Frank Abel Dopico

Escritor cubano

(1964 - 2016)

Dossier

 

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Frank Abel Dopico, como bien sabemos todos los que tuvimos el privilegio de conocerlo, era uno de esos espíritus que cargan con la poesía con una naturalidad tan conmovedora que resulta imposible desprender el hálito poético -esencia de lo divino, aseguran algunos- de esa piel más mundana, más terrenal que es la existencia cotidiana del individuo: ese Dopico que reía, hacía maldades, amaba desesperadamente, se emborrachaba o se enfurecía ante las miserias humanas que vio o de las que fue víctima. Tal vez en esa compacta asunción de su humanidad y su espiritualidad como parte indivisible de su existencia (no había en él esos dobleces que suelen encontrarse en otras personas: “Dopico es Dopico”, le escuché decir cierta vez a su amigo, el también poeta Ricardo Riverón Rojas); quizás en ese modo de andar por la vida con los ojos lúcidos y a un tiempo obnubilados del poeta, se encuentren las claves que explican la poderosa vitalidad de su poesía, su excelencia comunicativa y esa imantación de la palabra que nos conquistó a todos desde aquellos días en que ni siquiera había publicado su primer libro.

Por eso mismo me conmovieron mucho las palabras de Iliana Pérez Raimundo, su última compañera de vida, porque resulta inexplicable que alguien que marcó con sus poemas a un par de generaciones de escritores cubanos en la isla haya muerto solo, al parecer olvidado: “Murió solo y casi solo fue a descansar, muy pocos estuvimos hasta el último momento. No importa, quizás estábamos los que más lo queríamos”, dice ella y asumo la parte de culpa que muchos de sus colegas, amigos, promotores de las letras cubanas tenemos en el hecho irrefutable de que la obra de poetas de su talla haya permanecido marginada. En mi caso, aún se me remueve al alma cuando escucho maravillas como aquella que, muchos podrían atestiguarlo, nos acompañaron en años muy importantes de nuestras vidas como escritores: “es por la flauta del encantador / que se humedecen esas cortinas de pájaros…“, de su poema “La botella en el mar”, por sólo mencionar uno.

Debimos haberle dedicado este espacio antes. En vida. Pero el tiempo, ese implacable, nos obliga casi siempre a olvidar que, además de ganarnos el pan y promover nuestras obras, también los escritores tenemos responsabilidad en preservar esa memoria que hemos vivido generacionalmente. Dopico se merecía este y otros muchos espacios de promoción, sin hablar ya de sus libros donde mostró una obra sólida, madura, siempre rompedora y muy humana, simplemente por haber escrito varios de los más grandes poemas de la literatura cubana de las últimas décadas. Y aunque tal vez ya sea tarde para el Dopico físico, es un honor presentar a nuestros lectores, gracias a la colaboración de Iliana Pérez Raimundo y del escritor Yamil Díaz Gómez, este pequeño pero sentido Dossier con el Dopico poeta, que estamos seguro ha inscrito su nombre en la eternidad de nuestras letras.

Amir Valle
Director General

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