Judit, el hombre nuevo y la yuca de Casimiro

Cuento

Maribel Feliú

Maribel-Feliu-Narrativa-OtroLunes42Maribel Feliú (Holguín, 9 de diciembre de 1963). Poeta y narradora. Integró la AHS. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Obtuvo el premio Nacional Regino Boti de Guantánamo (cuento, 2007) y el Premio de la Ciudad de Holguín (poesía, 2009). Aparece en Mar por medio (poesía, España, 1998), Comme les dix doigts/De las manos (poesía, 1999), Libro de Celestino (cuento, 1999), Té con limón (cuento, 2002), Catálogo de Ediciones Holguín. 1986-2006 (2006), Memoria de los otros (cuento, 2006) y Alquimia de las islas (Nueva Zelanda, 2008). Ha colaborado en Ámbito, Amanecer y Catedrales de hormigas, y en Norte (México).

Ha publicado los libros: Los pájaros inmortales (Cuento, Ediciones Holguín, 2005).  Su libro más reciente es la novela La extraña familia, publicada en Estados Unidos por la editorial NeoClub Press, en 2016.

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Quimbombó que resbala pa la yuca seca, repite Judit con desdén. La yuca se está quemando. Ángel puede ser la salvación, dice ella mientras golpea la radio y cae desfallecida. La yuca se está ablandando, todo es cuestión de gestionar dos onzas de aceite para que las yucas resbalen como Dios manda. El negro está cocinando. Dos onzas de aceite que el Ángel vende a dos pesos cada una. Ni siquiera eso tiene en su cartera. Golpea la radio. Tener que ir a parar en manos del Ángel fanfarrón. Cómo decirle que necesita comprar su aceite. Dirá que  le deben un dinero que con seguridad le pagarán mañana. El fanfarrón sabe que el mañana no existe. Cobrará dentro de unos días y… la yuca de Casimiro. Ahí sigue debatiéndose Judit, y golpea la radio sin parar.

Sus ojos desentrañan sombras, soledades, su propio Apocalipsis. “Crecerse ante las dificultades”. Nombrar. Nombrar. Y nombrar. Perder el equilibrio. Volver a caminar por la misma calle. Olvidar.  Quedarse.  Observar el pavimento húmedo. Dormir con un tambor de fuego en la memoria. ¿Y las yucas, Judit? Regias… La yuca se está pasando. Un negro abismal asoma la cabeza. Casimiro debió ser uno de esos negros que llevan un trozo de cielo en la mirada. Un hermoso trozo de noche. Instintivamente negro. Un negro en el tablero brotando como la espuma. Una fiesta memorable. Recordar. Caer. Hundirse. Hundirse, hijo mío con tanto silencio en la mirada.  Allá en la esquina está la casa de Ángel. De un ángel que sentencia y aplaude. De un ángel que suicida ángeles. En su portal ululan jóvenes victoriosos que van hacía un futuro mejor. Jóvenes que huelen a náufragos. Inmersos en su juego. Juegan al blanco y al negro Cazan. Violan. Sueñan. Se burlan. Envidian al viejo, por sus arrugas, por el portal, por el aceite, y por su yuca. Ángel trae la yuca de Casimiro ahí, colgando como un Arcoiris. El negro está cocinando. Golpea la radio. Se mira. Camina. Se detiene bajo la demasiada luz.

Absorta en el manjar de sus yucas. Socias muy listas. Amigas. Judit va a morir un día atragantada por una insondable yuca. Golpea. Sale. Entra. Traga. Golpea. Niega. Va hasta la cocina, las yucas están duras. Erguidas. Sonrientes. ¿Judit?  ¿Judit?, dicen las yucas temblando dentro de la olla. Judit vuelve a la sala a hurtadillas, teme que las yucas salgan corriendo detrás de ellas. Golpea la radio. Escupe. Cae sobre el sillón. Piensa en Ángel. Quizás el viejo sea amable y los jóvenes futuristas del blanco y el negro se marchen al verme llegar. Y yo, Judit, triunfe, y mis socias muy listas se puedan digerir mejor. Patea. Se arquea. Se hincha. Quimbombó que resbala pa la yuca seca. Horror, dice mirando a las cortinas. Ostra dentro de una pecera ríspida. Soy una maldita ostra. Abre la puerta y la lanza con toda su fuerza.  Un tirón y ya está completamente cerrada. A su paso por la acera va dejando el vaho caliente de las yucas. Muda bajo el cielo otoñal ovilla su desnudez. Los carros la siguen. Los balcones la buscan. El tiempo lleva cuerdas atadas a su rostro. Ella se arregla la blusa. Los dedos repasan sus cabellos. Los amoldan. Los jóvenes la saludan. Ángel la recibe animadamente. La invita a pasar, le brinda una taza de café. Luego de desliza por un pasillo interminable con pronta ligereza. Los muchachos del futuro deciden partir con impaciencia, antes de marcharse observan a Judit con mirada de acero. Esperan algo, deduce la Yuya. El futuro espera algo de mí, mientras se desembaraza en el sofá Existe un sueño más allá que calla y sangra. Un deseo infinito de violar las aguas.  El futuro se ha ido con su casaca de hombre nuevo .El futuro ausente, ajeno, solitario. Judit aprieta un pomo que trae entre las manos. Alisándolo aún más. Quisiera romperlo y correr. Pero se incorpora íntegra. El café ya está sobre la mesa de cristal. Quimbombó que resbala, se acomoda la saya. Ángel no la escuchó. La mirada de la muchacha es triste. Se ve aturdida. Nerviosa. A Ángel le sobra el silencio para comprender que el pomo es la prueba, no hacen falta las palabras. Se balancea con elegancia y siente todo el frescor del atardecer temblar dentro de él. Bebe, le dice. Ella sorbe un trago y otro. Piensa en su vecino. El  Ángel confiará  que algún día podrá pagarle. Y hasta le agradecerá que haya ido a molestarlo, en fin, que no es molestia.

Ángel recobra ese aire de gran señor, de hombre equilibrado dando de comer a las criaturas más frágiles. Fuente de luz inagotable. Judit le da vueltas al pomo. Quiere morderlo. Lanzarlo contra los ojos del negro barbudo. Coger cada pedazo de cristal e incrustárselo en el rostro. Devorar la mirada de Casimiro. Las yucas. Te voy a llenar el pomo de aceite, muchacha, y no vaciles en regresar, ¿para qué somos vecinos? Judit siente frío y sin embrago suda, piensa en las aguas, en el estancamiento de las aguas. Permanece ahí, sujeta al brazo del asiento con firmeza. Ángel alarga sus manos, siente cómo el pelo finísimo de Judit se desvanece entre sus dedos, y hasta le dice: no temas, no te haré daño.

Él comienza a desabrochar su blusa. Judit ofrece resistencia. Sí, no seas malita, sólo quiero contemplar tus luceros. No, no, dice Judit. Mira, te juro que no va a suceder nada. Vamos, no seas boba. ¡Judit, qué senos tan bellos! No, no, te dije que no. Son un encanto tus pezones. Que no. Sí, no seas idiota, te gusta como a todas. Por favor, déjame. Voy a chuparlas, y ya verás cuando sientas la potencia de mi boca. Querrás más y más. Suéltame.

Él se suma al cataclismo de los pezones de la muchacha. El futuro atisba por las celosías. Ya, coño, no. Ángel moldea sus senos de estrella. Judit se ahoga en la elástica boca de Ángel. Y su boca es un pozo que se traga sus pechos. Vamos a la cama, chica. No, no, murmura Judit con voz casi ininteligible. Y su no obliga a llevarla hasta la cama. El futuro le abre las piernas, mientras toca con fervor su portentoso músculo. Judit trata de apartarlo. No. No. Y Ángel quiere que siga diciendo que no. La pepa de la Yuya crece como un pino. El futuro se espanta, vuelve a las celosías. La pepa es dulce y suave. Aprisiona su cabeza y murmura no, no. Se mueve con discreción. Así, nena, dice el futuro y ríe. Ángel es un experto en pepas. El futuro es de hierro. La cabeza del futuro saluda agradecida. Los jóvenes juegan en la azotea, se vierten, disparan. Mueren. La yuca de Casimiro es mucho más grande de lo que podíamos imaginar. El negro está cocinando. Judit continúa en un movimiento frenético y grita: No, no. Pero no debes, Judit, se dice a sí misma. Ángel estruja la yuca de Casimiro contra las sábanas. El futuro le guiña un ojo. Los muchachos van por una novena. Sus ríos descienden. Cultivan yucas. Y yucas. Yucas regordetas y largas, aromáticas. La cabeza de Ángel empuja, la del futuro, la de los jóvenes en la techumbre. Todas las cabezas solidarias entran en la pepa. La pepa es una socia divina. Casimiro se prepara. Empínate,  dice.  La muy lista abre más y más y mucho más las piernas, y dice no, no. No sigas. Sí, verás lo rico que resbala. Se abalanza contra su ternura y ahí van por el túnel. Ángel. Casimiro. Los jóvenes. “Unidos y fuertes”. Por el mismo camino. Todos los caminos conducen a la pepa. Judit dice no. No. Las uñas de la Yuya parecen garras que se clavan en el porvenir y dejan sin casaca al hombre nuevo. Quimbombó que resbala. El negro está cocinando. La yuca se moja. Ángel se queda sin pulmón. Los jóvenes se dan las manos, elevan sus pingas. El futuro va en busca de Casimiro. El Ángel fanfarrón resopla. Ella dice: Oh, no, no, no.

Judit recuerda que ha dejado las yucas en la hornilla. Se viste con urgencia. Ángel le acerca el pomo de aceite con gesto cariñoso y risa de hombre nuevo. Su barba parece restaurada como si los años se hubieran esfumado. Ella sonríe dulzonamente, aunque en su mirada aún quedan vestigios de dolor. Y piensa que volverá una y otra vez a encontrarse con el negro.

La Yuya se asombra con una multitud que se aglomera frente a su casa.  Por las ventanas ve brotar el humo. Y grita: las yucas. Y corre, pero ya es imposible recuperar algo. Todo se vuelve  penumbras.

CARLOS,    SABES    TÚ    QUÉ    COSA    ES    EL   AMOR.
¿DIJE   AMOR?  ENTONCES    DIJE    MIEDO

  Yo:   Madame   Bovary   declaro   que   fui   desvirgada   por   un   muchacho  que    se  creía   el  centro   del   mundo.  Pobre   diablo.  Con  él  nunca   conocí  el  placer.  Llegué  a  pensar  que había   contraído   una   enfermedad   terrible.  El  muy  bárbaro  lo  hacia  con  los  gallos.  Carlos,  tú    me  hiciste   mujer.  Tú  Rodolphe,  me  amaste  tanto.  Dejó  de  importarte  tu  madre.  Sus   teques   moralistas.  Su  rostro  de  mariposa  en  desmedro.  Te  portaste   como  un   héroe  cuando  te  di   la  noticia  de  que   estaba embarazada.  Te  di  mi  interior  como  ofrenda.  Carlos,   tú  eras   el  hombre   de   mi  vida.  Varón  de  mil  cabezas.  Contigo   conocí   las   cosas   que   pertenecen  al  reino   del  espíritu.  Hondas  praderas  iluminadas   con   tu   luz.

Yo   te  calentaba   el   agua.  Te  bañaba.  Cortaba   tus  uñas.  Ponía  la  mesa.  Cenábamos.  Y  ya   entrada   la  noche   te  mecía  en  el   balance.  Te  besaba.  Ah,  tu  boca. Bocas sumándose a tu boca. Retoñaban otras bocas ardientes,  sensuales.  Nuevas.  Seguía  meciéndote  hasta tocar el cielo.  Las siete cabrillas.  Como   pompas  de   jabón.  Nuestros  cuerpos  flotando  entre  pompas  de  jabón.  Cortinas.  Y   el  humo  subía. Cielo  abierto. Los  sueños  mordían.  Me  convocaban.  Rara  ave  abriendo  sus  manías.  Afrodita   oficiando   en  las  madrugadas.   Madame,  como   en  los  viejos  tiempos.  Tus  poderes,   Bovary,  descendieron   y   volví  a  Rodolphe   al   final  de  una  calle  vacía.  Lloviznas.  Bosques.  Piedras.

Tú, Carlos, buscabas  las  revistas.  Acariciabas a la rubia que se abría de  piernas. Detrás una dama de la caridad y un  cura. Las manos del cura se  refugiaban con vehemencia  en  los muslos de la dama. Un negro gigantesco y   la rubia sostenían una  bandeja con dos copas. El negro brillaba como un   cuchillo. Loco por que saltara la sangre. Luego el cura sacaba su insondable    lengua y recorría el orificio  de la rubia. La hermanita tan   caritativa se perdía en el abismal calendario del negro. “Aleluya” dije, hinchada de olores. Con mi  vocecita de gorriona salida de la jaula. Tanto te ruborizaba  la  rubia,  que  terminabas por hundirte, cabeza  y  todo,  en   mi sexo.  Imaginaba   que   el  negro   me comía a besos. El cura depositaba  en  mi  boca   sus  latitudes,   un  poco  dormidas  en   el  tiempo.  El  negro, el cura,  Rodolphe,  todos  como  en  una   procesión.  En   fila   francesa.

Dos pozos  distintos  en  un  mismo  pozo. Y  luego  a la  mesa, la  silla,  el  suelo,  el techo, la cocina, el   balcón,  el  iris.  Los   muros  caen.

Yo subía por el centro humedeciendo tus tetillas. Mordiéndolas. Tensándolas.  Enloquecías.  Mi  puta  rica, me  cago  en tu madre. Decías. Bajaba por tu piel dorada. Tus ojos saltaban. Rebotaban en el techo. Regresaban   al mismo punto. Yo entre tus muslos. La pelvis. Tus nalgas. ¿Yo? Madame  Bovary,  con  mi  lengua,  buscaba  tu  ano.  Tu  redondez casi   cínica  se  hacía   almíbar  en  mi  boca.

Oh,  Carlos,  los montes ciegos se volvían a la luz.  Sucedían.  Se  estacionaban. Abarcaban   los  contornos.  Lucían  pálidos.   Memorables   en   su   interior.

Mis  pechos  como  racimos.  Mis senos como la torre Eiffel llegaban al Nilo. Subía  al  closet. Me lanzaba de fly para caer atravesada por tu espada. Tú, como Maceo. Con el machete  en  la  mano.  A la carga, al combate. “Zona franca”, gritabas. Yo  corría desnuda por toda la casa.

Con un juego de plumones le dibujaba los ojos y la  naricita a tu pene. Tiempo   mío. Le cosía ropitas  como si fuera un muñeco. Mi muñeco. Me  abrazaba a él.  Me dormía arrullándolo.  Cantándole una canción de cuna.

Mi barriga  creció lentamente. Como   todas.  Charles  me  prohibió   hacer   el   amor.  Tonto  medicucho.  Aún así yo te  masturbaba   con  la  boca. Las  manos   Los  muslos.  Los  pezones.  Los  oídos.  Los   pies.

Te  ibas   a   beber   con  los  amigos. Yo,  tan  inocente.  Yo,  siempre  tan  inocente.  Te vestía  con  la  mejor  ropa.  Te  perfumaba.  Te  peinaba.  Yo,    como   una   inocente,    escribiendo  sobre  la almohada.  Poco   original   para  mí   gusto. Yo,  con   un  brillo   fatal  en  la  mirada.  Yo,  con   un  brillo  fatal   para  que   me  amaras.

Carlos Rodolphe.  Cómo  te   fuiste   a   parar    en   manos  de   la   jabá   sin    nalgas.   Ni  caderas.

 

CARLOS, HACE MUCHO TIEMPO QUERIA DECIRTE: ERES UN  CABRÓN.  QUIERO   QUE    MUERAS.  QUE  TE  COMAN   LOS   GUSANOS.  HIJOEPUTA,  COÑO.  TÚ  NUNCA  SUPISTE  QUÉ  COSA  ES EL AMOR.

Encontré    en   el  refrigerador  de   tu   casa  un  nylon,  con   tu  nombre  y  el   mío  de  espaldas.  Borra   de   café.  Sal.  Peonía  y  pendejera.  Cosas  de  tu madre.  Lloré  noches.  Madrugadas.   Siglos.    No    me   creías    cuando    te   decía  que  tu  bruja  madre  me  obligaba  a  tomar  cocimientos    de   polvos    y    hojas    extrañas.   Por   eso   creo,    Carlos    de   mierda,   que   nuestro     hijo    nació   enfermo   del   corazón.  Y   tú,  entretenido,    como   siempre.  Claro,   para   tus conveniencias.

 

CARLOS,   MARICÓN
                        Bovary

Celebramos   nuestro   primer   aniversario.  Me  sentía   feliz, la  alegría  como un festival saliendo por los poros. Pensé  que las  batallas  emprendidas  contra  mí  se  habían  acabado.  Fuiste   al   baño.  Tu  loca  hermana   me    dijo:  “Yo  no  sé  qué  se   va  a hacer  Carlos  si  la  preña.  Tendrá  que  casarse”.  ¡Y  yo, la   idiota.   La princesa.  Me  cayó  un  bloque   de  hielo   encima.  Algo   se   había    alojado   en    mí  estomago…  fiebre.   Un    perro. Un orangután. Los conejitos de la India invadieron mi barriga.  Vomité  pájaros.  El  Olimpo  y  sus  dioses. Mi  otro  yo masticando  mis  vísceras.   Yo,  la  caritativa.  Afrodita exprimiendo mi vestido.  Mi sudor se abrió paso entre  las  gentes. ”Longina seductora, cual flor primaveral, te comparo con  una santa diosa”. ¡Diosa! Cuando   hacíamos   el   amor  y   me   decías: Alejandra, come.  Alejandra puta.  Alejandra ángel.  Alejandra mía.  El nombre  de   ella   se   instalaba    en   mi   cabeza.  Podrías  ser  tú   tan  simple  como  para   hacer   con   ella   lo  mismo  que  hacías  conmigo.  Dónde  dejabas   el   paraíso   que   habíamos   construido   con   las  manos   y   el   alma.   Los  castillos   se   desmoronaban.

Continué peinándote.  Perfumándote.  Cortándote  las  uñas.  Bañándote.  Meciéndote.  Succionándote. Acariciándote.  Limpiándote las  nalgas.  Poniéndote  las   ropas.  Pintándote  el pene.   Arrullando tu pene.  Cantándole  a  tu  pene.  Haciéndole  lazos  a   tu  maldito  pene.   Mi   muñeca,  pene.

Mis   dotes   de   hembra   cayeron   sobre  ti  como  un   arsenal. Eso  para que supieras,  cojones,  lo  que  es  una   hembra    encabritada.  Mis  amigos  me  decían: comemierda.  Bobalicona.

                

CARLOS,    ME    CAGO   EN   TU   MADRE
                                   Alejandra   Bovary

 Conocí  a  un  hombre  con   la  barba   helada   por  los   años.  Me  hizo  saber  que  mi  cuerpo  valía   por  miles.  Yo   la   diosa  “cual   flor   primaveral”. Yo,  Afrodita.  La   bella  del Alhambra.  A mí  también,  como  a Emma   Bovary,  se  me   había   ido  la   vida   en   pagarés.  Aprendí  a  beber  como una  desquiciada.  Comencé  a  darle  a  la  yerba.  Yo, estupefacta, me empastillaba.  Obtenía lo que  me  daba  la  gana  y  como diera la  gana. El  viejo  me permitía  salir  por  las noches  con   mis   amigos.  El  sabía   que yo  no  me  dejaba tocar  ni  un  pelo  por aquellos frikies.

Pasaba  largas  horas  escuchando   tus  canciones   y   las  mías:”Let  it  be”.  “Let it  be”.  O  Let  it  be.  Corría  a   caerle  a   botellazos   a   la   cabina   para   romper  los  cristales.  Quiten  eso,  carajo.  Gritaba.  Con  las  uñas  me  rasgaba   la  ropa.  La  piel. Mis entrañas.  Me  miraban  como  si fuera  un  bicho.  Un   animal  raro.   Un  alien.  Los  amigos  me  tiraban   sus  camisas,  me  sacaban    por  el  fondo  antes   de   que  la   policía  llegara. Yo  los   escupía.  Malditos   sean.  Les  arrancaba   el   cabello.  Sus   cabellos  y   los   míos.

Me   tatúe  el    cuerpo   con   tu   nombre.  Mi  cabeza   rapada.  Los  párpados.  Los  labios.  Las   orejas.  Las  venas.  El  alma.  No  quedó  un   resquicio   en  mí   que  no   tuviera  tu   nombre.  San  Carlos  Diablo,  te  puse  vasos  de   agua  con hojas  de abrecamino, vencedor y  salvia.  Velas.  Tabacos   y   aguardiente  de   caña.  Cuba  mía.  Te bailaba  desnuda.   Desafiante.  Ah,  la  anchura  enigmática   de   mis  caderas.  Mis   muslos   sobre   tu   rostro.  Mis dedos  desesperados.  Únicos.  Manantiales.  Ríos. Mar.  Un  líquido  transparente  se   adueñaba  de mí.  Descendía.  No    tenía  manos  con  que  asistir  aquel  advenimiento.  Ah,   con   mi  palidez  de  la   ladea  al  mundo.  Oler. Deleitarme  en mis  olores.  Luego  recorrerte  con    una   agonía  casi    mágica.  Nombrarte.   Pedir  que regresaras  mío.  Unicamente  mío.

Con  el  viejo  era   distinto. Se   untaba  el   pene  de coca.  Me lo untaba  a  mí  también. Veía   crecer  su   trozo   como  el  de  los  caballos.  El  mío  como  el  de  las  vacas.  El  tipejo  me   amarraba   y    su   éxtasis quedaba  impregnado  en  mi  piel.  Era flecha.  Eso  sí,  nunca  dejé  que  me  besara   en   la  boca.  Nada    más  de   imaginarlo  me producía  náuseas.

Llegué  a  tu  casa con  oro  hasta en   las  nalgas.  Y el niño.  Tu niño cabrón  con    un    juego   de   marinero. En   mí  cartera   unos   versos   para   ti.   Poemas.  Cartas   de   amor  para  mí  hombre.  Rodolphe.  Te  entregué  mi  corazón   roto.  El miedo  de perderte. Todo   se   hizo  silencio.  La  humedad  cortó  mi respiración.  Yo,  desnuda,  sin más  equipaje  que  mi  cuerpo.  Madame Bovary.  El  pasado  y  yo  retornando  torpemente   ante  tus    ojos.  Ojos  que  ya  no   eran  morados.  Ni  grises.  Ni café. Mirada  ausente  de   esplendor. Grietas.   Los   pájaros  se  ahuyentaron, escapando quién sabe  a  dónde.  Imposible   creer   en  el   fuego, en las grandes  ciudades  del   buen  vino   y   el   pan.

Tú,  frente  a  mí,  sin más  opción  que  la de  salvarte.  Cuando  di  la  espalda,  mis cartas  fueron  a   parar  a   la   alcantarilla.  Insistí. Me   puse  un  short    que   llegaba   a  la   punta   de   Maisí. Isla  mía.  Yo  iba a  allá,  a   donde  el  mundo  es   un   laberinto.  Allá,  a  donde  las  fieras  se   despedazan  por  un   pedazo  de luz.  Te   ponías   nervioso.  No   decías  ni  media  palabra.  Me mirabas  con  rabia, celos. Ella,   la  víctima,  se iba  tan  jabá  como  siempre.

Al   regreso,    por   las   calles  solitarias,   te   imaginaba    vestido   de   novio.  Yo,  con  mi  traje  blanco de  inmensa cola que   se   adueñaba  de   todo  el   palacio.  Flores caían sobre nosotros.  Rosas, como  las  que   nos  regalábamos. El  rosal, Carlos. Y aquella vieja que nos  sorprendió,  gritándonos millones de   insultos, que nos   iba   a   acusar   de   ladrones.

Tú,   en  tu   orgullo   de   macho   herido,   me   hacías  cosas  tan  absurdas como  esperar  que   el   barrio  se durmiera  para dejarme  entrar  en   tu  cuarto.  Salir  antes  que despuntara  el alba. Te  reducías  en tu orgullo. Eras  cenicero  de  tu orgullo.  Eras  momia.   Comenzaste   a   beber  como   un    tarado.  Me   golpeabas.   Me   dabas    patadas    por    la   cabeza.    Los   senos.   El   vientre.   El   corazón.    Ah,  hijoeputa,   yo   vomitaba   hasta   la  sangre.

CARLOS,    DESGRACIADO,   TÚ   NO   TIENES    ALMA
                                                             Alejandra    Bovary

El  anciano    inventó  un  viaje  a  las  Parras   con  el  firme   propósito  de  comprar una  pistola.  Y  meterte   plomo   hasta   en  el  culo.  Bien  que    te  lo  merecías.  Tú,  el  blanco  perfecto.  Lloré.  Rogué.  Imploré.  Tú,  cacho  e cabrón,   el   padre  de mi  hijo.  Yo,   para   ti,   una   extraña.

“Te    comparo   con  una  santa  diosa, ofrendándote   con   notas   de  mí  lira”.  Música  de  fondo.  Tan   fastidiosa  como  yo.  Bah, la Longina  esa debió  haber  desgarrado  a un  negro  bien  grande  en  medio   de  la   plaza.

Con  una  tiza   verde   escribí   en   el   techo  y   en   las   paredes. QUIERO  MATARME.  Y  como   no   encontré   otro   sitio,   escribí    encima    de  mis  tatuajes. Fumaba  sin parar.  No   comía.  No   dormía.   Decidí    tenderme   en   la  cama   a   esperar   la   muerte.

Como  la  gran   Bovary,   eché   dentro   de   un   vaso   con  alcohol  diez  sobres  de pastillas.  Claro,   al   estilo    siglo   XX.  No  soy    tan    tonta.

Enormes  pájaros  negros   vinieron   a   buscarme.  El   cuervo.  Los  cuervos.  Tuve  miedo.  Mucho  miedo.  Hacían   un bullicio   espantoso.   Me  obligaban.  Dónde   está  mi   niño.  Mi  muñeca   pene.  Mi   pene   muñeca.   Bovary.   No  encuentro    la   salida.   Qué   cosa   es   este   lugar.  No  me  piquen.  No  me  saquen   los  ojos. Hay   alguien    aquí.  Hay   alguien   aquíiiiiiiiiiiiiiiiiiii.  Mami,  oh   Dios,  qué  me  pasa.  Adónde  me    llevan.  Tengo  frío. Ayúdenme.  Quiero  regresar   a    casa.    Quien    soy.   No   puedo   caminar.  Me   pesan    los   pies.  El  mundo.   ESTOY   MUERTA.   Oh,   Rodolphe.   San  Carlos.  Me   orino. Me   duele   el   pecho.   Mami.   Afrodita.  ¡Por  Dios!   Donde   estoy.  Me  hago   caca.   Madame   Bovary, sálvame.  No    quiero   morir.  Ahora  no. San  Carlos.  Mi   muñeca  rubia   te   amo.

SAN   CARLOS,    ¿ALGUNA    VEZ    NOS    AMAMOS.    QUÉ   COSA   ES   EL    AMOR?
                                               Alejandra    Bovary