La emoción significativa de Refractario

Sobre el poemario Refractario, de Eduardo Parra Ramírez

César González Cortés

 

Refractario
Eduardo Parra Ramírez
Malpaís Ediciones, México, 2016

 

Eduardo-parra-ramirez-librario-poesia-2-OtroLunes42Cada cierto tiempo, entre el ruido y la veneración ramplona de las formas, aparece un verdadero poemario. Un libro que, sin definir al poema, lo practica y comprueba; libro como testimonio de supervivencia al aluvión de experimentos, estridencias, alabanzas, renuncias y sensiblerismos que nos asedian. Refractario, segundo libro de poemas del escritor mexicano Eduardo Parra Ramírez, sin duda se inscribe inmediatamente entre esos pocos elegidos. Algo sabía ya el autor al nombrarlo que eligió esta particular palabra. En el diccionario la encontramos para designar aquello que es opuesto, rebelde a aceptar una idea. Semejante título haría pensar que el libro cede a la tentación de gritar su oposición, de dar cátedra moral o apresurarse a designar como epifanías lo que son meramente ideas en ciernes o reflexiones deslavadas. No. Lo que se halla en este libro es un viaje guiado por instantáneas de la sensibilidad poética. Va de visita por diversos espacios, nombrándolos, reconociendo las suturas de lo que llamamos realidad, desenmascarando los engaños y las respuestas fáciles de manera dulce y desolada. 

Empieza con la sección llamada “Ático”, quizá el fragmento más filosófico, la parte de arriba de la casa. El primer poema está dedicado a una de las abstracciones más comunes en el habla, el silencio, y descubre sus virtudes a partir de las fronteras: Lo que dijimos antes / lo que será imposible contener / no es mejor que este sordo ir a pie / sin sol ni sombra…  Ya atisbo la primera oposición a la moda, la valoración del silencio como revuelta contra el ruido y el megáfono, la capacidad de mirarle el lado sabio a la quietud de la boca. De qué sirve explicar / hacer proselitismo / cuánto dura erguida la verdad, dice contundente el poeta mientras habla delicadamente, como aquel que desde el prisma de lo sensible descubre lo ominoso del lenguaje mismo. Hay una postulación estética al empezar con este tema, parece que dicta “se callará lo que sea peor al silencio”, y así también levanta una promesa sobre la lectura que se avecina. Viene después “Cama” para retratar la vulnerabilidad del hombre en una habitación. En “Espejo” se juega con la idea del exterior y la identidad, estalla el verso: La piel resbaladiza de la noche mojada / tiembla allá afuera / y refleja   quebrado de vaivenes / el olor de los fantasmas. Parte desde ahí, de esa atalaya para reconocer el propio miedo a salir a la intemperie y mojarse como los otros, y después confiesa: Me duelen los espejos / No quiero sus incendios de franqueza / En mi rostro se violentan los signos / Es el mapa de nunca     de antes    de casa sellada. Ahí descubre que incluso en sus momentos más conscientes, el poeta es traicionado por su propia sensibilidad, no puede dejar de ver allá afuera partículas que le atañen o le afectan. Incluso ese lugar seguro, el ático, esa torre donde mira todo a la distancia, no lo mantiene a salvo. Entonces imagino que el poeta decide salir del lugar. De inmediato viene “Partir sencillamente” como clausura del interior, de una relación, quizá de los atavismos, y dice Adiós / Si logré la distancia / No se me niegue olvido. Estos cuatro poemas sirven como muestra de lo variadas que serán las paradas del viaje; ya se revelará el hilo conductor.

Viene “Jardín”, la segunda sección. Aquí el poeta mira las flores, aquel acto ancestral del poeta mirando las flores, pero este ojo no se angustia con el tema, ni lo desprecia adolescente. Simplemente le desnuda a la flor su otra naturaleza: Arraigada / prisionera en el peso asfixiante / de la tierra y el agua / la flor es también animal enfurecido / que mira / que acecha. Luego, esta mirada de juntar lo que fue separado, da cuenta de cómo la soledad es pétalo, y toma de pretexto la imagen para ir muy dentro. Y esa pequeña implosión que causan los versos de este libro toma nombre en seguida: Aquí lo que florece / es la mano rompiendo / la arcilla polvorienta. Y sigue hablando del libro, pero también de las cosas. Ha dejado la reflexión para ir compartiendo hallazgos, para traducir el paisaje en imágenes que retratan el interior. Así se instaura el juego de relaciones que verdaderamente motiva este viaje. Va y reconoce a las cosas como si fueran vistas por primera vez, y luego regresa esa mirada cargada al dueño para enriquecerlo, una mirada anzuelo en donde pican las cosas para nutrirnos; el mundo viene de afuera para adentro. Y por eso se logran magníficas verdades sin el menor asomo de presunción, porque le habla a las cosas, le dice a la flor: Ilumina / los pasos de este cuerpo / que es todo piel de ojo / despojado de prendas / y de serenidad. Después concluye: Es insomnio y veneno / el crisol interior / donde se fragua el verso / lo demás / es luz. Y sigue, sin aspavientos, ni triunfalismos, descubre la naturaleza de sus propias palabras, de su proceso interior. Lo asume venenoso y contemplativo; no se queja, ni exagera su afectación.

Ya en “Ventana” llega incluso al haikú: Oigo mi nombre / en la penumbra helada / del cementerio. En este punto recuerdo que Francisco Umbral escribió que después de un tiempo cuando se relee un libro sólo se puede ver a un hombre trabajando. Y es hasta cierto punto verdad, pero detrás de este libro no veo al desesperado colector de ladrillos, ni el esfuerzo circense del que se ha enamorado de sus palabras, tampoco al enloquecido derrochando verdades mientras quema los campos. Veo a un hombre que dibuja sobre un grano de arroz y, aún en ese lienzo diminuto, carga la imagen de símbolos. Veo a un hombre que le da la espalda a la vitrina de lo extravagante y ha vuelto a la revelación misma. A pesar de su soltura, no hay ingenuidad en estas palabras, dice al final de “Aparición”: te alejas arrastrando un hatajo de aves muertas / de plumaje permeable / que quisieron cruzar el pantano / ay / en estos tiempos.

En “Litoral” el poeta descubre que su mirada no es anzuelo sino red. Lanzo al mar la mirada / como una red / que quiere ser abrazo al infinito / y es prisión de un breve tiempo humano. Aquí ya es absolutamente clara la naturaleza electrificante de la mirada-red. Ha dejado de ser anzuelo, para abarcar más cosas en cada lanzamiento, para ser presa, ay, tan sólo de un breve tiempo humano. A eso me referí al principio con las instantáneas de la sensibilidad poética. Asegura: La infancia es toda el agua / No hay pérdida más grave / y más feliz / que conocer el mar. Esta mirada-red ya transmuta en otros sentidos, va perdiendo sus propias fronteras; ahora descaradamente toca, huele, escucha. Ahora el hombre que trabaja ha pasado de la pintura al cincel, a ir moldeando objetos con las palabras: A qué le das la espalda cuando miras la playa… El mundo es todo cuerpo… “Toda playa sin sol / es un presentimiento de la muerte.

Da paso al “Sótano”, allá, lo más abajo que tiene la casa, y parece por momentos que habla susurrando. Hay luz artificial / Sólo la sombra es siempre verdadera. Inaugura una parte donde se desvela cierta rabia. No te salvaste, sentencia, y aquí esta mirada red se llevó demasiado a casa, ahora está indigesta, llena del mundo, también asqueada. Pero no cesa su operación dual: la de robarse la esencia de las cosas y a la vez, cargarlas de electricidad. Incluso en la “Fiebre”. El verbo que me empuja la mirada / es un motor de pájaro asustado / con la garganta abierta hacia la noche… y luego: He visto arder mi pueblo / y lloro entumido en una madriguera / donde el cuerpo escaldado se resguarda / de un ejército que avanza en la tiniebla.  Ya un poco embriagado de su fiebre, declara: Asumo la vergüenza de saber demasiado. La oscuridad va lamiendo lentamente las cosas. En “El sobreviviente” afirma el dueño de esta mirada: Recuperé la lumbre que otros nos robaron. Cierra la rabia para dar paso a la intimidad, a la “Alcoba”.

En esos poemas reconoce el pie de inicio del acto erótico, como si la sombra de la sombra fueran los amantes mismos. Esa intimidad, pudorosa, no se solaza en el acto, sino en las inminencias, en las distancias, y ya cuando otra vez le habla a la amante, quiebra: Báñate en chorros de tu voz naciendo / rompe la cerradura del gemido / Y supón / que algo queda de pie después de todo.

En “Cuaderno”, la parte final va, ahora sí, a hablar sobre el oficio y la escritura. Desde que no recuerda una frase que le hace falta, a un texto que se llama así, “Poesía”: Hay en el techo de este cuarto / un panal en cuya entraña / zumba la luz tensa / y canta / y amenaza. La poesía es ese panal amenazante desde donde se desgajarán las luces. También se descubre con sorpresa alguna angustia que le causa al poeta la propia poesía, esa contraparte del silencio sabio del principio. Aquí confiesa que él también ha sufrido sus versos: Al final de la noche / hay un texto deforme / atrapado en la boca / y el ruido se agazapa / Allí es posible ver / que el silencio es la página donde el sonido escribe / Pero el texto no dura / Las verdades se escapan / como peces de sombra inatrapables / con el sol y el olvido. En este momento la sensibilidad se acepta vulnerable. “Escribo” es un poema a manera de confesión. En algún momento menciona Entre el ojo y la cosa / no hay línea recta / sino grieta que declara el desgaste… Incendia, ahora sí, el tiempo, las cosas. Termina diciendo: Escribo sin idioma / para dinamitar.

Concluye el texto. De salida, es inevitable reparar en el cuidado meticuloso con que fue editado este libro por la editorial mexicana Malpaís, un proyecto que se ha dado a la tarea de elevar al libro a objeto de colección con tirajes pequeños y diseños específicos y minuciosos. Quizá huelga mencionar lo afortunado que es el poemario al publicarse en la editorial que lanzó el Archivo Negro de la Poesía Mexicana. Me atrevo a decir que las ilustraciones de Coral Medrano son parte del texto; van mucho más allá que meramente acompañar a los poemas o servir como adorno.

Cierro el libro. Ahora confirmo que merece su título. Lo verdaderamente opuesto y rebelde es volver al origen, a la mirada poética, descubrir la sensibilidad y trabajar el paisaje sin alardes, cargar a las cosas para significarlas. Es lo que el mismo autor ha llamado “la emoción significativa”, no es la emoción y la intensidad por sí, es la emoción que revela algún sentido oculto que tenían las cosas, es la mirada que asigna un nuevo orden momentáneo a las palabras para pintar revelación. Me quedo pensando, en estos tiempos de megáfonos vociferantes y circos y capillas y becas y slams de poesía, que acaso lo verdaderamente revolucionario sea darle la espalda al espectáculo y pintar una imagen en un grano de arroz.

*Refractario. con un tiraje de 400 ejemplares foliados y firmados por el autor, mereció el Premio Nacional de Poesía “Ignacio Manuel Altamirano”, 2007.