Mujeres traicioneras

Capítulo de la novela homónima

Félix Luis Viera

Felix-Luis-Viera-Narrativa-OtroLunes_38Félix Luis Viera (Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC 1976, Ediciones Unión Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991) y Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, nueva edición 1988) y Precio del amor (Editorial Letras Cubanas, 1990). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de novela, UNEAC 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba ,1995); Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003, Editorial Eriginal Books, Miami, 2012) y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997, Editorial Capiro, Cuba, 2002).

Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (L’Ancora del Mediterráneo, 2008), que aborda el tema de la UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros. Esta novela, con buena acogida de público y crítica, ha circulado en varios países de habla hispana y en la Florida.

En 2010, Félix Luis Viera publicó en México El corazón del rey, novela que incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y que expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami), publicado posteriormente en Italia por ediciones Il Flogio y merecedor de uno de los Premios “Latina en Versos”, otorgados en aquel país.

Es ciudadano mexicano por naturalización.

 

*****

(Fragmento de novela)

6 

 

La quinta y última tarde que estuvimos en el mugriento parque de El Colmenar, Margarita y yo preparamos la logística. Cuando comencé a organizar el viaje hacia la casa de Yoya, ella dudó.

Le vi el pánico en el rostro.

Entonces era el momento de ablandarla dándole un poco de lumbre (la tercera y cuarta tarde solo nos habíamos surtido besos de palomos, y entrelazado las manos, como dicen en las radionovelas).

Me puse en pie aunque faltaban, según la cuota, veinte minutos para separarnos.

Caminé hacia la barda que nos quedaba a la derecha y le dije ven. Era un rincón umbroso que comenzaba a serlo más por la caída del sol. Le indiqué que se recostara a la barda y obedeció no sin antes titubear. La besé metiendo la lengua como si fuese a explorar su esófago. Ella asimiló el disparo. Pasivamente. Le tiré dos veces más y entonces ofreció su lengua. Justamente la punta de su lengua. La envolví con la mía y le solté una descarga quizás de un millón de voltios y ella se estremeció.

Se estremeció.

Lo sentí.

Antes, el estremecido había sido yo: cuando abracé a Margarita Aranda tuve la sensación de que ceñía una de esas galaxias humanas de las que hablan ciertos comics, o algo así de exagerado. Sus tetas, que como ya he dicho, eran pequeñas pero de sensibilidad sin límites, se clavaron en lo alto de mi abdomen y ahí está Dios que no me dejará mentir: parecían incendiar mi camisa.

Debía arriesgarme aún más para persuadirla.

Metí mi mano izquierda entre su culo espeluznante y la pared y con la derecha acaricié su sexo por encima de la tela. Margarita Aranda ya respiraba grueso pero no obstante cabeceó —vi el pánico en sus ojos entrecerrados— cuando le levanté la falda hasta casi la altura de la pelvis.

La besé de taladro nuevamente. Una. Dos. Tres. Cuatro veces.

Y mi dedo cordial fue directo a su vulva luego de palanquear el blúmer con el dorso de la mano. Dos dedos adentro. Índice y cordial. Una. Dos. Tres. Cuatro disparos hacia lo más profundo. Y entonces Margarita Aranda aflojó el cuerpo, se entregó al destino. “Ay” “ay”, “ay”, levemente. Y luego más alto apoyada contra mi cuerpo cuando el cordial se quedó solito puliendo su clítoris. “Ay”, “ay, ay”, y quizás minuto y medio después sentí que todos los chorros del planeta desembocaban en la palma de mi mano.

Mi pene restallaba contra su vientre.

Lo sentía gotear.

Di que te estás viniendo, Margarita, le pedí en susurro.

Pero ella solo se sacudía contra mí. No decía nada. Se venía. Espasmaba. Pero no decía la frase catalizadora. No conocía el lenguaje coital que acelera la batalla tanto como el falo, el coño, la lengua, las manos. Mas las puertas de la esclusa seguían levantadas y ahí está la virgen de la Caridad del Cobre que no me dejará mentir: mi mano derecha se hallaba anegada y la izquierda hirviente.

Dejé que ella concluyera las contracciones entonces aferrada con ambos brazos a mi cuerpo. Miré hacia atrás, izquierda, derecha. Suspiré. Nadie se encontraba cerca. De manera que se podría asegurar que nadie nos había visto. Las sombras en el rincón eran casi rotundas.

—**—

 9

 

Estábamos sentados en el borde la cama.

Me saqué los zapatos.

Me puse en pie. Me desnudé lentamente. Lentamente porque ya tenía un mal presentimiento.

Ella, en transversal, miró hacia mi ropa, que había quedado en el piso.

Me le acerqué. La descalcé. Le fui sacando las medias, despacio, desde los ligueros hasta los dedos. Vi sus muslos. Y en ellos la vehemencia de la carne de mujer creo que como nunca antes la había visto. Le quité los zapatos (de corte bajo, color marfil y sin duda de cuatro pesos y setenta y cinco centavos).

Me reincorporé (sentí demasiado frío el piso —según lo pactado con Yoya, el acondicionador de aire estaba funcionando, pero el frío que me agarraba la planta de los pies, más bien, me dije, resultaba el frío del fracaso). Besé sus pies. Diez besos en sus dedos, uno per cápita.

Me erguí y le pedí que lo hiciera. Obedeció. La fui desarropando. El vestido, holgado, color crema, ajustado en la cintura con un ceñidor blanco y más bien ancho, ofrecía la impresión de que se afinaba aún más su cintura y aún más se levantaba su culo asesino.

Mientras, los sollozos de Margarita Aranda iban en aumento.

Se sentó nuevamente en el borde de la cama. Cruzó sus brazos sobre los senos, o sobre el sostén, como ocultándolos, como amparándolos, con expresión de pena tal si estuviese medio desnuda en la calle. La cabeza baja.

Yo permanecí de pie.

El tinte rojizo de la luz sacó una coloración fastuosa en la piel, el cabello…., la anatomía eurítmica de Margarita. Aquello era un bombazo. Yo pensé: si fuera un viejo ahora mismo estallaría con un infarto por las cuatro esquinas. Y no pude dejar de traer a mi mente a Jesucristo: ¿Hubiera resistido este trallazo?

Yérguete, ven, Margarita. Le pedí.

Obedeció y entré en el cuerpo a cuerpo. Le saqué el sostén, que lancé hacia cualquier esquina de la habitación.

Lamí sus senos y se hallaban duros pero, digamos, muertos.

La induje a que se recostara en mí y entrambos sacamos su blúmer, que lancé hacia cualquier esquina de la habitación.

Bajé mi mano hasta su entrepierna. Palpé su vulva (su pubis mullido, copioso), busqué el clítoris y lo froté con el cordial. Nadie hubiera creído que la laguna que unos días atrás, cuando nos vimos por última vez en el parque churretoso de El Colmenar, empozara el cuenco todo de mi mano y hasta un poco más, ahora solo enseñase la resequedad, la aridez de un páramo.

Uní mi cuerpo al suyo.

Me estregué en ella.

La besé en la boca. Fuerte. No me ofreció la lengua. Sus labios estaban fríos.

Y frío mi pene contra su cuerpo

Durante todo el galanteo hacia Margarita Aranda yo me había reservado por completo. No intenté ligue alguno. En ocasiones, sobre todo en las noches, me abatía una erección de arrancacuello, pero no me masturbaba.

Todo lo que yo poseía en esta tierra lo tenía reservado para ese tope de campeonato que llevaría a cabo con ella.

Y esa fue la primera vez que mi pinga falló. Nunca, ni siquiera en las masturbaciones en vivo iniciáticas —y furtivas— con aquella niña canalla de los bucles que finalmente me corneara con el malvado guajiro, mi hierro cancaneó.

Comencé a maldecir para mis adentros la lucecita roja que llegaba desde la lámpara de noche: era un luz estúpidamente cómplice, catalizadora de un round sexual que ya, lo podía asegurar, no se iba a dar.

No obstante, persistí en chupar los senos, gélidos, lengüetear en los pezones, helados, de Margarita Aranda. Investigué de nuevo en su clítoris con el dedo mortal —el cordial—; en su vagina a media profundidad, primero con el mortal, luego sumé el anular.

Y nada.

Margarita Aranda no se calentaba.

Y a mí no se me paraba.

Cuando la dejé —según lo acordado, en una acción relámpago de abre, baja y cierra la puerta trasera del automóvil— en aquel parque cochinero de El Colmenar, ya me iba con varias respuestas irresolutas de Margarita Aranda: ¿Se había retractado de la venganza contra el mecánico?, “no sé decirte, plis”, y sollozos, lágrimas que si bien a medias podían correrle los afeites, “cuidado Margarita, que él puede notar que hubo refriega si vas así a cara pelada, coloréate de nuevo las mejillas y los labios”, ¿cuándo nos vemos?, “no sé decirte, estoy muy confundida, plis”, ¿me llamarás por teléfono para acordar cuándo?, “no sé decirte, plis, plis”.