Aproximaciones a Herejes de Leonardo Padura

Ser hereje en una realidad que está hereje

Emilia Yulsarí

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Para ahorrar el amplio preámbulo que se merece el texto del más afamado autor cubano de los últimos años, me limitaré a anotar sólo que comparto plenamente la opinión  de la prestigiosa narradora y crítica literaria cubana Marilyn Bobes, quien en el acto de presentación de Herejes1 en La Habana en febrero de 2015, la calificó como “la obra más ambiciosa” y “la mejor” de las novelas del escritor, “porque confirma el oficio y madurez  literaria” de Padura.

Herejes consta de tres partes y un epílogo. En analogía  con el Viejo Testamento las tres partes son intituladas “libros”, a saber: el primer “Libro de Daniel” se centra en la vida del polaco de origen hebreo Daniel Kaminsky después de la llegada del barco “S.S. Saint Louis” al puerto de La Habana en mayo del año 1939 y el rechazo por parte de las autoridades cubanas  de recibir como refugiados a los novecientos judíos europeos. En el segundo “Libro de Elías” la trama se desarrolla en la Ámsterdam del siglo XVII para relatar la vida del joven sefardí Elías Montalbo, empeñado en hacerse pintor en contra de los dogmas religiosos de su época. En el tercero “Libro de Judith” el narrador se vale de la estrategia autorial de introducir de nuevo al ya retirado policía Mario Conde para que investigue de forma privada o extraoficialmente la desaparición de Judy, amiga de la nieta de Ricardo, ahijado de Joseph Kaminsky, apodado en Cuba José Cartera. Y por fin está “Génesis” – título curioso y tanto más paradójico tratándose de un epílogo o parte final, donde se atan cabos y convergen las tres historias – que en su mayor parte constituye una larga carta-testimonio sobre las matanzas y pogromos de judíos en Europa del Este, supuestamente atribuida al pintor Elías Ambrosius Montalbo.

Emilia-Yulsari-Padura-2-EsteLunes-OtroLunes42En una conversación con algunos colegas sobre la obra de Padura y en especial sobre Herejes, los que todavía no habían leído el libro, me preguntaron: “¿Y quiénes son los herejes?” La única respuesta más breve y exhaustiva que se me ocurrió fue “Todos”. Como ya se ha escrito y se escribirá sobre “todos” ellos, este trabajo se limitara a los de la tercera parte, a los emos. Y aquí citaré al propio Leonardo Padura  quien los ha definido mejor que nadie en las llamadas “Apostillas a Herejes“, cuyo título La libertad como herejía no podría ser más elocuente. Así nos enteramos de que a inicios de nuestro siglo en la calle G (que en mi tiempo habanero se llamaba “Avenida de los Presidentes”),  empezaron a reunirse grupos de jóvenes en una sociedad que oficialmente no había derrocado aún la doctrina guevarista del “hombre nuevo” y aún menos la unanimidad de la ideología socialista. Y cito:

“En ese ambiente cerrado, el hecho de que aparecieran hordas de jóvenes y adolescentes que militaban voluntaria y vehementemente en grupos (tribus urbanas se les llamó muy pronto) que seguían sus propias preferencias y sus gustos, sin que interviniera la “orientación” estatal o partidista, constituyó un fenómeno social y sociológico novedoso. Una herejía” (p. 53).  A pesar del visible o invisible control y la persecución por parte de las autoridades oficiales, los jóvenes resistieron y sobrevivieron en sus actitudes heréticas de fumar, beber, tragar, mear y hasta de hacer el amor en público. De entre todas las tribus, comparte el narrador, “hubo una […]  que logró intrigarme hasta el extremo de interesarme particularmente por sus características, o digamos mejor, por su filosofía: los llamados emos”.

“Los emos cubanos son un réplica tropical de los jóvenes afiliados a esta tendencia y que es posible encontrar en el resto del mundo occidental. Como sus colegas de allende los mares, vestían con ropas oscuras o rosadas, escuchaban a Nirvana, se peinaban con una parte del pelo caída sobre la mitad de la cara (en Cuba lo llamaron “el bistec”), se cubrían los brazos con mangas de rayas, se calzaban con zapatillas marca Converse, se maquillaban con afeites oscuros y exhibían piercings en diversas partes de su anatomía” (p. 57).

 

Ser hereje en una realidad que está hereje2

Mis aproximaciones a Herejes se centrarán en el “Libro de Judith”, donde el ex-policía Conde, al involucrarse por voluntad propia en la búsqueda de la emo desaparecida, a la par enfrenta el concepto universal de la eterna aspiración del individuo al libre albedrío, muchas veces condenado por ser hereje, en una realidad posrevolucionaria alarmante, que cubanamente hablando, todavía está hereje3.

Si asumimos, siguiendo a Barthes (1991), la existencia de los códigos textuales como una organización supratextual, que forman una especie de red, de tópico, a través del cual pasa el texto, en la narración de Padura captamos varios de ellos, a los que me referiré a continuación. El prevaleciente, sin duda, es el código hermenéutico, cuya función es de formular un enigma y llevar a su desciframiento. Dicho código es activado a lo largo de todo el extenso texto de Padura, donde se plantean varios enigmas, que por medio de una estrategia de dilación – origen, desaparición, hallazgo – se descifran y convergen sólo hacia el final. De modo persuasivo desde el mismo inicio de la tercera parte el enigma es la muerte de Judy y únicamente el proceso de su investigación permite al ex-detective llegar a los emos que por su parte, desde la “anticuada” perspectiva de Conde, constituyen otro enigma y plantean una profunda incógnita de tipo social y moral.

Yadine, la nieta del doctor Ricardo Kaminsky, visita a Mario Conde con la expresa e insistente petición de buscar a su amiga Judy, desaparecida desde hace como diez días. Así él se entera de que Judy es emo y se autolastima, de que no pensaba irse del país, de que tiene una hermana que vive en Miami y de que a su padre Alcides Torres, después de haber trabajado en Venezuela, lo están investigando “por una cagazón de importaciones por la izquierda” (p. 351). En este último punto el texto establece otro enigma que encierra varias preguntas: ¿De qué se ocupaba el padre de la chica? ¿Por qué ella no quería hablar de eso? ¿Había alguna conexión entre la actividad del padre y la desaparición de la joven?

Durante su investigación extraoficial, Conde se dirige primero a su amigo y ex-socio de la policía  Manolo Palacios quien ya ha alcanzado el grado de mayor. Gracias a él se entera de que para ser emo es obligatorio tener un celular último modelo, calzar tenis Converse  y vestirse a la moda de la tribu, para lo cual hacen falta por lo menos quinientos dólares, cantidad de dinero que el oficial gana en dos años. Sin embargo, y eso es lo más asombroso que, refiriéndose a las autoridades, el mismo policía aclara:

“Nosotros tratamos de no meternos con ninguno de ellos mientras ellos se dediquen a tomar ron, poner música, mearse en la calle, cagarse en los portales de las casas de la zona, templarse unos a los otros en cualquier oscuridad…” (p. 348) y según explicita el texto más abajo,  hasta a drogarse… Es entonces cuando el ex-teniente reacciona con expreso temple sarcástico: “Coño, Manolo, me parece que voy a cumplir cien años. No entiendo ni timbales. Tanto que nos jodieron la vida con el sacrificio, el futuro, la predestinación histórica y un pantalón al año, para llegar a esto…” (p. 349).

Indagando la incógnita “¿Quién es Judith Torres?” y consciente de que sin llegar a una respuesta no podrá descifrar la causa de su desaparición, Conde decide ir a la calle G para hablar con los emos, acompañado por su actual socio en la compra-venta de libros Yoyi, quien siendo bastante más joven, trata de explicarle: “Lo que pasa con todos esos muchachos es que no quieren parecerse a la gente como tú, Conde. Ni siquiera a la gente como yo. Tratan de ser distintos, pero sobre todo, quieren ser como ellos decidieron ser y no como les dicen que tienen que ser, como hace rato pasa en este país, donde siempre están mandando a la gente. Ellos nacieron cuando todo estaba más jodido y no se creen ningún cuento chino y no tienen la menor intención de ser obedientes…” Y más adelante añade: “Ellos pertenecen a una tribu, porque no quieren pertenecer a la masa. Porque la tribu es de ellos y no de los que lo organizan y planifican todo” (pp. 353-354). Resulta así obvia y elocuente la intencionalidad autorial de subrayar la existencia de jóvenes rebeldes que muestran una marcada voluntad de ser individuos y de no pertenecer a la masa homogénea y obediente del unánime credo socialista.

En el desarrollo de la trama el antaño policía interroga a los compañeros de clase de la joven, a su abuela, a su profesora, que resulta ser su ex-amante en una relación homosexual, hasta adquirir la certeza “de que la muchacha resultaba mucho más que una emo perdida, extraviada o escondida por voluntad propia: parecía ser una dramática advertencia de las ansias de cortar ataduras sufridas por los actores de los nuevos tiempos” (p. 375), alcanzando así una dimensión simbólica de las ansias de pensar, actuar, creer y crear en libertad.

A la par el texto desenvuelve el segundo enigma ya mencionado – el del padre y su supuesto negocio de sacar algo de Cuba que le daría mucho dinero, muchos dólares, introduciendo así la alusión al “destino cubano, todavía incierto, del retrato del joven judío realizado por Rembrandt y cuya propiedad estaba litigando Elías Kaminsky” (p. 418).

En el “Libro de Judith” el narrador se aproxima al desciframiento casi simultáneo de tres enigmas: primero es descubierto el cadáver de Judy, pero como no está claro si fue suicidio u homicidio, la investigación criminal debe seguir – otra dilación estratégica – para llegar más tarde al desenlace final que constituye la confesión de Yovany, un muchacho de la tribu. Al mismo tiempo meten preso al padre de la joven, porque “seguro que tiene mierda hasta en el pelo” (p. 463). Y por fin aparece el cuadro de Rembrandt que probablemente Alcides Torres había sacado y llevado a Venezuela para desde allí mandarlo a su hija María José en Miami. Entrelazando así de manera casi inverosímil, pero ficcionalmente verídica en el desarrollo de la trama “a las familias de las dos jóvenes emos a través de una tragedia que llegaba hasta el camarote de un transatlántico fondeado en el puerto de La Habana en 1939” (p. 470), el narrador sorpresivamente opta por intercalar una conclusión del ex-policía, portadora de su típica e incisiva ironía: “…sintiendo la colisión de ideas que seguía produciéndose dentro de su pobre cabeza, Conde valoró con mucha seriedad si lo mejor no sería mandar toda aquella historia de un cuadro de Rembrandt y unos judíos blancos, negros y mulatos al mismísimo carajo y emborracharse hasta perder la conciencia” (pp. 471-472).

Hablando ya de ironía y siguiendo otra vez a Barthes, “el código irónico es en principio la cita explícita de otro, pero la ironía desempeña el papel de un anuncio y en consecuencia destruye la multivalencia que podría esperarse de un discurso citacional” (op. cit., p. 36). En este punto me gustaría señalar también el planteamiento de Hutcheon (1985), según el cual la ironía, como estrategia retórica, puede encerrar una crítica tanto constructiva, como destructiva. Sin ninguna duda en el texto de Padura se capta un código irónico de explícita crítica destructiva con respecto de la actual realidad cubana.

La utopía marxista de una sociedad quasi perfecta a la cual debería integrarse el individuo también perfecto, personificado por “el hombre nuevo”, en realidad se ha convertido en una anti-utopía: en vez de integración, el texto muestra desintegración y marginalidad de una juventud que ya ni siquiera sabe que debería representar a un mito, llamado por otro mito “el hombre nuevo”. El individuo posrevolucionario, ya rebelde e irreverente, simbolizado por Judy, muestra una fuerza centrífuga con respecto de un mitificado colectivo coherente y tiende a la formación de pequeños grupos, bandas o tribus urbanas, cuya estética netamente anticomunitaria lo induce a huir, a evadirse de una comunidad represora, a buscar su libertad individual y crear una épica más personal, de descentralización tanto política, como estética, por su rechazo de soluciones sociales, o sea por muestras de herejía. Así mismo lo explicita Yovany, el amigo de Judy que la dejó desangrarse tirada en un pozo. A la pregunta de Conde  de cómo ella lo convenció de hacerse emo, el muchacho lo explica de modo sumamente escueto: “Hablando de la herejía en la práctica de la libertad” (p. 436).

Durante su paseo por la calle G en busca de los emos, Conde se acuerda de cómo años atrás los ideólogos de la Revolución, que no duda en calificar de “brujos con poder ilimitado” (p. 354) y “la guardia roja” (p. 355), estaban empeñados en fabricar con tijeras al “hombre nuevo” y  reeducar a los considerados “lacras sociales” en los campos de trabajo forzado, aludiendo así a las lamentablemente famosas UMAP. En este punto el actor protagónico se pregunta con profunda amargura: “…si todo aquel dolor y represión contra los diferentes, por el solo hecho de serlo, si aquella mutilación de la libertad en la tierra de la libertad prometida, habían servido para algo” (ibid.). Y con gran decepción se contesta  negativamente, porque en aquel momento estaba observando “a los hombre nuevos del futuro, que ya era presente” (ibid.).

La misma amarga desilusión y profunda decepción de la realidad posrevolucionaria  exhibe el discurso de otra protagonista, aunque de segundo plano – la doctora Cañizares, investigadora de las filosofías punk, emo, rasta y freak – a quien Conde va a consultar. Por medio de sus enunciados el narrador señala sin ambages que “esos muchachos no creen en nada porque no encuentran nada en qué creer. El cuento de trabajar por ese futuro mejor que nunca ha llegado, a ellos no les da ni frío ni calor, porque para ellos ya no es ni un cuento… es mentira.” Por eso, como ella especifica, algunos se van y otros se quedan para hacerse putas, taxistas, chulos o frikis, roqueros y emos, para rematar finalmente con sarcasmo: “A eso llegamos después de tanta cantaleta con la fraternal disputa para ganar la bandera de colectivo vanguardia nacional en la emulación socialista y la condición de obrero ejemplar” (p. 432).

La intención del narrador de enfocar el relato particularmente en los emos y no en otra de las numerosas tribus urbanas puede ser captada como activación del código simbólico, cuyo campo, según Barthes (op. cit.), es el de la multivalencia y la reversibilidad y donde inevitablemente surge la antítesis. Dicha antítesis  es claramente enfatizada en las dicotomías subversión vs. convención y libertad vs. opresión.

Como he señalado más arriba, para los emos – la tribu que funciona como síntesis de lo particular convergente en lo general y como explícito símbolo de la actual juventud cubana – la práctica de la libertad no dista de la herejía en su contexto histórico: las prohibiciones son transgredidas, los míticos símbolos revolucionarios son denigrados, los padres, que hasta cierto modo personifican el sistema, son objeto de rechazo y de burla mordaz por medio de un discurso transgresor e irreverente. Y dentro de esa rebeldía se buscan otros ideales estéticos en filosofías ajenas por completo a los utópicos ideales socialistas en todas sus manifestaciones.

El ideario revolucionario que había simbolizado la libertad y la justicia social ha degradado en un sistema que limita y reprime la libertad, sea ésta política, espiritual o sexual, y la justicia social se ha pervertido en corrupción, egoísmo y ansias irrefrenables de riqueza bajo el dominio del dólar y del euro, procreando así un símbolo completamente antitético desde las miras de los ideales comunistas.

La ficcionalización del referente extratextual en Herejes se traduce en la revisión radical de paradigmas, desplazando categorías intocables como el frustrado progreso social, el utópico futuro socialista que nunca llegó y el no menos utópico mito del “hombre nuevo” para dar lugar, mediante un discurso contestatario, a temas tabúes como la marginalidad juvenil, la imparable fuga del país, la homosexualidad, la drogadicción, la prostitución y el narcotráfico. Entre las cuestiones hasta hace poco intocables desearía señalar la tematización explícita de la corrupción a todos los niveles, teóricamente desarraigada en la nueva sociedad supuestamente revolucionaria. Así en la p. 347 leemos los enunciados del mayor Palacios: “…de pronto se dieron cuenta de que si los de abajo roban es porque los de arriba les dan la llave y hasta les abren la puerta… Hay una tonga de gente gorda presa o en camino. Pero gordas gordas. Ministros, viceministros, directores de empresas…” Y prosigue un poco más abajo: “Los desfalcos y los negocios en que estaban metidos son de millones… Nadie sabe cuánto se han robado, malversado, regalado, dilapidado en cincuenta años”.

Entre los investigados, como he señalado anteriormente, está el padre de Judy Alcides Torres, involucrado en “manejos turbios” o sea en “corrupción pura y dura” (p. 393). En otra instancia, por medio del discurso de la maestra Ana María, el texto propone una válida explicación para la rebeldía de la muchacha: “…que su padre y otros hombres como su padre no practicaban en la realidad lo que sostenían en sus discursos. En dos palabras: que eran una banda de corruptos de la peor especie, los corruptos socialistas y de la retórica de la solidaridad, por llamarlos de alguna manera o de la peor manera. Y eso le provocó un tremendo sentimiento de rechazo, de asco, de odio…” (p. 400). Por eso tanto más irónicas y paradójicas hasta el absurdo resultan las demostrativas evidencias del culto a la personalidad en la casa de Alcides: “Sin embargo, en la mejor pared, la más visible, no había una obra de arte: como una declaración de principios allí imperaba una gigantesca foto del Máximo Líder, sonriente, calzada por la consigna DONDE SEA, COMO SEA, PARA LO QUE SEA, COMANDANTE EN JEFE,  ¡ORDENE!” (p. 366). Corrobora la ironía la grafía de mayúsculas en las palabras “Máximo Líder” y de toda la consigna – uno de los slogans más reiterados en los primeros años de euforia revolucionaria.

La corrupción no es el único fenómeno anti-socialista en una realidad posrevolucionaria que como el texto exhibe sin ambages está hereje. Resulta inconcebible que en una sociedad, en la que teóricamente debería reinar la igualdad social, exista toda una clase de nuevos ricos. Observando el majestuoso caserón donde vive Yovany, Conde llega a dos conclusiones: “que los dueños originales del inmueble debieron haber pertenecido a la billetuda burguesía cubana prerrevolucionaria y que los actuales moradores militaban en la camada de los nuevos ricos posrevolucionarios surgida en los últimos años como una reemergente enfermedad, considerada erradicada por décadas de aplanador socialismo igualitario y pobre, pero ya dispuesta a florecer.” La misma instancia textual remata con una pregunta retórica que suena más bien como una amarga constatación sobre la indiscutible y mil veces demostrada hipocresía de la ideología revolucionaria: “¿El discurso por un lado y la realidad por el otro?” (p. 433).

De lo expuesto anteriormente resulta evidente que el texto de Padura introduce dos referentes extratextuales: la corrupción reinante a todos los niveles estatales y la existencia de una nueva clase de ricos – omitidos y callados hasta hace poco en la ya larga lista de obras  de indudable postura crítica con respecto a la realidad posrevolucionaria y postsoviética, iniciando dicha lista con el precursor de la estética de la desmitificación Reinaldo Arenas, pasando por los llamados “novísimos” como Amir Valle, Alberto Garrido, Ángel Santiesteban, Karla Suárez,  Ena Lucía Portela, Anna Lidia Vega Serova, entre otros, e incluyendo algunas muestras de representantes del erróneamente denominado “realismo sucio” como Zoé Valdés y Pedro Juan Gutiérrez. Y no cabe la menor duda de que la ficcionalización de dichos fenómenos sociales reflejan los inevitables cambios socio-económicos en una sociedad que el perenne por ahora régimen cubano tercamente insiste en llamar socialista y cuya verdadera situación aún no deja de estar hereje.

Mucho mejor lo explicita el narrador en un párrafo de intención netamente metafórica:

“En un país que día con día se iba convirtiendo en una valla con bardas altísimas, en donde se practicaba la extraña modalidad de que muchos gallos lucharan entre sí, tratando cada uno de sacarle algo al otro y que no le sacaran nada a él, Conde se sentía como un monigote que, a duras penas, esquivaba los golpes, buscando un resquicio para la supervivencia” (p. 459).

Al final me interesa subrayar el rol del ethos como procedimiento de la estrategia retórica dentro de la narración autoritaria que encierra enunciados de interpretación subjetiva. La decepción y la desilusión del presente imponen el predominio de un ethos disfórico en el discurso del actor protagónico, perteneciente a una generación que creció con el triunfo de la Revolución (Conde y sus amigos coetáneos), mientras que es litigante, despreciativo y hasta de temple agresivo en el discurso de los emos, depresivos por regla y portadores a priori de una estética abiertamente nihilista, de marcada tendencia de evasión de la masa homogénea. O como bien lo exhibe el propio texto: “Las actitudes de esos jóvenes encarnaban el presente, más aún, el futuro glorioso tantas veces prometido, que había terminado convirtiéndose en un carnaval sin fiesta, aunque con demasiadas máscaras. Un futuro triste, como un emo convencido de su militancia” (p. 467). Indudablemente se alude con ironía a una militancia que está a distancia cósmica de la execrable militancia revolucionaria, en vano proclamada  y exigida durante más de cinco décadas.

Terminaré por fin con un extracto del discurso pronunciado por Leonardo Padura el 28 de mayo de 2014 durante el acto de recepción del X Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, conferido a Herejes: “Y es que la actitud considerada herética es, en muchos casos, fuente de libertad. O, por simple inversión de términos, la búsqueda de la libertad es progenitora de actitudes calificadas como herejías”. Y finaliza así: “Pero ni Dios, el bien común o el futuro mejor – es decir, el presente mejor – pueden ser los argumentos para la intolerancia y el castigo o la persecución del que se ha calificado como hereje. Por el contrario, el Paraíso terrenal, la utopía más real de la igualdad entre los humanos, sólo se alcanzará cuando todos y cada uno de los individuos y las sociedades sean tan esencialmente libres que desaparezca la posibilidad de la condena por herejía, cuando al fin no haya espacio para inquisidores y ni siquiera la necesidad de herejes”.

Bibliografía

Barthes, Roland: S/Z. Trad.: Nicolás Rosa. México: Siglo XXI, 1991.

Hutcheon, Linda: A Theory of Parody. New York, London: Methuen, 1985.

Padura, Leonardo: Herejes. Barcelona: Tusquets Editores, 2013.

Notas del artículo

  1. Todas las citas a continuación pertenecen a la edición, indicada más arriba.
  2. El presente trabajo está basado en la ponencia, leída en el Coloquio sobre la obra de Padura, realizado el 21 de mayo de 2015 en la Universidad Hebrea de Jerusalén.
  3. Como explica el autor en el reverso de la página con los epígrafes, en Cuba, dicho de una situación, estar hereje significa estar muy difícil, especialmente en el aspecto político o económico.

Del Autor

Emilia Yulsarí
Actualmente reside en Israel. Obtuvo el título de licenciada en Filología española en la Universidad de Sofía (Bulgaria) e hizo estudios de posgrado en la Universidad de La Habana. Es doctora en Humanidades (Ph D), especialidad Letras Iberoamericanas, por la Universidad Hebrea de Jerusalén, en la cual ejerció como profesora. Impartió un curso sobre la actual literatura cubana en la Universidad de Costa Rica en San José. Es autora de numerosos ensayos y estudios sobre autores cubanos y del libro monográfico La configuración literaria de la Revolución cubana: de la mitificación a la desmitificación (Madrid: Betania, 2004), en el cual analiza las divergencias estéticas e ideológicas entre novelas tan contrapuestas como las de Manuel Cofiño y Reinaldo Arenas. En su país de origen  se desempeñó como traductora de literatura iberoamericana y ha traducido obras de Carpentier, Cortázar, Roa Bastos, García Márquez y Vargas Llosa, entre otros. En los últimos años ha dado a conocer también obras de célebres narradores israelíes, como Amos Oz y Meír Shalev. Su más reciente traducción al búlgaro es de Máscaras de Leonardo Padura (Plovdiv: Janet-45, 2015).