente el torrente de imágenes, metáforas y figuraciones de las que se sirve el poeta galo.

Sabedor de que su devoción por la palabra iba más allá de lo estrictamente artístico (“La literatura no ha sido nunca mi objeto. Sino, a veces, escribir modelos de pensamiento”), Valéry alarga aquí su mirada hasta revivir lo que él mismo llamó una “autobiografía en la `forma´. El `fondo´ importa poco. El verdadero pensamiento no es adaptable al verso”.

La incertidumbre que suscita el propio título, incide, al mismo tiempo, en la dicotomía de la vida juvenil, poderosa y fértil frente a la temible y oscura presencia de la muerte, y abre la puerta a un torrente lírico que surge como una honda y vibrante epopeya:

“¿Quién llora ahí, sino el viento más simple en esta/ aislada hora/ con diamantes extremos?… ¿Y quién  gime/ tan cerca de mí misma y a punto de llorar? (…) ¿Qué haces ahí, erizada y con manos de hielo,/ y que estremecimiento de desprendidas hojas/ persiste entre las islas de este pecho desnudo?”.

Interrogantes, símbolos, luces, sombras, lágrimas, dichas, anhelos, sueños…, van enhebrando los hilos que adornan y recubren el manto de este himno de notas firmes, heterogéneo en su mensaje y multiforme en la medida en que sirve como tormento y bálsamo para el sujeto lírico:

“Mortaja deliciosa, oh mi tibio desorden,/ lecho donde me extiendo, me interrogo y me rindo,/ donde del corazón sofocaba el rumor,/ casi vivo sepulcro en mi alcoba erigido,/ que alienta y sobre el cual la eternidad se escucha,/ lugar pleno de mí, que ya me hiciste tuya”.

En aquellos “Cuadernos” que citase al inicio, Valéry también anotó: “Es poeta aquel a quien la dificultad inherente al verso le da ideas -y no lo es aquel a quien se las retira-”. No hay duda de que, él  mismó, dejó un legado original, personalísimo y abierto a múltiples interpretaciones. Y que sus “ideas” e ideales, siguen estando vigentes un siglo después.

Murió en París, pocas semanas después de concluir la segunda Guerra Mundial. Su adiós fue celebrado con funerales nacionales y su cuerpo fue inhumado en su ciudad natal, en el cementerio marino que inspiró su más grande herencia lírica.