El trasluz de lo inmediato

Sobre el poemario Brillante, de Luis Ángel Lobato

Jorge de Arco

Brillante
Luis Ángel Lobato
Playa de Ákaba

 

Luis-Angel-Lobato-librario-poesia-OtroLunes42“Brillante./ Noche manuscrita./ En la indefensión,/ absolviendo el trasluz/ de lo inmediato (…) Ahora/ llueve dorado como en un sueño,/ cuando tú no estás”, escribe Luis Ángel Lobato en el pórtico de su nuevo libro, Brillante.

Dos años atrás, el poeta vallisoletano daba a la luz Dónde estabas el día del fin del mundo. Al hilo de aquella entrega, apunté que  su decir exploraba la metamorfosis a la que debe someterse el espíritu humano para destejer las trampas del tiempo y despojarse, a su vez, de las hebras y tejidos que oscurecen la existencia.

Ahora, su voz se sostiene sobre una subjetividad sentimental con la que va componiendo un mapa personal, íntimo, que le sirve como recapitulación de momentos vividos de manera intensa.

Partiendo de una base realista, el decir de Luis Ángel Lobato tiende en estos poemas hacia una controlada complejidad. El relato de su acontecer no queda en la anécdota de un atento observador, sino que intenta trascender hasta hallar la sustancia esencial del propio yo:

“Abro amputadas puertas/ y me adentro en su exterior./ Esa voz oscura/ ofrece un talismán/ de charcos letales./ Pero yo he trazado/ otros caminos”.

Hay ocasiones, en las que la otredad del sujeto poético se sumerge en un manantial de quiméricas órbitas del que extraer un material sensible, moldeable, que le incita a interrogarse por su misma existencia:

“¿Y si a continuación/ de la escalera/ me recibe un puente/ con un ser gritando?/ Bombeo entonces con un síncope/ el daño colateral/ de las ranuras”.

En otros momentos, el lenguaje se extrema y se orilla en un círculo cuasi críptico, en el que el lector debe mantener alerta sus cinco sentidos para extraer toda la esencia de este cántico sublimado e iniciático: “Como cualquier mecanismo/ inservible/ papeles huecos/ van/ y vienen a estrellarse/ sobre este espacio/ coagulado./ Ahora se comprimen advertencias”.

Dividido en dos apartados, “EXTERIOR” e “INTERIOR”, y con quince poemas en cada sección, el volumen explora más allá de ese sutil sentido de la reserva, de la reticencia semántica, pues hay en él un evidente despliegue de significantes que el propio Lobato deja bien explicado en su nota introductoria: “En el libro se percibe una historia de amor, una especie dentro de lo posible. Un hombre camina por las calles de una ciudad pensando en su amada (…) Eso correspondería a la primera parte, EXTERIOR. En la segunda parte, INTERIOR, la acción se traslada a la habitación de un hotel”.

Al cabo, ambas partes respiran de un sentimiento común, de un entendimiento cómplice, que destella sobre cuanto gira en derredor de los retablos e intérpretes que van surgiendo.

“La vida no es gente y escenario, sino pensamiento y sentimiento”, dejó escrito tiempo atrás Wallace Stevens. Y muy cerca quedan estas páginas de tan rotundo aforismo.

Los tres últimos poemas, remiten a tres grandes maestros de la pintura y a tres de sus sugeridoras obras: “Noctámbulo” de Edward Hopper, “El grito” de Edvard Munch y “El tren azul” de Paul Delvaux.

Con ellas y desde ellas, Luis Ángel Lobato reafirma un discurso capaz de profundizar en los aspectos más hondos del ser humano que se enfrenta al tiempo con su diario desamparo. Y con su diaria pasión:

“Inauguro una nueva fantasía (…) Despliego las páginas/ de otro siglo:/ próximamente alambreras purpúreas./ Brillante./ Nada más”.