"La isla afortunada"

Cuentos

Osvaldo Antonio Martínez

Osvaldo-Antonio-Ramirez-Narrativa-OtroLunes42Osvaldo Antonio Ramírez  es economista especialista en precios (Instituto Superior de Dirección de la Economía, 1994, Sancti Spíritus). Miembro de la Sociedad Internacional de Escritores (S.I.E) y de la Red Mundial de Escritores en Español (REMES), se ha desempeñado como escritor de libretos dramáticos para CMHT, Radio Sancti Spíritus; asesor literario en la Casa de la Cultura Olga Alonso de Fomento, y profesor de Español y Literatura en la tarea Álvaro Reynoso en su ciudad natal. Ha publicado, entre otros: El fantasma del camino de San José (Ediciones Luminaria, Cuba, 2002, Premio Fundación de la ciudad de Sancti Spíritus); Las razones del silencio (Editorial Oriente, Cuba, 2003); Dios salve a Numancia (Ediciones Vitral, Premio de narrativa Vitral, Cuba, 2006); Abejas en los zapatos (Fundación Editorial El Perro y la Rana, Venezuela, 2007); Instrucciones para desobedecer al padre (Editorial El Barco Ebrio, España 2012) y Propuesta para matar a Salinger (Atmósfera literaria, España 2014). Esta novela fue nominada finalista del premio de novela Fernando de Lara 2007.

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El hombre coloca el cañón del arma en la frente de su víctima, un perro pastor alemán que lo miró a los ojos como si entendiera lo que ocurriría en los siguientes segundos. Seguía siendo un perro hermoso, sin dudas, a pesar de que le co­rroía el cuerpo una extraña enfermedad. El hombre comenzó a notar cambios en la fisionomía cuando el animal su­frió una hinchazón en el hocico que desfiguró las facciones caninas. También las orejas disminuyeron, pero de esto no estaba seguro porque quizá la inflamación las contrastaba de tamaño, o tal vez se debía a que antes no se fijara bien. De lo que sí tenía certeza era de la caída de los colmillos, el cambio en los dientes y la transformación de las patas. Se trataba, sin dudas, de una enfermedad degenerativa, quizá contagiosa y no podía permitir que se extendiera al resto de la manada. Después se lo comunicaría al Amo, aunque, pensándolo bien, era mejor que el patrón nunca lo supiera. En la finca había tantas parejas de perros de diferentes razas que un animal menos no se notaría. A la altura de su vida y con las dificultades para encontrar empleo era muy posible que el Amo cuestionara su eficiencia como cuidador y lo echara a la calle.

La escopeta era una vieja Stevenson del calibre dieciséis, de un solo disparo, que, a pesar de los años, había demostrado su eficiencia más de una vez ahuyentando a los perros salvajes que pretendían acercarse a la finca. Colocó el dedo sobre el gatillo e hizo presión. Sintió la frialdad del acero y un casi imperceptible clic que anunciaba la cercanía del fin. El pastor alemán, con una tristeza deprimente que saltaba desde el túnel de las pupilas, parecía rogar otra oportunidad. Él volvió la cara. La mirada del perro lo reblandecía. Apretó el gatillo y el animal, como si una fuerza tremenda tirara de la cabeza, metió el cuello entre las patas para chocar contra la tierra que lanzó partículas de polvo levantadas por los perdigones que atravesaron el hueso y desintegraron la masa encefálica. La visión del cadáver le oprimía las piernas. Apenas dio unos pasos hasta la manta en la que puso el cuerpo sin vida. No pudo evitar mancharse las manos de sangre. Sintió asco. Arrastró los restos de lo que antes fuera un precioso ejemplar y fue a enterrarlo junto a la cerca doble de malla de alambres coronada a tres metros de altura por una espiral de acero con cuchillas. La había mandado a construir el Amo para aislarla de las incursiones de los perros sin raza y otros animales que pretendían, solapados dentro el mucílago de sombras de la noche, entrar en la propiedad para comer o aparearse con las perras en celo. La Isla, como la había bautizado el Amo, se limitaba a una enorme nave antes dedicada a la cría de caballos en la que, usando las cuadras como perreras, vivían parejas de di­ferentes razas. Una especie de arca de Noé canina en la que el Amo pretendía purificar la estirpe de los animales de tal manera que, transcurridas no menos de tres generaciones, sus perros fueran biológicamente puros y diferentes. La nave, rectangular, era una construcción de cemento y techo de zinc de dos crujías con un pasillo en su interior franqueado por hileras de corrales bien cuidados en los que vivían los perros divididos según los intereses de cruce que se le ocurrían al Amo. Se empeñaba en que podría obtener una generación de perros única, por lo que hizo unir los genes con la intención de ir mezclando sangres hasta obtener un híbrido que sería, según sus propias palabras: el perro nuevo, algo nuestro, único y que el mundo admire, pero por encima de todo, silencioso, dócil y de una ferocidad inmedible, que obedezca a una sola señal, la suya.

Hacia un lateral, pero dentro de la nave, al cuidador le habían acondicionado una pequeña vivienda bien surtida y cómoda y lo abastecían semanalmente de comida. Igual que a los perros. Su trabajo consistía en levantarse bien temprano, con las sombras aprisionando el sueño, y preparar los alimentos que, en cantidades calculadas de acuerdo a los requerimientos del peso y la casta, repartía por las celdas. Después limpiaba los suelos y sacaba la mierda de la noche. Acto seguido, empuñando un cubo que llenaba en el pozo de brocal del patio, abastecía de agua los bebederos. Al principio, cuando la antigua finca aún no era La Isla, los sacaba al exterior para que corretearan y no perdieran la elasticidad de sus músculos ancestrales. Pero algunos hacían caso omiso del llamado al regreso y, atraídos por el vasto mundo de los alrededores, se daban a la fuga, hastiados del encierro a pesar de no tener que cazar y la cómoda vida en las mazmorras. Fue cuando al Amo se le ocurrió levantar la cerca de alambres y cuchillas que no permitía ni siquiera a las aves posarse a relajar las alas. El entrenamiento de los perros era lo que más disfrutaba. Quería lograr, con esfuerzo, eso sí, que respondieran a sus indicaciones, pero, por encima de todo, su gran empeño era ganarse la gracia de su empleador. Debía, por orientación expresa del Amo, adiestrarlos para que no ladraran. El objetivo era conseguir una estirpe de seres que despertara el respeto de las haciendas cercanas y que sus vecinos envidiaran aquellas razas conseguidas con sudor y entrenamiento, alejadas de las contaminaciones del exterior y los roces prostituidos del mundo. El perro nuevo debía ser como ninguno. Para ello era muy importante que sus animales nunca respiraran el aliento contaminante de los menesterosos del exterior. Debían ser “únicos, envidiados hasta por el más experimentado criador”, repetía el Amo como una tonadilla. Aquellos animales, que en su momento mostraron las raíces de la raza ladrando, gruñendo y enseñando los colmillos ante la menor provocación, transcurrido el tiempo apenas ladraban esporádicamente, silenciados por el chasquido del látigo o la carencia de comida. Instruido por el Amo, él sólo daba de comer a los que se mantenían silenciosos y los demás, como si entendieran o se comunicaran entre ellos, comprendían que el premio al silencio sería el recipiente con la comida y como respuesta al ladrido rebelde, el látigo o la paliza. En resumen: prebendas al silencio y castigo a la protesta.

Se aseguró de que el pastor alemán quedara bien enterrado y disimuló lo mejor que pudo la tierra removida. Prefería que el Amo no supiera del incidente y le comunicaría sólo en caso de que se tratara de una epidemia. Era de suponer que, si esto ocurría, el Amo pondría todos sus recursos en función de salvarlos para cumplir su sueño futurista. Se dirigió a las cuadras para examinar con precisión a cada animal. Comenzaría por la cuadra uno, haciendo un examen físico y anotando los resultados para, cada día, repetirlo y comparar las evo­luciones. Los animales no tenían nombre propio, sería imposible memorizarlos. La solución fue que los perros respondieran al número del corral que habitaban. Esto le facilitaba el trabajo porque tampoco él debía hacer un ejercicio de memoria. En la primera cuadra y llamó ¡Uno! Los animales se le acercaron moviendo la cola. Deslizó los dedos por entre la pelambre, luego revisó las patas y el hocico y, con una cinta métrica de sastre, midió las orejas. A continuación anotó en el registro: Unos, OK. Y así celda por celda, animal por animal.

En la cuadra catorce observó esporádicas manchas de pelo caído, apenas perceptible para un tacto no entrenado. No encontró nada más, ningún cambio, al menos al alcance de la vista. Posible sarna en los Catorce, apuntó. Superadas tres cuartas partes de las cuadras, en la celda de una preciosa pareja de sabuesos eslovacos. La realidad se hizo palpable al comprobar la inflamación en el hocico y cierta evidente mutación de las patas. Una incógnita, que subía desde el ramalazo de miedo que lo envolvía, se apoderó de él. ¿Comunicar al Amo? Mejor esperar. Tal vez se tratara de algo pasajero y no quería alarmar al patrón que tanto empeño ponía en su gran obra. Aunque, pensándolo bien, no debía aguardar mucho porque, si era una epidemia y se instalaba, el Amo le reprocharía la demora y entonces sería peor. Decidió que pasaran un par de días y, si los cambios continuaban, iría a comunicar la mala nueva.

La mañana siguiente una pareja de dogos argentinos que compartían la cuadra siete con otra de dogos de Burdeos, amanecieron completamente infectados. Lo raro era que en lugar de su precioso pelambre crecía una lana fina y ensortijada, por lo que no estaba frente a una sarna, propiamente dicha. Las orejas habían dejado de estar caídas a los lados de la cabeza para tomar una posición erecta y horizontal. Las patas terminaban en algo muy parecido a pezuñas. Primero pensó en una broma. Quizás el Amo mismo, para comprobar su eficiencia en el trabajo, había mandado a sustituir los hermosos Dogos. Pero, ¿cómo era posible? ¿Se trataba de una broma? Tal vez, aprovechan­do que dormía barrido por el cansancio de la jornada, algún enviado del Amo hizo el cam­bio. Esto resultaba difícil porque, por mucho cansancio que sintiera se despertaba al sentir el más ligero susurro de la noche. Escuchaba a los animales nocturnos pretendiendo vencer el alambre de la cerca. Sabía las veces que las parejas en el interior de La Isla copulaban por el bien de la raza y la satisfacción del instinto animal. Nada escapaba a sus oídos. Además de dormir como suele decirse comúnmente “con un ojo abierto y otro cerrado”, descansaba con las orejas despiertas. Nada podía entrar en La Isla sin que él escuchara. Se consideraba capaz de sentir hasta el reptar escurridizo de una serpiente. En La Isla, sin discusión, ocurría un fenómeno mutante. Era incapaz de conocer las causas. Quizá se debiera a la alimentación y el silencio obligado al que los animales eran sometidos. Tal vez, la sabiduría de la genética se rebelaba para introducir un cambio que transfor­mara los potentes ladridos en endebles quejidos de carnero y, de esa manera, evitar el continuo adoctrinamiento. Lo ocurrido a los dogos proba­ba que algún acontecimiento extraño, escapado a su entendimiento, actuaba en la ge­nética de los perros. Con las horas los cambios se generalizaron en las celdas.

No había luna llena, como suele ocurrir cuando suceden cosas extrañas. En el exterior de La Isla, arracimados contra la cerca, se reunieron cientos de perros, algunos vagabundos y otros escapados de las fincas vecinas que, quizá compulsados por una solidaridad animal desconocida por el hombre, mostraban apoyo a sus congéneres ladrando, aullando a la oscuridad, mordiéndose entre ellos. También llegaron aves que se posaron en la espiral filosa que coronaba el cercado de ignominioso alambre. La noche estalló en una algarabía que no supo entender. Fue como si todos, puestos de acuerdo, decidieran afrontar los disparos de escopeta o la represión. Ya no escuchaba ladridos en el interior, sólo se difumina­ba en la noche el balido de los carneros. Corrió a las cuadras y las anduvo una por una. Los dobermans, dogos, pastores alemanes y el resto de razas, ahora eran hermosos carneros de pelambre corta, patas alargadas, nalgas ro­bustas cargadas de carne. Ya casi al amanecer se produjo un silencio espeso que se adueñó de La Isla. Salió al exterior. No quedaba ni rastro de los animales que habían protagonizado aquella sinfonía solidaria. Ahora se cruzaba ante él la disyuntiva de informar al Amo y pedir que, a partir de ese momento, debieran enviarle forraje para alimentar carneros. Ya no había perros, se esfumaron las razas y con ellas la rebeldía de la sangre. ¿Cómo lo entendería el Amo?

Pasó varios días alimentándolos con la hierba que recolectaba en el exterior. Decidió esperar para poner aquel extraño suceso en conocimiento del Amo. ¿Y si se producía un proceso inverso, y si era algo sobrenatural, y si se trataba de algo genético desconocido y reversible en pocas horas? Los revisaba varias veces al día, palpaba cada centímetro de los cuerpos con la esperanza de notar síntomas de reversión porque de lo contrario, y de eso estaba seguro, su permanencia en La Isla se había quebrado por muy sobrenatural que pareciera todo aquello. Nada ocurría. Los carneros se hartaban de hierba sin inmutarse y se acercaba el mo­mento en que el Amo, como cada mes, vendría a comprobar la fortaleza de sus razas. Haría preguntas, querría saber qué era aquello, por qué no se lo comunicó antes. Entonces deci­dió que lo mejor era desaparecer, lanzarse al mundo en busca de otra finca que lo acogiera y le posibilitara la oportunidad de trabajar decentemente, lejos de aque­lla locura de crear el perro nuevo, único, indestructible. Partió siendo aún de noche. Sólo llevaba un costal en el que cargaba lo indispensable. Se alejó de la finca que había sido su vida y, antes de torcer en un recodo del camino, se volvió para mirarla por última vez. La contempló extasiado y, a la vez, abrumado por la certeza de que no la vería jamás. Cerró los ojos y recorrió con la mente cada una de las cuadras, cuando en ella crecían perros. Lo que no pudo imaginar fue que, en ese mismo instante, una hembra de carnero acababa de parir un hermoso ejemplar de pastor alemán que enseñó los colmillos como si lo olfateara en la distancia.